17
NÍNIVE
El laboratorio había quedado bajo el deprimente velo de la mudez desde que De-Ràzes había insertado la muestra de sangre en la centrifugadora. Los únicos sonidos provenían del tintineo de los tubos de ensayo que la doctora manipulaba con destreza a espaldas de Nínive y de LeBlanc.
Nínive espiaba por el rabillo del ojo al profesor.
No había despegado la mirada del herbario que llevaba consigo a todos lados.
Lo había estado leyendo con énfasis desde su llegada, haciendo que ella se cuestionara si temía que alguien le hiciera preguntas o si se hallaba en medio de una fascinante investigación académica.
Analizó la cabeza gacha y los brazos a modo de barrera.
¿Su hipótesis? LeBlanc estaba encargado de recrear el elixir dorado y los hallazgos le pertenecían a la Orden de Lyss.
Estaban en plenas vacaciones; carecía de sentido que el profesor no bajara el mismo libro que había leído sin parar la vez que habían visitado el DII.
En ese entonces Nínive le había restado importancia; ahora explicaba la contradicción: por qué enseñaba Anatomía cuando estaba a cargo del enorme invernadero que había visitado por la mañana.
«Y aun así lo niega».
Entendía que la Orden de Lyss fuera tan secreta como selecta, no obstante, así como había ayudado al DII a resolver un crimen, Nínive sentía que podía ser útil. No era experta en botánica ni en textos sagrados, pero… pero…
Incapaz de contener la impaciencia, soltó un resoplido.
No, no podía colaborar en la investigación de una especialidad que no dominaba, aunque las ganas de adelantarse a todo el mundo —en especial a cierta chica nueva— la consumía por dentro.
Le urgía decodificar la fórmula y demostrarle a DeBlanckfort demostrar que los terrestres también eran inteligentes.
Reconocerlo hizo que sintiera vergüenza.
¿Desde cuándo la derrotaba la fútil necesidad de buscar aprobación?
Apenada por su debilidad, apoyó la cabeza en una mano y se concentró en el informe que De-Ràzes había plantado frente a sus narices; la última actualización sobre las cadenas de ARN escogidas para utilizar como vectores.
«En esto debes pensar. No en fórmulas mágicas».
—¿Está todo en orden, señorita Bryce?
Nínive falseó una sonrisa.
—Sí. En perfecto orden. Lo que no esté en orden debo arrojarlo a mi hipocampo porque usted es demasiado egoísta a la hora de compartir lo que sabe —sugirió.
—Yo no…
—¿A qué se refieren los libros folclóricos con el oro líquido que Lilith usaba en el elixir? ¿Es literalmente oro? ¿O solo parte de una fábula?
LeBlanc juntó las cejas como si le hubieran hablado en un idioma desconocido. Nínive supo que era en vano esperar ni bien notó que negaba con la cabeza.
—¿Lo ve? De nada me sirve expresar mis inquietudes cuando serán desestimadas o simplemente no las contestará por ser asunto «secreto». No esperaba menos de vuestra especie, pero sí esperaba más por parte de la religión que tanta «fraternidad» promueve.
Nínive volvió a hojear los informes.
—No silencio porque la considere poco digna —replicó—.
Simplemente, no lo sabemos. Durante siglos el elixir formó parte de los relatos de los Septem Sacris.
Las conjeturas respecto a su existencia son relativamente recientes; datan del siglo veinte, cuando se descubrió el beneficio de la ingesta de oro.
—No tienes por qué darle explicaciones —objetó De-Ràzes de espaldas a ellos—. Estoy convencida de que contraté a Bryce para investigar la cura del SCD terrestre, no para debatir sobre una fórmula para los cien por ciento.
Nínive apretó los labios. Deseaba protestar, pero no negaría los hechos. Estaba en medio de su horario de trabajo. De-Ràzes terminaba de catalogar las muestras de los vectores y ella hablaba con el profesor sobre mitos sangbìbiers cuando debía hacer el trabajo por el cual le pagaban.
«Inédito», pensó, aunque detestaba admitir su error.
A decir verdad, su intolerancia a las equivocaciones se había disparado desde su llegada a la abadía, rodeada de seres que se autoproclamaban más listos solo por tener un par de genes atrofiados.
No permitiría que toda la culpa recayera sobre ella…
—Tienes razón —dijo entonces—. He venido para curar mi SCD, o eso pensaba hasta que me echaron y casi me matan por culpa de una guerra que no figuraba en el contrato. Me disculpo por pretender remover las amenazas que impiden la conclusión de la investigación, doctora De-Ràzes.
Agnes cesó sus tareas. Nínive se preguntó si acababa de meter la pata.
La cara divertida de LeBlanc, quien ajustó sus gafas y regresó a su preciado herbario, sugería lo contrario.
No debía ser malo si el profesor reanudaba sus tareas tentado por la risa.
Sin embargo, cuando De-Ràzes se tornó, su frente estaba tan arrugada como siempre, lista para sermonear.
Nínive se preparó para la seguidilla de reproches, pero la puerta se abrió de golpe.
—¿Qué diantres…? —De-Ràzes vio con desconcierto cómo el mismísimo DeBlanckfort ingresaba sin permiso y serpenteaba entre las mesas a gran velocidad.
