REX REXUM 30
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DEVON

Cuando las altas puertas de roble se abrieron al público, Devon y Nínive esperaron unos minutos desde la mesa con vista a la plaza de San Bavón.

—¿Te dejarán toquetear una valiosa obra de arte como si nada? —preguntó Nínive.

—Quiero creer que no han sido tan descarados como para esconder el libro en un lugar de acceso imposible —contestó Devon.

Tras asegurarse de que no había sangbìbiers a la redonda, cruzaron la plaza adoquinada que los separaba de la catedral. Nínive no protestó cuando él cogió su mano. Por dentro, les agradeció a los Dioses, mas no dijo ni una palabra porque temía que ella rompiera el contacto.

Sentía que por fin podía respirar.

Su espalda no dolía, su mente había salido de aquel letargo y sus sentidos se habían afinado, listos para detectar cualquier amenaza por parte de los Minoritarios o de su propia gente.

«No te ha creído».

Como era de esperar, Nínive no se había tomado en serio el relato del cinco de junio.

Él no poseía ningún documento consigo. Tampoco contaba con las alas.

No se había molestado en convencerla cuando tenían por delante un día de lo más ajetreado.

Sin embargo, si esos besos no habían significado nada para ella, se declararía un completo descerebrado.

Entendió que aquel beso en Maine jamás había sucedido.

En lugar de la desesperante sensación de tener el pulso de Nínive escabulléndose entre sus dedos, había experimentado el compás de sus corazones desbocados, latiendo en perfecta sintonía, y el ardor que provocaban los dedos de ella contra su piel se había tornado en su mayor anhelo.

Apenas había podido pegar un ojo en la noche.

Por un lado, quería asegurar el perímetro; por otro, quería memorizar en detalle cada curva de su cuerpo.

Rompiendo sus propias reglas, se había acercado a ella en la madrugada.

Solo un poco, lo suficiente como para tocar un mechón de cabello.

Nínive giró sobre espalda y él no pudo resistir la tentación de envolverla en sus brazos cuando la cabeza de ella acabó en su pecho.

«Así debería ser siempre», pensó mientras acariciaba la larga melena negra entre sus dedos, hasta que Nínive frunció ligeramente el ceño y abrió los ojos al tiempo él cerraba los suyos.

Si corría con suerte, en un futuro no muy lejano sería innecesario hacerse el dormido.

Devon miró por encima de su hombro. Nínive atrapaba cada detalle con la avidez de un halcón, tan inmersa en el paisaje que los rodeaba que no se había percatado de que él la miraba.

Él se topó con el mismo pensamiento:

«Así debería ser siempre».

Consiguiera De-Ràzes la cura o no, consiguieran gobernar o no…

Quería permanecer a su lado. Descubrir y guardar cada uno de sus secretos, experimentar emociones que jamás había experimentado.

Quería ser el compañero de investigaciones de Bryce, pero también quería ser el compañero de vida de Nínive.

—Entonces, entramos, vemos el famoso cuadro y… ¿Luego qué? —Nínive se giró hacia él—. ¿Cómo sabrás que has dado con una pista?

Devon se encogió de hombros.

—Estamos en la sede de la Orden de San Miguel, sobre el Camino del Lirio.

Los versos dejan en claro que son nuestra guía: «Deja que Miguel alumbre el camino».

Estoy convencido de que mi abuelo dejó indicaciones para casos de emergencia como estos —afirmó, pese a que en el fondo sus palabras tenían el tono de una plegaria.

—Sí, claro. Dejaremos que los lirios mágicos y San Miguel nos guíen. ¿Qué podría salir mal? —Ambos se detuvieron frente a las puertas de roble—. Solo ten presente que tu FBI nos busca tanto como Phillipe.

Devon suspiró.

—Lo tengo en cuenta a cada segundo —admitió.

Odiaba decirlo; un dragón negro nunca huía, le hacía frente a cualquier conflicto. Pero entre las amenazas de Elysabeth y las advertencias de LeBlanc, el escape había sido la única opción. Demasiados peligros al acecho. Peligros que Devon fingía ignorar con tal de no enloquecer.

Cruzaron la puerta pequeña que le seguía a la entrada principal y quedaron petrificados, sobrecogidos por la majestuosidad de la catedral flamenca.

La nave principal estaba flanqueada por columnas de piedra tan altas que debían tirar sus cabezas hacia atrás para divisar los capiteles.

A los costados se desplegaban las naves laterales, colmadas de pinturas, esculturas, tumbas y vitrinas de colores.

El techo rojizo hacía resaltar los calados de las bóvedas de crucería.

El suelo marmóreo seguía patrones geométricos en blanco y negro, colores que predominaban en la estructura que daba acceso al coro.

Los vitrales ilustraban escenas bíblicas, así como las paredes rebosantes de obras.

«No puede ser», pensó Devon, terminando de leer las inscripciones en latín a un lado de la recepción. Había visto fotografías en el libro para turistas, pero no se imaginaba que la catedral fuera un museo lleno de indicios en lugar de un simple templo con un par de cuadros significativos.

Observó la bóveda que los recibía, previa a las tradicionales naves en forma de cruz.

