22 #3
—¿El arte? —se aventuró a decir ella, reparando en la inusual cantidad de óleos que decoraban las paredes.
DeBlanckfort afirmó con la cabeza.
—Nos manteníamos al tanto mediante símbolos de especial significado para nosotros.
Como la iglesia había afianzado su poder en ambos mundos, todo ocurría en secreto; ellos nos ayudaban a nosotros y nosotros los ayudábamos a ellos.
En el reino piensan que la cooperación terminó con la Guerra del Lirio.
—Pero no fue así.
—No. —DeBlanckfort enmudeció—. A fin de evitar muertes, durante siglos se organizaron uniones matrimoniales dentro de la monarquía terrestre con sangbìbiers de otros linajes.
—Entonces, ¿nadie sabe que tu familia siguió siendo parte de la corona francesa? ¿Es eso? No es tan malo, si me lo preguntas.
DeBlanckfort torció el gesto.
—Muchos ortodoxos nos tildarían de hereje.
Linajes como los Harssbornen buscarían desplazarnos del trono.
No es que esté aferrado al poder; es la historia de la gran mayoría, solo que nadie lo saca a relucir.
La diferencia es que… Me temo que no hay linaje con mayor acercamiento al mundo terrestre que el mío.
—¿Eso es lo que tanto te avergüenza?
DeBlanckfort contrajo el ceño.
—Me preocupa. Pero no por los motivos que tú piensas. —Se trasladó hasta la pared al fondo de la sala y señaló la pintura junto a la del hombre con bastón—. ¿Qué es lo que ves aquí?
Nínive frunció el ceño.
—Hum… Un ángel, una señora con ropa muy fea, árboles… —Nínive sacudió la cabeza—. Es una pintura religiosa de antaño, DeBlanckfort. El arte no es mi fuerte, no esperes un gran análisis.
—Mira más de cerca. —DeBlanckfort indicó el ángel—. Lo que trae consigo.
Nínive se acercó con desconfianza.
—Más te vale no tomarme el pelo —masculló. Distinguió el tallo que sostenía la criatura alada, una flor que reconoció después de haberla recibido un par de veces—. Eso es un… ¿lirio?
—La anunciación. —DeBlanckfort señaló las alas—.
Por lo general, los artistas renacentistas pintaban las alas de los ángeles con plumas de pavos reales, pero Da Vinci utilizó el dorado, lo cual no es casualidad en nuestro mundo.
Cada vez que un artista sabía de nosotros, anunciaba «el secreto del lirio».
Así sabíamos que debíamos estar al tanto de sus creaciones, por si sus mecenas tenían información relevante que comunicar.
—Da Vinci… —Nínive ladeó su cabeza—. No sé qué hizo en el mundo del arte, pero realizó varias contribuciones científicas. ¿Me estás diciendo que te avergüenzas de que tu familia esté vinculada a esto? Estás demente.
—No sabía que te lo tomarías tan bien.
—¿Bien? ¡Deberías alegrarte, no avergonzarte! Este tipo es famoso. Todo el mundo quiere saber el significado de muchas de sus obras. Tú lo sabes, ¿y te sientes mal por ello? ¡Pff! Estás de remate. ¿Y cómo se supone que esta cosa va a ayudarnos? ¿Saco una lupa del maletín?
—No es necesario. —DeBlanckfort se estiró para desmontar el cuadro. Cuando la pintura se despegó de la pared, un sobre aterrizó en el suelo.
Nínive lo recogió. Era marrón, bastante pesado para tener el tamaño de una carta. DeBlanckfort regresó el cuadro a su lugar y Nínive retiró el contenido: una pieza que por su color debía ser de cobre y un pergamino plegado por la mitad que contenía el sello del Rex Rexum en el margen superior.
—Está vacío —dijo Nínive.
—O eso parece.
—¿Traigo luminol? —Hizo un ademán como para ir a buscarlo, pero DeBlanckfort negó pacientemente—. ¿Por qué no?
—Porque no lo necesitamos —contestó con cierta diversión repiqueteando en sus ojos—. ¿Te digo algo? Cuando estaba en plena formación dentro del ejército, mi padre me hacía llevar un registro de mis pensamientos.
—¿Un diario?
—Algo así. Decía que los reyes cuentan con registros para formar una biografía a posteriori. Sin embargo, a mí me incomodaba la idea de compartir ciertas… inquietudes personales. Para salvaguardar la información, escribía con jugo de limón.
—¿Jugo de limón?
