REX REXUM 22 #2
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—Supongo que es la sorpresa —mintió—. No sé cómo ha sobrevivido Elysabeth. Hasta ahora pensaba que el elixir se trataba de puras habladurías. Que tú afirmes que lo necesitas modifica la ecuación. ¿Y si LeBlanc no da con la fórmula?

—Tú lo harás —contestó como si nada, haciendo que el enfado fuera en aumento.

—¿Y si no se me da la gana? —soltó, provocando que los ojos del heredero se posaran en los suyos—.

Tengo suficiente trabajo con mi investigación.

Bastante he hecho al meterme hasta el cuello en problemas.

Ni te creas que al regresar me la pasaré todo el día buscando un aceite mágico que os dé la vida eterna y a ti a… la chica esa.

Nínive percibió la oscura sombra de una sonrisa en el rostro del heredero. Había un destello inquietante en su mirada, mas no supo si era diversión o incitación, puesto que ocultó su expresión al trasladar la alfombra a un rincón.

—«La chica esa» tiene un nombre —comentó.

—Sí, pero tú insinuaste que «la chica esa» quería arrebatarte la corona.

Por eso hemos venido hasta aquí, ¿no? ¿O he vuelto a ser la carnada?

¡Claro! Traigamos a la terrestre y dejemos a la cien por ciento resguardada en la abadía.

Total, su diminuto intelecto no notará el montaje que armaremos con los guardias.

Nínive resopló.

Se centró en la alcantarilla que quedó al descubiertos tras retirar la alfombra.

El símbolo que buscaban relucía en cobre, pero a esas alturas sentía que la misión le pertenecía exclusivamente a DeBlanckfort.

Toda esa seguidilla de pistas y escondites secretos estaban destinados a Elysabeth y a él, el león y el dragón.

Nínive comenzaba a sentir que no había aprendido nada aquel día en la estación de autobuses.

—Niv…

—Ahí está símbolo —interpuso.

«Te odio».

Las palabras no estaban dirigidas a DeBlanckfort, sino al revoltijo de emociones en el cual se había convertido.

Cada vez que su madre le advertía sobre las consecuencias de enamorarse, ella solía jactarse de que nunca caería tan bajo.

Sin embargo, allí estaba, luchando contra las ganas de lagrimear tras enterarse de que DeBlanckfort era un cien por ciento.

¿Dónde había quedado esa chica desalmada que espantaba a todos? La necesitaba urgentemente. Se apegó a los vestigios de aquella extraña al estirarse y distinguir la inscripción en el círculo metálico: un dragón y un león volando en torno a una flor de lis.

—Está en otro idioma —dijo.

Su cuerpo se tensó cuando DeBlanckfort depositó la punta de sus dedos en su mentón y le pidió que lo mirara.

Si esperaba toparse con la chica cuyas emociones caóticas la hacían sonrojar, se llevaría una gran decepción. Le devolvió esa misma expresión pétrea que había visto en los óleos. Se guardó cualquier sonrojo para la vergüenza que debería sentir tras haberse dejado manipular por sus sentimientos.

Y lo más interesante de todo: no era la única.

DeBlanckfort la contemplaba con la misma intensidad.

—No lo digo ahora porque no tenemos tiempo, pero no creas que no hablaremos al respecto —murmuró. Se inclinó en sentido al grabado de piedra—. «Para ganar la guerra a futuro, has de estar en paz con tu pasado. Anuncia el secreto al mundo, igual que el alumno iniciado».

—¿Tienes idea de lo que significa?

—Sí.

—¿Y… qué sigue?

—Se refiere a uno de los secretos que guardamos en la Orden del Dragón Negro: la «Anunciación». —DeBlanckfort se dirigió a una pintura distinta—. Una parte de la historia que preferiríamos que nunca hubiera sucedido.

—¿La que vincula a tu linaje con terrestres?

—No eran terrestres —masculló.

A Nínive le equivalió a una patada en el estómago ser testigo de cuánto le molestaba.

Comprendía que las hibridaciones no beneficiaban a ninguna especie, pero le irritaba que los sangbìbiers siempre se lo tomasen como un insulto, como si los terrestres fueran aberraciones, motivos de herejía, una subespecie.

Una risita lacónica se le escapó al observar a DeBlanckfort.

—Con razón mi mundo os odia…

Él se volvió hacia ella.

—¿Disculpa?

—Lo que has oído. ¿Cómo esperas que los terrestres estemos a gusto entre sangbìbiers cuando quieres vomitar solo de recordar que tu familia fue parte de nuestro mundo?

—¿Crees que eso me preocupa? —DeBlanckfort levantó las cejas—. No, cielo. Me preocupa lo que los linajes pensarían si supieran cuánto se implicó mi familia. Los dragones que saben al respecto juran no mencionar una sola palabra…

—Pero yo no soy un dragón, ¿eso es lo que te incomoda?

—No. —DeBlanckfort tiró la cabeza hacia atrás.

Al regresar la mirada al frente, exhaló con brusquedad y se apoyó contra el escritorio—.

Mi padre asegura que muchos buscarían la forma de acabar con nuestra casa de enterarse.

Ni siquiera… Nunca se lo dijo a mi madre.

Mi abuelo se lo ocultó a mi abuela. No por temor a su reacción, sino que…

—Temían que se lo dijeran a otras personas.

