REX REXUM 27 #3
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27 #3

—Hemos pasado semanas dando vueltas en círculos.

Hemos seguido pistas y textos antiguos durante meses.

¿Qué sentido tiene? La heredera son puras idioteces, mitos que inventaron para que el pueblo no desespere.

La verdad es que mi familia potenció nuestro linaje solo para que un puñado de idiotas masacraran a todos en una noche.

Estoy solo —añadió en un murmullo—. No hay otros como yo.

LeBlanc quedó callado. Observó al chico que quebraba hierbajos para matar el tiempo y que evadía su mirada para ocultar sus lágrimas. Un héroe de capa caída.

Con cierta aspereza, aún aferrado a su tobillo, se sentó en el suelo. Miró hacia arriba, al cielo estrellado, y pensó qué decir.

Sabía que la heredera existía, pero su identidad era un secreto que había jurado mantener y resguardar con su propia vida.

Desvelarlo pondría su vida en riesgo, así como la del heredero; no necesitaba conocerlo mucho más para saber que, de decirle, no se detendría ante nada ni nadie para dar con ella.

Sin embargo, la situación era más delicada de lo que Salvatore había descrito en sus profecías.

La vida de la chica pendía de un hilo. Pasaba gran parte del tiempo de hospital en hospital.

De-Ràzes a veces se sentía tan desbordaba que arrojaba los tubos de ensayo de un zarpazo.

Por el lado de los DeBlanckfort las cosas no parecían ir mejor.

—¿La dejarías sola? —preguntó LeBlanc.

Tardó en oír una respuesta.

—¿Qué?

—Si la dejarías sola.

—¿A quién?

—A la heredera. —Antes de que el príncipe protestara, añadió—: He visto a Salvatore evitar muertes y tragedias de forma muy precisa… —LeBlanc silenció al oír la risilla de Devon.

—De seguro que sí. Déjame adivinar: no se le dio la gana salvar a mi madre porque ella no era protestante. ¿Es eso? ¿Debemos ser parte de vuestro club para obtener «la salvación»? —Soltó un resoplido—. Vaya idiotez.

LeBlanc frunció el ceño.

—Jamás insinué tal cosa. Pero puedo decir que el priorato me envió pese a que nuestras profecías no dicen nada sobre Escocia.

—Hizo una pausa—. Esta mañana me llegó una notificación del ejército.

Mi abuela, mi madre, mi hermana…, mi sobrino…

Todos muertos. Un ataque en el este. Como puedes ver, no tiene nada que ver con ser «parte del club».

Pero sé que, si no fuera por esa carta, no me habría desvelado.

Y también sé que, si Salvatore hubiera pedido traer a otro monje, tu estarías hundido en el mar.

No esperó una respuesta. Observó el cielo nocturno, donde millones de estrellas se arremolinaban en armonía y caos a la vez.

Se imaginó que un hilo las unía, así como parecían unirse cada uno de los sucesos allí abajo.

Recordó los días de su infancia, las tardes con su hermana, los cumpleaños en familia, la sonrisa de orgullo de su madre al graduarse, las tartas caseras con té…

Un par de lágrimas volvieron a caer, pero sorbió su nariz y las secó con el puño de su chaqueta.

—No estás solo, Devon —dijo—. Sé que no eres protestante, y está bien, pero el futuro está escrito: la heredera existe. Y tú gobernarás con ella.

—Lo que sea.

Devon se levantó con intención de marcharse.

—¿La dejarías sola? —volvió a preguntar LeBlanc.

A espaldas del príncipe, curvó las comisuras de sus labios cuando oyó que las pisadas cesaban—.

Ahora mismo, sea en Sangbièrre o en el mundo terrestre, hay alguien sintiéndose tan sola como tú.

¿Por qué querías saltar? ¿Les temes a esos largos siglos de soledad?

A eso la condenas a ella en el preciso momento que mueras, Devon.

Porque ella existe. Tarde o temprano, llegará.

Así que, debo preguntarte: ¿la dejarías sola?

¿La condenarías a eso que tanto temes? ¿O pelearás para encontrarla?

El profesor se levantó con aspereza. Decidió avanzar hacia el bosque, de regreso a su incómoda carpa. Solo se detuvo al pasar junto al heredero, a quien le propinó una palmadita en el hombro.

—Depende de ti. De nadie más.

Así era. Ni él ni Salvatore podrían impedir que el heredero cometiera una locura como la que casi acababa de presenciar. El destino estaba escrito, les gustase a los mortales o no.

Lo vio con claridad aquella noche: el dolor de la pérdida le había quitado el sueño, pero gracias a ese dolor el príncipe de no se había quitado la vida.

Atravesó el bosque sin temor a los insectos que pudieran acechar en las sombras, confiando en que sucedería lo que tuviera que suceder.

No estuvo equivocado: partir de aquella noche, el príncipe de Sangbièrre no volvió a ser el mismo joven obstinado.

Devon DeBlanckfort comenzó a participar activamente en las búsquedas y las expediciones.

Empezó a aprender tantas lenguas terrestres como pudo.

Consultó con los mejores expertos los posibles significados de las profecías.

El príncipe había elegido creer, y LeBlanc supo que el reino estaría a salvo, siempre y cuando el priorato también cumpliera con su parte.