REX REXUM 25 #4
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Nínive respiró hondo. La voz de DeBlanckfort reverberaba en su interior.

Se sintió tentada a estrujar las sábanas con tal de contener las ganas de girarse.

El gesto la delataría, y eso no estaba permitido en su reino emocional, por lo que reprimió cada uno de sus instintos mientras que el contacto la estremecía y el calor del cuerpo de él se proyectaba en sus hombros al descubierto.

—Tendría sentido —dijo finalmente—. Se transformó en la catedral de San Bavón después de que Carlos V destruyera la abadía en la que estuvimos hoy.

—Los cobardes le valieron su destrucción —dijo DeBlanckfort—. Encaja con los versos.

—Tendremos que ir mañana —Nínive señaló los horarios—. Las visitas son gratuitas, a menos que quieras pagar por ver «la Adoración del Cordero Místico».

—¿Cordero Místico?

—Es un cuadro. —Nínive amplió la imagen. DeBlanckfort le hizo cosquillas con su cabello al ladear la cabeza.

—La anunciación. —Le dio unos toquecitos a la pantalla—. Tiene el lirio, es de los nuestros.

—Entonces… ¿Esa es la pintura que buscamos?

—La obra es un políptico; está dividida en varios paneles pintados al óleo. En este caso, los paneles laterales funcionan como puertas. Puertas que…

—Las puertas cerradas bajo las puertas abiertas —comprendió Nínive.

—Exacto. Allí debe estar la clave. Lo tenemos.

Nínive suspiró del alivio.

Por fin hacía algo útil.

DeBlanckfort hojeó el índice de la guía turística y marcó la página correspondiente a la catedral. Por su parte, Nínive se sirvió un vaso de jugo de naranja. Tenían las respuestas, así que podía cenar en paz. Su atención recayó en DeBlanckfort al ver que solo cogía un puñado de frutos secos.

—¿Puedes comer lo mismo que cualquier terrestre?

—Por supuesto. Las dosis complementan la dieta, pero no lo son todo.

Es como si un terrestre pasase toda su vida en una cueva; sin importar cuánto coma, se debilitará sin la luz del sol.

Antes necesitaba una dosis de sangre diaria, pero desde que cerraste mi círculo fueron sustituidas por altas concentraciones de oro más una fórmula similar al elixir.

Nínive desencajó la mandíbula.

—¿En verdad pretendes que me crea esa fábula?

—No es una fábula, es lo que sucedió. Creía que reconocías mis mentiras. ¿Ves que esté mintiendo? —DeBlanckfort dejó el cuello a la vista.

Nínive buscó indicios, pero fracasó estrepitosamente. Por accidente, su mirada se desvió del objetivo principal. Descendió a través del moldeado pecho al descubierto y aterrizó en los valles que se formaban entre un oblicuo y otro.

DeBlanckfort soltó una risilla desde el fondo de su garganta al percibirlo. Sus ojos brillaban al señalarla con la barbilla.

—Por eso te sientes así al verme. Y eso siento yo al verte a ti. ¿O me dirás que te has sentido así antes?

El comentario la hizo despabilar:

—¿Sentirme atraída por alguien y querer ahorcarlo a la vez? No, admito que es una emoción bastante nueva…

—No mientas. —DeBlanckfort se inclinó y desplegó una sonrisa al observarla—. ¿Quién lo diría? Te sonrojas al mentirme.

—No me sonrojo al mentir…

—No me refiero a cuando engañas a todo el mundo.

Hablo de cuando me mientes a mí. Es cautivador.

Y adorable. Y… —Sus labios fueron acercándose peligrosamente a los de Nínive, cuyo corazón latía desbocado al tenerlo prácticamente encima de su boca—.

Me parece que tú serás la encargada de detenerme, porque yo ya no puedo contenerme, pequeño lirio…

Las palabras se atoraron en su garganta. Abrió la boca para protestar, pero la expectativa que la consumía por dentro solo quería aniquilar esa distancia y descubrir de una vez por todas cómo se sentirían sus besos.

No lo detuvo.

Guio sus labios hacia él con temor a que todo se tratase de una trampa, pero DeBlanckfort aniquiló las dudas al capturar su boca entre sus labios sin intención de dejarla ir.

«Mierda».

Las mariposas que había mantenido enclaustradas se rebelaron y levantaron vuelo. Devon acarició su mejilla y se apropió de cada rincón en sus labios. Arrasó con ellos con el ímpetu de un mar tormentoso; la sal y la fuerza de su boca barriendo cualquier asomo de duda.

Nínive se sintió al borde de una sobrecarga cuando él estrechó su cintura antes de profundizar el beso, hundiéndola en la calidez y la suavidad de su pecho.

Al quedar a horcajadas sobre él, sus caderas se unieron y la exquisita fricción le arrancó un gemido involuntario.

Por primera vez, se permitió tocarlo sin reservas.

El gruñido que él emitió contra su boca le dio la valentía necesaria como para deslizar sus dedos a través de su cuello y su pecho, donde el corazón de Devon latía tan rápido como el suyo.

Sus labios la envolvieron una y otra vez, hasta que perdió la cuenta, y supo que estaba perdida en el preciso instante en el que él descendió por su cuello y lo mordió antes de lamerlo, robándole un nuevo suspiro.

—Esto es lo que los hacemos al alimentarnos —le susurró al oído. Ella sintió que su piel se estremecía en respuesta—. Y no pienso alimentarme de nadie que no seas tú, pequeño lirio.

Ambos intercambiaron miradas.

Sus respiraciones agitadas suplicaban por oxígeno, pero la distancia se tornó insoportable y sus labios acudieron al encuentro con desesperación.