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NÍNIVE

Tejados de un azul tenue cual acuarela, torres similares a las de un castillo, techos de varias aguas…

Las fachadas de los edificios seguían siendo un estrafalario espectáculo nocturno.

Se prolongó cuando doblaron por Maaseik-straat en dirección perpendicular al canal.

El camino peatonal adoquinado fue sustituido por aceras regulares, aunque la monumental estructura que lo coronaba no poseía nada de regular.

—La catedral de San Bavón —dijo DeBlanckfort.

Nínive contempló el armatoste de decenas de metros de altura interrumpido por imponentes ventanas de arcos apuntados, ojivas que celosamente salvaguardaban la tracería de piedra y pináculos rematados con cruces. Imposible pasar desapercibida.

—Podríamos recorrerla por la mañana si nos quedamos aquí —DeBlanckfort indicó los paneles de cristal del lado de enfrente. La palabra «hotel» sobresalía en letras blancas.

Nínive frunció el ceño.

—Dudo que un hotel frente a un monumento histórico cueste barato. Notarán que eres un turista al cual pueden estafar.

—Eso es lo de menos. —DeBlanckfort se precipitó hacia la entrada—. Hablo neerlandés. Lo importante es no apartarnos del camino.

—¿Y el pago? No podemos utilizar tarjetas. El DII podría…

DeBlanckfort le echó una mirada de soslayo.

—No soy idiota, Bryce.

—Solo decía.

Cuando se dirigieron al mostrador del hotel, Nínive dejó de comprender lo que DeBlanckfort decía.

La recepcionista le dedicó una amplia sonrisa e ingresó una serie de datos en el ordenador.

Nínive deseó que no hubiera forma de rastrear esa información.

Su nombre había dejado de existir. Temía que DeBlanckfort metiera la pata y que de un segundo a otro la farsa se viniera abajo.

Para lidiar con la ansiedad, se dio vuelta y observó la pulcra sala con vista a la calle.

Vio la catedral, un par de transeúntes en bicicleta, una pequeña tienda al otro lado de la acera…

Se giró cuando DeBlanckfort tocó su hombro.

—Listo —indicó antes de volver a colgarse los bolsos.

Ella reprimió los comentarios.

Se internaron en el vestíbulo enmoquetado que los guiaba al elevador y, ni bien se cerraron las puertas de acero, soltó lo que tanto le preocupaba:

—¿No te pidieron identificación?

DeBlanckfort sacó un pequeño carné del bolsillo de su pantalón y Nínive lo cogió. Era su identificación. O algo por el estilo.

—¿Martin Dubois? ¿Quién demonios…?

—Sabes que tenemos vidas largas. —DeBlanckfort regresó el carnet a su lugar—.

Cuando nacemos, el gobierno emite dos actas: una sangbìbier y otra terrestre.

Contamos con documentación que renovamos cada ochenta o noventa años.

De-Ràzes solía llamarse Agatha antes de cumplir noventa, pero no le digas que te dije.

—Vaya. —La expresión de Nínive cambió. Con documento original o falso, ella había dejado de ser alguien. Se había transformado en su propia profecía autocumplida: no era más que… un fantasma—. ¿Qué hay de mí? ¿Podría obtener un carné falso?

—No puedo dar tus datos por ahora, pero… —DeBlanckfort comprimió sus labios—. Nos aseguraremos de que obtengas una identificación acorde a tu persona ni bien toda esta locura se termine. Dalo por hecho.

Nínive asintió.

—¿Y mi llave?

—¿Qué?

—Mi llave. La de mi habitación.

—Pues… —DeBlanckfort suspiró—. No puedo evitar que un minoritario ingrese a tu habitación estando dormido; nuestras habilidades funcionan si estamos despiertos, así que solo hay una llave, una habitación.

Nínive vio cómo él aprovechaba el timbre del elevador para salir de allí como quien lanza una granada.

«Lo mato».

Abandonó el claustrofóbico cuadrado a los pisotones.

—¡No pienso compartir habitación!

—Shh. —El heredero dejó un dedo contra su boca—. Las personas duermen. No puedo proporcionar tus datos en la recepción ni estar en dos sitios al mismo tiempo. Es decir, compartiremos habitación.

—Pero… —Nínive se esmeró por hallar una excusa.

Nada se le ocurrió. ¿DeBlanckfort y ella juntos?

¿En la misma habitación? Sacudió la cabeza para deshacerse de lo que resultaban ser sus peores miedos y mayores deseos a la vez.

Necesitaba estar sola. Lejos de él. Si no…

«Perderás la cabeza si sigues a su lado».

DeBlanckfort encontró el número de puerta correcto y los latidos de Nínive se precipitaron.

¿Cómo dormirían? Supuso que el gran fanático del protocolo real habría tenido la decencia de pedir una habitación con dos camas.

Si no, ella misma dormiría en el suelo. No le entusiasmaba la idea, pero, al ingresar al cuarto avistó una única cama y supo que la moqueta sería su paradero si a él le resultaba denigrante.

Desconcertada, cerró la puerta en cámara lenta. Por su parte, como quien llega a su casa después del trabajo, DeBlanckfort depositaba el equipaje en el suelo y sacaba su laptop.

—Tenemos internet gratis —dijo—. Y allí está el baño. Si te apetece, puedes cambiarte o ducharte mientras me encargo de la conexión de esta cosa. —Como Nínive no se movía, la miró—. ¿Todo en orden?

