22
NÍNIVE
«Que sea el pasaje indicado, que sea el pasaje indicado…». Nínive gateaba por el túnel repleto de telarañas, polvo y olor a humedad. DeBlanckfort iba por delante, iluminando el infinito camino oscuro en vano.
—Si esta es la famosa red de túneles, la idea de tu abuelo fue pésima —dijo—. Llegaremos sin manos ni rodillas a Bélgica.
—En primer lugar, era mi bisabuelo —contestó DeBlanckfort—. En segundo lugar, no creo que una quinta parte de nuestro PBI equivalga a un agujero para ratas.
Nínive vio con escepticismo el ancho del pasaje.
—¿Qué clase de ratas tenéis?
DeBlanckfort no contestó, pero estaba segura de que había escuchado un diminuto resoplido, similar a una de esas sonrisas que solía esbozar cuando estaban juntos.
—Prometo que yo mismo me encargaré de reparar cualquier daño físico que te generen estos túneles.
Nínive frunció el ceño.
—Haces muchas promesas —replicó—. Empezaré a creer que no tienen nada de valor; prometo no cometer el mismo error, prometo anular el código rojo, prometo… —Nínive calló cuando DeBlanckfort dejó de avanzar y bloqueó el paso.
—No son promesas vacías.
—Sí, sí, me alegro… —Nínive hizo un gesto apremiante con la mano—. ¿Puedes moverte? Debemos estar en el único túnel en el mundo con demoras por tráfico.
Empujó la pierna del heredero, pero esta se encontraba fija en la pared, cual ancla enterrada en la arena.
—¿Podrías dejar de actuar como un consentido?
El heredero se encogió de hombros y todo, haciendo que ella contara hasta diez para no acogotarlo.
Su ira fue sustituida por desconcierto cuando él se inclinó.
—Puedo tolerar la afirmación consentido, pero no pienso tolerar la insinuación «mentiroso» —murmuró con su nariz rozando la de ella. Su mirada recayó en sus labios—. Te sorprendería saber todo lo que me guardo con tal de no mentirte.
Otra vez, Nínive sentía que se perdía en DeBlanckfort. Se preguntó qué secretos se alojaban tras esas miradas que aceleraban su corazón. Imaginó un sinfín de besos, pero parpadeó como si despertara de un trance cuando recapacitó en lo tontas que eran sus fantasías.
¿DeBlanckfort y ella?
Una causa perdida.
Él disponía de siglos a modo de paracaídas mientras que ella no sabía nada sobre paracaidismo y terminaría cayendo en picada por él.
«No sería la primera vez que te rompes y el otro sale ileso», pensó al evocar una vieja versión suya de vestido floreado sentada en la parada del autobús ensopada de pies a cabeza y con un puñado de ilusiones marchitas. Entonces apartó el rostro.
—Qué considerado… Por si no lo recuerdas, tenemos un libro que encontrar.
DeBlanckfort se la quedó viendo.
Ella fingió ignorarlo.
Por dentro, deseó que no la odiara por poner en resguardo su corazón lleno de remaches.
—Lo sé —contestó antes de ponerse en marcha.
La conversación cesó hasta que la linterna iluminó algo más que el vacío. El pasadizo desembocaba en un amplio espacio, un salón donde costosos artilugios metálicos resplandecían y algunos cuadros empezaban a mostrar sus siluetas a medida que se asomaban a la entrada.
—Esto no luce como un túnel —refunfuñó Nínive.
—Nunca en la vida pisé este lugar —DeBlanckfort bajó de un salto y extendió su mano para ayudar a Nínive en el descenso—. Si me preguntas, creo que vamos en la dirección correcta.
Después de recorrer media cámara subterránea en penumbras, encontró una antorcha de madera insertada en un candelabro de hierro.
Al encenderla, adquirió vida; se desplazó por una red de conductos cóncavos cual ríos de fuego, contagiando con su luz al resto de las antorchas.
Las paredes de piedra se iluminaron. Revelaron una habitación colmada de cuadros, alfombras, libros, papiros y un sinfín de antigüedades esparcidas en mesillas, escritorios y exquisitos muebles de madera trabajada y molduras de cobre.
De ser una amante del arte, estaría sobrecogida, pero soltó un gimoteo al confirmar que no habían llegado a su destino.
—Ahora entiendo la parte de «se encuentra con los maestros» —dijo DeBlanckfort—. Hay varios artistas reconocidos aquí.
—¿Y los túneles?
—Intuyo que esta es la entrada —dijo DeBlanckfort.
—¿En serio? —Nínive giró sobre sus talones—.
¿Qué hay que buscar? Un sello, un interruptor…
Puedo espolvorear las paredes con luminol.
—Se aproximó a la antorcha más cercana y estiró el cuello para examinar el canal que las interconectaba—.
Por lo visto, es azufre y cal; se encenderían incluso si se sumergieran en agua.
Supongo que escogieron los compuestos por el nivel de humedad.
—Justo cuando no podías ser más adorable… —DeBlanckfort rozó su hombro adrede al pasar.
Nínive lo siguió con la mirada, a punto de protestar, pero se distrajo con la imagen del heredero frente a una angosta estantería.
Había algo en su manera de comprender cada idioma y cada símbolo.
En secreto, absorbió hasta el más minucioso de los detalles; desde el cabello que caía sobre su frente hasta los músculos que se pronunciaban al sostener uno de los libros.