DeBlanckfort asintió, perdido en sus propios pensamientos.

—La desconfianza es lo último en perderse —dijo—. Es el lema familiar.

Nínive guardó silencio. Nuevamente se hallaba frente al chico prejuicioso que había conocido el primer día. Tuvo que hacerse la pregunta: ¿cuánto había de Devon en esas palabras? ¿Quién era en verdad? ¿Sus miedos o sus convicciones?

Haciendo el rencor a un lado, se situó junto a él, recargada contra el escritorio. Se preguntó si sus palabras servirían de algo considerando que no provenían de una figura luxiriana ni un miembro de la Orden del Dragón Negro.

—No cambiará la historia, pero sé muy bien cómo se siente revelarle tus secretos a alguien y que esa persona te traicione. —Hizo una pausa, rememorando los rostros de esas personas.

Había ocurrido en dos mil catorce, cuando unas chicas que asistían a la secundaria la habían invitado a pasar tiempo con ellas.

La desesperación por interactuar con personas de su edad la guio a decir que sí.

Todo normal en un comienzo, luego se halló a sí misma dándoles las respuestas para sus tareas de álgebra.

Al final, el chico a mitad de cuadra se enteró de cuánto le gustaba y no tardó en salir con una de sus amigas para dejarle en claro que él jamás saldría con el «fantasma» del vecindario.

Desde entonces, la palabra «amistad» pasó a ser un mito.

—Nunca pagaría con la misma moneda. —Sus ojos quedaron en los de DeBlanckfort—. No soy parte de la orden, pero conozco el valor de la palabra secreto. Vale más que ese feo óleo de allí.

A DeBlanckfort se le escapó una sonrisa desganada.

—Es un original.

—Mejor para mí. Además, no es como si tuviera un trillón de amigos en la abadía; no se lo podría decir a Jeff porque se lo diría a sus amigos y, si bien Kina es de fiar, no abriría la boca si te incomoda.

Veo que las promesas tienen valor para ti, así que…

—Nínive dejó su dedo meñique en alto—. Prometo no decir nada.

DeBlanckfort frunció el ceño al ver su mano suspendida.

—¿Qué haces?

—En tu mundo os cubrís un ojo. En mi mundo entrelazamos meñiques. No tiene ningún sentido para mí cubrirme media cara. Esto es lo que cuenta —indicó su mano.

—Un ojo vale más que un meñique…

—¡Pff! Perdón por no estar al día con la cotización de órganos —expresó. Quedó muda un instante, observando el hoyuelo que se le formó a DeBlanckfort cuando rio de verdad. Bajó el brazo al sentir que hacía el ridículo—. Olvídalo.

—No, es una gran idea. —DeBlanckfort dejó su meñique en alto—. Ahora, ¿qué?

—Pues… —Nínive se acobardó al terminar tan cerca.

«Tú diste la idea, hazte cargo». Unió su meñique y sin querer acabó contemplando sus manos entrelazadas. Su dedo lucía igual de pequeño que el de su versión de nueve años cada vez que le hacía promesas con su madre.

—Te prometo que, digas lo que me digas, tu secreto estará a salvo conmigo. Sin importar cuán horrible sea, no saldrá de este cuarto. Te lo prometo.

Nada de trampas. DeBlanckfort podría confesar que en su familia organizaban asesinatos y ella no abriría la boca.

De eso se trataba la confianza. Desconocía cómo terminarían las cosas para ambos, pero estaba convencida de que ella no sería la encargada de venderlo por treinta limosnas.

Amagó con romper el contacto, pero entonces DeBlanckfort aprisionó su meñique.

—¿Yo también puedo hacer promesas de esta forma?

A Nínive se le desprendió una sonrisa ante la seriedad con la cual había realizado la pregunta.

—Me lo tomaría más en serio, si a eso te refieres.

—Bien. Entonces me gustaría prometerte algo.

—Su intriga se disparó frente a la manera en que DeBlanckfort reafirmaba sus pies en el suelo e inflaba su pecho—.

Te prometo que, pase lo que pase, no volveré a darte la espalda.

Si pudiera regresar el tiempo atrás, no te dejaría caer en ese engaño.

Lo siento. —Hizo una pausa—. También te prometo que, aunque tengamos el mundo entero en contra, no me eclipsaré de tu lado.

No importa lo que digan, no me moveré. Y por último…

, prometo explicarte por qué soy un cien por ciento cuando lleguemos a Bélgica, porque no es lo que tú crees.

—No me debes explicaciones, DeBlanckfort. —Nínive trató de quitar su meñique. Fue inútil.

—Sí que te las debo. —Los labios del heredero se posaron en la mano de Nínive—. También te debo una explicación acerca de por qué nos encontramos rodeados de obras de arte.

Nínive se encogió de hombros.

—Yo prometí no decir nada.

—Exacto. —DeBlanckfort volvió a ubicarse junto a ella.

Su mirada perdida se ancló en el fulgor de las antorchas—.

El vínculo entre reyes terrestres y mi familia varió con el paso del tiempo.

Mientras algunos negaban sus raíces y organizaban cruzadas para sentirse «limpios», otros en verdad querían ayudarnos.

Después de todo, éramos familia… o algo así.

Tras lo ocurrido con Baptise y su lirio, los sangbìbiers en las altas esferas de poder terrestre hallaron una forma de transmitir mensajes.