26
JEFF
La lámpara portátil del escritorio alumbraba la superficie donde Jeff había descansado brazos y barbilla. Sus ojos verdes contemplaban en trance el anillo que sostenía, al tiempo que una vocecilla en su mente le preguntaba si lo había estropeado todo durante la excursión a Carcasona.
Torció el gesto ante el pequeñísimo diamante.
«No es suficiente», pensó, pero no había tenido tiempo de reunir más dinero.
El Día de las Luces era la ocasión perfecta para obsequiar un diamante; simbolizaban las estrellas que Lucien creaba para Lilith.
Él no era religioso ni por asomo, pero Kina sí.
Había estado a punto de confesarle por qué hubo alquilado un traje en lugar de comprarlo, pero quería que fuera una sorpresa.
Una sorpresa que temía haber arruinado, ya que Kina se había recluido en su habitación en lugar de quedarse con él hasta que Clarice y AJ llegaran.
Ambos hermanos habían acordado ir al cuarto de Jeff para tratar de comprender cómo era posible que DeBlanckfort hubiera enloquecido de un día para otro.
Para Jeff era simple: el príncipe veía lo mismo que él había visto en la foto del libro censurado.
Nínive era idéntica a Ana, y si personas como De-Ràzes o el prior la protegían, era por un muy buen y oculto motivo.
Sin embargo, en la abadía murmuraban que DeBlanckfort era igual a su padre, un nuevo Manos Rojas que quería la corona para él solo.
Jeff se desinfló en un suspiro.
«¿Qué más da?».
Estratega o criminal, la vida de DeBlanckfort le importaba un comino. Su mayor interrogante era Kina. Alternó las caras del anillo bajo la luz de la lámpara, dubitativo.
¿Era pronto para pedir su mano? ¿Era el Día de las Luces un buen momento pese a la discusión de esa mañana?
¿Y si le decía que no? No tendría el valor de devolverlo.
Es más, poco a poco comenzaba a encariñarse con las iniciales grabadas en el interior.
Precipitado o no, la respuesta que Kina le diera no lo haría cambiar de opinión: ella era la indicada.
Aún no habían cerrado su círculo, pero… nunca había imaginado una vida en la cual Kina no apareciera a diario.
Se había dado cuenta de ello al salir con Leslie.
Cuando a mitad de una película llegaban las mejores partes y ella no reía con él, cuando empezaban a hablar sobre el futuro y Jeff se preguntaba cómo haría para ver a Kina si vivían lejos el uno del otro.
Confirmó su peor miedo aquella noche de invierno, cuando Leslie lo había guiado hasta la cama y le sugirió alimentarse de ella.
Algo invisible jaló de él y lo paralizó en el acto.
Los sangbìbiers que intercambiaban sangre eran los mismos que intercambiaban votos en un templo.
Acababan viviendo juntos, teniendo hijos y…
Él no quería a Leslie. No la quería porque, al imaginarse a su esposa atando el nudo de su corbata, imaginó las manos de Kina sobre su pecho.
No la quería porque, al imaginarse niños, se imaginó un niño rubio y una niña castaña.
Así fue como comprendió que no habría nadie capaz de remplazar a Kina.
Hizo girar el anillo entre sus dedos. Casi se le cayó cuando llamaron a su puerta. Al detectar que se trataba de Kina, gritó un rápido «¡Ya voy!», guardó el anillo en su estuche y lo ocultó en el armario antes de abrir la puerta.
—Hola —saludó más agitado de lo normal. Kina hizo una mueca e ingresó—. Decidí limpiar mi habitación. Mira: no hay más ropa en las sillas. Puedes sentarte aquí y… ¡Oh! Hallé el libro de matemáticas que me prestaste. —Jeff tendió el libro en su dirección—. Ten.
Kina frunció los labios.
—Es del año pasado —dijo.
Jeff rascó su nuca.
—Lo sé, yo… No lo había encontrado antes, por eso no te lo había devuelto.
Pero no volverá a pasar. Pienso limpiar una vez al mes…
¿O a la semana? —probó decir después de que Kina enarcara las cejas.
La verdad es que no tenía idea sobre limpieza, por lo que soltó un suspiro—.
Siento lo de hoy. No era mi intención insultar el baile, lo juro.
No soy fan de ellos, pero me gusta la idea de asistir contigo.
Quién sabe, quizá termine yendo a todos los bailes del mundo después de mañana.
Sintió que podía volver a respirar al detectar la sombra de una sonrisa en el rostro de Kina, que tomó asiento en una de las sillas vacías. Él arrastró la otra hasta quedar sentado frente a ella.
—¿Me perdonas?
Kina fingió hojear su libro viejo.
—No lo sé —se encogió de hombros—. Hoy es el baile del Día de las Luces, mañana será otra cosa. No quiero estar sintiendo a cada rato que soy el motivo por el cual te pierdes la diversión.
—Nunca dije que fueras eso. Es al revés: investigar sería una pesadilla sin ti.
—Creo que te las apañarías muy bien con AJ…
—AJ no se sabe la Constitución. —Jeff arrimó la silla de Kina hacia él y buscó su mirada—. Tampoco se sabe los Septem Sacris, o la cantidad de azúcar exacta que le pongo al café terrestre.
—La cual es demasiada —observó Kina, robándole una sonrisa a Jeff.
