19
NÍNIVE
—¡Ugh! —Nínive aterrizó de golpe contra el suelo cubierto de pasto—. ¡Voy a matarte!
DeBlanckfort soltó una carcajada que vibró debajo de su piel.
Estaban unidos como un sándwich por culpa del ridículo arnés que ella no sabía cómo desabrochar.
Un segundo paracaídas que cargaba con el equipaje finalizaba su descenso a lo lejos.
Había sido lanzado desde el helicóptero que el heredero había dejado en piloto automático.
—El DII tendrá los ojos puestos en la aeronave —había explicado DeBlanckfort—.
No podrá detenerla a menos que aterrice en nuestro territorio porque no poseemos jurisdicción aérea.
Los permisos terrestres tardan varias horas en ser expedidos, por lo que, estarán a la espera de que el helicóptero toque tierra.
Nínive veía a DeBlanckfort por el rabillo del ojo, volviendo a preguntarse si había perdido la cordura. Al ver su expresión, el heredero sonrió, gesto que la habría reconfortado si no fuera por el ligero detalle de que se encontraban prófugos de la justicia.
—¿Alguna vez saltaste en paracaídas? —había preguntado antes de activar el piloto automático. Horas más tarde, el helicóptero acabaría en el mar del Norte.
Nínive había sacudido la cabeza, no porque estuviera contestando a la pregunta, sino porque ni loca saltaba de un helicóptero porque a su alteza real se le había zafado un tornillo.
Ahora estaba con DeBlanckfort en el medio de la nada, o eso le parecía a ella, que luchaba con el incómodo arnés que adhería su espalda al pecho del heredero.
—¿Podrías destrabar esta cosa? —farfulló.
—Por supuesto. —DeBlanckfort cogió impulso y los giró a ambos, quedando encima de ella.
Nínive contuvo la respiración cuando los dedos del heredero se escabulleron por el angosto callejón que quedaba entre sus cuerpos y rozaron su espalda.
La sensación era electrizante, igual que las cosquillas que le provocó al acercarse a su oído—.
Entiendo el enojo, pero podrías ser un poco más amable.
—Amable… —repitió al ponerse de pie. Sacudió sus pantalones y vio alrededor. Pasto. Solo veía pasto—. Sería más amable si no hubieras estropeado el único plan que nos guiaba al Rex Rexum de forma segura.
—No tenía opción. Elysabeth no está muy cuerda.
—¡Pues sois perfectos el uno para el otro! —exclamó con los brazos abiertos de par en par. El viento batía su melena negra mientras buscaba indicios de algún pueblo o ciudad. No obstante, la mirada sombría que sostenía DeBlanckfort se volvió insoportable—. ¿Qué?
Las facciones del heredero se habían endurecido.
—No vuelvas a decir eso.
Nínive rodó sus ojos.
—Cómo sea. ¿Adónde iremos? Dijiste que conocías el paradero del Rex Rexum.
—Así es. —DeBlanckfort se quitó el arnés y caminó hacia el segundo paracaídas. Nínive lo siguió—. Los indicios señalan que la Orden de San Miguel está en Gante. Uno de los túneles termina allí; es el medio más seguro para transportarnos.
—¿Y dónde diablos estamos ahora?
—Lisbourg —DeBlanckfort desamarró los dos bolsos negros cubiertos de gravilla—. No hemos salido de Francia; habríamos alertado a las autoridades terrestres por transgredir una frontera internacional. La idea es ingresar a Bélgica mediante la red de túneles bajo el castillo de mi familia.
Nínive enarcó las cejas.
—¿Tu familia tiene un castillo?
DeBlanckfort se llevó ambos bolsos al hombro.
—Hay muchos castillos en Francia. Nadie lo nota. —Se dio la vuelta y reanudaron la marcha—. Según Adort, el castillo tiene acceso a la red. No recuerdo haber visto tal cosa en mi infancia, y eso que salía a hurtadillas para explorar cada pasillo. Debe estar bien escondido.
Nínive miró a DeBlanckfort a hurtadillas.
Su cabello estaba revuelto, tenía algunos raspones en los brazos y estaba cubierto de césped, tierra y restos de hojas secas, igual que ella.
Por algún motivo, la imagen deshilachada del impoluto príncipe la ablandó un poco.
¿Estaba molesta? Sí. Todavía hacía un inventario mental de los productos químicos que no había añadido a su maletín.
No obstante, ella había aceptado ser parte de la búsqueda, pese a los múltiples riesgos.
Riesgos que ahora se habían incrementado.
—¿Cuánto crees que tarden en darse cuenta de que estamos aquí? —Se adelantó hasta quedar codo a codo con DeBlanckfort.
—Dependemos de Wagner. Él puede solicitar cooperación internacional si considera que el asunto se le va de las manos. Lo conozco lo suficiente como para saber que no querrá deberle favores a nadie, pero no sé qué ordenará Elysabeth.
Nínive suspiró.
—¿En verdad no podías esperar? No soy experta en tu cultura, pero hasta yo sé que la extracción de sangre es algo malo.
—Ah, ¿sí?
—Kina y Jeff me lo dijeron. Hacer esto cuando vosotros dos sois afines no es…
—Nadie dijo que fuera mi afín —replicó tajante.
Nínive lo miró.