Ella apenas parpadeó.

Intentaba asimilar el escenario. Nunca había compartido habitación. Mucho menos con un chico. Nunca había estado en un hotel. La mayor de las interrogantes —y a la que más le rehuía— era cómo convivir con DeBlanckfort en un espacio reducido.

—Yo… Sí. —Nínive abrió su bolso.

Si bien la prenda superior estaba húmeda, el resto había sobrevivido a la lluvia. Cogió la primera muda de ropa a mano y le dio la espalda a DeBlanckfort a la hora de sacar su ropa interior, la cual enrolló en la toalla antes de salir disparada hacia el baño.

Una vez allí, se apegó a la puerta.

«Es una locura», fue la conclusión.

Recordó la adrenalina que había experimentado aquella tarde en Maine, cuando había tenido su primera y última cita con Ryan. La sensación oscilaba entre felicidad y emoción.

DeBlanckfort evocaba un sentimiento más intenso. La cita parecía no tener fin, pese a que ni siquiera era una. A Nínive se le hacía imposible no quedarse prendida del color de sus ojos, el sonido de su voz o la forma de su cuerpo.

«Y eso está mal», se reprendió antes de abrir el grifo.

Se dio una ducha para quitarse el frío de encima y se vistió deprisa.

Al remover el vapor del espejo, se paralizó frente a su reflejo.

Solía ocurrirle cada vez que pasaba mucho tiempo entre personas de piel sonrosada.

Reencontrarse con las sombras violáceas de sus permanentes ojeras desenterraba la imagen de un reloj en cuenta regresiva.

Un recordatorio de por qué tenía prohibido hacerse ilusiones de cualquier clase.

Sus ojos se empañaron tanto o más que el cristal con nitrato de plata, pero barrió cualquier rastro de humedad con la toalla y cogió el cubre ojeras en un pobre intento de borrar el fastidioso tictac mental.

Salió del baño después de secar su cabello.

DeBlanckfort había tomado asiento frente a un escritorio del lado opuesto. Estaba inmerso en la pantalla de la laptop, pero al oír a Nínive se giró por encima del respaldo.

—¿Y el encantador pijama de la otra vez?

Ella apretó los labios. Había optado por una blusa blanca de tirantes y pantalones azules porque ni loca dormía en camiseta larga y bragas, como solía hacer en la abadía.

—Lo usaría si no tuviera compañero de cuarto.

—Y de cama.

Nínive lo asesinó con la mirada.

—¿Por qué esa cara? —protestó con mirada divertida—. Sé comportarme. Además, los hoteles no son románticos.

—Prefiero dormir en el piso —espetó ella.

Oyó la risa ahogada del heredero a sus espaldas.

—Tomaré una ducha —dijo a cambio—. Dejé el pergamino y el mapa en el escritorio. Tenemos una extraña clase de internet, por si quieres buscar los posibles significados de los versos.

—¿Crees que el internet de aquí sea útil?

DeBlanckfort se colgó una toalla al hombro.

—No hallarás casi nada sobre nosotros, pero… sabes cómo están entrelazadas nuestras historias y sus símbolos, por lo que, te darás cuenta en caso de dar con información valiosa.

Apenas cerró la puerta, Nínive se puso manos a la obra.

Cogió la laptop y se sentó en medio de la cama con el mapa desplegado y el trocito de papel sobre el teclado.

No sabía qué buscaba: la llave, el libro, ambos…

Tampoco intuía por dónde comenzar. El camino estaba repleto de iglesias y los versos de Ludovic III no le decían nada: «El Valiente le debe su nombre.

Los cobardes le valieron su destrucción.

Sus puertas cerradas dentro de las puertas abiertas anuncian el secreto.

Deja que Miguel alumbre el camino donde yacen el dragón y el león».

Las últimas palabras espolvorearon una pizca de amargura en su pecho. Era una advertencia tan poderosa como su reflejo en el espejo. DeBlanckfort contaba con un destino escrito en piedra. Un destino que lo unía a Elysabeth.

«Tal vez se lleven bien con el paso del tiempo», pensó.

Ella y DeBlanckfort tampoco habían comenzado con el pie derecho.

Quizás, entre tantos malentendidos y discusiones surgían sentimientos tan extraños como los que experimentaba ahora.

No obstante, darle rienda suelta a su imaginación la hacía sentirse peor, por lo que se limitó a investigar los edificios que flanqueaban el camino señalado por el mapa.

Comenzó por la iglesia de San Miguel. Semejante nombre debía significar algo. Abrió el sitio web oficial, pero apartó la vista en cuanto oyó un gruñido proveniente del baño. A ello le siguió un estruendo. Luego hubo silencio.

Los ojos de Nínive iban de izquierda a derecha, a la caza de indicios. La regadera se había detenido.

«¿Se habrá quemado con el agua?».

—¿Está todo bien? —preguntó por si acaso

Nadie contestó.

El silencio despegó a Nínive de la cama.

—¿Te has golpeado?

—Yo… —DeBlanckfort siseó—. ¿Podría pedirte un favor?

Nínive dudó.

—Más te vale que no sea una broma, DeBlanckfort…

—Necesito el paquete con vendas y la ampolla de suero.

—¿Qué?

—En mi bolso. Hay un estuche transparente con vendas.