28 #2
—Tienes la espalda hecha trizas —Nínive extendió la mano con apremio—, dame mi bolso.
—Dame su nombre —Los ojos de litio se oscurecieron.
—¿Eh?
—El nombre del sujeto que hizo eso.
—Hum… Presiento que no significa nada bueno.
—No para él, eso es seguro. —DeBlanckfort se colgó el bolso de Nínive—. Mencionaste una clase de conductismo animal. No creo que haya habido muchos alumnos de catorce años en esos cursos, y la universidad de seguro que posee un registro de…
—Oh, por favor. —Nínive rodó los ojos—. ¿Así es como resolvéis las cosas en Sangbièrre? No me gusta esto, entonces, ¿lo mato? Es tan inmaduro como el comportamiento de ese idiota. De seguro que hoy en día es un alcohólico que bastantes golpes recibe en bares donde pierde apuestas.
—Eras menor de edad —dijo entre dientes—. ¿Katherine lo denunció?
—¿Tienes idea de cuánto cuesta un juicio en América, DeBlanckfort? Quizás en tu mundo sea costumbre hacer un juicio por todo, pero no en el mío.
—No se trata de costumbres. LeBlanc y el priorato mostrarían mesura, pero tal cosa nunca ha sido mi fuerte. Si algo no me gusta, lo cambio. Y si alguien se mete con la persona que amo…
Devon dio un paso adelante.
Nínive hizo malabares para que su corazón no trastabillara.
—Me aseguro personalmente de que la situación no vuelva a repetirse.
Nínive tragó saliva.
—Son… Son métodos arcaicos.
—Arcaicos pero efectivos. Es lo único que cuenta para mí, dionummea.
—¿Qué?
—Un término antiguo para un tipo «arcaico» como yo —DeBlanckfort le dio un toquecito en la nariz y se dirigió a la salida. Nínive se apresuró a seguirlo.
—Pero ¿qué significa? Y devuélveme mi bolso, no te conviene realizar esfuerzos.
—Han pasado más de veinticuatro horas desde mi última inyección. Ya no poseo rastros de Oro Sagrado en mi organismo; las heridas no son un problema. Y si no me crees, regresamos al cuarto y lo corroboras por tu cuenta. A mí no me molesta.
Nínive apretó labios y puños. En parte se sentía aliviada. Los cortes que había visto eran profundos. Había temido que Devon resultara ser una presa fácil para los Minoritarios. Su recuperación lo cambiaba todo, si es que no le estaba mintiendo…
Al salir del hotel, se encontraron con una ciudad diferente.
Las farolas de Gante se habían apagado, el sol brillaba en el cielo despejado, las calles vacías habían vuelto a la vida y los antiguos edificios habían adquirido color.
Nínive vio con recelo la mano que DeBlanckfort tendió en su dirección.
—Hay mucha gente —se excusó antes de entrelazar sus dedos y mezclarse entre el gentío.
Nínive no protestó; la plazoleta frente a la catedral estaba abarrotada de ganteses y turistas, también las calles paralelas.
Por lo que alcanzaba a oír, todos hablaban neerlandés, así que hizo a un lado el orgullo y dejó que DeBlanckfort los guiara cuesta arriba, hasta la primera cafetería que divisaron a metros de la plazoleta y las monumentales puertas de la catedral.
—Podrá ser el peor desayuno de nuestras vidas, pero tiene buena vista a la entrada principal —dijo DeBlanckfort.
Nínive estudió la fachada de la cafetería.
—Estaremos en una misión y todo lo que quieras, pero… Si no tienen jugo de naranja, me largo.
Devon sonrió.
—Como usted desee, mi reina.
Nínive prefirió no expresar cuán ridículo sonaba.
Se perdió en las casas y los edificios frente a ellos.
Antiguos, pero bien conservados. Comprimidos y alargados como un acordeón.
La plaza tenía adoquines cuadrados en perfecto orden y estaba limitada por dos construcciones medievales: el campanario y la catedral, ambos con unos noventa metros de altura, de paredes color marfil y tejados azulados.
Era como si la ciudad se hubiera congelado en el tiempo.
—¿Comeremos afuera? —preguntó Nínive. Había mesas con enormes sombrillas color café en la acera.
DeBlanckfort torció el gesto.
—Seríamos el blanco perfecto de un francotirador. —Le dio un apretón a su mano—. Comeremos dentro hoy, pero, ni bien se termine esta guerra, iremos a donde tú quieras, ¿hecho?
Una vez más, Nínive omitió los comentarios.
Dudaba que así fuera y odiaba hacer planes a futuro.
No sabía qué era peor. Pero a su imaginación le importaba un comino las bajas probabilidades de que entre ella y DeBlanckfort hubiera algo más que investigaciones; su mente no tardó en crear vívidas imágenes en las cuales ambos recorrían Bélgica tomados de la mano, no por el gentío, sino porque querían caminar juntos.
