16 #2
Cada dragón era dotado con un lirio, porque los lirios eran las bendiciones de los mismísimos Dioses.
Así como su padre, el joven príncipe dragón había crecido a la espera de que, al cumplir la edad correcta, los Dioses le mostrasen el camino al Bosque del Corazón, que sus hilos dorados lo guiaran al lirio más hermoso, aquel destinado a reinar a su lado.
No obstante, llegado el gran día, los Dioses no le sonrieron al joven príncipe.
A diferencia de sus antepasados, una rosa le fue dada.
Una rosa hermosa, cual lirio rojo. Aun así, bien sabido era por todos en el reino: las rosas venían con trampas.
Las rosas ocultaban espinas capaces de envenenar la sangre de un dragón. Eran la perdición.
Devon aguzó la mirada. De pequeño le parecía una historia aburrida. Ahora resultaba ser la historia de su vida.
En principio, el dragón maldijo a los Dioses y se negó a recoger la rosa del bosque.
Incluso se planteó quemarlo para siempre.
Pero había un problema. Un problema que los Dioses habían previsto: el dragón era príncipe, mas no rey.
No tenía derecho alguno de destruir la rosa.
Lo único a su alcance era vigilarla, evitar que otros se pincharan con ella y cayeran envenenados.
Y eso hizo: vigiló la rosa día a día. Con cada sol que pasaba, el dragón empezó a notar que sus pétalos eran suaves como los lirios. También descubrió que sus espinas pinchaban y mantenían a raya a las amenazas del reino.
Mas ignoró el dragón que su rosa seguía en medio del bosque, privada de luz.
Sin importar cuánto la regara, sus pétalos empezaban a marchitar.
Y cuando accidentalmente una de sus espinas lo lastimó, este enfureció, la arrancó de la tierra y la arrojó al sol, pensando que así sus problemas acabarían.
Pero no fue así.
La luz del sol revivió a la rosa. Las lágrimas del dragón arrepentido la tornaron en un lirio dorado. Un lirio que los Dioses nunca le habían concedido a ningún otro dragón. Por eso, muchos dudaron del nuevo lirio del príncipe.
«¡Es falso!». «¡Una blasfemia!», exclamaban. No obstante, el príncipe sabía la verdad. Él había sido testigo del milagro. Un milagro que corría riesgo, puesto que los dragones y las criaturas del reino se habían ensañado con él.
Desesperado, el dragón ocultó al lirio. Lo regresó al bosque, donde la luz escaseaba. Allí volvió a convertirse en rosa, pero no podría ser una rosa para siempre. Entonces, ¿qué hacer con ella? ¿Renunciar a su inmortalidad? ¿Combatir a las criaturas que pretendían destruirla?
Ese, era el dilema del joven dragón. Un dragón que al poco tiempo desapareció de la Fortaleza Blanca.
Muchos aseguraron verlo; lo retrataron como el dragón negro de la roja rosa, aunque nunca nadie pudo atraparlo.
El dragón hizo lo mismo que sus antepasados: recorrer el Camino del Lirio con una rosa a su lado.
Se refugió de los monstruos al final del río de Baptise, donde halló dos guardianes dispuestos a socorrerlo.
Devon apartó la mirada del relato. «El río de Baptise —razonó al cerrar el libro—. ¿Cómo no lo viste antes?».
No existía el río de Baptise. Lo que existía era el río Lys, utilizado en la Guerra del Lirio, cuando Baptise el Valiente salió a conquistar las tierras de los Harssbornen después de que Bjorn II asesinara a su esposa.
Tras ser proclamado vencedor, el rey sangbìbier renombró varios pueblos y monumentos en honor a su lirio.
El episodio más importante de la extenuante guerra, no obstante, había sido la batalla final: la Guerra de Gante… En Bélgica.
Una vez en su habitación, Devon sacó el Rex Rexum y lo ojeó hasta dar con lo que buscaba: el mapa de los túneles. Gante figuraba en el recorrido.
«El camino empieza donde el camino termina —recitó, siguiendo la línea que coincidía con el trayecto del río Lys—. Los guardianes que el nieto de Enrique no pudo destruir».
La familia de Baptise había erigido dos torreones medievales a orillas del río Lys, en Cortrique: las Torres Broel. En el mundo terrestre eran conocidas como «los guardianes», mientras que en Sangbièrre eran llamadas «las puertas de Lys».
El nieto de Enrique no las había destruido en el siglo XVII porque era consciente de la transcendencia de esas torres en el mundo al cual había pertenecido su abuelo.
—Es Gante —susurró Devon.
No tenía dudas. Si su bisabuelo había creado una orden cuyo propósito era estrechar lazos con el mundo terrestre, habría visitado el mundo terrestre a escondidas, y la única ciudad belga que indicaba la red de túneles era Gante.
Decidido, marcó el número de LeBlanc:
—Hum, sé que no lo parece, pero lo de la reunión del priorato no era broma, en verdad que…
—Prepara lo que te pedí esta mañana —dijo Devon.
—No pienso…
—No hablo de la dosis, me refiero al Beta. Parto hoy mismo.
Devon colgó el teléfono, salió al corredor y se internó en el pabellón reservado para la familia Boge. Los guardias que custodiaban la recámara del rey emérito hicieron una reverencia y él les devolvió el saludo.
—Adort, debemos hablar.
