20
DEVON
Momentos como esos hacían que Devon se preguntara qué sucedería si la voracidad de Nínive por saberlo todo se convirtiera en el deseo de conocerlo a él.
¿Ansiaría conocer su segundo nombre, su lugar preferido?
Se arrepentía de no haber contestado sus preguntas en los primeros días.
La verdad era que se sentía ridículo al afirmar como futuro rey que su animal favorito eran los dragones.
Nadie lo tomaría en serio, mucho menos una científica.
Pero, si supiera cuánto significaban para él, quizá lo comprendería.
«Algún día», se dijo a sí mismo antes de abrir el ejemplar de Morgan en la página donde su abuelo había subrayado un par de líneas.
—Cuando era niño, mi padre me castigó dos semanas por haber rayado uno de mis cuentos favoritos. —Al enseñarle la página subrayada, Nínive frunció el ceño.
—Has de sentirte traicionado ahora mismo.
Devon sonrió.
—Al contrario. Me siento aliviado. El motivo de mi castigo estaba ligado a la orden familiar. Dentro de los Dragones Negros, el arte es un idioma. Mi padre insistía en no alterar ninguna obra a menos que tuviera un mensaje que dar. —Indicó las líneas—. Es reconfortante saber que no era un pretexto.
—Entonces, ¿esto es un mensaje?
—«Lo que ni siquiera el odio separa» —leyó Devon—. «Lo que ni siquiera el agua limpia». Así es. Es un indicio.
Dejó caer su mirada al sentir que Nínive tenía sus ojos puestos en él.
Ojos hipnóticos que, junto con su mente curiosa, le estaban causando severos estragos en menos de un día.
«Alimentarse». Como si no quisiera demostrarle el significado en carne propia…
Él lo había experimentado en Maine, bajo circunstancias deplorables; el deseo de acobijarla en sus brazos se había empañado por la desesperación de sentir que su pulso se desvanecía, emoción que no quería volver a soportar.
Quería sentir que el corazón de Nínive latía con fuerza; quería el rojo en sus mejillas como prueba de que ya no estaba a punto de perderla.
Sin importar cuánto se enfadase con él, necesitaba sentir que estaba viva, como ahora, con sus acelerados latidos resonando en su pecho al intercambiar miradas.
—¿Entiendes lo que significa? —preguntó ella.
—Sí. —Devon analizó el despacho en busca de lo que, intuía, debía estar a plena vista.
Dio un par de pasos hacia el pergamino enrollado que colgaba próximo a una estantería—.
Se refiere a la sangre. Por mucho tiempo, mi familia quiso borrar todo vínculo con la monarquía terrestre.
Durante siglos tratamos de matarnos unos a otros mediante persecuciones religiosas, pero el resultado era el mismo: nos necesitábamos.
—Desabrochó la cinta de cuero y desplegó el pergamino, dejando expuesto lo que tantas veces había memorizado: el árbol genealógico de los DeBlanckfort, tanto en Sangbièrre como en el mundo terrestre—.
Sin importar cuánto luchemos, hay cosas que no pueden cambiarse.
—«Lo que ni siquiera el odio separa».
—Exacto. —Devon sintió que se le cerraba la garganta—. En Sangbièrre creen que nuestro vínculo con ellos culminó después de la Guerra del Lirio. No obstante, en mi familia somos conscientes de que no fue así: muchas batallas se libraron por meros conflictos familiares.
—¿Y… seguís en contacto con ellos?
Devon sacudió la cabeza.
—No desde la Revolución Francesa. La monarquía perdió su poder, por ende, ya no debíamos preocuparnos.
No sé qué ha sido de ellos —admitió con cierta culpa—.
Su obsesión por no contraer matrimonio con los nuestros debió haber dado sus frutos; han de estar por debajo del cincuenta por ciento… Terrestres.
—En ese caso, ¿no habrían borrado rastro de su procedencia?
—Sí, pero no su historia. Mi abuelo murió de manera dudosa hace más de un siglo. No tenía idea de que perderíamos contacto con ellos. Supongo que por eso subrayó estas líneas. Aunque… —Devon estudió el pergamino—. No veo mensaje alguno.
Nínive se aproximó para ver el conjunto de ilustraciones y los nombres en curvilínea tinta negra, todos bajo sus respectivos escudos de armas.
—¿Crees que haya escrito algo en el reverso?
Devon descolgó el pergamino y lo volteó.
—No hay nada a la vista, pero… —dudó un instante. Regresó el árbol genealógico y se dirigió a la salida.
—¿Adónde vas? —Nínive corrió por detrás y él aminoró el ritmo—. ¿Has visto algo indetectable a los ojos humanos o…?
—No poseemos visión de rayos x, pero admito que desearía tener visión ultravioleta en estos momentos.
—¿Para qué…? ¡Oh! La sangre. Lo que ni siquiera el agua limpia, ¿cierto? Si tu abuelo hubiera escrito un mensaje con sangre, lo cual es macabro, podríamos verlo, sin importar cuánto se haya esforzado en hacerlo desaparecer.
Devon sonrió.
—Traigo luz negra en mi bolso.
—¡Y yo tengo aminoftaloíl hidrazida!
—¿Qué?
—¡Aminoftaloíl hidrazida! —repitió con tanta emoción que Devon ni se preocupó por entender—.
