17 #2
No hubo tiempo para procesar la secuencia de sus acciones: en medio de la conmoción, el heredero desenfundó un arma, adhirió la espalda de Nínive contra su pecho y le apuntó en la sien.
Ella quedó paralizada.
—¡Acuerdo del Transatlántico, Elysabeth! —gritó—. A menos que quieras tener a medio mundo terrestre arrasando con tu reino, usa la cabeza y baja las armas.
Nínive tragó saliva con dificultad. «Que no esté loco, que no esté loco, que no esté loco…
», rezaba con las uñas incrustadas en el antebrazo de DeBlanckfort.
Recordó los disparates que se rumoreaban sobre los antepasados del heredero.
¿Y si resultaban ser ciertos? Cruzó los dedos para que no fuera hereditario.
Habían discutido la forma más segura de abandonar la abadía sin levantar sospechas. Eso rozaba la demencia.
Por su parte, Elysabeth quedó tiesa al oír la amenaza de su supuesto afín.
Incluso Nínive se preguntó si Elora, más que lanzar disparates, había lanzado verdades camufladas, como el hecho de que DeBlanckfort no quería a la única chica con el porcentaje indicado para él.
«¡Y una mierda!», pensó. Había pasado toda su vida buscándola… ¡¿Para darse el lujo de rechazarla?!
«Está loco», fue la inquietante deducción.
Cuerdo o no, mediante amenazas consiguió que Elysabeth alzara un brazo en señal de alto.
Ni bien los guardias acataron la orden, DeBlanckfort reculó con Nínive pegada a su cuerpo cual escudo humano, gesto que la intranquilizó hasta el grado de debatirse si subir al helicóptero o huir.
«Dijo que te lo explicaría todo», recordó.
Asimismo, surgieron miedos: ¿qué harían fuera de la abadía? ¿Cómo regresarían? ¿Regresarían?
Les echó un vistazo a Wagner y a Elysabeth. El director observaba con los músculos de su mandíbula tensos cada paso que daba DeBlanckfort. La heredera conservaba su expresión asesina, llena de esa ira que atravesaba el azul de sus ojos.
DeBlanckfort guio a Nínive al interior del helicóptero
—Cierra la puerta enseguida —dijo—. Es a prueba de balas.
Las piernas de Nínive temblequearon al subir los peldaños, así como lo hicieron sus manos al arrastrar la pesadísima puerta de la aeronave mientras que DeBlanckfort se subía de un salto.
Una vez dentro, el heredero cazó unos auriculares, presionó un par de perillas y cerró la mano en torno a una palanca que puso en movimiento la aeronave.
El abrupto despegue hizo que Nínive se aferrara al respaldo de su asiento.
—¡¿Te has vuelto loco?!
Su corazón se precipitó todavía más cuando él estiró un brazo por encima de ella a tientas, hasta dar con el cinturón de seguridad. Lo ajustó sin despegar sus ojos del frente.
—En el ejército aprendemos a pilotear desde los dieciséis —replicó—. Y los guardias no pueden dispararle a ningún terrestre a menos que el rey se lo ordene.
—¡Pues ella se los ordenó!
—Sí… Pero no es reina. No hasta que sea oficial. Los disparos iban dirigidos a mí.
—¡¿Qué?! Pero ¡¿por qué?! ¿Y qué es todo esto?
¡Creía que íbamos a idear un plan sin fallas!
Se suponía que contaríamos con dos días para…
—Los ojos de Nínive se abrieron—. Oh, por Dios.
Lo hidroxiurea. Mi medicación no se compra en farmacias, DeBlanckfort.
Ni siquiera tengo un pasaporte válido como para…
Silenció cuando él indicó los asientos traseros.
—LeBlanc se encargó de todo —dijo—. Sé que es improvisado, y lo lamento, pero créeme cuando te digo que no teníamos opción. Le pedí a LeBlanc que pusiera en tu bolso todo lo que necesitaras en el caso de un largo viaje. Si llega a faltar algo…
—No hará falta nada. —Nínive sintió un gran alivio cuando divisó la misma etiqueta fluorescente que le habían colocado en el aeropuerto de París—. Mi bolso siempre está armado; todo lo necesario está ahí dentro.
Más tranquila, regresó la mirada al frente.
«Bélgica…».
Meneó la cabeza. No había forma de que llegaran a Bélgica si todo el DII iba tras ellos, aunque todavía no entendía cómo era posible.
¡¿Qué demonios había hecho DeBlanckfort?
! Recordó los bramidos, las acusaciones de traición, el brazo vendado de Elysabeth…
¿La había atacado? Lo miró de soslayo, preguntándose si sería capaz.
DeBlanckfort ya la observaba por el rabillo del ojo:
—¿Puedo saber por qué siempre tienes tu bolso armado?
Nínive exhaló.
—Sabes muy bien por qué.
—Sí, y te he dicho cientos de veces que aprendí de mi error…
—Oh, no. No es por ti, no te des tanta importancia. Ahora que la abadía cuenta con una nueva sheriff, debo ser precavida por dos: uno me apunta con un arma y la otra me acusa de amenaza. Mi estadía es todo menos segura, ¿no lo crees?
DeBlanckfort soltó una risilla.
—No, no lo creo. En primer lugar… —Cogió el arma, apuntó al techo y presionó el gatillo varias veces.
Ninguna bala salió de allí—. Jamás usaría un arma en tu contra.
En segundo lugar… —Nínive contuvo la respiración cuando el heredero cogió su mano y le dio un beso sin dejar de enfocarse en el camino—.
Estás loca si piensas que voy a permitir que te aparten de mi lado.
¿Con quién rompería las reglas si no es contigo?
Uno, dos, tres… Nínive sintió que volvía a ser una cría insegura. Quedó muda, asustada y conmovida por la ligereza con la cual DeBlanckfort pronunciaba sus palabras; como si fuera normal —o adecuado— decirlas en voz alta.
A su vez, ella se preguntaba lo mismo. Una vez terminara la investigación, ¿hallaría un compañero de aventuras dispuesto a tolerar sus locuras?
En ocasiones deseaba pedirle a DeBlanckfort que no la dejara sola.
No se permitía expresarlo porque… Porque era un error olvidarse de su volatilidad en comparación con la longevidad que poseía la persona a su lado.
Al caer en la cuenta, apartó la mano y se acomodó contra la ventanilla, viendo sin mirar cómo la abadía se encogía.
—Estoy segura de que hallarías un buen remplazo —susurró.
Devon había vivido sin inconvenientes antes de su llegada. Es más, había estado esperando a alguien más antes de su llegada. Ella era el virus que había infectado su mente con ideas poco convencionales, las cuales lo acababan de meter en aprietos.
No esperaba oír nada a cambio. Pretendía preguntar por el paradero del Rex Rexum, pero la voz baja de DeBlanckfort se coló en su pecho y resonó en su cuerpo:
—Hay personas que no pueden ser remplazadas, Niv. No lo olvides.