REX REXUM 27 #2
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27 #2

Se arrimó a la fogata transformada en brasas rojizas y las removió para reavivar el fuego sin mucho éxito.

Los campamentos nunca habían sido su fuerte; había sido criado en Inglaterra, entre tazas de té muy pintorescas y jardines bien cuidados.

La naturaleza le resultaba demasiado caótica, casi cavernícola.

Tomó asiento sobre una de las rocas que habían colocado a modo de asientos y contempló las brasas. «Una semana más», se recordó cuando el deseo de regresar al reino para enterrar a su familia como era debido se apoderó de él.

La familia DeBlanckfort había orquestado una extenuante búsqueda después de que un reconocido filólogo insinuara que los Septem Sacris hacían referencia a Reino Unido.

Si bien la Orden de Lyss conocía el paradero de la heredera, Pierrick prefería que LeBlanc aceptase el pedido por parte de los DeBlanckfort y asistiera con ellos, como si la orden no existiera, como si la chica no hubiera sido encontrada ya.

Ayudaba a mantener un perfil bajo, no levantar sospechas.

Aun así, pese a recordar el noble propósito por el cual se hallaba en un pastizal a orillas del bosque, el profesor cuestionó su utilidad en una guerra que parecía no tener fin.

Cansado, posó los codos en sus rodillas. El crujido de una rama quebrándose en dos lo sobresaltó. Aguzó sus sentidos y apuntó torpemente con la linterna hacia todas partes.

—Oh. —Dejó caer los hombros al percatarse de que era un ciervo—. Solo eres tú.

Supuso que el agotamiento lo hacía delirar. No obstante, con los escudos en alto, se percató de una incongruencia. Frunció el ceño y miró a sus espaldas, al campamento compuesto por tres grandes tiendas. Dentro de la tienda de los DeBlanckfort no se encontraba el príncipe.

LeBlanc había detectado un rastro en las periferias, pero se lo había acreditado al miedo. Estando más tranquilo, podía confirmarlo: el heredero se había alejado del campamento y, por lo que percibía, lo había hecho sin compañía, un gran riesgo.

No se detuvo a pensarlo. Cogió la linterna, cazó uno de los atizadores junto a la fogata a modo de arma y siguió el débil rastro de la esencia de Devon, el cual empezaba a cobrar intensidad a medida que se adentraba en el pequeño bosque cerca del pueblo donde habían buscado a una chica sangbìbier huérfana de catorce años, la cual nunca hallarían porque la verdadera chica estaba a cargo de De-Ràzes.

«No hay bichos, no hay bichos, no hay bichos», repitió como mantra cada vez que la rama de un árbol arañaba sus hombros o su larga melena.

Su frente empezó a perlarse con sudor al ver telarañas.

Su corazón latía con fuerza cada vez que cometía el mismo error que el ciervo y les anunciaba su ubicación a los lobos.

El gélido y despiadado viento del norte congeló su rostro al atravesar la última hilera de árboles.

El sonido de las olas al final del acantilado le indicó que la planicie forrada con hierba terminada de forma abrupta, lo cual hizo sonar las sirenas de su mente, puesto que allí, al borde del risco, yacía el príncipe de Sangbièrre.

«¿Qué diantres hace?».

Los labios de LeBlanc se secaron cuando el príncipe avanzó.

Un par de rocas se desprendieron y cayeron al mar.

Su corazón se detuvo. Se dijo a sí mismo que estaba alucinando y que no era lo que parecía, pero el heredero seguía avanzando, sin preocuparse por lo que había abajo.

«No, no, no, no». El profesor se agazapó y avanzó en sigilo.

Sus piernas temblaban. ¿Correría hacia el príncipe? ¿Y si no llegaba a tiempo?

Aprovechó el estruendo del oleaje y el ensimismamiento del futuro rey para transitar cuesta arriba por la traicionera superficie cubierta de musgo y hierbas.

Las profecías lo vaticinaban: Devon DeBlanckfort gobernaría el Reino de Sangbièrre.