El rey emérito no abrió la puerta.
—Elora no regresó aún —contestó.
—No busco a Elora —replicó Devon.
—Hum… ¿Te sabes la contraseña?
Devon apretó los puños. El anciano abrió la puerta y rio al toparse con su semblante ofuscado.
—Lo siento, es una vieja costumbre —dijo antes de invitarlo a pasar.
Devon cerró de un portazo—. Vaya, sí que tienes prisa para haber estado pálido como la nieve hace unas horas.
¿Qué tal la espalda, muchacho? Sé que no es equiparable a una muerte tortuosa, pero puse sal en el café de Callaghan.
Según los guardias, no podemos acercarnos a él hasta el juicio.
—Callaghan no importa. Sea hoy o mañana, me las pagará. He venido porque necesito pedirte un favor. Tú y Adort habéis utilizado la red de túneles de Ludovic. ¿Cómo accedo a ella?
Adort-Boge retorció la punta de su bigote.
—Me encantaría decirte, niño, pero no conozco el código.
—¿Disculpa?
—El código de tu familia. No sé si lo has notado, pero el túnel pasa por debajo del castillo DeBlanckfort.
Cada linaje aseguraba su entrada; creábamos una serie de trampas y acertijos que mantenían lejos a los intrusos.
Adort y Ana diseñaron un raro artefacto que explotaba si no introducías los ingredientes correctos —Adort se estremeció—.
Así fue cómo incendiaron nuestra base en el 97.
Es imposible acceder sin quitar los muros de acero.
Se necesitan máquinas excavadoras para ello; demasiada exposición.
Sé que tu abuelo accedía desde su casa, pero no sé cómo.
—¿El castillo DeBlanckfort?
—¡¿Acaso estás sordo?!
Devon quedó absorto. El castillo de su abuelo estaba cerca de Lisbourg, frente al…
«río Lys», recapacitó Devon. La ubicación tan al norte se la había adjudicado a los orígenes de su linaje, en Escocia.
Ahora cobraba sentido. Él y su padre habían pasado allí varios veranos de su infancia.
Recordaba tardes enteras con los pies inmersos en el río, contemplando la caída del sol mientras buscaban peces y lagartijas, aunque con poco éxito.
—¿Qué rayos estás maquinando, muchacho?
Devon regresó al presente al escuchar a Adort.
—No poseemos jurisdicción aérea.
—¡¿Y eso qué tiene que ver con…?! Oh, no. —La expresión del aciano cambió—. Intuyo qué es lo que te traes entre manos y no me gusta nada…
—Suerte que ya no eres rey como para impedirlo —Devon sonrió antes de darse la vuelta.
—¡¿Qué te crees que haces?! —Adort amagó con perseguirlo, pero Devon le sacó ventaja y abandonó la dormitorio en pocos segundos—. ¡Regresa aquí, idiota! ¡Idiota irrespetuoso…! ¡Que vengas aquí!
Devon lo ignoró. El plan cobraba forma a velocidad vertiginosa.
Tenía que ir al castillo de su familia, hallar la red de túneles y cruzar Sangbièrre bajo tierra.
La distancia era relativamente corta; un par de horas en coche y estarían en Gante.
Los problemas aparecerían al emerger. Gante era parte del mundo terrestre, un territorio neutral que Phillipe aprovecharía ni bien la noticia de la huida llegase a sus oídos.
Al menos tenían una ciudad, no un país entero, donde buscar.
Si la Orden de San Miguel seguía en funcionamiento, los túneles de Ludovic II los guiarían a ella.
—¿Devon?
La voz de Elysabeth aminoró la marcha del heredero.
—¿Tienes un minuto? —preguntó asomada a la puerta de su dormitorio.
Devon apretó los dientes. No, no tenía ni un segundo, pero los guardias observaban. Giró sobre sus talones y dejó que Elysabeth lo guiara hasta la habitación reservada para la heredera.
La amargura conquistó su interior al caer en la cuenta: el cuarto que él había remodelado junto con monsieur Théodore era ocupado por alguien distinto a su afín.
Las cortinas de terciopelo blanco y flecos dorados seguían siendo las mismas, así como el resto del mobiliario níveo con detalles en oro.
Los colores del lirio dorado, un sinónimo para el término afín.
—No hemos tenido tiempo para hablar después de nuestro primer encuentro. —Elysabeth caminó hacia él—. De acuerdo con la secretaría real, el Primumfuga es en dos días. Marie-Helénè me está ayudando con los pasos de baile, pero temo no memorizarlos todos.
Devon no dijo nada. Sus ojos permanecían alertas, al tanto de cada movimiento. La distancia entre ellos era menor a la de un brazo, suficiente para empuñar un arma blanca.
—¿Piensas asistir al baile o tendré que bailar sola, Devon?
—Acusaste a mi familia de asesinato y traición, resucitaste falsos rumores y, ¿esperas que me aparezca para bailar contigo durante el Día de las Luces? Buena suerte con eso.
—Solo pedí acceso a los archivos del 97. ¿No fue eso lo que tú hiciste al cumplir dieciocho? Buscar al asesino de tu madre.
Devon soltó una risilla lacónica.
—Mi padre no asesinó a los tuyos. ¿Crees que estarías con vida si nuestra meta fuera gobernar? Nos subestimas, Elysabeth. Ese es el problema aquí.