29
LYS
Elysabeth se encontraba sola en su habitación, sentada en medio de la enorme cama con dosel frente al ordenador que la Guardia Real le había facilitado tras instalar los minúsculos micrófonos en el laboratorio.
Tanto el profesor LeBlanc como la doctora De-Ràzes no eran de fiar.
Odoric se lo había descrito con precisión en Irlanda: LeBlanc estaba conectado a esa extraña secta ocultista del priorato.
Muy poco se conocía respecto a sus prácticas.
Bastaba con saber una cosa: los únicos reyes que se prestaron a escucharlos, terminaron muertos antes de tiempo.
Esos reyes habían sido sus padres, y Elysabeth no pensaba permitir que el patrón se repitiera.
Reacomodó los auriculares cuando De-Ràzes bajó la voz.
Los monjes también le habían advertido acerca de ella: De-Ràzes odiaba a la monarquía, los creía el motivo de los ataques minoritarios.
Por eso a Elysabeth no le sorprendía que su tío hubiera hallado pruebas que la vinculaban a la organización terrorista; los Rh nulo eran asesinos a sueldo, asesinos indetectables para sus sentidos.
La investigación de Sauer conectaba a Bryce y De-Ràzes con una operación contra la corona.
—El protestantismo siempre ha favorecido la hibridación entre sangbìbiers y terrestres —había dicho Odoric—.
Les importa más su profeta terrestre que romper la maldición que arrojaron los Dioses a causa de nuestra codicia.
Es por eso que en las sesiones del consejo nuestro Dragon Magnus y los dracums votamos en contra de sus proyectos; sabemos que su ideología se convertirá en nuestra extinción.
A Elysabeth le había bastado un par de días en la abadía para confirmar que el luxirianismo protestante tenía demasiado poder en sus manos; sus decisiones estaban abocadas a impedirle gobernar. Incluso habían conseguido lavarle el cerebro al mismísimo DeBlanckfort.
De solo recordar al heredero, respiró hondo y apretó los puños.
Habría estado dispuesta a darle una oportunidad de no ser por sus actos humillantes e imperdonables.
Los rumores eran ciertos; el príncipe había heredado la belleza de su madre, pero también tenía la personalidad despiadada de su familia paterna, cualidad que Elysabeth pretendía domar, pero la extracción forzosa había colmado su paciencia.
—Solo me consta que vamos dieciocho años sin resultados —dijo De-Ràzes. Elysabeth prestó mayor atención—. El cumpleaños de DeBlanckfort ya casi llega. Si su esencia no se revela para ese entonces…
—Confía en él, Agnes —dijo LeBlanc—. Lo conozco. Sé que no va a dejar que nadie tome lo que le pertenece a ella de nacimiento. Devon no es lo que parece. Nunca lo es.
«No —masculló con sus dientes a punto de rechinar—.
En verdad que no lo es». Siguió al pendiente de la conversación, pero no se escuchó nada más, solo el tintineo de los instrumentos o los rumores provenientes de la maquinaria.
Sin embargo, las palabras del profesor hacían eco en la mente de la heredera: «No va a dejar que nadie tome lo que le pertenece a ella de nacimiento».
Elysabeth frunció el ceño. No podían estar refiriéndose a Bryce. Era una terrestre, una Rh nulo… «Si su esencia no se revela para ese entonces…».
—¿A qué diablos estáis jugando? —murmuró para sí antes de coger el teléfono—. ¿Nicodème? Requiero de una audiencia con el Dragon Magnus. No me importa lo que esté haciendo, dile que es de extrema urgencia. Aguardaré en el Despacho Real.
Elysabeth colgó la llamada y contempló la pantalla.
«¿Qué diablos están tramando?». Hablaban de Bryce, pero la chica no tenía ni una pizca de sangbìbier.
No sería sorpresa descubrir que las acusaciones del caso Sauer resultaban ser ciertas.
Después de todo, el priorato era experto en cometer herejías, como santificar a un terrestre o proponer la interacción de ambos mundos.
Sin embargo, Lys recordó su última conversación con DeBlanckfort:
—Te convendría enterarte de que amenazar a las personas que amo es amenazarme directamente a mí.
La fiereza en sus ojos, el instinto asesino que había despertado tras advertirle que se desharía de Bryce si él no detenía los coqueteos…
Se cuestionó si la ira provenía de algo más que un vínculo blasfemo entre un sangbìbier y una terrestre. Le habían advertido sobre el carácter belicoso de los DeBlanckfort; tales características relucían cuando la corona o su lirio estaban bajo amenaza.
Elysabeth tensó la mandíbula. «Imposible», pensó. Bryce no podía ser una de ellos, mucho menos el lirio de DeBlanckfort.
