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NÍNIVE

Gotas heladas salpicaron su rostro cuando DeBlanckfort destapó la escotilla vagamente iluminada. El túnel acababa en una pared de cemento. La única salida aguardaba escaleras arriba, mediante esqueléticos escalones de hierro incrustados en la pared.

Una ráfaga de viento gélido se coló por el agujero, haciendo que la nuca de Nínive se erizara.

—¿Por qué presiento que hemos llegado al ártico?

DeBlanckfort arrancó unos hierbajos en forma de enredadera que pendían de las paredes y obstaculizaban el paso. La lluvia pareció arreciar, y no había bolso o espalda que los cubriera.

—Yo apostaría por Londres —respondió con aspereza, utilizando manos y piernas a modo de impulso para escalar el tramo final desprovisto de escaleras.

—Creía que tenías prohibido hacer apuestas.

La lluvia empapó la cara de Nínive al subir los últimos peldaños. Justo cuando se preguntaba cómo demonios trepar por los muros de piedra, la mano de DeBlanckfort se apareció en su campo visual y la tomó cual salvavidas.

—Haré una excepción contigo —respondió él.

Nínive emergió a la superficie e hincó ambos brazos en la pared circular atestada de musgo. Cuando sus pies aterrizaron sobre el césped, comprendió que el agujero era en realidad un antiguo pozo de agua.

Cuestionándose dónde estaban, ojeó los ruinosos alrededores.

Una deteriorada construcción medieval les daba la bienvenida.

Las paredes habían sido conquistadas por la hiedra y presentaban huecos debido al desprendimiento de sus sillares con el paso del tiempo.

Las arquerías bordeaban el edificio, robustos centinelas que aún se sostenían en pie.

El despiadado aguacero no tardó en ensopar sus hombros.

La oscuridad, producto de los nubarrones y el atardecer, impedía vislumbrar algún letrero capaz de brindarles una pista en torno a su paradero.

De no ser por los tejados de las casas vecinas, habría pensado que acababan de regresar en el tiempo.

—¿Qué diantres es esto? —preguntó ella.

DeBlanckfort observaba el claustro con el mismo grado de confusión.

—No es un lugar que haya visitado antes…

—¡¿Quién anda ahí?!

Ambos se giraron en sentido a la agitada voz femenina.

Desde el interior del ruinoso edificio, la luz de una farola delataba la posición de la robusta mujer de mediana edad, ataviada con una falda gris y un saco de lana azul.

La cruz plateada colgada en su cuello resplandecía con su andar.

El crucifijo estaba unido a un rosario de madera.

Quizá no estuvieran en Bélgica, pero estaban dentro de las fronteras del mundo terrestre.

—¿Corremos? —le susurró Nínive a DeBlanckfort.

Él no contestó.

Ella elevó la mirada.

El heredero se mantenía firme como un estatua, observando a la desconocida que profería alaridos en un idioma extraño, aunque algunas palabras sonaban idénticas al inglés. Nínive se preguntó si DeBlanckfort formulaba una convincente explicación o si tenía un as bajo la manga.

El nerviosismo se incrementaba con cada paso que la mujer daba. No podían darse el lujo de ser arrestados por invasión de la propiedad privada en su primer día. Sería un fracaso. La mujer estaba a punto de ingresar al claustro y DeBlanckfort…

—Vi Draco —dijo con las manos en alto.

La desconocida frenó en seco.

Nínive vio al heredero de reojo. Ya había oído esas palabras; le pertenecían a la Orden del Dragón Negro. Pero, ¿significaban algo en su mundo? Quiso creer que DeBlanckfort no las pronunciaría a menos que hubiera detectado algo que ella había pasado por alto, tal y como solía ocurrir en la abadía.

Ratificó esa corazonada cuando el ceño malhumorado de la mujer se transformó en confusión absoluta, escudriñándolos como quien intenta reconocer a un familiar después de muchos años.

Nínive deseaba que se diera prisa; sus dientes estaban a punto de castañar, tanto por el frío como por el silencio prolongado.

—Draco sub umbris —contestó finalmente.

—¿Qué diablos…? —Nínive se interrumpió cuando la mujer hizo una reverencia y empezó a hablar atolondradamente en un inglés muy rústico.

—Oh, por todos los Dioses. ¡No os quedéis bajo la lluvia! Acercaos, acercaos…

DeBlanckfort emprendió el camino hacia la galería porticada que bordeaba el claustro.

Por inercia, Nínive puso en movimiento sus extremidades congeladas.

Barajaba dos hipótesis, pero no quería pronunciarlas en voz alta por temor a quedar en ridículo.

Esa había sido la emoción predominante durante el viaje; se sentía como un animal fuera de su hábitat natural.

Los acertijos y las pinturas no eran lo suyo.

Mucho menos la historia de los linajes reales.

Pero DeBlanckfort había dicho que necesitaba su ayuda.

¿Ayuda para qué? Si él solito resolvía cada problema.

Ella había sido útil a la hora de usar un tonto polvo amarillo y a la hora de ser… un escudo humano.

