REX REXUM 24 #2
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24 #2

Conforme seguían a la hermana Sophia, Nínive examinaba las bóvedas de crucería en lo alto, muy similares a las de la abadía.

Al adentrarse en la inmensa construcción gótica, las enredaderas que habían conquistado los muros exteriores quedaron atrás.

El lugar lucía tan desalineado como el jardín, con paredes que se caían a trozos y un montón de escombros etiquetados cual rocas en un museo.

Hacia arriba, anchas vigas de madera se entrecruzaban y le daban forma al techo de dos aguas.

Finos tubos metálicos sostenían las lámparas que cruzaban el salón donde la hermana Sophia los invitó a tomar asiento con una humeante taza de té.

—Sé que no es lo que frecuentáis, pero la sangre en esta parte del mundo…

—Descuide, no es necesario —dijo DeBlanckfort.

—Vaya. —La hermana Sophia levantó las cejas—. Entonces es cierto: un cien por ciento queda libre de toda maldición.

Nínive se zampó la taza de té y disimuló las ganas de gritar tras quemarse la lengua.

No quería escuchar a DeBlanckfort si se ponía a hablar acerca de su círculo cerrado o del hallazgo de otra cien por ciento.

Tampoco quería permanecer mucho tiempo en sus ropas ensopadas.

Se mantuvo callada, analizando el comportamiento de la mujer mientras calentaba sus manos con la taza y sacudía un pie a causa de la impaciencia.

—Eso parece —ratificó DeBlanckfort—. Pero lo que nos ha traído hasta aquí es otro asunto: necesitamos un libro que mi padre os encomendó a en el 97.

—El Rex Rexum, lo recuerdo bien.

Nínive vio alrededor por temor a que alguien oyera la conversación a hurtadillas.

—Vuestro abuelo ocultó la llave original antes de pasarle una copia a Adort-Boge I. No mencionó dónde, pero insistió en que usted la hallaría mediante una carta que redactó en su último año de vida. Es uno de los secretos que he custodiado.

Devon y Nínive intercambiaron miradas.

—¿Aún tiene la carta? —preguntó Nínive.

—Por supuesto. —La hermana Sophia se quitó el rosario. Separó el dije a la mitad, revelando un angosto compartimento del cual removió un pergamino enrollado—. Ludovic dijo que usted sabría qué hacer.

DeBlanckfort cogió el diminuto pergamino y Nínive estiró el cuello para husmear por encima de su hombro.

—«El Valiente le debe su nombre —Devon le mostró el papiro a ella—. Los cobardes le valieron su destrucción. Sus puertas cerradas dentro de las puertas abiertas anuncian el secreto. Deja que Miguel alumbre el camino donde yacen el dragón y el león».

Nínive se desinfló de la desilusión.

Otro trabalenguas.

—A decir verdad —murmuró la hermana Sophia—, muchas veces me sentí tentada a leerlo, mas no lo hice. —El sonrojo hasta las orejas fue prueba para Nínive de que no mentía—. Ahora que os escucho, mejor así.

—¿Sabe qué significa?

—Temo que no, querida. Me sorprende que se nos mencione porque el maestre no insinuó nada acerca del escondite de la llave. Nuestro fundador nunca redactó en sus diarios que hubiera tenido una visión acerca del paradero del Rex Rexum. Aunque, quizás hace referencia al camino de San Miguel.

—¿Qué es eso?

—Un código —dijo la hermana Sophia—. El camino desde la iglesia de San Miguel hasta esta misma abadía funciona como un mapa. Cruza el río Lys a través del puente de San Miguel y abarca edificios emblemáticos, como el campanario, donde la familia de su alteza erigió su emblema, el dragón.

—Pero… —Nínive contrajo las cejas—. ¿No fuisteis vosotros los encargados de esconder el Rex Rexum?

La hermana Sophia torció el gesto.

—Uno de nuestros monjes se encargó de ocultarlo, pero también se encargó de cumplir con esas peticiones que os mencioné antes. —La hermana Sophia ancló los ojos en DeBlanckfort—. Vuestro abuelo convocó una reunión de urgencia. Allí leyó su última voluntad.

»Ludovic III decía que el mejor secreto es aquel que no se cuenta.

El primer maestre, Ludovic II, había dejado un montón de pergaminos con sus visiones plasmadas en ellos.

Una en particular advertía que el Rex Rexum regresaría a la orden, mas no habría maestre para ocultarlo.

En base a ella, vuestro abuelo recurrió a un método poco ortodoxo para asegurar el escondite del libro en caso de que la guerra que preveía el Gran Maestre resultara cierta.

—Clavem meam, anima tua —murmuró DeBlanckfort—. Mi llave, tu alma.

La hermana Sophia asintió.

DeBlanckfort reparó en que Nínive se lo quedó viendo.

—En la Orden del Dragón Negro —aclaró—, cada vez que existe un secreto demasiado importante como para correr riesgo de que sea filtrado, se nos convoca para exigir un sacrificio.

—¿Qué?

—Una persona dispuesta a dar su vida con tal de mantener el secreto a salvo —explicó la hermana Sophia—.