No entendía por qué el heredero merodeaba por el borde del precipicio.

Prefería hacer el ridículo antes que dejarlo aproximarse aún más al océano despiadado.

Alternó la vista entre el príncipe y sus pisadas, procurando no dar un paso en falso. Necesitó inflar los pulmones cuando quedó a un par de metros, desde donde podían verse las gigantescas olas negras que chocaban entre sí, capaces de hundir hasta el más grande de los navíos.

LeBlanc tragó saliva. El temblor fue en aumento, hasta el punto de necesitar apoyar sus manos en el suelo para no marearse.

No obstante, al elevar la mirada, vio que Devon DeBlanckfort pretendía dar un paso hacia el vacío mismo.

Entonces hizo a un lado su vértigo y se precipitó hacia el chico de dieciséis años.

—¡No!

Contuvo al heredero para arrastrarlo hacia atrás, pero el chico empezó a forcejear.

—¡Déjame! —gritó.

LeBlanc no poseía más fuerza que un Dragón Negro, pero sí poseía más desesperación, lo único capaz de explicar cómo consiguió arrojar al príncipe al suelo.

—¡¿Qué te crees que haces?!

—¡Déjame en paz! —Devon intentó reincorporarse, pero el profesor cogió el borde de su camiseta y la clavó en el suelo mediante el atizador—. ¿Qué diablos…? ¡Que me sueltes, maldita sea! ¡Es una orden! ¡Suéltame!

—¡¿Te crees que así solucionarás algo?! —apuntó al océano, luchando para que el chico no se levantase y saliera expedido hacia una muerte segura—. ¡El reino depende de ti, maldita sea!

Para sorpresa suya, una risa ahogada que bien podría haber sido un resoplido brotó del pecho del heredero.

Su resistencia disminuyó al dejarse caer sobre la hierba.

—El reino… —Devon meneó la cabeza de cara al cielo—. El reino siempre podrá coronar a otro. No quiero un reino. —Sus ojos se tornaron lacrimosos—. ¿Sabes lo que me espera? Años. Siglos. Milenios… Una vida infinita mientras veo cómo todos se mueren a mi alrededor.

—No todos morirán antes que tú…

—Sí, claro —El príncipe rodó sus ojos. Aguzó la mirada, observando al profesor en detalle—. Priorato, ¿eh? Creéis en las mismas idioteces que la iglesia sobre la heredera perdida.

—La heredera es real.

—Por supuesto. —El príncipe lo desafió con una mirada que a LeBlanc no le suponía nada bueno.

Confirmó su presentimiento cuando, en un abrir y cerrar de ojos, Devon desenterró el atizador y se quitó de encima al profesor, quien, en medio del desespero, consiguió atrapar un pie del heredero y hacerlo caer—. ¡Déjame!

—¡No puedes huir de lo que eres, Devon!

—¡Me sueltas o te arrastro conmigo!

LeBlanc miró hacia el borde del acantilado.

Una risilla resignada se le escapó.

—Poseo más motivos que tú para acabar allí —murmuró, aferrado al tobillo del príncipe que se arrastraba con fuerza a través del suelo mohoso.

—¡Ya déjame! ¡Suéltame! —Un grito desgarrador cimbró en el aire cual látigo. No obstante, perdió fuerza en cuanto se transformó en una serie de espasmos ahogados en llanto—. Déjame ir.

El pecho del profesor se cerró al oír los sollozos. Muchos hallarían debilidad en sus lágrimas, pero lo que LeBlanc veía era un joven con demasiadas responsabilidades.

—No puedes rendirte, Devon…

—No existe. —El heredero dejó caer su frente—. No soy estúpido —murmuró—. Son puros cuentos. Todos la han buscado desde el 97 y nada. No han hallado nada.

LeBlanc dejó que se diera la vuelta, pero no fue tan ingenuo como para soltarlo. Sin embargo, la mirada perspicaz del príncipe se había desvanecido. No había rastro del joven soldado; solo había un chico triste.