REX REXUM 20 #2
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20 #2

—Tengo papel y bolígrafo en el bolsillo pequeño.

—Continuó pincelando hasta que la mayor parte quedó húmeda—.

«Bajo la fortaleza blanca, el dragón se arrodilla» —tradujo.

Nínive garabateaba en la libreta las líneas en ambos idiomas.

Devon roció el resto del papel—. «Plasma su juramento y se encuentra con los maestros». ¿Plasma su juramento…?

Devon giró el rostro y Nínive se encogió cando una ráfaga de disparos aterrizó contra las ventanas. Los cristales crujieron hasta hacerse añicos. Las balas fueron amortiguadas por el acero.

—¡¿Están locos?! —Protestó Nínive.

Sin vacilación, Devon la cargó en brazos y se trasladó hasta el rincón más alejado del despacho. Pese a que las persianas eran impenetrables, cubrió su cuerpo con el suyo, por si acaso.

—¡¿Y si hubiera gente inocente?! —protestó ella.

—Saben que no hay. —Devon torció el gesto—. Las esencias.

Nínive quedó en silencio. Su respiración entibiaba la piel que dejaba entrever la camiseta de él.

Cuando sus ojos recayeron en ese punto en particular, se obligó a desviar la mirada.

No tenía idea de qué pasaba por su mente.

Tampoco tenía tiempo para averiguarlo. Aunque, supo que estaban en la misma página cuando la oyó murmurar:

—¿Tienes idea de qué significa el acertijo?

—No, pero no me queda opción más que descifrarlo. —Una vez se detuvo la lluvia de balas, merodeó por el espacio alfombrado, rememorando los versos—. «Bajo la fortaleza blanca…».

—Más le vale no referirse a un lugar en el exterior.

—No, no es eso. La fortaleza blanca la utilizamos para referirnos a nuestro linaje: DeBlanckfort.

Proviene del francés, blanche (blanco) y fort (fuerte o fortaleza).

Sin embargo, los dragones que se arrodillan para realizar el juramento se encuentran frente al maestre y su…

—Devon se detuvo. Quedó frente a la amplia estufa sobre la cual descansaba el escudo de armas de su familia.

El dragón negro de alas desplegadas sobre el blasón, las alas de Lilith y Lucien como tenantes, la corona ornamentada, la flor de lis en la cima y la insignia con el lema «Vi Draco».

Por detrás había dos espadas entrecruzadas; las espadas de su abuelo, antiguo maestre de la orden.

Sin dejar de mirar el emblema, Devon acortó distancias. Dudó un instante, pero, cumpliendo con el protocolo, se arrodilló ante el escudo y quedó frente a la estufa con leños. Enarcó las cejas al sentir que hacía el ridículo.

—Vaya. —Nínive se aproximó—. Por tu rostro, diría que te han dañado el orgullo al pedirte que te arrodilles.

Devon se relamió los dientes.

—Un rey no se arrodilla ante nada ni nadie —replicó—. Solo cede ante una persona, pero eso no viene al caso. Aquí no hay más que leña, ladrillos chamuscados y…

Se inclinó y removió el tizne de uno de los ladrillos ennegrecido por las llamas cuando creyó ver una marca. Pasó su pulgar sobre la esquina que parecía tener un grabado y siseó al sentir que algo se insertaba en su dedo.

—¿Qué pasó? —Nínive quedó a horcajadas.

Devon sacudió la mano afectada.

—No lo sé, esa cosa… —Se quedó a media frase, viendo con completo asombro cómo uno de los ladrillos de la base se elevaba y quedaba por fuera.

—De acuerdo. Oficialmente, tu casa da miedo. —Nínive se estiró para recoger el bloque, pero Devon la atajó a medio camino y dejó su pulgar sangrante en alto.

—El siguiente paso se activará con la sangre de un DeBlanckfort. Se bloquearía ante la sangre de otro linaje.

Nínive bajó el brazo a regañadientes.

—Esto es aburrido si no puedo ayudar.

—Yo me la estoy pasando de maravillas.

—Bien por ti.

Devon volteó el ladrillo. No tardó en vislumbrar lo mismo que Nínive señaló: un conjunto de casilleros con letras talladas en láminas de hueso, cada una de ellas con la letra a. Para corroborar sus sospechas, hizo rodar una; la letra segunda letra del alfabeto quedó ante sus ojos.

—Supondré que conoces la clave —dijo Nínive.

Devon unió las cejas.

—Hay siete casilleros.

—¿Y?

Él miró el escudo familiar.

—Si bien el lema de mi familia tiene siete letras, no es parte del juramento que realiza un dragón negro de último grado —explicó—. Cuando prestamos juramento, decimos «Vi Draco Custodire». Protegemos la corona, aunque nos cueste la vida. No tiene sentido que sean siete letras.

—Tal vez se quedaron sin espacio.

Nínive resopló cuando él negó. Comprendía, y compartía, su exasperación, pero quería que comprendiera cuán delicados eran los acertijos que formulaban dentro de su familia de generación en generación:

—Si coloco una clave que no es la correcta, el sistema se bloqueará automáticamente y nos quedaremos aquí encerrados unas treinta y seis horas, lo que tarda en desactivarse el protocolo en caso de detectar intrusos.