Había oído historias sobre sustancias que los espías del DII utilizaban para modificar su esencia. Bryce encajaba con el perfil.
Al recordar el historial de la doctora De-Ràzes, una gota de sudor frío se deslizó por su espalda. ¿Estaban buscando la manera de hacer que Bryce tuviera esencia sangbìbier?
«Sobre mi cadáver».
Salió de la cama y se dirigió al Despacho Real.
No se había pasado la vida entera encerrada en una cabaña para que una cualquiera le arrebatara el trono.
Había pasado más de una década aprendiendo sobre el reino y sus costumbres, relaciones internacionales, política, oratoria…
¡¿para que una terrestre mutada por los pseudocientíficos del priorato se quedase con todo? !
No.
Nunca.
El reino necesitaba una cien por ciento, y esa era ella. Ella y DeBlanckfort, puesto que no pensaba rebajarse a un noble de menor porcentaje. DeBlanckfort era el sangbìbier más fuerte y ella no se conformaría con menos.
—Alteza. —El Dragon Magnus, de pie junto al despacho, realizó una reverencia. Nicodème lo imitó—. Me han comunicado vuestra petición. ¿Cómo podemos servirle?
Elysabeth les lanzó una mirada a los guardias.
—Puertas.
La guardia abrió la puerta doble hoja de la oficina que hasta hacía poco tiempo había sido de Devon DeBlanckfort. Una vez a solas, Elysabeth tomó asiento.
—Sé que los resultados de Suiza están listos y que han arrojado lo que todos ya sabemos.
—Uh, sí. —Nicodème se apresuró a abrir la agenda que traía consigo—. De acuerdo con el informe emitido por el Consejo Supremo, mañana por la mañana…
—No me importan las formalidades —replicó—. Pienso pedirle al doctor Gustave LeBlanc que sea mi médico personal.
—¡¿Qué?! —El ovum dejó los ojos como dos platos—. Hum, sé que no poseo derecho a cuestionar vuestra decisión, alteza, y no pretendo hacerlo, pero… LeBlanc es uno de ellos —pronunció con voz aguda—. Es del priorato.
—Lo sé. Bryce le encargó la preparación del elixir dorado; lo escuché con mis propios oídos dentro de las instalaciones que ha improvisado el DII.
—¿El elixir dorado? —dijo Benôit—. Se supone que nadie ha descubierto la composición secreta.
—Exacto. Pero DeBlanckfort ha bebido mi sangre.
Lo necesita. Dudo que su mejor amigo escatime en esfuerzos.
Tampoco creo que se niegue a ayudarme a mí; hacerlo implicaría rehusarse a ayudar a la corona.
Los brebajes del monasterio poco han servido para sentirme cien por ciento bien.
Si DeBlanckfort obtiene esa fórmula, me llevará ventaja.
—Bueno, es un razonamiento acertado —convino Nicodème, quien miró al Dragon Magnus—. Podríamos pedirle a un dracum que vigile el procedimiento de LeBlanc y así evitar cualquier clase de complot.
—No estaría mal prevenir —dijo Benôit.
Elysabeth asintió con firmeza.
—Se lo comunicaré al consejo. No quiero que realice investigaciones cerca de De-Ràzes; la doctora no es de fiar.
Trasladaré a LeBlanc a las instalaciones del DII y mantendré vigilada a De-Ràzes.
Sospecho que las averiguaciones de mi tío son verídicas; tanto ella como la señorita Bryce han causado todo este escándalo.
—¿Qué? —El dracum se pellizcó la nariz—. Lo sabía. Sabía que ese fenómeno estaba destinado a traernos penurias…
—¿Por qué tan segura, alteza? —cuestionó Benôit—. ¿Os han amenazado de alguna forma? Cualquier amenaza contra usted es más que suficiente para llevar a la doctora a juicio.
—No. —Elysabeth comprimió sus labios. No podía confesar que había instalado micrófonos sin permiso del consejo.
Sabía que la guardia no diría nada, pero prefería mantenerlo en secreto—.
Mis sospechas están en los hechos: desde que esa chica llegó, han llovido problemas.
Mirad a DeBlanckfort: se la ha llevado con él.
Si las acusaciones del caso Sauer son ciertas, los Minoritarios accederían al poder mediante esa Rh nulo.
Me duele decirlo, pero quizás el linaje de los DeBlanckfort se corrompió tras verse desplazados del trono; no sería la primera vez que una persona se aferra al poder y se niega a soltarlo.
—No me sorprende —opinó Nicodème—. El príncipe siempre ha buscado imponer su voluntad. ¡Nunca nos ha hecho caso! En varias oportunidades se negó a hacer público su compromiso. Incluso amenazó con cambiar la religión oficial si no hacíamos lo que él quería… Es impredecible.