«No eres una ayuda, eres una garantía», concluyó al repasar la secuencia de imágenes previa al escape. No le costó imaginarse a De-Ràzes maldiciendo su estupidez. Demasiado ingenua para la comunidad científica. DeBlanckfort había cometido un crimen. ¿No era hora de ser un poco más objetiva con él?

Echó un vistazo furtivo cuando estrechó la mano de la mujer vestida como monja.

Trató, pero, como muchos en Sangbièrre, no comprendía sus acciones.

Dudaba de la heredera, pero luego se reforzaba con su sangre.

Quería acabar con los Minoritarios, pero cometía un crimen imperdonable.

Decía que no odiaba a los terrestres, pero le enervaba que su familia estuviera ligada a su mundo.

«Más te vale terminar con esto de una vez», se dijo a sí misma.

Porque el problema no era DeBlanckfort, el problema era con cuánta facilidad ella daba el brazo a torcer al tenerlo cerca.

El problema era que accedía a meterse en problemas con tal de pasar tiempo a su lado.

—Lamento la falta de modales —dijo la rubicunda mujer de rostro redondo—. No solemos recibir visitas. Menos aún visitas como las vuestras.

—Y eso significa… —inquirió Nínive.

—¡Oh! ¡Qué cabeza la mía! Soy la hermana Sophia, miembro custodio.

—Exhibió un medallón en cuyo centro se desplegaban un par de alas doradas y las iniciales o, ese y eme—.

Me encargo de vigilar la abadía por las noches en caso de que surjan contratiempos.

No esperaba que ese viejo pozo fuera a abrirse. ¡Lleva décadas acumulando moho!

Nínive miró sus manos mugrientas e hizo una mueca.

—¿Dónde estamos? —preguntó.

—En la abadía de San Bavón, en Gante. Es una de las puertas para los maestres que provienen de… ¿De dónde provenís vosotros? El último Gran Maestre decía ser de Bretaña. Aseguró que uno de sus descendientes recogería un tesoro importarte, pero nunca anunció la fecha.

—Normandía —contestó DeBlanckfort—. No he obtenido el título de maestre, pero sé que mi bisabuelo, Ludovic II, fundó la orden. Aunque me habían dicho que estaba compuesta por terrestres, no por… sangbìbiers.

Nínive ladeó la cabeza al corroborar una de sus sospechas.

No todos los días se aparecían belgas conocedores de la Orden del Dragón Negro.

Mucho menos bajaban la guardia con facilidad ante dos extraños que irrumpían en su propiedad.

Sin embargo, la decepción era terrible: acababan de escapar de una abadía llena de sangbìbiers…

para caer en otra abadía. También con sangbìbiers.

«Genial».

—No se haga ilusiones, alteza. —La hermana Sophia sonrió. Sus ojos pequeños se comprimieron todavía más—. La orden está conformada por terrestres. No obstante, si la sangre de Ludovic circula por vuestras venas, no creo que represente un problema.

Nínive aplastó los labios para no soltar una carcajada.

Como ya era costumbre, percibió la tensión en el cuerpo de DeBlanckfort.

Presentía que en cualquier momento se pondría a enumerar los motivos por los cuales involucrar terrestres era una pésima idea.

«Patán», deseaba decirle en voz alta. En su lugar, intervino antes de que él y sus traumas lo arruinaran todo:

—¿Por qué usa un rosario si es sangbìbier? —preguntó—. ¿Y por qué pertenece a la orden si está integrada por terrestres?

—Es porque debo mantener un bajo perfil, señorita…

—Bryce. Nínive Bryce —respondió, aunque frunció el ceño al oír el resoplido de DeBlanckfort—. Entonces, ¿nadie sabe que usted es sangbìbier?

—Oh, por supuesto que sí. Toda la orden lo sabe.

El último Gran Maestre me designó como custodia de los secretos.

Cada maestre elige un custodio; un sangbìbier que se asegura de que las instrucciones del maestre se cumplan una vez fallezca.

Nos elijen a nosotros porque, como en este caso, puede pasar más de un siglo para que las peticiones se concreten.

Las peticiones de Ludovic III fueron muy precisas.

—¿Tercero? —repitió DeBlanckfort—. Creía que solo mi bisabuelo era miembro.

—Su abuelo fue el último maestre, alteza.

Me advirtió que no esperase por vuestro padre; dijo que la línea monárquica se vería interrumpida hasta que usted naciera.

Explica por qué nadie se encargó de su ceremonia de iniciación.

Pero esas historias pueden esperar. Permitidme serviros una bebida caliente.

La hermana Sophia indicó el interior del claustro.

Afuera, la lluvia empezaba a amainar. «Teníamos que ir a toda velocidad», se lamentó Nínive, recordando cómo DeBlanckfort había acelerado cual maniático con tal de no perder tiempo.

De haber llegado unos minutos más tarde, el diluvio no los habría alcanzado.

En su mísera defensa, el vehículo que habían encontrado en los túneles lucía de lo más antiguo.

Nínive se había preguntado si alcanzarían su destino con las cuatro ruedas intactas o si se quedarían varados a medio camino.

No tendrían forma de pedir ayuda porque habían dejado los teléfonos en el castillo; DeBlanckfort aseveraba que Wagner intervendría las líneas.