REX REXUM 19 #2
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DeBlanckfort le echó un vistazo por encima del hombro y sonrió, provocando que el enojo se convirtiera en culpa. Culpa por haber caído rendida a los pies del sujeto menos indicado. No era justo hacerle cargar su equipaje. Menos, su mal humor.

—¿Tienes idea de dónde podría estar esa entrada oculta? —preguntó entonces.

DeBlanckfort extendió un brazo para auxiliarla al momento de sortear un precario cerco de alambre con postes de madera. Si bien Nínive dudó a la hora de tomar su mano, aceptó la ayuda por temor a caer de bruces en el lodo.

—La verdad es que no lo sé —respondió—. Sospecho que está en el despacho de mi bisabuelo; muchos dicen que se encerraba allí durante días. Podría haberse trasladado por los túneles sin que nadie lo notara.

—¿Nadie entraba para corroborar que estuviera vivo?

DeBlanckfort hizo una mueca.

—De acuerdo con varias crónicas, era muy… temperamental. Preferían no hacerlo enfadar y conservar sus cargos… o cabezas.

Nínive dejó sus cejas en alto.

—Me lo pensaré dos veces antes de molestarte.

—¿Es tu manera de llamarme temperamental?

—Diré que no solo porque me gusta cómo queda mi cabeza unida a mi cuello.

DeBlanckfort regresó la vista al frente. Nínive reprimió una sonrisa al verlo tan desenfadado. No actuaba como la persona más buscada del reino, y ella no supo si se debía a que se encontraban en medio de una misión que los acercaba al líder minoritario o a que el heredero poseía nervios de acero.

Se adentraron en un sendero sinuoso entre hileras de arces que se inclinaban hacia un curso de agua frente al castillo de fachada renacentista: tres pisos de piedra coronados por una tradicional mansarda azulada y una buhardilla ornamentada.

—El río Lys —DeBlanckfort señaló el curso de agua—. Es el río que un rey sangbìbier utilizó para llegar a Bélgica y pelear contra Bjorn en el siglo XIV.

—¿Bjorn?

—No el actual, uno de sus antecesores. Bjorn II contrató dos sicarios, asesinó a la reina y lo hizo pasar por un ataque terrestre para generar inestabilidad entre ambos mundos.

Al conocerse la verdad, Baptise le declaró la guerra.

Conquistó gran parte de sus tierras y lo asesinó. La Guerra del Lirio, así se la conoce.

Nínive contempló el río de aguas bajas que desfilaba frente al castillo.

Se preguntó si los terrestres habrían estado muy ocupados con sus propias guerras como para notar las de los sangbìbiers, quienes circulaban a lo largo y ancho del planeta con total normalidad.

Si De-Ràzes nunca la hubiera guiado a la abadía, ella seguiría encallada en su propio mundo, creyendo las versiones oficiales que se creaban con tal de mantener a los sangbìbiers fuera del mapa.

Al fin y al cabo, ese era el pacto: los sangbìbiers mantenían su existencia y los terrestres mantenían una relativa calma.

Miró a DeBlanckfort, quien subía los escalones grises previos a la entrada principal.

¿Qué pensaría un extraño al verlo? ¿Un niño rico visitando la mansión de sus abuelos?

No había nada que los delatara salvo la alimentación.

Pero no era como si dependieran a cada hora de una dosis. No había forma de notarlo.

—Aquí estamos. —DeBlanckfort insertó una llave de bronce en la puerta blanca doble hoja, el mismo color de las persianas y las ventanas que contrastaban con el tono lúgubre de las paredes.

Nínive esperaba un chirrido, telarañas que se despegaran del marco o serrín desprendiéndose, pero la pieza se abrió en silencio, revelando un amplio espacio de paredes decoradas con estuco. En el fondo se abría una escalera de mármol iluminada por altos vitrales apuntados.

—¿Y el polvo? —preguntó—. ¿Por qué está limpio?

DeBlanckfort depositó los bolsos en el suelo.

—Gracias a los cuidadores y empleados. Los caballos morirían de hambre si el lugar quedase vacío.

«Claro. Caballos. ¿Cómo no se te ocurrió antes?».

Siguió a DeBlanckfort hasta cruzar el umbral ornamentado de un corredor muy distinto al salón que los había recibido.

El suelo se asemejaba a un tablero de ajedrez, las paredes estaban tapizadas y un mar de retratos y bustos se ofrecían a modo de decoración.

Ludovic I, Ludovic II, Ludovic III… Reconoció un óleo de Huges DeBlanckfort al lado de una mujer pelirroja de ojos claros. Ojos tan claros como los ojos de…

—Son mis padres.

Nínive se sobresaltó al oír a Devon. Se había detenido al final del corredor, lejos del óleo que ella contemplaba.

Volvió a ver el retrato. DeBlanckfort nunca hablaba de su familia, solo contaba lo que los Minoritarios le había hecho.

La pintura insinuaba que él tenía los ojos grises y los labios carnosos de su madre, así como el cabello y la estructura ósea de su padre.

Ambos lucían de lo más felices con sus manos superpuestas.

Intentó no hacer esperar al heredero cuya quijada apretada le advertía una cosa: detestaba estar allí.

Nínive no comprendió el motivo; ella adoraba ver fotografías de sus padres pese a que uno de ellos no estuviera presente.

Era un recordatorio de cómo la felicidad podía escurrirse entre los dedos en un instante.

La hacía apreciar el estar viva. Pero, por lo visto, DeBlanckfort le daba la espalda al pasado o recurría a él a la hora de inspirarse en el diseño de un plan para capturar a sus presas favoritas.

Retomó el viaje a través del tren del tiempo, interrumpido por ventanas que vertían la luz del sol en el suelo. Sus ojos estudiaron la siguiente pintura: Huges DeBlanckfort en un sillón azul y dorado, aupando a un niño que reía de oreja a oreja.