REX REXUM 16
27%

16

DEVON

—Cavarás un agujero en el suelo —dijo LeBlanc.

Devon llevaba varios minutos dando vueltas en su habitación.

Había despertado en la cama, sintiendo que los corredores de su mente estaban llenos de niebla y pesadez.

LeBlanc, Adort y Elora se encontraban alrededor.

Le indicaron mantener reposo cuando intentó levantarse.

Él les había hecho caso… hasta que recordó las amenazas de Callaghan.

Entonces entró en pánico.

Quiso pasar por encima de ellos, bajar al primer piso y decirle a Nínive que no podían quedarse ni un segundo más en la abadía. No obstante, por primera vez en su vida, Adort y LeBlanc consiguieron contenerlo.

—Yo iré con ella. Descansa, Devy querido —dijo Elora.

Devon tuvo que obedecer. No porque confiara en ellos, sino porque los efectos del Oro Sagrado jugaban con sus capacidades físicas. Se quedó encerrado en la habitación, yendo y viniendo, temiendo que un infiltrado fuera a por Nínive. Necesitaba la maldita lista de sospechosos cuanto antes.

Las respuestas yacían en el enigma que le había dejado su bisabuelo: el paradero de la Orden de San Miguel.

De acuerdo con sus últimas lecturas, la figura de Miguel era importante dentro del mundo cristiano.

Abundaban las estatuas, iglesias, catedrales, elevaciones geográficas y obras artísticas con su nombre.

—Si te hace sentir mejor —dijo LeBlanc—, podría quedarme en el laboratorio con ella. Aunque me sacará más información de la que me gustaría…

Devon negó.

Nínive no necesitaba un guardaespaldas. Necesitaba saber la verdad, a qué se estaba enfrentando. Su guardia permanecía baja porque creía que era una pieza sin importancia dentro de la guerra.

«¿Y cómo piensas hacer que te crea?», se preguntó. Esa interrogante se interponía entre él y la verdad. Carecía de pruebas. Las cicatrices no bastaban. Las alas ya no estaban. «A no ser…».

Devon miró a LeBlanc.

—¿Poseéis análisis de sangre que demuestren que ella es hija de Adort y Ana?

El profesor frunció el ceño.

—Hum, sí, pero si el reino se entera…

—El reino no tiene por qué enterarse. Solo necesito que ella lo sepa.

—¿Para qué? ¿Para que se obsesione con hallar una cura?

—¡Sí!

—No. —LeBlanc meneó la cabeza. Sus ojos miel traslucían tristeza—. Sé que facilitaría las cosas, pero le dificultaríamos la vida. ¿Conoces la historia? ¿Sabes cómo llegó a tener SCD?

Devon negó con la cabeza.

—Ana se precipitó. Sospechaba que había infiltrados en todos los niveles del DII y operó a sus espaldas.

Modificó un gen para eliminar la esencia del único embrión que le quedaba y se lo donó a la madre sustituta de Nínive con la esperanza de que saliera bien, pero no fue así.

Es posible que su caso no tenga solución, Devon.

—LeBlanc torció el gesto—. De-Ràzes ya nos lo ha advertido: tal vez no existe la forma de reactivar su esencia.

Puede que Nínive sea una terrestre para siempre.

¿Cómo crees que le caería enterarse de la verdad?

Devon tomó asiento en el diván más próximo.

Descansó los codos en las rodillas y dejó las manos juntas, procesando una idea inconcebible.

«Terrestre». La reina de Sangbièrre, terrestre…

No. Ella no era terrestre. Su propio cuerpo era prueba de ello.

No le mentiría toda una vida porque toda una vida pretendía quedarse a su lado.

No podría callar el hecho de que el reino le pertenecía por ley.

Se puso en su lugar, preguntándose cómo se sentiría si le ocultaran el motivo por el cual su salud era frágil como un cristal.

Devon miró a LeBlanc

—Entiendo que queráis protegerla, pero ¿y si la verdad es la solución?

El SCD la convirtió en científica, no en víctima.

La posibilidad de encontrar una cura la mantiene en marcha.

Si supiera que existe la posibilidad de vivir siglos enteros…

Si supiera que sus padres dieron la vida para que ella tuviera una oportunidad…

¿Crees que no la aprovecharía? Buscaría la forma de resolver su propio enigma, ¿no te parece?

LeBlanc formó una línea con sus labios.

—No estoy seguro.

—Pues yo sí. —Devon extendió su mano—. Mi dosis.

El rostro de LeBlanc se ensombreció.

—Ni loco.

—No te estoy pidiendo una opinión, LeBlanc, es una orden: dame mi dosis.

—Tuviste un desmayo, Devon. Y no provocado por las balas de la Operación Diamante.

—Gracias por recordármelo —Devon falseó una sonrisa—. Estoy a unas horas de que los efectos se desvanezcan. ¿Cómo explicaremos que soy un cien por ciento?

El profesor arrugó el ceño. Devon notó la contrariedad que lo embaucaba.

No lo culpaba; no todos los días una persona le exigía a otra una gota de veneno.