—Sí. En el mundo terrestre también se utilizaba; así intercambiaban mensajes ocultos durante la Primera Guerra Mundial.
—Pero ¿cómo? —Nínive reflexionó sobre las propiedades de dicha fruta. Entonces reparó en la cantidad de antorchas—. Oh. Por eso la cal y el azufre.
DeBlanckfort sonrió.
—Es lindo saber que pensamos igual —dijo antes de alargar la hoja hacia una de las antorchas, cuyo calor comenzó a tostar el mensaje oculto, posiblemente escrito con tinta de limón o algún otro líquido similar.
—El ácido cítrico debilita las cadenas de celulosa y se oxida más rápido al entrar en contacto con una fuente de calor.
—Sí… Yo solo sé que se torna marrón.
—¡Por la oxidación!
DeBlanckfort sonrió. Sacudió la nota y la dejó entre ambos cuando las líneas en francés quedaron expuestas.
—«Caballero de la Orden d'Sang que guardó y expuso el mayor secreto de un rey».
—¿Otro acertijo? —Nínive quería llorar. Se quedó a la espera de que DeBlanckfort dijera algo, pero parecía estar estancado en el mensaje—. No me digas que no sabes a qué se refiere.
—No es eso. Se refiere a Da Vinci, pero… —DeBlanckfort le echó un vistazo a la sala—. No está la pintura.
—¿La pintura?
—La Monna Lisa. No solo esconde un gran enigma para los terrestres; oculta uno de los mayores secretos de nuestro reino.
—¿Qué secreto? —Nínive lo siguió hasta un escritorio coronado por una pila de tubos y papiros enrollados. Como Devon no respondía, Nínive resopló—. ¿Cuándo entenderás que no pienso burlarme de ti ni de tu familia?
—No es eso. Después de todo, prometiste no decir nada, ¿no? —le dedicó una sonrisa traviesa—. Necesito que veas la pintura para comprenderlo mejor.
—¿Y si no colocaron una copia aquí?
—Nunca dije que fuera una copia.
Nínive sintió que su mandíbula quedaba por los suelos.
—¿C-cómo dices?
—¿El robo en el Louvre? Operación La Alegre, ejecutada por la Orden del Dragón Negro. Fue la última operación que organizó mi abuelo antes de morir. No en vano tardaron años en regresarla; tenían que confeccionar una copia lo suficientemente creíble.
—¡¿Os robasteis la Monna Lisa?!
—No, no, no. —DeBlanckfort dejó un dedo en alto—. La Monna Lisa era nuestra. Le pertenecía a los DeBlanckfort desde el inicio. La perdimos en medio de saqueos entre tantas revueltas terrestres. Les dimos una copia a los franceses para que no la extrañaran en el Louvre.
Nínive sentía que sus ojos se saldrían de órbita.
—Así, como si nada.
—Ahora lo entenderás… —DeBlanckfort retiró la tapa metálica de uno de los tubos y dejó que el papiro se deslizara en sus manos. Una llave unida a una cadena dorada se desprendió de él.
—¿Qué es eso?
DeBlanckfort vio la llave de un lado a otro y alzó el papiro que había retirado del tubo.
—Existe un motivo por el cual uno de mis familiares alojó a Da Vinci en uno de sus castillos: sabía cómo ocultar información de forma compleja, lo que más necesitábamos en ese entonces.
Nínive contempló el dibujo que mostraba a un noble francés. DeBlanckfort señaló el escudo de armas al pie de la ilustración.
—La flor de lis en el escudo no es casualidad.
Tampoco los ángeles de alas doradas. Y el lema de aquí —indicó un emblema con las palabras nutrisco et extinguo— significa «lo alimento y lo apago».
Se refiere a su círculo; fue uno de los pocos monarcas que decidió casarse con una sangbìbier para no acabar como Luis el Traidor, con casi toda su descendencia muerta a causa de malas hibridaciones.
—Entonces… esto se relaciona con Da Vinci porque…
—Porque él sabía dónde estaba Baptise el Valiente, así como los restos de su esposa fallecida.
—DeBlanckfort regresó el papiro al tubo, mas no la llave.
La utilizó para abrir un amplio y delgado cajón por debajo del escritorio—.
Como bien mencionó Adort, un sangbìbier no puede sobrevivir mucho tiempo sin su lirio.
No obstante, Baptise el Valiente luchó veintiocho años en la Guerra del Lirio. ¿Cómo lo explicas?
Nínive frunció el ceño. Sintió que palidecía al ver que dentro del cajón había una pintura envuelta en una tela blanca.
—Hay varias formas de explicarlo…