—Es inestable —corrigió Elysabeth—. Y lo menos que necesitamos en medio de una guerra es un rey que esté tan loco como su bisabuelo.
Hubo un tenso silencio.
Elysabeth supuso que el Dragon Magnus rememoraba esos años bajo el gobierno de los DeBlanckfort, cómo se habían levantado los Minoritarios en armas a causa de sus malas decisiones.
—¿Qué es lo que propone, alteza? —preguntó Benôit.
—Primero, quiero que LeBlanc trabaje para mí.
En segundo lugar… —Elysabeth se puso de pie—.
Es evidente que la señorita Bryce ha conseguido lavarle el cerebro al único heredero del que disponemos.
De seguir así, es posible que la boda no se lleve a cabo.
Yo estoy dispuesta a perdonar a DeBlanckfort.
No por él ni por mí, sino porque sé que el reino necesita a nuestros herederos.
Sin embargo, dudo que DeBlanckfort dé el brazo a torcer. No si Bryce está cerca.
—¿Y… q-qué podemos hacer? —Nicodème retorció sus dedos entre sí.
—Tomar medidas precipitadas —contestó Elysabeth—. Durante mi estadía en Irlanda, la señora Quigley estuvo encargada de mi formación. En sus lecciones sobre la estructura institucional mencionó a un grupo de soldados que podrían intervenir en esta situación tan… particular.
Nicodème se mordió el labio. Vio de reojo a su superior en busca de aprobación.
Elysabeth también miró al Dragon Magnus, tan sereno como siempre.
Cierto nerviosismo aceleró su pulso al no percibir respuesta.
«Vamos», masculló por dentro. No era como si hablasen de un rey o el mismísimo príncipe.
Se trataba de una terrestre… o lo que fuera que el priorato escondía.
—Nox Lupis —comprendió Benôit—. Los lobos nocturnos.
—Pero… hace más de un siglo que no se convoca una noche de lobos —musitó Nicodème.
—Porque sólo se los recluta cuando se presentan emergencias —replicó Lys—. Esta es una emergencia, Nicodème.
Los lobos nocturnos eran un grupo de élite.
Un selecto grupo de soldados, los más letales del reino.
Se les encomendaban las misiones de mayor secreto; esas que debían ejecutarse sin que nadie se enterase de los autores del crimen.
De acuerdo con lo que la señora Quigley le había contado, la última vez que se habían solicitado sus servicios databa del siglo XVIII, cuando la esposa de Ludovic II imploró por su ejecución.
Sin embargo —y como Elysabeth acababa de confirmar con las temblorosas palabras de Nicodème—, muchos aseguraban que el grupo estaba detrás de la misteriosa muerte de Ludovic III, a días de la firma del acta que cambiaría la religión oficial del reino.
Los lobos nocturnos no fallaban. Eso era lo que necesitaban en esos momentos.
—No estamos hablando de enviarles el nombre de DeBlanckfort —dijo Elysabeth—. Solo busco quitar a Bryce del camino con el mayor disimulo posible.
—Cuando un terrestre es asesinado en nuestro…
—Bryce está muerta en el mundo terrestre, Nicodème —Elysabeth crispó los dedos—.
Además, el DII ubicó a DeBlanckfort y Bryce fuera de frontera.
Sería un accidente; un coche a toda velocidad, un robo que sale mal…
Nadie se enterará. Dudo que haya problemas teniendo en cuenta quién se encargó de llamarlos la última vez.
Nicodème quedó con los ojos bien abiertos, alternando la mirada entre Benôit y ella.
El Dragon Magnus asentía en completo silencio, como si terminara de asimilar la insinuación.
—Es una decisión difícil, pero…, así como usted dice, son tiempos difíciles. —Los ojos del Dragon Magnus se posaron en los de Lys—. Hablaré con el nox alpha. Él orquestará una operación especial.
—Gracias —expresó Elysabeth.
Sintió que acababa de quitarse un peso de encima.
Por un instante, se preguntó si debería sentirse mal en caso de que Bryce en verdad resultara ser una heredera legítima.
Nunca se había planteado la posibilidad de…
una hermana. Sin embargo, al recordar cada año de encierro, cada día en soledad, cada hora de preparación, la culpa dejó de calar hondo.
Bryce estaba con el priorato, y eso era motivo suficiente.
El reino no se vería involucrado con las prácticas poco ortodoxas de los protestantes.
«Les hago un favor», se dijo a sí misma.
Los Dioses habían castigado a sus padres y a los DeBlanckfort por sus pecados. Ella no caminaría por el mismo camino.