REX REXUM 28
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NÍNIVE

Nínive parpadeó un par de veces, ajustando la visión a la luz del día.

Por un instante, entró en pánico. ¿Eran más de las nueve?

¿Estaba llegando tarde? Entonces recordó que no estaba en la abadía.

Sus ojos se abrieron por completo al comprender por qué la almohada resultaba tan cálida.

Su cabeza yacía sobre el pecho desnudo de DeBlanckfort.

«No puede ser».

Miró hacia arriba con cuidado de no moverse demasiado.

El alivio la invadió al ver que DeBlanckfort todavía dormía; no era consciente de cómo sus cuerpos se habían enredado durante la noche.

Habían acordado mantener una distancia prudente, pero uno de los brazos de él la rodeaba como a un peluche de felpa, la cabeza de Nínive seguía sobre su pecho y sus piernas eran un lío.

Permaneció inmóvil, la única testigo del rostro sereno y las respiraciones profundas del heredero.

Contra su mejilla, sentía el eco de sus latidos.

Nunca había percibido los latidos de alguien de manera tan íntima, como si ese corazón se acercara a su oído para susurrarle una melodía.

Intentó memorizar cada detalle: sus cejas y pestañas negras, los pómulos definidos, la cicatriz cerca de uno de ellos, la forma angulosa de su mandíbula…

Su atención pareció estancarse al llegar a sus labios entreabiertos.

Esos mismos labios la habían besado con tanta vehemencia que no supo si se sonrojaba por el recuerdo o por el deseo de volver a tener su boca sobre la suya.

Bastaba con rememorar la electrizante sensación para que su pulso se precipitara, haciendo que se debatiera si no había sido ella la precipitada.

DeBlanckfort ejercía una especie fuerza magnética sobre ella, un hechizo capaz de pillarla tan desprevenida como la corriente del mar.

Conseguía bajar sus barreras, la arrastraba a un lugar desconocido donde la razón no tenía potestad.

Nínive temía no poder salir a flote. No tenía en claro si DeBlanckfort había caído por ella o si ella acababa de caer en su trampa.

¿Y si el hechizo que los había capturado a ambos se desvanecía ni bien él abriese los ojos?

¿Y si se habían dejado llevar el día de ayer y a él hoy se le ocurría actuar como príncipe? No sería la primera vez…

—¿Qué hice? ¿Qué te he hecho para que me trates así?

—Así te traté desde un comienzo, como lo que eres: una amenaza. Para el reino y para la corona.

La mirada rencorosa, la rabia en cada palabra…

Aquella bofetada seguía doliendo. Justo cuando ella había decidido tomar su mano, él la había soltado.

Ahora que había tomado algo más que su mano, Nínive estaba segura de que la caída dolería más, por lo que, con cuidado, trató de quitarse de encima y ubicarse al otro lado del colchón, como era debido.

El brazo alrededor de su cintura se tensó.

—Todavía no son las ocho —advirtió DeBlanckfort con los ojos cerrados. Nínive se quedó quieta al sentir unas perezosas caricias en la espalda—. ¿Todo en orden?

«No», moría por contestar. Tanta calma la asustaba. Cada vez que había experimentado dicho grado de felicidad, una daga se enterraba en su pecho de repente. Quería evitar la daga.

—Yo… Necesito ir al baño.

DeBlanckfort abrió un ojo.

—Me estás mintiendo, encanto. —Nínive apretó sus dientes cuando él deslizó un dedo a través de su mejilla—. Este tono de rosa lo dice todo.

—No te estoy mintiendo. Dijimos que dormiríamos en lados opuestos y he amanecido aquí. Perdón por no disimular que esta es una situación incómoda.

—¿Incómoda? —Devon flexionó la pierna que tenía enredada entre las de Nínive y ella contuvo la respiración—. Yo me siento de lo más cómodo. Es más, así es como deberíamos habernos acostado ayer. ¿En verdad no estás del todo cómoda, cielo?

Nínive sentía que sus entrañas se retorcían hasta transformarse en lava líquida mientras DeBlanckfort la observaba con un destello de diversión en sus ojos. Su mano recorría su columna centímetro a centímetro, produciendo toda clase de cosquilleos.

—No. —Hizo uso de cada gramo de fuerza de voluntad disponible para no clavar sus dedos en el pecho del heredero.

—Oh. —DeBlanckfort hizo una mueca—. Tenía la esperanza de comenzar el día igual que cómo lo terminamos ayer. Lástima que tu falta de pudor se ausenta en los momentos más interesantes —expresó antes de liberarla.

Nínive se lanzó a sí misma dentro del cuarto de baño. Se recargó contra la puerta y arrastró su espalda hacia abajo, quedando sentada con las rodillas en alto. Sus ojos veían sin ver, preguntándose qué demonios le sucedía a su cuerpo como para entrar en combustión mediante un par de caricias.

«Podrían ser los altos niveles de adrenalina —se dijo—. Han sido horas muy estresantes».

—Recuerda que debemos asistir a la catedral como turistas —dijo DeBlanckfort desde el otro lado de la puerta.

—Lo sé —contestó como si nada, aunque cerró los ojos con fuerza. «Lo de ayer fue solo un desliz hormonal. Tú puedes con esto. No sientas nada. No. Sientas. Nada».

Era la única forma de concluir el viaje con el corazón intacto.