El corazón de Nínive brincó de la alegría y del espanto cuando el heredero tomó su mano.
—Nos vamos —afirmó antes de tirar de ella.
No había fuerza, pero tampoco sonaba como una pregunta.
Nínive bajó del taburete solo por si acaso a DeBlanckfort se le olvidaba que su vida no había girado en torno a entrenamientos militares y al cinchar de ella acababa en el piso de mármol.
—¡¿Qué es todo esto?! —protestó De-Ràzes—. ¡Exijo una explicación ahora mismo!
El heredero miró a LeBlanc.
—¿Has preparado lo que te pedí?
El profesor, casi apenado, asintió en absoluto silencio.
—¿Qué demonios haces? —preguntó Nínive.
—Hallé el paradero del libro —contestó DeBlanckfort.
Fue suficiente información para ella: Bélgica. DeBlanckfort acababa de descubrir dónde estaba el Rex Rexum y como todo loco de remate pretendía llevársela a Bélgica, casualmente, como quien proponía ir a ver una peli.
—Pero…
—¡Es una práctica de laboratorio privada! —De-Ràzes seguía vociferando—. No puedes irrumpir cuando…
—Ten. —DeBlanckfort acalló a la doctora al depositar en su mano una jeringa llena de sangre—. Si quieres ayudar, cerciórate de que Elysabeth es la hija de los reyes. El consejo está obligado a concederle su título en cuarenta y ocho horas —soltó antes de escabullirse por la rendija de la puerta.
Desorientada, y prácticamente arrastrada por el frenesí y por DeBlanckfort, Nínive abandonó el laboratorio. Absorbía tantos detalles como podía a medida que avanzaban puerta tras puerta: la doctora profiriendo insultos, LeBlanc al tanto de la situación, una muestra de sangre…
—¿Es oficial? —preguntó.
Se obligó a ignorar los alrededores cuando desembocaron en el Punto Cero; los estudiantes frenaban en seco o abrían sus ojos hasta salirse de órbita a medida que atestiguaban cómo el futuro rey caminaba de la mano con una chica que no era la heredera.
«Necesitarás dos puertas», pensó en relación a los dibujos que solían dejar en su dormitorio, aunque estaba más preocupada por el actuar errático de DeBlanckfort.
—Será oficial ni bien lleguen los análisis apostillados —contestó—. Llamaron a Pierrick desde Suiza: dio positivo.
Nínive quería enfocarse en la conversación, tarea imposible a causa de los estudiantes que murmuraban las palabras «Maldito», «Dama en discordia» o algo tan fuerte como «traidor».
Otros se olvidaban de los protocolos y directamente abucheaban.
Todo era confuso: el enjambre de voces, chillidos e insultos se acrecentaba a tal punto que era difícil distinguir lo que decían.
De todos modos, DeBlanckfort no aminoró la marcha.
—¿En verdad nos iremos? —Nínive palidecía conforme se acercaban a la arcada principal de la abadía—. Se suponía que seguiríamos un plan, no que saldríamos como dos…
—¡Allí está!
Nínive giró el rostro.
—… delincuentes —concluyó mientras detectaba al soldado que apuntaba en su dirección. Decenas de guardias lo seguían escaleras abajo, todos con sus pomposos uniformes, indicador de que se trataba de la Guardia Real.
La adrenalina se disparó en su torrente sanguíneo cuando la reacción de DeBlanckfort fue afianzar su agarre y echar a correr.
—¡Detened al príncipe!
Nínive clavó la mirada en la espalda de DeBlanckfort.
—¡¿Qué diablos has hecho?!
—¡Te lo explicaré al salir, lo prometo!
—¡Deteneos en nombre de la ley!
Todo un batallón descendía por las escaleras. Incluso había más hombres de hojalata que emergían del corredor que unía el Punto Cero y el claustro.
Aterrada, Nínive vio al frente.
—¡¿En verdad huiremos como criminales?! ¡¿Yo qué hice?! No, yo no hice nada, ¡¿tú qué has hecho?!
Percibió la sonrisa del heredero, cuya respuesta consistió en menear la cabeza y sostener la pesada puerta para que ella saliera primero.
En las inmediaciones de la abadía aguardaba un helicóptero con las aspas en movimiento, flanqueado por otra especie de uniformados.
Nínive reconoció de inmediato los chalecos negros y el dragón plateado: dragones, soldados pertenecientes a la orden de la familia DeBlanckfort y, por lo visto, los únicos que no querían apresarlo.
—¡¿Por qué nos persiguen?! —volvió a preguntar.
Ambos se agazaparon al oír un disparo.
Los guardias seguían aglutinándose. Y no solo los guardias… Wagner daba instrucciones a un grupo de agentes del DII. Y lo que le resultó todavía más repulsivo: Elysabeth iba a su lado, con ojos que parecían echar chispas y un extraño vendaje en el brazo.
Apenas los divisó, la chica los apuntó con un dedo:
—¡Abrid fuego! —gritó.
—¡Bajad las armas! —contradijo Wagner.
La heredera la fulminó con la mirada.
—¡¿De qué lado estás, Wagner?! ¡Ha traicionado a la corona!
Nínive hizo un ademán para ver a DeBlanckfort, pero él se detuvo de golpe, haciendo que ella casi se diera de bruces contra su espalda.