REX REXUM 27
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LEBLANC

El invernadero lucía como una floristería durante la primavera; lirios, petunias, azucenas, peonias, tulipanes, orquídeas…

Todo florecía y abarrotaba la enorme galería de cristal mediante la cual se filtraban los rayos dorados del sol.

El tenue murmullo de la fuente era el único sonido, así como el eco de los pasos del profesor y el canto de las aves que cruzaban los cielos de la abadía.

—Buenos días, señoritas. —LeBlanc ató su delantal, cogió el rociador de cristal con mango dorado y empezó a humedecer las flores con agua—. Lucen despampanantes el día hoy.

Hablar con las plantas era una costumbre adquirida. Ana solía hablarle a cada especie que llegaba al laboratorio. Incluso les hablaba a las células bajo el microscopio, comportamiento que le resultaba extraño en un comienzo, pero que se tornó entrañable con el paso del tiempo.

Como cada amanecer, LeBlanc roció todos los ejemplares del invernadero. Después preparó un té en la pequeña sala para el personal y se sentó junto a la fuente para beberlo sin prisa, admirando el esplendor de la naturaleza.

«Están bien», se dijo a sí mismo cuando se preguntó por el paradero de Devon y Nínive.

Eran jóvenes listos y fuertes, cada uno a su manera.

Sin embargo, la duda se estancó en su mente y comenzó a esparcirse al recordar la llamada de la señorita Bryce.

En parte, tenía razón: un cien por ciento necesitaba el elixir dorado.

Por más oro que inyectase en las venas de Devon, sus niveles en sangre tendían a disminuir poco a poco.

LeBlanc no sabía cómo habían hecho en la Orden de los Fieles para mantener tantos años a la señorita Elysabeth, aunque ese no era asunto suyo.

Su deber era monitorear la salud de Devon.

También monitorearía la salud de Nínive si De-Ràzes tenía éxito, por lo que, después de un último sorbo de té, emprendió su camino hacia el laboratorio.

Anduvo sin prisa, disfrutando del aire fresco de la mañana y saludando con una inclinación de cabeza a los alumnos que lo reconocían.

La noche anterior se había quedado en el cuartel de la Orden de Lyss, repasando los documentos de las expediciones que había realizado en Egipto y Mesopotamia.

Muy poco se conocía acerca del elixir dorado, en parte porque muchos de esos textos habían sido robados o destruidos durante las cruzadas.

Las fórmulas patentadas hasta entonces eran bastante efectivas, pero no cubrían todas y cada una de las necesidades de un cien por ciento.

Faltaban ingredientes cuya mención en los Septem Sacris carecía de precisión o descripción.

Antes de cruzar el Pabellón de Reims, el profesor arrugó su entrecejo.

—¡No me importa, mis investigaciones son privadas! —Agnes estaba fuera del laboratorio IV, señalando a los soldados de la Guardia Real que entraban y salían. Su expresión severa iba dirigida a la señorita Elysabeth, cuya postura recta no se vio perturbada al contestar.

—Poco me interesan sus investigaciones, doctora De-Ràzes. Su asistente se encuentra fuera de frontera junto con mi agresor. Comprenderá que tengo motivos para querer asegurarme de que Bryce no ha estado involucrada en todo esto.

LeBlanc apuró el paso sin perder la compostura al ver cómo Agnes soltaba un resoplido. No le gustaba correr y transpirar sus mejores camisas planchadas. La primavera había sustituido las chaquetas por chalecos; las manchas de sudor causaban repulsión a la vista.

—Buenos días —dijo al anunciar su llegada—. Doctora De-Ràzes. Su alteza. ¿Cómo amanecéis el día de hoy?

—Amanecería de buen humor si no me hubieran ultrajado de la manera que DeBlanckfort lo hizo —espetó la heredera.

LeBlanc prefirió no hacer comentarios capaces de profundizar el enojo de una chica que, hasta el momento, corría con la mala suerte de no ser la prioridad de Devon.

No estaba de acuerdo con los métodos que el príncipe había utilizado.

La preservación de la dignidad era fundamental.

Sin embargo, recordaba lo pálido que se había tornado cuando él le comunicó que no estaba dispuesto a proporcionarle ni una sola dosis de Oro Sagrado más.

Hablaba en serio; Devon corría riesgos irreversibles, por eso no le extrañaba toda esa farsa respecto al heredero y su «reforzamiento en base a una extracción forzosa».

—¿A qué debemos tan grata visita? —preguntó a cambio, haciendo alusión a los guardias que husmeaban dosieres en la mesa de granito.

—A una entrometida que desconoce su lugar y dónde termina su poder —masculló De-Ràzes, viendo fijamente a Elysabeth—. Ni te creas que dejaré pasar esto por alto.

—Ah, ¿sí? ¿Qué es lo que hará, doctora? ¿Enviar a su asistente para matarme? Le recuerdo que no hace mucho se descubrió información comprometedora. Información que la involucraba a usted. No pasará mucho tiempo hasta que pueda acceder a esa información.

—¡Tú nunca…!

