25 #2
Nínive dudó. ¿Necesitaba vendas o le estaba tomando el pelo?
Por si acaso, decidió ratificar que en verdad traía las dichosas vendas.
Cuando hurgó en el bolso, tuvo que hundir la mano hasta el fondo para dar con ellas.
Una gota de sudor frío descendió por su espalda al identificar todo tipo de artículos de primeros auxilios en el estuche.
¿Por qué un cien por ciento cargaba con vendas?
Rompió el plástico que las recubría, quitó un par, cogió la ampolla de suero y entreabrió la puerta, lo mínimo indispensable para que su brazo atravesara la rendija.
—Aquí están.
Oyó una risilla lacónica.
—Necesito el paquete entero, Bryce.
Nínive arrugó el ceño. Un rápido vistazo al paquete bastaba para inferir que la cantidad era una exageración. A menos que hablaran de una herida grave.
—¿Estás vestido? —preguntó entonces.
—Hum… Tengo pantalones.
Con el corazón en la garganta, Nínive abrió la puerta. La recibió una densa y húmeda nube de vapor. Divisó a DeBlanckfort en la tapa del inodoro, con los codos descansando en sus rodillas. Cierto alivio la invadió al no encontrarse con un charco de sangre.
—¿Qué sucede? No me creeré que utilizas vendas para secarte el rostro.
DeBlanckfort bosquejó una sonrisa desganada.
—No es eso. —Extendió un brazo—. ¿Me pasas las vendas?
—¿Para qué quieres un paquete entero?
Él resopló.
—De decirte, no me creerías. Prefiero la excusa de que es para secarme la cara.
—Pues no pienso darte nada si no me dices la verdad. ¿Tan difícil es confiar en mí? Ambos estamos metidos en este lío. Solo te pido que seas honesto por un día. Un día.
DeBlanckfort rio, resignado.
—Un día… Está bien.
Giró sobre su eje y Nínive contuvo el aliento. Había dos largos cortes en proceso de cicatrización a la altura de los omóplatos, ambos con carne al rojo vivo en el centro. Estaban limpios, eso era lo más importante.
—Para ser sincero, prefiero que no hagas preguntas.
—Pero… —Nínive se aproximó con cautela—. Esto… Se supone que sanas enseguida. ¿Por qué tienes esto?
DeBlanckfort volvió a emitir una risa carente de humor.
—Te sorprendería cuánto duran algunas heridas…
Nínive se apresuró en abrir la ampolla de suero. DeBlanckfort gimió en cuanto la venda humedecida aterrizó en su piel.
—Lo siento. —Nínive arrugó la nariz—. ¿Qué te sucedió?
—¿De veras quieres saber?
—Quiero comprender por qué no has sanado.
—Oh. Eso es fácil: el Oro Sagrado retrasa nuestra regeneración celu… ¡Auch! —DeBlanckfort gruñó cuando ella presionó más de la cuenta—. ¡¿Piensas curarme o matarme?!
—¡¿Oro sagrado?! ¡Te dije que dejaras esa cosa! ¿LeBlanc sabe que eres adicto? Porque si tú no se lo dices, yo…
—¡No soy adicto!
El cuarto de baño quedó en silencio.
DeBlanckfort suspiró.
—No tenía opción. Era esto o… —No terminó la oración.
—¿O qué?
—O revelar mi nuevo porcentaje.
Nínive dejó de dar toquecitos en su espalda.
Intentó asimilar las palabras bajo anestesia emocional total. Desconocía cuándo DeBlanckfort había comenzado a consumir Oro Sagrado, pero sabía que la fecha era anterior a la llegada de Elysabeth. Las cuentas no cerraban, y las preguntas se aglomeraban como una bola de nieve:
—¿Conocías a Elysabeth desde antes?
—¿Qué? No.
—Entonces… ¿Cerraste tu círculo con alguien más?
DeBlanckfort se giró hacia ella.
—¿En verdad quieres saber?
«No».
—Sí —murmuró con menos determinación de lo que hubiera deseado.
Vio aquel par de ojos grises que tenía por costumbre atraparla.
No se sentía lista para escuchar a DeBlanckfort.
Estaba convencida de que desprendería un mar de lágrimas si él le confesaba la existencia de otra chica, una chica que en verdad amaba, pero también sabía que la verdad rompería los grilletes de la ilusión.
La regresaría a su lugar. Por lo tanto, encuadró los hombros y fingió ser de hierro cuando el heredero cogió aire.
—Bien, la verdad es que he tenido que ocultar mi porcentaje desde el cinco de junio, después de visitar Maine. Cuando explotó la granada y caímos, ambos resultamos heridos. Uno de tus labios estaba roto y…, al besamos…, la sangre entró en contacto con…
—¿De qué diablos hablas? —Nínive colocó la palma de su mano contra la frente de él—. No tienes fiebre, solo delirio. Te dije que nada de bromas…
—Pregúntale a LeBlanc —aseveró—. Pregúntale a Wagner si no. ¿Por qué crees que clasificó el caso Sauer? ¿Por qué no te lo he mostrado hasta ahora? ¿Por qué Phillipe se apareció en tu casa en persona y se tomó la molestia de crear semejante farsa con tal de expulsarte del reino?
DeBlanckfort se puso de pie y capturó las manos de Nínive al adivinar sus intenciones de retroceder.
—Tú cerraste mi círculo. Ni Elysabeth ni nadie, has sido tú.
Y si quiero que estés lejos de ella, es porque me resulta demasiado extraño que el mismo archivo que descubrió Phillipe sea el que ella quiere.
