22 #4
—Exacto. —DeBlanckfort reposó el óleo sobre el escritorio.
Nínive comprimió la boca al reconocer a la famosa mujer cuya sonrisa siempre había representado un enigma—.
La versión que se le proporcionó al reino, y el motivo por el cual se lo considera un héroe, es que Baptise resistió gracias a su sed de venganza.
No obstante, el motivo es mucho menos honorable…
Sangbìbiers y terrestres solían unirse antes de la Ley de Rumania.
Por lo general, dentro de una monarquía los nombres no se repiten; se enumeran para distinguir las obras de un monarca y de otro.
Sin embargo, Ana era el nombre de la esposa de Baptise, y Ana I fue el nombre de la esposa de Adort II. ¿Intuyes a qué se debe?
—Pero… ¿no lo habrían detectado por su porcentaje?
—En el medievo no corrían esos parámetros, Niv.
Mil años de hibridaciones hicieron que todo fuera confuso.
Si bien mi linaje consiguió reponerse, experimentamos un gran retroceso cuando Baptise desposó a una terrestre: Ana de Lorient.
Pese al gran amor que le tenía, Baptise no murió después de su asesinato.
Para evitar sospechas, y por si acaso el secreto se revelaba, mi familia fingió su muerte.
Él huyó con los restos de Ana a Italia. Ese es el gran secreto: el origen de Ana, el paradero de Baptise.
La Monna Lisa era un retrato para Baptise.
—Pero…
Nínive ahogó un grito al ver que DeBlanckfort dividía el famoso cuadro que ya estaba cortado por la mitad. Invirtió sus lados e indicó el paisaje que parecía coincidir de una punta a otra. Entonces señaló el puente a lo lejos.
—¿Sabes dónde queda esto?
—Ya te he dicho que no estudié arte, no me lo recuerdes a cada rato.
—Algunos dicen que es el Ponte Vecchio de Bobbio.
Bajo él fluye el río Trebbia. Unos kilómetros al sur hay un pequeño pueblo llamado San Salvatore.
Para el mundo terrestre es un pueblo fantasma.
Para nosotros, no. Salvatore velaba por la seguridad de los sangbìbiers.
Nos protegió durante la Inquisición. La localidad que se muestra en el cuadro está cerca de una comuna en la que siempre se han escondido sangbìbiers exiliados: Sanguineto.
Por eso, si observas con detenimiento los ojos…
—DeBlanckfort señaló uno de los iris marrones—, notarás un par de eses trazadas con disimulo.
Nínive quedó petrificada, contemplando la pintura mientras que DeBlanckfort rebuscaba algo dentro del cajón.
«Toda mi vida… un engaño», fue su deducción al distinguir la pequeña letra. Aunque no podía afirmar que el óleo fuera original. Quizá ni siquiera DeBlanckfort podía hacerlo. Quiso creer que se trataba de una muy buena copia y ya.
—Aquí está la otra mitad. —DeBlanckfort dejó en alto una pieza de metal similar a la que Nínive había retirado del sobre. Al unirlas, las piezas formaron una flor de lis, igual en tamaño y forma a la que estaba grabada en el círculo metálico al fondo de la sala—. ¿Estás bien?
Nínive elevó sus cejas.
—Sí. Claro. Solo acabo de enterarme de que la Monna Lisa es un mapa secreto que revela el paradero de un rey muerto, nada más. ¿Por qué preguntas?
DeBlanckfort sonrió.
—No solo es un mapa. Es también un retrato. De Ana, o lo que Baptise recordaba de ella.
—¿No se trataba de un encargo que habían hecho en Italia?
—Es el rumor que hicimos correr. ¿Por qué crees que hasta la fecha no se ha encontrado el comprobante del encargo en ciudades como Florencia, donde se llevaba un estricto control?
—¡Yo qué sé! Lo único que sé de Italia es que tienen muy buenas investigaciones sobre genética. Y ahora me pregunto si está vinculado a vosotros.
DeBlanckfort meneó su cabeza. Guardó el óleo, lo cerró con llave y regresó al fondo de la habitación. Ambos se acuclillaron frente al gran círculo parecido a una alcantarilla.
—Si mis instintos no me fallan… —DeBlanckfort insertó las piezas en el agujero en forma de flor de lis.
Perezosos engranajes traquetearon antes de que el heredero girase la cubierta metálica, exponiendo una contratapa que hizo que Nínive rodara los ojos. DeBlanckfort acarició la inscripción acompañada por un tablero igual que el de la estufa.
—«Revela el secreto y el secreto se te revelará».
—Yo solo quiero un túnel —gimoteó Nínive—. ¿Es mucho pedir?
—Monna Lisa —murmuró DeBlanckfort. Empezó a introducir la clave, pero Nínive lo detuvo ni bien insertó la primera letra.
—Son tres bloques de tres letras cada uno —advirtió—. No puede ser Monna Lisa.
—Lo sé —contestó con mirada risueña—. Ese es el secreto que Da Vinci reveló mediante el retrato: San Salvatore, el lugar donde acabó Baptise con Monna Lisa. O lo que es igual tras reordenar las letras: Mon Lis Ana. «Mi lirio, Ana» —tradujo conforme escribía la clave—. El lirio terrestre de Baptise.
Nínive contuvo el aliento cuando el tablero parpadeó en luz verde. La alcantarilla se hundió y luego desapareció a un costado. Abajo, una escalera de hierro descendía hacia un enorme túnel bien iluminado gracias a las luces incrustadas en las paredes.
—No puede ser… —Nínive volvió a quedar paralizada.
—Traeré los bolsos.