24 #3
—Una cosa son las reglas burocráticas, otra cosa…
—«Otra cosa es caminar de la mano contigo cuando desposarás a alguien más».
Herida. Comprendió que la respuesta correcta era herida.
Consiguió desenlazar su mano y se abrazó a sí misma—.
La calle está vacía. No somos tan estúpidos como para perdernos.
DeBlanckfort se la quedó viendo, pero no le devolvió la mirada. Él regresó su atención al mapa y ella notó cómo las fachadas coloridas fueron remplazadas por aburridos edificios grisáceos al doblar por Keizer Karelstraat.
—Si caminamos un par de manzanas por el canal, llegaremos a la calle que contiene el camino de San Miguel.
Nínive observó la nube de vapor blanca que se formaba con cada exhalación.
Sus cabellos empapados colgaban hasta su cintura, sus pies nadaban dentro de la piscina en la cual se habían convertido sus zapatos, el aire fresco de la noche congelaba su ropa.
No le importaba qué camino tomasen, solo quería darse una ducha y envolverse en una manta.
—¿De verdad no tienes idea de qué significan los versos?
—Estoy bastante seguro de que la primera línea se refiere a Baptise el Valiente, pero no sé qué significa. Ese de allí es el río Lys —DeBlanckfort señaló a la derecha.
Se adentraron en un pasaje llamado Bisdomkaai, una bonita calle adoquinada con macetas rebosantes de flores en la barandilla de hierro galvanizado que daba a las aguas del canal.
Del otro lado se desplegaban numerosos comercios cerrados, a no ser por algunos restaurantes cuyas sombrillas hacían de paraguas sobre las mesas de la acera.
Pequeñas casas de dos o tres pisos se apiñaban al otro lado del canal, una más angosta que la otra.
Las farolas hacían que sus siluetas se reflejaran sobre las aguas oscuras.
Nínive ladeó la cabeza al divisar un letrero con la palabra «bienvenidos» en neerlandés. No difería mucho del inglés.
—Es bastante encantador —comentó DeBlanckfort.
Ella enarcó una ceja.
—¿Esperabas que los terrestres vivieran en chozas?
El heredero bosquejó la sombra de una sonrisa.
—No… Cuando cruzo frontera, aterrizo directamente en el sitio al cual debo acudir. Nunca tengo tiempo para recorrer.
—Oh. —Nínive se estancó en las flores rosadas de una maceta—. Supongo que tenemos algo en común.
—Quién lo diría…
—¿Nunca has viajado por otro motivo?
La expresión de DeBlanckfort fue indescifrable.
—De pequeño vacacionaba en el castillo de mis abuelos o en alguno de los palacios del reino. Nunca ha sido fácil bajar la guardia teniendo en cuenta que los Minoritarios iban tras mi cabeza. Y las expediciones que realicé al crecer… Estaba más enfocado en los hallazgos que en admirar la vista.
—Buscabas a la heredera. —No era la primera vez que Nínive oía sobre esas expediciones.
—Ajá. —DeBlanckfort hundió sus manos en los bolsillos y contempló el suelo.
Nínive lo contempló a él.
La imagen distaba mucho del príncipe de impecable postura. Junto a ella caminaba una persona de cabeza gacha, inmersa en sus pensamientos, de cabello húmedo desalineado y camiseta arrugada. Lucía como cualquier otra persona pillada por la lluvia. Una persona como ella.
Contra su voluntad, los recuerdos aparecieron: aquella tarde de mayo, después de ser atacados por un estudiante, DeBlanckfort le había confesado que quería creer en la heredera de la misma forma que ella quería creer en su cura.
En aquel entonces ella no había sido egoísta; había comprendido que DeBlanckfort necesitaba hallar a su afín.
Sin embargo, ahora ni siquiera podía hablar sobre la heredera sin sentir que se le formaba un agujero en el pecho.
Miles de preguntas cruzaron su mente: ¿DeBlanckfort no estaba feliz por haberla encontrado?
¿No era lo que se esperaba? ¿O sí que lo era y por eso había bebido su sangre y lo arriesgaba todo en Bélgica?
«Pero no es justo».
Sintió que nunca llegaría a comprenderlo.
DeBlanckfort luchaba por el bienestar del reino y arriesgaba su propio pellejo con tal de «mantener la corona». Incluso ella se había dado cuenta en menos de un minuto de que Elysabeth no estaba a su altura.
—No vale la pena —afirmó sin pensar.
DeBlanckfort salió de sus propias cavilaciones.
—¿Qué cosa?