Entonces un torbellino de celosía arremetió contra ella.
Fuera Elysabeth o Marie-Helénè, una afortunada descubriría cada faceta de DeBlanckfort.
Alguien obtendría la cautivadora tarea de desenterrar cada enigma entorno a la intrincada personalidad del heredero Por mero egoísmo, que ella no fuera la encargada de resolver tales misterios la enfurecía.
Como el sentimiento no tenía ni pies ni cabeza, se deshizo de esas extrañas ideas y caminó hasta la estantería.
—¿Buscas el símbolo del Rex Rexum?
DeBlanckfort cerró el libro que leía.
—Busco una pista, algo que nos guíe a la red de túneles. Sin embargo… —Entornó los ojos al toparse con una pintura al fondo de la sala.
—Has hallado algo, ¿cierto? ¿Es la pintura? El arte no es lo mío, pero… Oh. —Silenció al comprender por qué DeBlanckfort se había aproximado al óleo. —El símbolo.
La obra mostraba a un hombre en medio de la naturaleza, con un bastón y el pecho desnudo. Una de sus manos apuntaba a la derecha. Si veían en esa dirección, podía distinguirse el símbolo del Rex Rexum tallado entre los ornamentos del marco dorado.
—Es el Baco, de Da Vinci —dijo DeBlanckfort.
—¿Por qué el símbolo está ahí? ¿Traigo luminol?
—No. Al menos, no de momento.
DeBlanckfort se puso en cuclillas para tantear la alfombra. Se colocó bajo el escritorio cual mecánico reparando un vehículo. Nínive ladeó la cabeza al oír un siseo.
—¿Otra vez te has pinchado? No soy experta en búsquedas, pero mi teoría es que tu abuelo quería que te desangraras.
—La pintura —replicó DeBlanckfort—. La primera mano señala hacia el símbolo. La segunda mano indica el suelo.
Nínive se acercó para ver el óleo un tanto mejor. No lo había notado porque la mano izquierda parecía estar sosteniendo el bastón, pero sí, el dedo índice indicaba el sur.
—Así que, tu teoría es que hay algo debajo de la mesa.
—Y lo hay. —DeBlanckfort palmeó el suelo. Al principio la superficie sonaba sórdida, pero pasó a oírse hueca una vez llegó al centro, justo por debajo de la señalización—. Tendremos que quitar la alfombra.
Nínive enarcó una ceja.
—¿Te he dicho que tu familia es extraña?
—¿Más extraños que los Boge y sus juegos mentales? —DeBlanckfort sonrió al ver que Nínive lo sopesaba. Se ubicó en una punta del escritorio y con su mentón señaló la otra.
Nínive sujetó el mobiliario con temor a que una aguja saliera de la nada.
Levantaron el escritorio al mismo tiempo, aunque el lado de DeBlanckfort quedó suspendido a dos palmos del suelo mientras que el de Nínive apenas se despegó de la alfombra.
Dio unos pasos pequeñitos con tal de no caerse con escritorio y todo.
—¿Estás bien? —preguntó él.
—Estaría mejor con un jugo de naranja —bromeó—. No sé tú, pero en mi mundo ya ha pasado la hora del almuerzo y… —Silenció cuando él le dio la espalda—. Sí, gracias por preguntar.
Consideró empezar a zapatear como una anciana impertinente a la cual le faltaban el respeto, pero se abstuvo porque lo delicado de la situación lo ameritaba.
DeBlanckfort revolvió un compartimento de su bolso. Nínive se sintió como toda una ilusa cuando reconoció la marca del zumo de naranja que él sacó y extendió en su dirección.
—Soy muy consciente —dijo con una falsa sonrisa.
De espaldas a él, Nínive fijó la vista en el equipaje. Una cálida sensación se instaló en su interior. Ese bolso no le pertenecía; era el que había armado el heredero, no el profesor LeBlanc.
¿Significaba que DeBlanckfort había pensado en ella a la hora de planear el viaje?
«No te confundas —advirtió—. Es mera supervivencia».
Bebió un sorbo y depositó la botella en el escritorio.
—¿Tú no has traído… comida?
—No. —DeBlanckfort enrolló la alfombra persa que debía de ser más costosa que su casa en Maine—. Tú misma lo dijiste: un cien por ciento prescinde de su dosis diaria. Lo único que necesito es el elixir dorado.
Nínive contrajo el entrecejo.
—Pero… ¿Es broma? ¡Lo dije a modo de distracción! Quería que Elysabeth se enfocara en una fórmula que no sirve para nada. ¡Se supone que son puras leyendas! ¡¿Cómo es que tú no…?!
Las ideas chocaron entre sí.
Por un lado, no concebía la posibilidad de que un estúpido tónico fuera capaz de mantener a un ser humano vivo durante un mes y, por otro… Las implicaciones conquistaron cada sinapsis de su cerebro: si DeBlanckfort era un cien por ciento, eso quería decir que él…
Prefirió no pensar en ello.
—Añadí a mi equipaje un par de ampollas con oro diluido en aceites vegetales —dijo DeBlanckfort—. Es lo más cercano al elixir que LeBlanc ha conseguido recrear.
Nínive asintió con los ojos clavados en el suelo, ansiando que la alfombra desapareciera para tener algo más de qué hablar.
—¿Estás enfadada?
—¿Qué?
El heredero hizo una mueca.
—Quedaste muda de la nada.
Nínive se encogió de hombros.