Tanto sangbìbiers como terrestres sucumbimos muchas veces ante las tentaciones que nos proporciona este mundo, por lo que, llevar el secreto a la tumba es la única forma que tenemos de asegurarnos de que será resguardado.

Nínive sacudió la cabeza.

—¿Me diréis que hay personas tan locas que dan su vida a cambio de un secreto?

—No es «a cambio de un secreto» —dijo DeBlanckfort—.

Es a cambio de preservar algo demasiado importante como para caer en manos erróneas.

Usualmente se ofrecen miembros de edad avanzada; personas que han perdido a su familia o cuya salud está deteriorada.

Lo hacen porque saben. Saben que es un honor morir por lo que han defendido toda su vida.

La causa es mucho más grande que una sola vida.

—Exactamente. —La hermana Sophia asintió con brío—. A nuestro hermano, Jannick van Veen, le quedaban dos meses de vida cuando aceptó la misión. Todos tratábamos de contener las lágrimas aquel día, pero él lucía muy convencido.

Nínive trató, pero no pudo hacerse a la idea.

¿Morir por una llave? Dudaba que no existiera una manera más efectiva y menos riesgosa de guardar un secreto.

El método rozaba lo arcaico. Por un momento, la inquietó la idea de convertirse en una de esas personas debido a su temprana fecha de caducidad.

No obstante, ¡ni loca daba su vida por un libro!

Correría como alma que lleva el diablo ante la mera sugerencia.

Y no quiso, pero sin poder evitarlo miró a DeBlanckfort.

—¿Tú darías tu vida por una maldita llave? —cuestionó.

—No soy miembro de la Orden de San Miguel —dijo a modo de excusa. Nínive estuvo a punto de protestar, pero añadió—: Soy un Dragón Negro. Si mantener a la corona fuera del alcance de los Minoritarios implicase poner a disposición mi propia vida, sí, lo haría. Me sentiría en paz con mi decisión.

Nínive bajó con disimulo la mirada. Ninguna de las venas de su cuello sobresalía.

Su corazón se comprimió.

«¿Darías tu vida por esa chica?», moría por preguntar, pero se sintió tan tonta que selló sus labios y pasó a ser espectadora de la conversación.

La hermana Sophia les sugirió mantenerse dentro del camino de San Miguel, donde la concentración de adeptos era más alta. También les proporcionó un mapa de la ciudad con el trayecto marcado en azul.

—Os ofrecería alojamiento aquí —dijo—, pero, como veréis, no poseemos las condiciones propicias.

—Descuide. —DeBlanckfort se puso de pie—. Necesitamos conexión a internet para descifrar los versos.

La hermana Sophia sonrió.

—Definitivamente, este no es el lugar indicado.

Nínive se preguntó cómo demonios se conectarían a internet sin dispositivos móviles. «Qué importa», pensó antes de obligarse a cruzar la antigua abadía rumbo a la puerta.

A medida que los escoltaba, la hermana Sophia enumeraba con entusiasmo sus restaurantes favoritos.

Nínive no se esforzó por retener los nombres.

No habían llegado a Gante para catar platillos tradicionales.

Tampoco estaba al tanto de cómo funcionaban las órdenes de caballería ni sus códigos.

Se limitó a encerrarse en una burbuja e inspeccionar los penumbrosos alrededores una vez salieron por la arcada principal.

La monja les indicó que solo se fiaran de los miembros que portaban el medallón de la orden. Antes de despedirse, pronunció una bendición similar a las que solía oír en las misas cuando asistía obligada por su madre.

—¿Crees que dice la verdad? —DeBlanckfort caminaba a su lado—. Acerca de que no sabe lo que significan los versos.

—Sí —afirmó Nínive.

Cruzaron el puente erigido por encima de un canal repleto de pequeñas embarcaciones. Del otro lado aguardaba una pintoresca hilera de chalets dentados.

Justo cuando empezaba a pensar que disfrutaría del viaje, el calor de DeBlanckfort deshizo el espejismo al coger su mano.

Nínive frunció el ceño.

—¿Qué haces?

El heredero alternaba la mirada entre el mapa y el camino.

—Si bien el DII no sabe dónde estamos, nos encontramos en territorio desconocido. No tenemos forma de comunicarnos, por lo que… —DeBlanckfort indicó sus manos entrelazadas—. Debemos mantenernos juntos.

—Creía que estaba prohibido tocar a la realeza —insinuó con el recuerdo latente de cada una de las veces que DeBlanckfort había farfullado «deja de tocarme».

Intentó hacer añicos el contacto, pero él afianzó el agarre.

—Haremos otra excepción.

—Pues yo no quiero excepciones. Prefiero seguir las ridículas reglas. —Intentó romper el contacto por segunda vez, pero fue lo mismo que la nada—. ¿Podrías soltarme?

—Estás enfadada…

—No.

«Sí».

Nínive regresó la vista al frente. Las casas eran angostas, de varios pisos y con colores llamativos en puertas y ventanas. «Enfócate en el objetivo», se dijo, consciente de que así camuflaría cualquier emoción. Aún no sabía si estaba enojada o herida, ni cuál de las dos opciones era peor.

DeBlanckfort parecía divertirse:

—¿Por qué querría apegarse a las reglas una especialista en romperlas?