—¡¿Qué?! —Nínive dejó los ojos bien abiertos. Vio hacia la puerta del despacho cuando un estruendo se oyó desde la recepción—. ¡¿Y si no hay túneles en esta habitación?!

Devon formó un mohín.

—Pues no sería un buen Dragón Negro, mucho menos un digno nieto…

—¡No es gracioso, Devon!

«Devon».

Sus ojos se estancaron en ella más de la cuenta.

Su voz había sonado fuerte y clara. Detestaba que hubiera sido un último recurso, pero adoraba cómo sonaba su nombre en sus labios.

El mito era cierto: el nombre de un sangbìbier en boca de su afín conseguía erizar la piel.

Sin embargo, los pasos de los agentes se oían cada vez más cerca.

Devon regresó su atención al acertijo.

—«Plasma el juramento» —repitió ensimismado. Miró el ladrillo suelto. Luego, el símbolo grabado en la pared. Al acercarse, comprendió que el círculo le pertenecía al Rex Rexum, pero había una distinción—: El símbolo está invertido… ¿Tienes papel?

Nínive arrancó una hoja de la pequeña libreta y se la pasó.

—¿La clave está en el grabado? —preguntó.

—Es lo que quiero saber.

Devon acercó su pulgar una vez más. Frunció los labios y apretó los dientes al sentir un nuevo corte, pero dejó que la sangre empapara cada línea del círculo, cubriendo la superficie con el papel. Al retirarlo, obtuvo algo semejante a un sello.

—Supongo que fue hecho así a propósito, para que viéramos esto —indicó tres letras por debajo del símbolo del Rex Rexum.

—¿Uve, de, ce? —cuestionó Nínive—. ¿No se corresponde con el lema que has mencionado? ¿Y si…?

Devon se inclinó hacia los casilleros antes de que Nínive dijera lo que a él también se le acababa de ocurrir. Giró la primera rueda hasta la zeta. Curvó los labios cuando el número uno apareció al finalizar el abecedario.

—Para que lo sepas, yo pensaba decirlo —refunfuñó Nínive.

—Declaremos un empate —propuso sonriente.

Continuó insertando el equivalente en números de las iniciales del lema de la orden, uve, de y ce, las cuales formaron siete dígitos: cinco, quinientos y cien. Al terminar, miró a Nínive.

—Podría ser la entrada a la red de túneles, por lo que… ¿Segura de que quieres venir conmigo?

—¿Qué?

—Yo te arrastré hasta aquí. No tienes por qué continuar si no quieres, aunque en verdad me quedaría más tranquilo si lo hicieras. Pese a que el DII no posee cargos en tu…

—DeBlanckfort. Tú me has seguido a la hora de cometer un sinfín de infracciones. ¿Me pides que no te siga a unas pequeñas vacaciones repletas de acertijos como estos? —Nínive resopló—. No me pasaré treinta y seis horas encerrada mientras tú te quedas con toda la diversión.

—Podría darte la clave para quitar los muros.

—Prefiero hallar la clave para entrar en los túneles. —Nínive se lo quedó viendo—. Ahora que estoy aquí, ni te creas que puedes deshacerte de mí tan fácilmente.

Devon sonrió. Bajo otras circunstancias lo habría meditado, pero la adrenalina que circulaba por sus venas era tal, que no lo pensó y se estiró para besar su mejilla.

—No pienso deshacerme de ti ni en un millón de años, Bryce.

Se preguntó si ella lo abofetearía por haber vuelto a cruzar los límites. En su lugar, Nínive no dijo nada. Sacudió la cabeza como quien regresa a la realidad tras perderse en sus pensamientos. Pensamientos que él moría por conocer.

—Me gustaría recordarte que hay un puñado de guardias que no tardarán en hallar una forma de fundir el acero y venir a por nuestras cabezas.

Devon suprimió la risita que casi se le escapó, tentado con la tajante respuesta. No se correspondía con el martilleo en su pecho, pero omitió las objeciones.

Se tornó hacia la estufa y presionó el pequeño botón dorado al final de los siete casilleros con la clave.

Aguardaron un momento, viendo hacia todas partes hasta que un crujido hizo que se desprendieran restos de polvo y cenizas. La pared tembló. Unos engranajes comenzaron a oírse. El bloque de ladrillos se movió hacia la izquierda, dejando en evidencia un pasaje oscuro y cubierto de telarañas.

Devon se estiró para coger la linterna e iluminar el hueco, pero nada podía verse.

—Si estos no son los túneles, no sé cuáles lo sean.

—Espera. —Nínive lo detuvo antes de que se adentrara en el agujero cavernoso—. Necesito hacer una llamada en caso de que no haya cobertura.

Devon frunció el ceño.

—¿Ahora?

—Tengo que hablar con LeBlanc.

Dudó un instante, pero sacó su teléfono. Buscó el número del profesor y se lo pasó a Nínive.

—Gracias —expresó antes de que contestaran al otro lado—. ¿Profesor LeBlanc? Soy Nínive. Necesito pedirte algo urgente.