REX REXUM 25 #3
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25 #3

—La única vez que salí con alguien, no funcionó —recordó mientras anudaba las vendas—.

El chico había terminado con su novia y quería recuperarla.

La cita fue el pretexto que usó para ponerla celosa.

Fue decepcionante, pero era la primera vez que salía sin mi madre.

No iba a dejar que eso arruinara el día.

—¿Se ganó tu corazón y te dejó ir?

—Las cosas no funcionan como en Sangbièrre, DeBlanckfort. En la abadía me ven distinto por ser terrestre. En mi mundo me ven diferente por tener SCD. Para vosotros, una o dos décadas no es la gran cosa. En Maine, hace que muchos no tengan ganas de salir con alguien como yo.

—No, no lo entiendes. —Nínive se tensó cuando Devon cerró una mano en torno a una de una de sus piernas—. Ese sujeto rechazó décadas a tu lado cuando yo renunciaría a mi longevidad con tal de pasar un año contigo.

Nínive arrugó el entrecejo.

—Creo que el té que te dio la monja tiene efectos alucinógenos en sangbìbiers…

—No. Eso es lo que quieres creer. —DeBlanckfort se levantó y Nínive vio hacia otra parte—. No sé qué problemas tienen en Maine, pero no deberías preocuparte por esos números. De-Ràzes no descansará hasta hallar tu cura.

—Lo sé. Yo tampoco lo haré.

—Exacto.

DeBlanckfort salió del baño y tomó asiento al borde de la cama con el mapa en su regazo.

—¿Qué te parece si nos enfocamos en los versos? Antes de morirme de dolor, pensaba en el penúltimo: menciona el anuncio del secreto. Sospecho que sigue las mismas líneas que los acertijos del castillo. La respuesta podría estar en una pintura.

—¿No tendrías que vestirte primero?

Él negó sin apartar sus ojos del mapa.

—Estoy bien. Suelo trabajar hasta tarde. Así es como termino de leer informes en mi cuarto. Ya sabes sobre las heridas, no tengo nada que ocultar.

Nínive bordeó la cama sin atreverse a verlo.

A diferencia de él, ella sí que tenía algo que ocultar.

Su torso desnudo hacía bullir su sangre.

Lo más escandaloso de todo era admitir que la incitaba a quebrantar la regla de «no tocar» y lo odiaba; la falta de autocontrol era propia de los descerebrados.

Tomó asiento del lado opuesto, frente a la laptop.

DeBlanckfort subió las piernas y la miró.

—¿Me evitarás durante toda la estadía?

Nínive fingió estar leyendo.

—He dejado en claro que no acostumbro tener chicos semi desnudos en mi cuarto.

—Técnicamente, el cuarto es del hotel.

—¿Me tomas el pelo?

—No. Si yo resistí la tortura de ver tus muslos, tú puedes con esto. Y si no… —DeBlanckfort ancló su mirada en ella—. No tengo inconvenientes con que sacies tu curiosidad.

Nínive fijó la atención en la pantalla pese a que sus mejillas se encendieron con la facilidad de una cerilla.

Su cuerpo traicionero conspiraba en su contra: le imploraba acortar la distancia, que acabara con la agonía de una vez, despejar la incógnita de cuán tersa se sentiría su piel al tacto.

Hacía añicos a su orgullo, y lo peor era que no sabía cómo disimular el alboroto interno.

Por su parte, DeBlanckfort bajó de la cama y cazó una camiseta. Como si un imán la hubiera atrapado, Nínive alzó la vista justo cuando los músculos de su abdomen se flexionaban, previo a ser cubiertos por la prenda de algodón.

—Bajaré a la recepción para comprar una guía turística; suelen incluir las obras más famosas de la ciudad.

—¿Dónde quedó todo eso de tener que permanecer juntos por los Minoritarios y no sé qué?

—¿Me estás pidiendo que no me vaya?

—No. Te estoy recordando el ridículo motivo por el cual no tengo habitación propia.

—Oh. —DeBlanckfort indicó su cabeza—. Estoy despierto. Si alguien se acerca a ti, lo sabré. Aprovecharé para traer algo de comida, agua y… Veré si tienen hielo para tus mejillas.

Nínive cogió el primer almohadón a su alcance y se lo arrojó, pero él cerró la puerta a tiempo.

En su ausencia, leyó varios artículos sobre la iglesia de San Miguel. Revolvió su bolso en busca de una libreta y enumeró las obras de arte en exhibición. Minutos más tarde, DeBlanckfort cruzaba la puerta cargando una bandeja repleta de comida.

—¿Puedes creer que cobran recargo por la cena? Y esta cosa —señaló la guía para turistas—, quince euros. Están dementes. ¿Tuviste mejor suerte con el acertijo?

—No —Nínive suspiró—. Nada parece estar enlazado al pergamino. Aunque, el campanario que mencionó la hermana Sophia sí que tiene un dragón y… ¡¿No puedes ser normal y quedarte con la camiseta puesta?!

—El vendaje es molesto —replicó antes de hundir el colchón bajo su peso. Ella procuró ignorarlo cuando se situó a su lado—. ¿Qué campanario es?

—El Campanario de Gante. Quizá figura como Belfort van Gent en la guía.

DeBlanckfort aproximó la bandeja hacia ellos y abrió el libro recién comprado.

Nínive retomó su lectura, aunque de hito en hito ojeaba la jarra con jugo de naranja.

Prefería hallar respuestas primero y comer tranquila después.

Le sorprendió que DeBlanckfort se sumiera en su lectura y no abriera la boca.

De vez en cuando lo descubría viendo en su dirección.

En realidad, no estaba segura de quién pillaba a quien; a veces sucedía a la inversa y ella giraba su rostro enrojecido por la vergüenza.

¿El origen de tanta curiosidad? Le intrigaba la faceta más íntima de DeBlanckfort.

Jamás se le hubiera ocurrido que prefería leer por las noches sin camisa o que al quedar inmerso en sus pensamientos arrugaba ligeramente el ceño y se relamía labio inferior.

Eran pequeños detalles que le gustaba coleccionar en su archivo mental.

Una vez abstrajo los datos más relevantes, pasó a investigar la catedral de San Bavón, cuya fachada se llevaba el protagonismo en la ventana del hotel. Comenzó a leer la historia del monumento sin mayor interés, mas pronto se inclinó hacia la pantalla.

—Esto es curioso —notó.

DeBlanckfort se acercó. Nínive estaba a punto de comentarle su hallazgo, pero entonces una delicada caricia erizó su brazo.

Cuando miró por encima del hombro, comprendió que DeBlanckfort acababa de usar su nariz para regresar a su sitio el tirante caído de la blusa.

El desconcierto le robó el habla. Él finalizó la tarea con un beso a la altura del hombro.

—Se había bajado —murmuró.

—Uh, yo… —Señaló la pantalla del ordenador porque no sabía qué decir—. La catedral de San Bavón fue construida encima de otra iglesia, dedicada a San Juan Bautista.

—El Valiente le debe su nombre. —DeBlanckfort posó su barbilla en el hombro de Nínive—. La figura de San Juan es más antigua que la de Baptise el Valiente. Era popular en el medievo, por lo que Baptise le debería su nombre a ese terrestre.