—Déjalos hacer su trabajo, Agnes. —LeBlanc extendió un brazo para impedir que De-Ràzes avanzase.

Conocía muy bien a la doctora; era capaz de abofetear a la heredera y ganarse un pase directo a prisión, lo cual no necesitaban en ese momento.

Sobre todo, Nínive—. No es como si hubiera algo que ocultar.

Deja que hagan sus revisiones y se vayan.

—Interesante que sea usted quien lo diga, profesor LeBlanc. —Elysabeth enarcó una ceja—. Según tengo entendido, es el máximo confidente de DeBlanckfort.

—Es cierto. Pero me temo que su alteza no se toma la molestia de avisarme cada vez que está a punto de infringir la ley. Me ahorraría varios tés de tilo si lo hiciera.

La heredera entornó sus ojos.

—No se piense que se saldrá con la suya —farfulló.

LeBlanc mantuvo los hombros encuadrados. No tuvo ningún inconveniente en trazar una expresión risueña al responder:

—La única que siempre se sale con la suya es la verdad, alteza. No me representa un inconveniente que así sea.

Una vez los guardias acabaron con el cateo cuasi ilegal, Agnes y LeBlanc ingresaron al laboratorio convertido en un desorden descomunal.

—Sabía que era una mala idea —expresó Agnes—. ¡¿Tú lo sabías?! ¿Sabías que huirían y no lo mencionaste?

LeBlanc descolgó una túnica blanca del perchero antes de acercarse a las mesas repletas de muestras con sustancias capaces de arruinar su conjunto beis.

—No, Devon jamás lo mencionó. No tengo idea de qué es lo que está haciendo. Solo sé que no sería capaz de permitir que algo malo le pase; Nínive está en buenas manos, Agnes.

No le sorprendió el bufido que soltó su antigua supervisora de operaciones secretas en el DII.

LeBlanc era apenas un aprendiz cuando sus servicios habían sido requeridos; el mejor estudiante de su clase, y el que menos necesidad de revelar secretos tenía.

Solía creer que la doctora le resultaba intimidante por ser nuevo en el DII, pero no tardó en ver que todos le temían.

Bueno, todos menos la reina, quien no dudaba a la hora de hacerla rabiar mediante hipótesis de lo más alocadas.

«Ladra, pero no muerde», le había dicho una vez, cuando las manos del profesor habían empezado a temblar al introducir tres gotas de ácido en un vaso de bohemia bajo la supervisión de De-Ràzes.

Ana no se había equivocado en ese entonces, pero la doctora había dado un giro de ciento ochenta grados desde el 97.

—Buenas manos —refunfuñó mientras regresaba los expedientes a su lugar—. No tendría que haberle dicho nada…

—Si no lo hubieras hecho, Nínive estaría muerta, y te consta.

—Solo me consta que vamos dieciocho años sin resultados. El cumpleaños de DeBlanckfort ya casi llega. Si su esencia no se revela para ese entonces… —Agnes silenció cuando LeBlanc cogió su mano. El profesor le sonrió con la mirada, pese a que la expresión de la doctora era aterradora.

—Confía en él, Agnes. Lo conozco. Sé que no va a dejar que nadie tome lo que le pertenece a ella de nacimiento. Devon no es lo que parece. Nunca lo es.

LeBlanc se dirigió al armario de puertas transparentes que contenía varios tipos de aceites vegetales.

Sintió la mirada furibunda de la doctora, pero no le concedió el lujo de brindarle una explicación.

La rabia que Agnes sentía hacia la corona nunca se iría, sin importar cuántas historias sobre el príncipe LeBlanc le contase.

No obstante, una en particular acudió a su mente.

Una historia que había acumulado años pero que el profesor siempre recordaba.

Y es que, nunca olvidaría el grado de desesperación que había llegado a sentir, o el frío sudor que había descendido por su espalda ante semejante escena…

JUNIO DE 2013, ESCOCIA

La carta había llegado por la mañana. Había ocurrido en medio de una revuelta; diecinueve muertos.

Entre ellos, su madre, su hermana… y un sobrino que nunca llegaría a conocer pese a que el médico había asegurado que se trataba de un «niño sano».

Para los Minoritarios, nada de eso contaba.

Ancianos, niños, bebés… Solo había sed de sangre, sed de poder.

Sentía que había derramado todas las lágrimas que tenía, pero un par de rastros líquidos y silenciosos se desprendieron de sus ojos.

El profesor giró sobre el saco de dormir que cubría la incómoda litera. Una vez, dos veces… Decidió levantarse y salir de la tienda cuando comprendió que no conciliaría el sueño, sino que otra pesadilla volvería a despertarlo y sus compañeros empezarían a dudar de su estado mental.

Llevaban una semana recorriendo pueblos costeros escoceses.

Su lado científico se regocijaba con la variedad de especies que encontraban al cruzar bosques y pastizales.

Su lado filosófico se preguntaba si había algo más que estrellas cuando admiraban los cielos nocturnos.

No obstante, al salir de la tienda, se preguntó por primera vez si su familia lo estaría viendo desde allí arriba.

Una vez más, lágrimas silenciosas descendieron por su cara.