Deseó no haber discutido nunca al acariciar una de sus mejillas y descubrir que estaba hirviendo.
Su corazón se precipitó al recordar cuán suaves se sentían esos labios rosas entre los suyos, cómo esas manos lo tocaban con tanta delicadeza que perdía la cordura.
Quería sentir esa clase de calor todos los días.
Ansiaba demostrarle cuánto la quería, hacer que Kina también perdiera la cordura al tenerla en sus brazos, por lo que no dudó en bajar de esa silla y quedar de rodillas frente a ella.
—En verdad lo siento. Estoy tan acostumbrado a que los bailes sean aburridos que por un momento lo olvidé, pero… Este será diferente. Iremos juntos. La universidad también sería un aburrimiento sin ti. En realidad, todo se haría aburrido.
Kina tardó en regresarle la mirada.
—¿Asistirás sin importar qué noticias haya sobre el príncipe?
—Asistiré aunque Terrestre regrese convertida en sangbìbier, D'Agout. —Jeff apretó sus manos—. Te fallé una vez. No seré el mismo idiota.
La mirada helada de Kina poco a poco recuperó sus verdaderos colores.
Jeff empezó a dar saltos y piruetas en su imaginación al percibir una pequeña sonrisa.
Todavía no podía cantar victoria; tenía que cumplir con su palabra y hacer que Kina se sintiera afortunada de ser su pareja, pero podía hacerlo.
—Hasta yo sentiría curiosidad si algo así sucediera.
—Pues te arrastraría a la pista de baile, pero pienso bailar ese Primumfuga contigo.
—¿Qué? —Los ojos de Kina se agrandaron. Jeff supo el motivo—. El primer baile es para…
—Es para parejas que van en serio, ya lo sé. Si no quieres, podemos esperar al próximo. O al que le siga. Pero… —Jeff se acercó hasta que sus narices se rozaron—. Si tú me dejas, pretendo quedarme a tu lado para siempre, no solo para el Día de las Luces.
Los labios de Kina temblaron.
—¿No me plantarás como en la clase de Biología?
—Por supuesto que no. —Jeff comprendió el miedo de Kina mediante esa pequeña pregunta.
Pretendió acallarlo al besar sus labios.
Si ella creía que él iba a escoger un chismorreo de la realeza por encima del baile, podía demostrarle que tal cosa nunca sucedería.
Apoyó las manos en la silla para impulsarse hacia ella y profundizar el beso, pero tuvieron que apartarse cuando Clarice golpeó la puerta.
—Ugh. —Jeff cruzó la habitación a los pisotones y abrió de un tirón—. ¿Conseguiste el ejemplar?
La hermana de AJ lo miró de arriba abajo.
—¿Quién eres, mi jefe? —Ingresó a la habitación sin permiso y Jeff cerró de inmediato—.
Si alguien se entera de que saqué esto de la sala de redacción, estoy frita, ¿habéis oído?
—Kina y Jeff asintieron. Clarice sacó de su chaqueta de cuero un ejemplar del Le Sang; la copia adelantada que la imprenta siempre le enviaba al periódico universitario.
Como era de esperar, en la portada figuraba DeBlanckfort, acusado de extracción forzosa. Teniendo en cuenta que la extracción de sangre había sido a la mismísima heredera, el cargo por traición también merodeaba por las columnas del periódico.
—¿Utilizar a Nínive como escudo humano? —cuestionó Kina al leer la primera columna—. Yo creí que él tenía sentimientos hacia ella.
—Woah —Clarice levantó las cejas—. Es cierto que pasan mucho tiempo juntos, pero… hablamos de DeBlanckfort, Kina. La misma familia que se obsesiona con la corona y no la suelta por nada.
—Sí, pero algo no cuadra —replicó Jeff, merodeando por su habitación libre de papeles—.
DeBlanckfort es exactamente eso que tú dices.
Sin embargo, decidió huir y dejar a la heredera por su cuenta, más desprotegida aún al no disponer de la Orden del Dragón Negro.
Si la corona está contra Devon, la orden estará contra la corona.
—Entonces les ha dejado el camino libre a los Minoritarios —dijo Clarice.
Jeff y Kina intercambiaron miradas. Un pequeño gesto con la cabeza por parte de Kina le sugirió que no abriera la boca, pese a que ganas de presentar sus pruebas no le faltaban.
Lo que habían recaudado no era suficiente información como para sostener que Terrestre no era quien decía ser.
Las coincidencias desbordaban, todas las señales indicaban el camino a seguir, pero Jeff sabía que de estar en el DII lo desacreditarían de inmediato.
—Si yo tuviera que diseñar el perfil de un traidor —dijo a cambio—, DeBlanckfort nunca se correspondería con él. Hablamos del mismo sujeto que le arrojó una copa de sangre a Lord Shefield cuando insinuó que debía olvidarse de los votos de la orden y salir con chicas de su edad.
—Lord Shefield es un depravado, cualquiera lo habría hecho —replicó Clarice.
—Pero Devon suele controlarse incluso frente a los Harssbornen —observó Kina—. Ha dejado pasar rumores y calumnias que involucran a su linaje, pero no perdona a quien empaña la imagen de la corona. Si esta chica en verdad fuera la heredera destinada a cerrar su círculo…