Lo utilizamos en biología molecular cada vez que buscamos minerales como hierro o cobre en compuestos celulares.
Sigue unos principios de la quimioluminiscencia que te aburrirían de muerte, pero lo importante es que brilla en presencia de la hemoglobina.
—Luminol —comprendió Devon. Ambos desembocaron en la recepción—. El DII suele usarlo. ¿Traes eso contigo?
—¡Soy bióloga molecular!
Él contuvo las ganas de plantarle un beso en el cabello.
Una vez frente a la puerta principal, recogió los bolsos y se los colgó al hombro.
Su espalda protestó, como si manos huesudas se hubieran hundido en sus heridas para despellejarlo en carne viva.
Así como había hecho durante años en las prácticas de la Operación Diamante, mantuvo la calma.
Recordó que todo dolor era temporal. El único dolor que parecía no sanar era el que provocaba amordazar el corazón; estar codo a codo con su afín sin poder expresar lo que sentía.
«Al menos está a tu lado», pensó. No todos corrían con la misma suerte.
—¿Quieres que cargue el mío? —dijo Nínive.
—No. De-Ràzes me explicó que no puedes realizar esfuerzos físicos. Si se entera de que te he hecho cargar tu equipaje, me acogotará con sus propias manos.
—No creo que se arriesgue a tanto, pero también le temería.
Atravesando el corredor lateral, Devon encuadró los hombros abruptamente. Sus ojos intranquilos fueron de izquierda a derecha, detectando las esencias de un grupo de sangbìbiers que se acercaba por el este.
Nínive percibió su comportamiento:
—¿Qué ocurre?
—El DII. —Cogió su mano y apresuró la marcha—. Hay un grupo de oficiales dirigiéndose a nosotros. Tenemos unos minutos hasta que lleguen.
—¿Qué? ¡¿No es que iban a seguir al helicóptero?!
—Si estuvieran seguros de que estamos aquí, hablaríamos de un escuadrón entero y Wagner vendría con ellos. Están ejecutando la primera fase del código negro: adelantarse a un posible destino. —Devon miró a Nínive—. Lo bueno es que no hay forma de que sospechen cuál es nuestro destino final.
—¿Qué tan seguro estás de eso?
—Bastante seguro. —Devon abrió la puerta y esperó a que Nínive pasara. Echó la llave y se situó frente al sistema de alarma. Uno de sus mecanismos funcionaba como botón de pánico, blindando el despacho mediante persianas antibalas—. Percibirán mi esencia al acercarse, por lo que…
La alarma saltó y Nínive dio un respingo.
Devon se precipitó hacia las ventanas y empezó a cerrar los postigos. Nínive lo imitó.
—¿No equivale a delatarnos? —preguntó—. Serán las únicas ventanas cerradas.
—Es probable —convino Devon—. Pero también es probable que abran fuego. Creerán que han dado en el blanco si no ven el blindaje. No necesitan capturar al objetivo en un código negro, solo deshacerse de él.
Las pesadas láminas de acero cayeron cual guillotina por detrás de las ventanas y la puerta. Nínive las contempló con las cejas en alto, hasta que Devon la guio al pergamino.
—Hora de regresar a la criminología —dijo al acuclillarse.
Abrió el bolso que había armado con las herramientas imprescindibles para una misión de alto riesgo y sacó la linterna de luz ultravioleta. Nínive hizo lo propio: retirar un maletín lleno de tubos y sustancias que Devon no pudo evitar curiosear.
—¿Termita? —cuestionó cuando reconoció el nombre industrial—. ¿Cómo te dejaron ingresar a Francia?
—Ojalá fuera tan hábil. —Nínive le entregó el frasquito de luminol—. Es una de las tantas muestras que mi lado cleptómano decidió tomar del depósito donde acabé encerrada. Pensé que era útil. Ahora presiento que podría usarlo en cualquier momento.
Devon meneó la cabeza.
—No me sorprendería… —Dejó la linterna en su boca y abrió el frasquito de luminol.
—¡Aguarda! —Nínive posó una mano en su brazo, haciendo que él se estremeciera. Ella lo ignoraba, pero cada toque resultaba demasiado tentador como para pasarlo por alto—. Necesitas peróxido de hidrógeno. Las luciérnagas no brillan gracias al hierro, DeBlanckfort. El motivo se reduce a «oxígeno».
Nínive vertió agua oxigenada en un frasco de vidrio y le robó el luminol.
Devon observaba en silencio mientras ella disolvía la solución.
La había visto manipular sustancias en el laboratorio antes, mas nunca se cansaba de ello.
Notaba cuánto disfrutaba de su trabajo, la forma en que sus ojos brillaban al dar con la respuesta correcta.
Era la misma satisfacción que él experimentaba cuando orquestaba y ejecutaba una misión del DII.
—Ahora sí —Nínive le devolvió la mezcla.
Devon esparció el luminol por el viejo pergamino, cubriendo primero el margen superior, donde todo Dragón Negro colocaría su marca para anunciar que se estaba frente a una pista.
Sus labios se curvaron al divisar el símbolo del Rex Rexum.
—Creo que vamos por buen camino.
—¿Traigo una libreta? —preguntó Nínive—. El efecto dura segundos.
Devon indicó su bolso.