21
WAGNER
Tal y como había sucedido con McHugh, el DII había instalado una base de operaciones en el tercer piso de la abadía. Los oficiales conectaban el cableado satelital a lo largo del salón mientras que el equipo táctico se sentaba detrás de las pantallas que monitoreaban puntos estratégicos.
Un torreón de dosieres cayó frente al escritorio improvisado de Wagner, haciendo ondear el vaso con café cual marea agitada.
—¿Ves?
Wagner cerró los ojos al oír los reproches de la heredera a sus espaldas. Había sido autorizada tras una sesión extraordinaria de emergencia a presenciar el desarrollo de una investigación que la involucraba directamente.
El director no podía creer que se encontraba prefiriendo a dos lunáticos y fugitivos como DeBlanckfort y Bryce.
No obstante, así era: Elysabeth repartía órdenes cual sargento cegado por la codicia; no reparaba en el repertorio de herramientas que poseía el DII ni en las consecuencias que acarreaban ciertos procedimientos en el mundo terrestre.
A diferencia de DeBlanckfort, convertía a Wagner en el niñero legal de la futura reina.
—¿Por qué otro motivo, a saber, DeBlanckfort tendría un cien por ciento? —replicó la chica—. Es evidencia contundente.
«Tenías que extraerle sangre», maldijo al tiempo que pasaba sus manos a través de su cabello rubio.
Sabía de dónde provenía ese cien por ciento, pero era su deber mantenerlo en secreto.
Intuía que DeBlanckfort también sabía lo que hacía.
Sin embargo, los cargos eran descomunales: traición a la corona, extracción de sangre forzosa, darse a fuga…
Y como no podían revelar la identidad de Bryce, un agravante por «ingerir la muestra» y reforzarse.
—Es un desastre…
—Ni que lo diga —contestó Elysabeth. La chica plantó las manos a ambos lados del escritorio—. Exijo que se lo capture de inmediato. No, exijo que se lo ejecute de inmediato. Arrojadle una bomba o lo que sea.
El director enarcó una ceja. Separó sus labios, dispuesto a explicarle por qué no podían bombardear un territorio terrestre como si nada, pero entonces un agente se reclinó contra su silla y se quitó los auriculares:
—Tengo una llamada en curso por parte de DeBlanckfort.
Wagner se levantó de inmediato. Se trasladó hasta el oficial y comprobó el origen de la línea que acababa de intervenir, proveniente de Lisbourg.
—¿Lo pongo en altavoz, señor?
—¡Por supuesto que sí! —espetó Elysabeth.
Wagner le pidió un segundo al agente. Mediante un gesto con la cabeza, le indicó a la heredera que lo siguiera a un rincón apartado de los guardias.
—Entiendo que es el mayor porcentaje del reino, pero dejaré esto en claro: aquí, quien da las órdenes y se asegura de que se cumpla con los protocolos y tratados internacionales, soy yo.
No ose darles órdenes a mis hombres sin mi permiso.
De lo contrario, recordaré que vuestro título todavía no ha sido avalado de forma oficial ante el consejo.
Persigo a DeBlanckfort porque la ley así lo exige, pero él sigue siendo el principal heredero mientras tanto.
¿Quiere seguir en la investigación? Siga mis órdenes.
Elysabeth inspiró con fuerza, pero Wagner no se quedó para oír futuras objeciones.
—Con permiso —dijo antes de regresar a su puesto. Señaló al experto en ingeniería en sistemas—. Quiero a DeBlanckfort en la línea telefónica.
El agente no tardó en presionar una perilla para transmitir la comunicación intervenida. Wagner contrajo el ceño al reconocer que la voz no le pertenecía a DeBlanckfort; se trataba de Bryce.
—¿Destinatario? —indagó Wagner.
—No tenemos permitido intervenir cuentas personales, pero, por lo que he escuchado, se trata del médico personal de su alteza real, señor. Gustave LeBlanc.
Wagner alzó la mirada y siguió oyendo:
—… los últimos días estuve buscando información respecto al elixir. Como DeBlanckfort ha extraído sangre de la heredera, lo necesitará en caso de que las leyendas sean ciertas.
—¿Qué? —El profesor sonaba estupefacto—. Yo no puedo recrear tal…
—¡No es una pregunta, LeBlanc! ¡Por favor! ¿Y si como cien por ciento ya no necesitáis sangre? No sé cómo se mantiene esa chica, pero DeBlanckfort necesita la fórmula. Quizá De-Ràzes pueda ayudar; he oído trabajabais en conjunto con la última reina.
Wagner tensó la mandíbula. Esa información era clasificada.
Bryce no poseía un conocimiento avanzado sobre cosmología sangbìbier.
Sin embargo, Bryce y él conocían a una persona en común, un chico demasiado revoltoso y con ideas de lo más disparatadas.
«Jeff», farfulló para sus adentros. Que Bryce supiera sobre el elixir dorado y los temas que se barajaban en la Operación Neblina no podía ser coincidencia.
—Yo…
Wagner regresó la vista al frente cuando oyó a LeBlanc.
—No puedo garantizarle nada, señorita Bryce.
—Al menos garantiza que lo intentarás —replicó ella—. Por lo que tengo entendido, gracias al elixir pasabais semanas enteras sin dosis ni ninguna otra clase de comida. Es muy posible que DeBlanckfort lo necesite. Ayúdalo.
Nuevamente, el silencio se abrió paso. Los oficiales tenían bajo su poder la posición actual de DeBlanckfort.
Pedían mediante señas permiso para mantener el GPS de la línea activo y así rastrearlos.
Wagner vaciló, pese a que no debía. La ley dictaba aprobar el rastreo, mas una parte de él intuía que se encontraba a punto de cometer el mismo crimen que DeBlanckfort: traición.
No había expedientes ni antecedentes de un rey que cometiera semejante ultraje.
El reino jamás había experimentado conmoción similar.
Eran tiempos excepcionales. Las medidas que se tomaban también lo eran.
Quizá, por eso le costó asentir firmemente con la cabeza, permitiéndoles a los agentes seguir cada paso que daba el heredero.
Un suspiro se oyó desde la línea telefónica.
—Está bien —dijo LeBlanc—. Reanudaré la investigación.
—Gracias —expresó Bryce.
La llamada finalizó y los oficiales bajaron sus auriculares. Las miradas perdidas recayeron en el director, aún ensimismado.
Nadie dijo nada hasta que Wagner empezó a repartir órdenes:
—Mantened el rastro mediante el GPS —murmuró—. No hagáis ningún movimiento en el castillo hasta recibir refuerzos.
—Se activó el botón de pánico de acuerdo con la compañía que administra el sistema de seguridad.
—Entonces ahorrad balas y esperad por la brigada de explosivos. —Wagner hizo un ademán para girarse hacia su escritorio, sin embargo, se percató de la aparente calma que había dentro de la sala. No había recibido ningún «Te lo dije» ni nada similar.
Se volvió hacia la puerta y corroboró sus sospechas: la heredera había abandonado la habitación.
«Maldita sea», pensó, convencido de que esa conversación no debería haber llegado a sus oídos.