REX REXUM 19 #3
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19 #3

Nínive sonrió para sus adentros al reconocer el hoyuelo en la mejilla del crío.

Era DeBlanckfort de pequeño, no había dudas.

Sin embargo, la siguiente pintura mostraba a un DeBlanckfort completamente distinto, enfundado en negro de pies a cabeza, con una capa de terciopelo y la distinguida insignia plateada de su casa.

El brillo de su mirada se había convertido en hielo.

Allí no había rastros de aquel crío feliz. Había un soldado listo para matar.

Cuando Nínive vio al frente, ese mismo soldado impaciente le devolvía una mirada pétrea, adosado contra una puerta de madera labrada en forma de dragones y flores de lis.

«Lo siento», estuvo a punto de decir, pero no halló ninguna razón elocuente por la cual tuviera que disculparse. Se aproximó al final del corredor y admiró la imponente entrada.

—¿Este es el despacho?

DeBlanckfort abrió la puerta a modo de respuesta.

Una gran estancia alfombrada les dio la bienvenida.

Estaba bordeada por antiguas estanterías de roble, hogar de múltiples colecciones de libros.

Tenía una estufa cuyos leños yacían intactos en su interior.

Del centro pendía un candelabro en forma de dragón, y frente a las ventanas con pesadas cortinas burdeos había un escritorio.

—¿Por dónde comenzamos? —preguntó Nínive.

DeBlanckfort se desplazó hacia las estanterías.

—Es lo que yo me pregunto. Mi abuelo sabía que uno de los nuestros volvería a gobernar, por eso fabricó la copia del Rex Rexum. Debió haber colocado indicios en el castillo, considerando que mi padre no sabe al respecto.

—¿Qué clase de indicios? —Nínive les echó un vistazo a los pocos óleos que decoraban la oficina sin saber qué buscaban.

—No estoy seguro. Adort dijo que los Boge instalaron acertijos químicos, puesto que era la especialidad de la casa Lyss.

Nínive hizo una mueca.

—Allí me habría sentido útil.

El heredero soltó una risilla.

—Te habría llevado al castillo de los Boge si la entrada no estuviera clausurada. Las compuertas de seguridad se activaron en el 97. Adort no ha querido arreglarlo para no delatar la red.

—Ya veo. —Nínive ojeaba títulos escritos en alfabetos extraños—. ¿No te dejó ninguna pista en el Rex Rexum falso?

—No. Lo leí varias veces, pero no hay nada. Conociendo las costumbres, Ludovic habría hecho lo que todo Dragón Negro: no confiar en nadie, ni siquiera en el Rex Rexum.

—Genial. —Nínive rodó los ojos. Se volteó tras percibir que DeBlanckfort había dejado de moverse como un maníaco y leía con atención el lomo de un ejemplar—. Dime que hallaste un libro llamado El túnel secreto.

—No tenemos tal cosa, pero… —Retiró el libro y le enseñó la cubierta a Nínive—. Esto sí que no tiene sentido.

—«Verum Illustratum» —leyó ella—. ¿No era que el Verum Illustratum estaba resguardado en el cuartel del priorato?

—Sí, pero se han escrito obras que teorizan sobre el contenido de las profecías de Salvatore. No obstante, el título no es lo más extraño —DeBlanckfort indicó el lomo desgastado. Tenía un sello que Nínive no había advertido en un comienzo: un dragón y un león alado volando en círculos.

—El símbolo del Rex Rexum —murmuró absorta.

—Exacto. —DeBlanckfort abrió el ejemplar—. Además, es autoría de Patrick W. Morgan, un Dragón Negro. Y fue escrito en el Siglo de las Luces, antes de que mi abuelo supiera que nos… nuestra familia cerraría el círculo.

—El símbolo fue colocado más tarde —observó Nínive.

—Debió haberlo añadido mi abuelo. Él solo haría algo así si tuviera que enviar un mensaje que solo yo pudiera descifrar, lo cual… —DeBlanckfort quedó absorto. Ladeó la cabeza para contemplar la página frente a él—. Lo cual ha hecho.

Nínive trató de leer la página que había silenciado a Devon, pero todo estaba en latín.

Irritada, le dio un par de toquecitos en el hombro.

—No sé tú, pero yo solo veo un libro común y corriente.

DeBlanckfort esbozó una sonrisa perezosa.

—¿Le molesta no llevar la delantera en la investigación, señorita Bryce?

—Solo dime qué tanto has encontrado antes de que me arrepienta de haber venido.

—No lo sé… Es gratificante no estar a merced de tus planes maquiavélicos. Quizá lo mejor sea resolver el acertijo por mi cuenta y guardar tus explosivas habilidades para Bélgica.

—¿Te crees gracioso?

DeBlanckfort cerró el libro.

—No. Solo adoro provocarte. Tengo la esperanza de que tu enfado te guíe a ponerme las manos encima, pero, como no está funcionando, ¿qué me dices si intercambiamos información?

—¿Qué?

DeBlanckfort se acercó.

Nínive retrocedió un paso.

—Información. Yo te cuento lo que acabo de descubrir y tú me cuentas qué sentirías si te beso.

—¿Qué mierda…?

—Solo me pregunto qué hay detrás de ese ceño enfurruñado. Tengo la teoría de que podría desclasificar mucha información de esa forma, nada más.

Nínive apretó sus dientes.

—¿Te recuerdo que el DII nos pisa los talones?

—Sí… —DeBlanckfort levantó sus cejas—. Wagner es un aguafiestas. Lo dejamos para cuando nos lo saquemos de encima. —Se trasladó hacia el otro lado de la habitación y Nínive lo siguió a los pisotones.

—¡Ya dime qué diablos dice el libro!

DeBlanckfort agitó el ejemplar hecho jirones.

—Un mapa —contestó con expresión jocosa—. Mi querido abuelo se encargó de organizar una búsqueda del tesoro justo cuando estamos cortos de tiempo.