—¿Acaso la caída te drenó el cerebro? ¡Es la heredera! ¡Una cien por ciento! Hace no mucho tiempo todos la creían un mito y ahora está allí, en la abadía. —Nínive se antepuso a DeBlanckfort. Si bien él se detuvo, lo hizo cerca. Demasiado cerca—. Es la única con un porcentaje que te conviene.
—Eso no la convierte en mi afín.
—Pero…
—No basta con una similitud porcentual. —DeBlanckfort la rodeó y siguió andando—.
Miles de sangbìbiers tienen un ochenta por ciento, pero eso no significa que todos sean afines entre sí.
Solo poseen mayor probabilidad de hallar al suyo.
A decir verdad, las sospechas se confirman mediante el reforzamiento.
—¿Cuándo os alimentáis? —indagó Nínive.
Temió que Kina y Jeff le hubieran jugado una broma de mal gusto en cuanto DeBlanckfort se petrificó sobre sus pies. Podía percibir la rigidez en sus hombros.
—No lo digas de ese modo —aseveró.
—¿De qué modo?
—Es un término demasiado vulgar como para utilizarlo en una conversación en público.
Nínive vio a la redonda: ni siquiera había una oveja que fuera testigo de la «vulgar» conversación. Más confundida que nunca, regresó la mirada al heredero.
—Recién me entero de que es un insulto.
—No es un insulto, solo… —DeBlanckfort suspiró y rotó su cuello—.
Cuando un sangbìbier cierra su círculo, es un momento íntimo.
Si no está frente a su afín, lo descubre al ingerir su sangre; no sentirá gran cosa.
Sin embargo, si esa persona es la indicada…
—Volvió a quedar en silencio—. El sentimiento es mucho más fuerte que un simple beso.
—¿Más fuerte que un beso? ¿Cómo si tuvieran sexo?
DeBlanckfort la fulminó con la mirada.
—¿Acaso no tienes pudor, Bryce?
Nínive se encogió de hombros.
—No dije nada malo. La reproducción forma parte del ciclo vital de todas las especies. Solo busco comprender. Si tanto te avergüenza, puedo preguntarles a Kina y a…
—No. —DeBlanckfort se humedeció los labios—. Es que… Es privado. No hablamos al respecto, simplemente… sucede. En caso de resultar afines, es difícil no dejarse llevar; los latidos del otro pasan a sentirse como propios y cada contacto se siente diferente. Muy diferente.
Retomaron el trayecto, pero la mente de Nínive quedó rezagada, tratando de comprender el concepto. No había nada similar en el lugar donde había crecido. Química entre dos personas, ¿quizá? No tenía sentido; esas sustancias eran más volátiles que lo que DeBlanckfort describía.
—Entonces, no confirmáis vuestras sospechas hasta… ¿beber la sangre del otro? ¿Eso suena lo suficientemente sofisticado?
—Exacto. Decimos que hemos cerrado nuestro círculo, nada más. El resto solo se utiliza bajo ciertas condiciones.
—¿Qué condiciones?
DeBlanckfort tiró su cabeza hacia atrás.
Nínive estuvo a punto de reprocharle su falta de paciencia, pero se congeló cuando el heredero la miró. Sus ojos brillaron al anclarse en los de ella.
—Si tanto quieres saber, digamos que, en el hipotético caso de que te tuviera en una cama toda para mí, no dejaría de besarte y tocarte hasta que me supliques que te alimente. Esa clase de condiciones específicas.
Nínive sintió que su corazón bombeaba más rápido de solo pensar en la boca de DeBlanckfort contra su piel desnuda. Hizo de cuenta que las imágenes mentales no existían al encogerse de hombros.
—No es divertido.
DeBlanckfort curvó sus labios.
—Estás pagando por esa mente curiosa, Bryce. Aunque, esa sangre acumulándose en tus mejillas… —Recorrió el rostro de Nínive con la mirada—. Sí que dan ganas de llevar esta conversación a un sitio privado.
Nínive apretó los puños hasta que sus uñas se enterraron en su carne, dispuestas a hacerla sangrar. Por su parte, DeBlanckfort continuó caminando en medio de los pastizales, con la sombra de una sonrisa que ella hubiera deseado borrar con ácido.
No se dirigieron la palabra desde entonces.
DeBlanckfort se internó en un área boscosa, donde la hiedra reptaba por los troncos de los árboles cuyas copas se unían en un brindis de ramas entretejidas que apenas dejaban ver el cielo color turquesa.
La hojarasca crujió bajo sus pies y el viento azotó sus rostros hasta que, al final de la colina, la silueta de una gran edificación quedó a la vista, oculta por un cerco de pinos y abetos a orillas de la carretera.
«Supondré que es el maldito castillo», masculló.
DeBlanckfort descendió como si nada. Nínive buscaba puntos libres de lodo y maldecía cada vez que sus mocasines adquirían una nueva mancha.
El heredero había adoptado una postura envalentonada tras haber ganado la batalla de quién incomodaba más a quién. Ella solía llevarse el oro en esa categoría, pero… DeBlanckfort jugaba sucio. O era la excusa que prefería dar antes que admitir que él sabía cómo colarse bajo su piel.
—Es allí —indicó—. Castillo DeBlanckfort, hogar predilecto de Ludovic II y la entrada a la red de túneles.
—Más te vale estar en lo cierto —murmuró Nínive.