16 #3
—Puede ser —se encogió de hombros—. Pero no es el único problema que tenemos…
Elysabeth se desplazó hasta la mesilla de noche. Recogió un sobre, vació el contenido y se lo entregó.
—Pienso que tú también me has subestimado —canturreó a medida que Devon veía un puñado de fotografías que lo situaban entrando y saliendo de la habitación de Nínive—. ¿Sabes lo que ocurre cuando un rey es infiel?
Devon formó un mohín.
—Si hay evidencia, lo decapitan. —Devolvió las fotografías sin mayor preocupación—. Artículo número cuatrocientos dos del Código Penal, sobre la honradez de la corona. Por suerte para mí, no estamos casados. Además, la ley aplica a monarcas vigentes. ¿Debo recordarte tu lugar?
Elysabeth tensó sus labios.
—Mi lugar es momentáneo, DeBlanckfort. Así como el tuyo.
Devon no pudo evitar sonreír.
—Eso quisieras…
—Te guste o no, soy y seré la reina de Sangbièrre. Los resultados llegarán en cuestión de horas. Cuando lo hagan, el consejo deberá entregarme mi título como heredera legítima. ¿Sabes qué significa? Habrá cambios en la línea de sucesión. No serás el porcentaje más alto del reino.
—Sí, lo has dejado claro en el Le Sang.
—Pues a ti no parece haberte quedado claro porque todavía jugueteas con esa terrestre repleta de cargos contra nuestro reino. No harás lo que se te dé la gana una vez nos coronen.
—Nadie puede hacer lo que se le dé la gana; por eso existen códigos y leyes. Leyes que conozco de memoria. Ninguna implica total sometimiento de mi parte. Si yo fuera tú, no desempacaría —Devon se acercó—. Vivimos tiempos muy inestables —insinuó antes de propinarle un ligero golpe con el hombro.
Se abrió paso en medio del silencio, pero Elysabeth habló:
—Le he ordenado a la Guardia Real que la vigile.
Devon se detuvo.
—Sabes lo que eso significa, me imagino —añadió con fingida inocencia.
Con los dedos en el pomo de la puerta, Devon la miró por encima del hombro. Elysabeth sonrió.
—He oído rumores sobre cuánto te importa esa terrestre.
No me esperaba semejante herejía por parte de un DeBlanckfort, debo admitir.
Odoric siempre se jactó de vuestra honradez y devoción por la corona.
Pero si los rumores son ciertos, me gustaría aclarar lo siguiente: ni bien me otorguen el título y anuncien nuestra boda, dejarás de verla.
—¿O qué?
—O mi primera orden será que la guardia abra fuego.
Devon se tornó hacia ella.
—¿Me estás amenazando?
—Te convendría enterarte de que la amenaza es de naturaleza terrestre. ¡Es una de ellos! ¡Podría ser una minoritaria encubierta! Si tú no la haces a un lado, yo lo haré.
—Ah, ¿sí? —Devon dejó que la idea echara raíces.
Alguien acababa de firmar una sentencia de muerte—.
Permíteme aclararte una cosa, ya que tus santos monjes no te explicaron nada sobre mí.
—Devon extinguió la distancia entre ellos—.
Una amenaza a las personas que amo equivale a amenazarme a mí.
Y nadie me amenaza y se sale con la suya.
—¿Qué rayos…?
Devon cubrió la boca de Elysabeth de un manotazo.
Un destello de pánico surcó los ojos de la chica. Comenzó a forcejear, no obstante, Devon se mantuvo impasible. Su mirada gélida no flaqueó. Sus convicciones, tampoco. La persona frente a él acababa de meterse con lo que más quería.
Sin dudarlo, sacó la jeringa de plata que pretendía utilizar para su dosis de Oro Sagrado.
¿Elysabeth quería desafiarlo? Bien. Él también quería desafiarla.
Contuvo los frenéticos movimientos al arrinconarla contra la pared, bloqueando cualquier ataque mediante su torso y una de sus rodillas.
Ejerció la presión necesaria para inmovilizarla.
Los ojos de la chica quedaron vidriosos al notar la jeringa, pero Devon no titubeó.
Si quería jugar sucio, le convenía saber que se había metido con el linaje que era capaz de revolcarse en el lodo y destripar a sus enemigos con uñas y dientes.
«Un insulto hoy, un puñal mañana», solía decir su padre cuando le explicaba por qué nunca debía pasar por alto las faltas de respeto.
Estaba en lo cierto: hoy lo amenazaba con dispararle a Nínive, mañana…
No pensaba dejarla llegar a un mañana. No le permitiría jugar a sus anchas con el poco poder que el consejo le concedía.
—Deberías haberlo pensado —masculló.
La heredera sacudió la cabeza con desespero, tratando de quitarse de encima la mano que le cubría la boca y esquivar la jeringa dirigida a la vena de su brazo.
—Un DeBlanckfort nunca siente piedad, Elysabeth. Mucho menos hacia sus enemigos. Eso eres para mí a partir de ahora: una enemiga —murmuró al insertar la aguja en la vena.
Elysabeth batalló con todas sus fuerzas, ocasionándose más daño del previsto. Devon no se movió ni un ápice, al contrario: presionó su rodilla todavía más y terminó de extraer la muestra.
—Si quieres gobernar, tendrás que matarme primero, porque no pienso permitir que esa corona toque tu cabeza —farfulló antes de presionar los vasos sanguíneos del cuello de la heredera, cuyas lágrimas humedecieron su mano.
Podría ser hija de Adort y Ana, pero definitivamente no poseía la fiereza o la astucia de un Boge.
Eso era prueba suficiente para él. Una reina con impulsos y sin estrategias sería la perdición.
Dejar el reino en sus manos equivalía al mayor acto de traición hacia su gente, por lo que no cesó la presión hasta asegurarse de que su alteza perdiera la consciencia, cayendo inconsciente en el suelo de la habitación que no le pertenecía.