Como guinda del pastel, fantaseó con contemplar el río codo a codo hasta la puesta de sol.
Se imaginó que DeBlanckfort volvía a besar sus labios, pero la postal le resultó tan ajena que se obligó a eliminarla de regreso a la realidad.
En la cafetería, escogieron la mesa más próxima a la catedral. Una camarera se acercó con la carta del menú. Les dijo algo en neerlandés, DeBlanckfort contestó y Nínive enarcó las cejas al ver la sonrisa atontada que la chica esbozó antes de alejarse.
—¿Qué dijo?
—Lo de siempre: «Bienvenidos, os dejo el menú del día…». Supongo que no nos iremos —indicó la lista de bebidas—. Jugo de naranja orgánico. ¿Satisfecha?
—Ajá. —Nínive veía a la camarera por el rabillo del ojo.
La chica no les quitaba los ojos de encima.
Bueno, para qué hablar en plural si tenía la mirada puesta en DeBlanckfort.
Lo contemplaba como si fuera una divinidad recién descendida de los cielos.
No la culpaba; el heredero llamaba la atención, pero las personas no eran tan…
descaradas. Cuando regresó la mirada al frente, se topó con una sonrisa engreída.
—¿Qué?
—Nada —contestó DeBlanckfort—. Me preguntaba por qué estrangulas el menú. ¿Le pido a la camarera un poco de agua?
Nínive bajó la carta. Los cubiertos tintinearon.
—No. Si quieres hablar con la camarera, ve y no busques excusas. Apuesto a que escribirá su número en una servilleta y todo.
—¿Por qué escribiría su número en una servilleta?
—Porque… ¡Ugh! ¿En verdad me lo preguntas? —Nínive no necesitó una respuesta. La cara desorientada de DeBlanckfort era sincera; la veía como si acabara de afirmar que los Minoritarios eran santos piadosos—. ¿No hacéis lo mismo en Sangbièrre?
—Contamos con teléfonos móviles para agendar a otros.
—¡No me refiero a eso! Es una forma de coquetear contigo…
—¿Intentas coquetear conmigo?
—¡No! —Nínive arrastró las manos por su cara—. Entre terrestres es común: si no se animan a pedirte tu número, anotan el suyo en una servilleta y te lo dejan para que llames a esa persona en caso de que sea de tu interés.
El heredero contempló a Nínive con verdadera confusión.
—Y después me dices a mí arcaico…
—¿No lo hacéis?
—Por supuesto que no —respondió casi ofendido—. Para ello disponemos de las flores. Si una mujer te atrae, le obsequias lirios. Si los acepta, es porque corresponde tus sentimientos. Si no… Bueno, hay quienes queman o pisotean el ramo para dejar en claro que no sienten interés.
—Guau. —Nínive alzó sus cejas—. ¿Alguna vez quemaron lirios en tu cara?
DeBlanckfort le dedicó una sonrisa de lo más socarrona.
—¿Celosa, Bryce?
—En lo absoluto. —Nínive formó un mohín—. Curiosidad.
Los ojos de DeBlanckfort resplandecieron con algo más que diversión.
—Cierto que posees una mente curiosa… —murmuró—. Lamento comunicarte que no hay grandes historias. Juré reservarme en cuerpo y alma a la heredera que mencionan las profecías.
—Pues lamento comunicarte que no te está yendo muy bien.
—Al contrario. —DeBlanckfort le dio un toque con la rodilla. Nínive se tensó—. En principio temí que no fuera así, puesto que cierta persona testaruda se tomó la libertad de tocarme cuando yo no había permitido que ninguna mujer me pusiera las manos encima —insinuó—. Ahora está más que perdonada.
Nínive contrajo el ceño.
Recordó el actuar exagerado de DeBlanckfort, cómo se transformaba en una fiera a punto de atacar a alguien con solo tocar su mano. Ahora comprendía el motivo de esas miradas coléricas.
—Yo… Lo siento. —Hizo una mueca—. No sabía que lo hacías por eso. Tratabas a los demás como si tuvieran lepra… —Se congeló al oír la risilla de él.
—¿Lepra? No, no era vanidad. Eran mis votos, pero no tienes por qué disculparte.
Quiero que me toques, Bryce —murmuró al bajar la voz.
Acarició su mano por encima de la mesa. Una vez, dos veces…
Nínive dejó de contar—. Podré no haber cerrado mi círculo de la forma que imaginaba, pero…
quiero que sean tus manos las encargadas de tocarme. No acepto a nadie más.
Nínive quitó la mano.
—Prueba decirle eso a los linajes ahora que han encontrado a una cien por ciento.