—Esto. —Los ojos de Nínive se agrandaron—. Entiendo que sea su derecho gobernar, pero nadie conoce mejor que tú a los Minoritarios. No vale la pena que lo arriesgues todo por ella.
—¿Estás celosa?
—¿Disculpa?
DeBlanckfort se encogió de hombros.
—Sea por el reino o por alguien más, cualquiera pensaría que los riesgos son necesarios. Es la única forma de vencer a los Minoritarios antes de que organicen una matanza. Aunque, por algún motivo, a ti te fastidia.
—¡No me fastidia! Si en verdad te busca el DII…
—¿Si en verdad me busca?
—¡Sí! Tengo dos teorías: uno, esto es un montaje que has organizado con la chica esa para que los Minoritarios piensen que os lleváis mal mientras avanzáis filas…
—Sigues llamándola «la chica esa». Es tierno.
—O, dos —enfatizó al fulminarlo con la mirada—, en verdad se te zafó un tornillo, le extrajiste sangre y huiste para hallar el libro que te hará avanzar por tu cuenta y revertirá las acusaciones que ella ha hecho contra tu familia al atrapar a Phillipe.
—¿Debo escoger una?
—¡Debes decir la verdad!
—La verdad… —DeBlanckfort sopesó sus palabras—.
La verdad es que, si cometí semejante delito, es porque no me fío de Elysabeth.
Los análisis en Suiza dieron positivo; significa que el consejo se ve obligado a concederle el trono.
A no ser, claro, que surja alguna clase de emergencia nacional… Como todo este caos, por ejemplo.
Nínive desencajó su mandíbula.
—Tú… ¡¿Hiciste todo esto porque no quieres compartir una tiara, DeBlanckfort?! ¿En serio?
—No. ¿Acaso no he sido claro? No confío en ella. No quiero que acceda a los archivos del consejo ni a los del DII. Fue criada por el luxirianismo ortodoxo. Su líder está en la lista.
—Pero… La lista tiene tres nombres. Sesenta y seis por ciento de probabilidades en contra. Y sí, comprendo que no quieras que acceda a esa información, pero ¿cómo esperas que te tomen en serio cuando el ADN confirma que es hija de los reyes y tú has quedado como un criminal?
—Mi reputación es lo de menos. El crimen era necesario: De-Ràzes puede asegurarse de que los resultados son auténticos.
—¿Y no podías pagarle a una mucama para que te diera un mechón de cabello?
—No.
—¡¿Estás de chiste?!
DeBlanckfort obstaculizó el paso y Nínive se detuvo.
—Pretendían forzarme a asistir con ella al Día de las Luces —farfulló—. Quedarme no era opción.
Nínive no supo qué alegar.
Una gotita helada se desprendió del cabello de DeBlanckfort y aterrizó sobre su mejilla, pero él la apartó con el pulgar.
—Quizá no lo sepas, pero, en nuestro mundo, el Primumfuga es importante —murmuró DeBlanckfort—.
Si bailas esa pieza, le comunicas al reino entero que tu pareja de baile es a quien has escogido como compañera de vida.
Es quien estará a tu lado para siempre. Así de serio es.
Prefiero esto antes que convertirme en su marioneta.
—Entonces… Tú no… —Nínive tropezó con sus propias palabras—.
¿Todos esos años buscando a la heredera no han servido de nada?
No pretendo ofender, pero, es la única que podría ser tu afín.
Tal vez no te has dado cuenta por esa desconfianza que tanto te…
—Nínive guardó silencio cuando DeBlanckfort acunó su rostro en sus manos.
—¿Qué tal si tenemos esta conversación bajo techo?
Un millón de mariposas levantaron vuelo, pero ella no dudó y las cazó una por una, arrojándolas al extraño lugar del cual habían salido.
—Hay cosas más importantes —dijo al apartarse—, como el acertijo que dejó tu abuelo. ¿Cómo nos conectaremos a internet?
DeBlanckfort quedó inmóvil un instante.
Nínive retomó el camino
—Muchos sitios de hospedaje cuentan con internet.
—Sí, pero no tenemos teléfonos.
—No, pero yo tengo mi laptop —palmeó el bolso y sonrió al ver la expresión dubitativa de Nínive—. Es impermeable.
Ella se preguntó si su equipaje habría sobrevivido al diluvio. También se cuestionó a sí misma al ver a DeBlanckfort por el rabillo del ojo.
«No deberías ser tan cruel», se dijo, pero no conocía otra forma de ser. Tantas personas habían pisoteado su corazón que, de todos los nombres en el mundo, Devon DeBlanckfort era el último que quería ver en esa lista. La única manera de evitarlo era impidiéndole el paso.