Era la base de la torre, por ende, indicaba los principios sobre los cuales habían edificado semejante construcción.

Frunció el ceño al divisar el octágono. Era común ver octágonos representando la resurrección, pero había estrellas de seis puntas incrustadas en la piedra, vistas en otros cultos paganos.

El análisis se desvaneció cuando sintió frío en su mano.

Al regresar la mirada, confirmó que Nínive lo había soltado.

—¿Por qué…?

Ella indicó una columna con varias placas metálicas: «Respetad la casa del Señor. Silencio. Dignidad. Modales».

Devon dejó las cejas juntas.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Shh. —Nínive dejó un dedo contra sus labios—. Hay gente que viene a rezar, Devon.

—Interesante, pero tomar mi mano no es ningún pecado. No somos demonios. Dijeron eso con tal de darnos caza, pero hablamos de las mismas personas que salieron a perseguir a todo aquel que dijera que la Tierra giraba en torno al Sol o que…

—Significa que tendrás que dejar tus coqueteos para otro día.

Devon parpadeó.

—No tiene sentido —replicó—. Las parejas celebran bodas en esta clase de templos. Se besan en público y todo. Ese cartel es ambiguo.

Nínive se encogió de hombros y avanzó por el pasillo principal.

Devon soltó un bufido. «No me digas que le han lavado el cerebro con cultos terrestres».

Sería el colmo; no creía en su versión de los hechos, pero sí en figuradas recicladas a lo largo de la historia. «Tiene que ser una excusa», pensó.

Vio con desconfianza la tienda de suvenires a su derecha. En Sangbièrre estaba prohibida la venta de libros, velas o aceites religiosos; cada ciudadano los recibía gratuitamente, puesto que era un deber del gobierno mantener la fe y las tradiciones.

«No es asunto tuyo», se dijo al pasar de largo.

—¿Dónde se encuentra el políptico? —murmuró Nínive.

Él fingió contemplar los vitrales con figuras cristianas mientras sentía que Nínive clavaba sus ojos en él.

Ella le dio un toque disimulado con el codo.

—Devon.

Cerró sus ojos al oír su nombre. Trató, pero no pudo ignorar esa cuerda que jalaba de él, una fuerza invisible que lo arrastraba hacia ella.

Su nombre sonaba distinto cada vez que Nínive lo pronunciaba.

Y no quería que dejase de decirlo, por lo que hizo su orgullo pisoteado a un lado y giró en sentido a ella.

Lo veía con las cejas en alto, a la espera de una respuesta.

Él depositó un dedo contra sus labios.

—Shh.

La muy hipócrita rodó los ojos.

—Hablo en serio.

—Si puedes hablar dentro del «sagrado» templo, entonces puedes darme la mano —sugirió.

—La iglesia está vacía.

—Sí, pero, bajo ataque, no tendría que preocuparme por la posibilidad de separarnos. Necesito que tomes mi mano antes de concentrarme en otra cosa.

Nínive comprimió los labios. Se lo pensó un par de veces antes de entrelazar sus dedos en los suyos.

—¿Feliz?

—Mucho. —Devon observó las amplias arcadas que dejaban entrever los pasillos—. La Adoración del Cordero Místico está al fondo. Creo que cobran unos cuatro euros para verlo, aunque no estoy seguro de adónde…

—Oh, pero si ya habéis llegado.

Ambos vieron hacia el altar cuando la voz de un extraño resonó en la catedral.

—«Respeto en la casa del Señor», ¿eh? —susurró Devon, sin dejar de estudiar al terrestre que bajaba los escalones de la tarima. Sus dedos se aferraron a los de Nínive.

—Es uno de ellos —musitó ella.

—No veo medallón alguno, Bryce…

—El hábito está hecho a medida, los zapatos negros están desgastados…

No es un disfraz. Sonrisa genuina, peso moderado que se corresponde con evitar los pecados capitales, lentes con aumento tras leer la letra diminuta de la Biblia…

Si no es monje, es un muy buen actor. —Nínive sonrió cuando el desconocido quedó frente a ellos—. Hola.

—Sean bienvenidos —expresó el sujeto de cabello castaño y ojos claros. A Devon le desconcertaba la expresión risueña que parecía estar crucificada en su cara—. Soy Viktor, el guía que habéis contratado.

—No hemos contratado ningún guía —replicó Devon.

—Oh. Quizá me he confundido. Creí que erais los interesados en las obras en honor a San Miguel —insinuó al llevar una mano a su cuello.

Devon guio la mano libre hacia su pantalón, donde tenía una navaja suiza.

La resguardó en cuanto divisó el medallón dorado que Viktor acomodó con disimulo.

Un medallón igual al que portaba la hermana Sophia—. Supongo que me equivoqué.

—¿Cómo ha sabido que nosotros… queremos ver las obras? —preguntó Nínive.

A gusto con la pregunta, Viktor revolvió dentro del hábito blanco y sacó de allí un pergamino hecho jirones.

—Nuestro fundador así lo ha predicho —explicó.

Nínive y Devon intercambiaron miradas. Por su expresión escéptica, Devon supo que pensaban lo mismo: «Está chiflado».