Una vez regresaran a la abadía, tendría tiempo de hojear los archivos del caso Sauer y ver si DeBlanckfort decía la verdad o si resultaba ser un mentiroso que había fingido sentirse atraído hacia ella cuando en realidad estaba listo para casarse con Elysabeth.

De momento, debía enfocarse en la misión. No servía de nada pensar en labios exigentes, músculos definidos o manos que la habían acariciado como si ella fuera lo más…

«Ugh. —Nínive se tapó la cara—. Maldito seas».

Al salir del baño, DeBlanckfort terminaba de cerrar su bolso. Tal y como habían acordado, vestía una simple camiseta negra y pantalones de lona con una gorra a juego.

—Estoy pensando que podríamos desayunar en una cafetería con vista a la catedral. Ingresaremos cuando disminuya el flujo de visitantes. —Indicó la guía para turistas—. Podríamos no ser los únicos frente a la pintura, y si lo que buscamos está allí oculto… Será mejor que nadie nos vea.

Nínive asintió y se agachó para buscar una camiseta.

—¿Crees que el libro está allí?

—No sé si nos toparemos con el libro o con la llave, pero todo encaja: la catedral solía ser una iglesia en honor a San Juan Bautista, lo que equivale a Baptise, y los cobardes de seguro que hace referencia a quienes acataban cada orden de Carlos V, quien no estaba en buenos términos ni con Francia ni con los nuestros.

—Supongo que no es como si tuviéramos opción.

—¿Tiradores? —DeBlanckfort los señaló antes de que Nínive ingresara con ellos al baño—. No podemos desviar la atención. Esa prenda… No soy experto, pero casi nadie los usa.

Nínive se encogió de hombros.

—Se usen o no, me siento mejor si los traigo puestos.

—Pero…

—No sé cómo son las cosas en Sangbièrre, DeBlanckfort, pero, en mi mundo, existen simios que para lidiar con su complejo de inferioridad y reforzar su jerarquía dentro de la pirámide social son capaces de jugar bromas de lo más ridículas a individuos más vulnerables, como bajarles los pantalones.

Estos de aquí —jaló del elástico negro—, evitan que eso suceda.

Nínive se encerró de un portazo. Echó el cerrojo y se cambió tan rápido como pudo, maldiciendo su lengua larga y el inusitado malhumor por igual. Ajustó los tiradores por debajo de la camiseta para no arruinar el estúpido plan, pero seguía sintiéndose desnuda…

—¡Ja! ¿Lo veis? —Gordon la apuntó con el dedo—. Todavía usa bragas de críos… ¿Quién tiene complejos ahora, Bryce?

Las risas ensordecieron a Nínive.

Su visión se nubló a causa de los nervios.

Apoyó las manos en las taquillas del laboratorio para orientarse, pero resbalaban por el sudor.

Trató de subir sus pantalones rápidamente, pero Gordon cogió uno de sus brazos, lo retorció contra su espalda y sacó su teléfono, enfocando la cámara en su dirección.

—Me pregunto a cuántas personas les gustarán las bragas con unicornios —canturreó con una sonrisa burlona, una expresión que Nínive jamás olvidaría.

Sus ojos se humedecieron al verse encapsulada en esa burbuja cuya existencia aborrecía.

Sacudió la cabeza al oír unos golpecitos en la puerta.

—¿Niv?

—Ya salgo —se apresuró a contestar.

«El libro. Concéntrate en el libro». Le echó un vistazo al espejo, sacó el corrector de ojeras y se aseguró de que no hubiera nariz enrojecida antes de dirigirse al rincón donde estaba su equipaje. No obstante, su deseo de desaparecer se vio frustrado por DeBlanckfort:

—Eso que dijiste…

—Son cosas de críos, no hagas caso.

—No me parecen cosas de críos.

—Pues no, los críos son más decentes. Son cosas de idiotas, por lo que no pretendas hallar lógica alguna, DeBlanckfort.

—Pero… ¿Qué fue…?

Nínive resopló y se giró hacia él.

—No ha sido nada que no haya podido superar, ¿de acuerdo? Un sujeto se «ofendió» después de que una cría de catorce años supiera más que él en clase de conductismo animal e intentó vengarse al exhibir mi ropa interior.

—¿Qué mierda…?

—Idioteces —apremió Nínive—. El tipo vio una oportunidad para vengarse y la aprovechó, como muchos hacen.

Yo no usaba cinturón por mis problemas de circulación, así que él decidió bajarme los pantalones y mostrar mis bragas en público.

Creyó que era ingenioso, cuando solo dejó en evidencia su idiotez y consiguió que lo expulsaran.

Como ves, yo gané. Aunque no es una victoria de la cual presumir, para ser honesta.

—Nínive tragó la hidroxiurea y cerró su bolso—.

Apreciaría que no se lo dijeras a nadie; no quiero darles ideas a los estudiantes de la abadía.

Al darse la vuelta, no consiguió descifrar la expresión sombría de DeBlanckfort. Era como si le hubieran arrojado una cubeta de agua helada, pero la desazón contrastaba con el fulgor que atravesaba su mirada. Quizá le había resultado una historia demasiado «incivilizada» como para ser cierta.

Alzó su bolso para colgarlo en su hombro, pero él atrapó la correa, haciendo que ella volviera a mirarlo.