Esto de aquí —indicó su espalda—… Nuestros dioses tenían alas.
Es lo que LeBlanc amputó para que nadie se diera cuenta.
¿Cómo explicar que fui a América con un noventa y nueve y regresé con un cien por ciento?
Nínive sacudió la cabeza.
—No. Eso no… No es… Olvidas que trabajo con muestras de mi ADN a diario, DeBlanckfort. Adivina qué: cien por ciento terrestre. Las pruebas dicen que soy terrestre.
—Dicen lo que De-Ràzes quiere que digan.
Agnes, LeBlanc, Pierrick… Todos están implicados.
¿Por qué Pierrick aprobó tu ingreso a la abadía?
Nunca han aceptado terrestres. Él lo sabía.
¿No se apareció LeBlanc cuando los Harssbornen casi te extraen sangre por la fuerza?
¿Sabes que Heims es de los nuestros? ¿Sabes por qué lo conozco? Es lo que descubrió Sauer.
—Yo… —Nínive negó una y otra vez. El aire era escaso. El cuarto de baño se encogía a cada respiro—. Yo no soy…
—Hey, tranquila. Tranquila —DeBlanckfort la ciñó contra su pecho, pero la electrizante sensación de tocar su piel desnuda provocó el efecto opuesto a la tranquilidad—. Todo está bien.
—Soy terrestre —musitó, más para ella que para él.
Sintió una caricia en su cabello.
—Te dije que no me creerías.
Nínive tomó distancia.
—¿Cómo creer semejante disparate? Tengo madre. Tuve padre. Te aseguro que ninguno bebía sangre, lo habría descubierto.
—No necesito que me creas. Necesito que sepas que, si cerré mi círculo, es por ti.
Si le extraje sangre a Elysabeth, es porque corría riesgo de no recuperarme si seguía inyectándome.
El reino piensa que consumí su sangre, pero tú eres testigo: la muestra está con De-Ràzes.
Sé que no me creerás hasta verlo con tus propios ojos.
No me enorgullece, pero yo tampoco lo creí hasta ese día, así que…
no espero nada. Solo quiero que comprendas que no hay nadie más, ¿de acuerdo? Nadie.
Hubo una pausa que ninguno se molestó en llenar.
—¿Qué me dices si nos enfocamos en hallar el Rex Rexum y luego regresamos a la abadía para resolver este lío?
—Yo… —Nínive enmudeció. Lo que DeBlanckfort decía no tenía ni pies ni cabeza, pero por desgracia se entremezclaba con la extraña serie de preguntas que Kina y Jeff le habían hecho.
Él de seguro detectó la confusión en su rostro, porque besó sus nudillos y volvió a sentarse en la tapa del inodoro.
—Haz de cuenta que no he dicho nada —dijo—. Pero, por lo que más quieras, no se lo menciones a nadie. Si tengo estas marcas, es porque nadie puede saberlo.
Nínive observó los cortes en la espalda. Le costaba creer que allí había habido un par de alas. Apenas creía en los ángeles.
Prefirió hacerle caso a DeBlanckfort y aplazar el tema de su mente, aunque las dudas brotaban sin control a medida que humedecía las vendas: ¿qué decía el caso Sauer? ¿LeBlanc empezaría a tartamudear si ella le preguntaba por su ADN?
«Pero qué diablos dices, ¡tus heridas no se curan solas!».
Definitivamente, olvidarse del asunto era la mejor decisión.
DeBlanckfort le permitió improvisar un vendaje pese a no contar con experiencia.
«Ojalá fuera cierto», pensaba a medida que sus ojos se perdían en las curvas que moldeaban la espalda del heredero.
Si era honesta, había deseado que no existieran barreras entre ellos desde el primer día.
Una teoría tan disparatada derrumbaba muros, pero dejaba su corazón al descubierto.
Eso la aterraba hasta el punto de perder la concentración y rozar accidentalmente la piel de DeBlanckfort.
Contuvo el aliento ante el despiste.
—¿Soy yo o te tiemblan las manos? —preguntó él.
—No te rías.
—No me rio. Resulta encantador. Aunque no debería avergonzarte. Eres bióloga; sin las alas, no tengo nada que el resto de los terrestres no tengan.
Nínive frunció el ceño.
—No sé qué clase de vida crees que llevan los terrestres, pero vendar torsos desnudos no era uno de mis pasatiempos en Maine.
—¿No? —DeBlanckfort tiró su cabeza hacia atrás para mirar a Nínive—. ¿Qué pasatiempos tenías? No soy experto, pero en el mundo terrestre no existe el concepto de afines. Los adolescentes tienen citas a temprana edad.
—Suenas como un anciano.
—¿En serio? Quería indagar, saber si tenías pretendientes. Sé que ahora mi espalda no luce bien, pero te aseguro que cicatrizará y me veré como cualquier otro chico americano.
Nínive sonrió, terminando de ajutar las vendas.
—No sé si quiero que te parezcas a esos chicos —murmuró.
—¿Por qué?
Ella se encogió de hombros.
—Quizá fue mala suerte, pero mis experiencias no han sido del todo buenas. Sé que hay chicos amables, pero también hay chicos desagradables. No te das cuenta de ello hasta que te rompen el corazón.
—¿Qué?
Nínive vio a DeBlanckfort con ternura. El desconcierto sonaba genuino, como si acabara de hablarle en un idioma que no conocía. Tal vez así era; en Sangbièrre se tomaban demasiado en serio todo el asunto de las parejas afines.