Las dosis de Oro Sagrado equivalían a pequeñas sentencias de muerte que LeBlanc debía firmar.

No esperaba otra reacción por parte de quien se dedicaba a salvar vidas.

Se dispuso a repetir la orden, pero la puerta de la habitación se abrió en sigilo, una rendija lo suficientemente ancha como para dejar a Pierrick a la vista.

—Lamento la intromisión. —Pierrick vio a LeBlanc, todavía petrificado—. El priorato necesita de la presencia del profesor en estos momentos.

LeBlanc prácticamente se lanzó hacia la puerta.

—Te dije que…

—Oh, no se preocupe, majestad —Pierrick intervino—.

El profesor volverá enseguida, después de discutir nuestra postura en la próxima votación.

Los análisis de sangre han arrojado un resultado positivo.

La señorita Elysabeth es una Boge de acuerdo con la evidencia científica, aunque es curioso: Salvatore nunca la mencionó en sus profecías.

Devon quedó inmóvil.

¿Elysabeth? ¿En serio?

Por una parte, no le sorprendía; el parecido con los Boge era innegable.

Asimismo, tambores de guerra sonaban en su mente.

Si la chica era hija de los Boge, las muestras de ADN no bastaban para probar la legitimidad de Nínive.

Deberían recurrir a la fecha de nacimiento.

Nunca se fiaría de Benôit si, casualmente, la chica había nacido justo unas semanas antes que Nínive.

—Hablando de Salvatore… —Pierrick le entregó un sobre a Devon—.

Quizás existe un motivo de peso mayor por el cual le conviene no debilitarse el día de hoy —sugirió mediante una imperceptible sonrisa—.

Los hilos del universo se mueven de forma curiosa.

Incluso el peor de los males está ligado a ellos.

El anciano se retiró en silencio.

Devon se cuestionó si esos hilos serían tan crueles como para arrancarle su último rayo de esperanza.

Bajó la vista y atisbó su nombre al frente de la profecía.

Meses atrás habría dudado. Ahora quebraba el lacre con ansias, rozando la desesperación.

Desplegó la nota compuesta por un par de líneas en latín:

Recuerde su infancia, majestad.

Este día del mes pasado solía ser la página anterior.

—El mes pasado… —Devon necesitó acudir al escritorio y abrir su agenda personal. A duras penas recordaba qué día era.

Diecinueve de junio, dictaba la eterna lista de compromisos. Por ende, la profecía se refería al diecinueve de mayo. Devon alzó la barbilla. El priorato le había entregado la copia del Rex Rexum el diecinueve de mayo.

—El jardín —razonó antes de ponerse en marcha.

Abandonó la habitación y adoptó el porte recto de siempre con tal de no levantar sospechas en tanto cruzaba el pasillo de la casa de DeBlanckfort.

Los oficiales no se contendrían; comentarían su desvanecimiento.

Era necesario salir y demostrarles que estaba en perfectas condiciones, fuera cierto o no.

Una vez ingresó al despacho real, se precipitó hacia la estantería a la cual lo había guiado la primera profecía.

«Este día del mes pasado solía ser la página anterior».

Removió el ejemplar de El jardín y pasó sus páginas hasta dar con el número ciento noventa y seis, correspondiente al día actual. La página anterior era la que él había abierto en mayo para hallar la carta oculta de su abuelo. No obstante, la página ciento noventa y seis no tenía nada extraño.

Devon volvió a leer la profecía. En teoría, estaba en la página correcta. La examinó de un lado a otro, la vio a contraluz, buscó mensajes ocultos… La página carecía de pistas. Se trataba de una de las múltiples historias que su padre le había leído de niño. «En mi infancia», razonó.

Permaneció inmerso en sus recuerdos, uniendo piezas sueltas. «Recuerde su infancia, majestad».

Devon tomó asiento con el libro en mano, debatiéndose si la fábula era la clave del acertijo o si Salvatore acababa de tomarle el pelo. Como no tenía forma de saberlo, hojeó la página decorada con enredaderas. La ilustración mostraba a un dragón negro con una rosa entre sus garras.

Dejó los ojos en blanco al reconocerla: la fábula de la rosa.

De pequeño solía salteársela; no relataba memorables batallas ni misterios, todo lo contrario: era tan cursi que nunca había pasado más de la mitad.

«Menudo aburrimiento», pensó antes de leer el título y su autoría, la cual captó su atención por primera vez: El Dragón y la Rosa, Ludovic II. Devon reparó en la dedicatoria:

Porque enfrentarás tiempos difíciles,

Vi Draco, hijo mío.

Había una vez, sobre la colina más verde del mundo, un reino de dragones. Dragones fuertes que honraban la Fortaleza Blanca, dragones destinados a gobernar a todas las criaturas; desde el más dócil de los fénix hasta las águilas más feroces.

Devon se revolvió en su silla, buscando una posición que no lastimara su espalda. De niño le parecía una cursilería, pero ahora sabía que las águilas y los fénix representaban dos linajes reales: los Harssbornen y los Tasclainer.