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—Eso haré. Pero es una batalla aparte. No podremos ganar a menos que peleemos juntos.
—¿Juntos? ¡¿Te das cuenta de lo que dices?!
—Sí. Por eso rezo para que De-Ràzes halle tu cura; parece ser la única forma de que me creas.
—Se llama sentido común, DeBlanckfort. Ciencia y sentido común.
—No, Bryce. —Una sonrisa provocadora surcó sus labios—.
Se llama dinero. Poder y dinero. Eso es lo que el priorato usó para ocultarte por dieciocho años.
Ya te lo he dicho: no pretendo que me creas.
Si debo escoger, prefiero mil veces que no te quepa duda de que el accidente en la universidad no volverá a suceder siempre y cuando siga respirando.
—DeBlanckfort ojeó el menú—. ¿Solo jugo de naranja?
Nínive ocultó su rostro detrás de la carta.
Buscaba la manera de acallar los alocados pensamientos que colmaban su mente.
Allí estaba él otra vez, insinuando que ella era la persona que mencionaban las profecías.
«Ojalá», admitió en su interior, pero no quería darse permiso para creerlo teniendo evidencia en contra.
—Ensalada de frutas —murmuró sin bajar la carta.
Asomó los ojos por encima del menú al percibir que la misma camarera se aproximaba. Una vez más, DeBlanckfort le habló en neerlandés. Como si fuera un deja vu, la chica sonrió y le respondió como si la mesa fuera para uno.
Nínive cerró la carta de golpe y se la entregó.
¿Celosa? No, no estaba celosa. ¿Era mucho pedir que la chica se limitara a anotar el pedido?
¿No podía disimular cuán maravillada se sentía por DeBlanckfort?
Crispó los dedos al borde de la silla. ¡¿No podía ver a su cliente a los ojos en lugar de desviarse hacia abajo?
! «Y después soy yo quien no tiene pudor».
Fijó la vista en la mesa al oír una risita coqueta.
No tenía derecho a sentirse celosa, pero sí tenía derecho a solicitar meseros profesionales.
Platos, tenedores, cuchillos… Quitó los ojos de los cuchillos cuando DeBlanckfort volvió a tocar su pierna.
Entonces reparó en que la camarera se había ido.
—¿Me dirás que no es de lo más obvia? —murmuró Nínive.
—¿Obvia?
—Mayor flujo sanguíneo en mejillas y labios, pupilas dilatadas, pies y caderas en tu dirección, mano en la cintura… ¿Sigo?
DeBlanckfort ladeó la cabeza.
—Todavía no sé si describes a la camarera o si te estás describiendo a ti. —Sonrió cuando ella le propinó un toquecito en el brazo—. Pulso acelerado, celos desenfrenados… Sip, definitivamente se trata de ti.
—¡No te rías!
—No me rio, al contrario: resulta de lo más tentador saber que tus instintos están intactos. Solemos tornarnos muy irascibles ante el riesgo de perder a nuestros afines, ¿sabías? Se lo comunicaría a De-Ràzes, por si es de utilidad para la investigación, pero presiento que me aporrearía.
—No sería la única —masculló Nínive.
DeBlanckfort sonrió.
—No es nada de lo que avergonzarse, dionummea.
—Otra vez usas esa palabra.
—Sí, es un término antiguo. Provenía del latín, pero se deformó a medida que nos esparcimos por Europa. Está en desuso hoy día; fue removido de nuestro diccionario hace cinco años, pero la palabra me resulta tan certera que no puedo evitarlo.
—¿Qué significa?
—Pues… Hace referencia al verdadero significado de un afín.
—Nínive resopló ante semejante disparate.
Devon la ignoró—. Siempre se ha dicho que nuestros Dioses nos bendecían y alineaban las estrellas para que un sangbìbier hallara su afín.
Por eso se le llamaba di donum, o donum meum.
El regalo de los Dioses. Se fue modificando hasta quedar así, dionummea.
Es como cuando un terrestre dice «tesoro», «cariño»…
Ya sabes, lo usual, solo que a este término se lo considera extinto.
—¿Por qué no usas otra palabra si nadie lo entiende?
DeBlanckfort se encogió de hombros.
—Muchos sienten cariño o que han hallado un tesoro, pero no todos sienten que los Dioses les han dado el mayor de los regalos o que hallarse frente a su afín es una bendición.
Eso es lo que yo siento ahora. Sobre todo, después del ataque en Maine.
Si supiéramos el verdadero significado de las palabras, seríamos más cuidadosos a la hora de seleccionarlas.
Nínive guardó silencio.
—Supongo que sí —admitió—. ¿Por eso has aprendido tantos idiomas?
—En parte. No mentía cuando dije que lo necesito para lidiar con gobiernos terrestres; algunos redactan contratos engañosos. Es mi responsabilidad asegurarme de que no nos estafen. Wagner se encarga de los avances tecnológicos porque no es mi área.
Nínive asintió.
Una extraña clase de chispas centelleaba en su interior. Veía cómo la ilusión pretendía resurgir de las cenizas mientras que la lógica la encadenaba al suelo, y no sabía qué hacer.
Por primera vez, todo era gris.
No sabía si DeBlanckfort estaba siendo honesto o si se aprovechaba de su «ingenuidad terrestre». No sabía si le convenía escuchar a su corazón o a su cerebro. No sabía nada. O sí; sabía que quería conocer todas las palabras favoritas de DeBlanckfort, pero no se atrevería a decírselo.