REX REXUM 15
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NÍNIVE

Nínive apagó las luces y abrió las cortinas cuando el sol empezó a iluminar el cuarto.

Admiró la vista de los Pirineos un instante, el recordatorio de que ya no estaba en casa.

A veces se obligaba a no recordar; hacía de cuenta que la fachada gótica de la abadía le pertenecía a la universidad de Cambridge, que los vasos azules en verdad tenían café y que los guardias eran estatuas.

Detrás de ella yacían los planes fallidos que habían acabado en forma de bolas de papel. Otro recordatorio.

DeBlanckfort había dejado por escrito cada fase que el DII debería activar en caso de un traspaso de mando. Cuando Nínive preguntó por las probabilidades de que a Elysabeth le otorgaran el acceso completo a la agencia, él tensó la mandíbula.

—Dura lex sed lex —fue su respuesta—. La ley es dura, pero es la ley. Me guste o no, si el análisis da positivo al linaje de los Boge, será tratada como tal. Wagner pondrá en marcha el protocolo real.

En principio no comprendió por qué tanta oposición a lo que le pertenecía por derecho.

DeBlanckfort mencionó qué clases de conexiones poseía la chica, personas en las que ni él ni ella podían confiar.

Si Nínive debía escoger, se fiaba más del heredero que de quienes habían tratado de incriminarla y expulsarla a toda costa.

Tirada a lo largo de la alfombra, suspiró.

—Esto es difícil.

Que el plan funcionara dependía de múltiples factores. Cada paso debía contar con un plan B, C y D. «Terminaré usando el alfabeto griego a este ritmo», pensó. Siguió entramando una vía de escape; maquinó en su mente, anotó las mejores ideas y borró más de la mitad antes de que llamaran a su puerta.

—¡Ya voy!

Enrolló la alfombra repleta de papeles y la ocultó debajo de la cama. «¿Ya son las siete?», se sorprendió tras ver su reloj. Fue hasta la puerta y la abrió de golpe. Kina dio un respingo.

—Oh. Kina. ¿Todo en orden?

—Por supuesto. Solo… —Kina sacó un par de libros—. Ayer nadie se apareció en la biblioteca y tuve tiempo para buscar esto. Son ejemplares de botánica.

Nínive abrió la puerta del todo a modo de invitación.

—No era mi intención molestarte tan temprano, pero mi turno comienza a las ocho.

—Descuida.

Kina hizo lugar en el escritorio atiborrado de documentos.

—Apreciaría que no se lo menciones a Jeff —dijo—. Se ha obsesionado con el elixir desde que te propusiste reconstruir la fórmula. Lo conozco: es capaz de colarse en la sección censurada con tal de obtener información.

—Dile que puede olvidarse de ello —Nínive suspiró—. Ayer le pedí a LeBlanc la lista de ingredientes. Apenas cuenta con tres.

—¿El profesor accedió a colaborar?

—No. Bueno, no es como si me hubiera dado la lista; anoté los posibles ingredientes en un papel y noté que evitaba mirar las palabras oro, jazmín y olivas desde que mencioné mis habilidades para leer el subconsciente.

—¿Leer el subconsciente?

—No hablaba en serio. Pero lo condicionó bastante. —Nínive se desplazó por la habitación hasta dejarse caer en la cama—. Solo espero que esa cosa en verdad os ayude.

—¿El elixir? —Kina tomó asiento a su lado—. Ayudará a los cien por ciento. Si sirve para todos o no, el tiempo lo dirá.

Nínive quedó ensimismada. Se cuestionó el auténtico valor del elixir, cuánto estaría dispuesta a dar la heredera por obtener la fórmula. Entonces reparó en que Kina seguía al lado suyo, tan perdida en sus pensamientos como ella.

—¿Por qué tan distraída?

Kina dejó caer los hombros.

—Es… difícil de explicar.

—Divídelo en bloques —propuso Nínive—. Cuando tengo un problema muy grande, lo divido en partes y lo enfrento pieza a pieza. Casi siempre funciona.

Kina alisó su melena castaña.

—Es que, en unos días se celebra el Día de las Luces. Sé que en el mundo terrestre no existe, pero es una celebración especial para nosotros. Celebramos el amor entre dos sangbìbiers, la unión que nos hace más fuertes.

—¿Cómo en San Valentín?

—Parecido —convino—. Según los Septem, nuestros Dioses adoraban la Tierra porque podían verse muchas estrellas desde su firmamento.

Hay leyendas que relatan cómo Lucien creaba una estrella cada año a modo de obsequio para Lilith.

Para nosotros era imposible obsequiar algo así, por lo que comenzamos a usar gemas, como los diamantes.

Simbolizan las estrellas. Muchos aprovechan ese día para comprometerse, entregar el prendedor de su familia o cerrar su círculo.

—¿El prendedor?

—Esto —Kina indicó un broche que traía en el suéter—. Cada familia sangbìbier posee uno. Algunos son más humildes que otros, pero nadie escatima ni un penique a la hora de mandarlos a hacer. Simbolizan el amor entre afines. En caso de hallarlos, claro.

—¿Jeff te obsequió este?

—Así es. —Las mejillas de Kina se sonrojaron—. Asistiré con él a mi primer baile oficial y… estoy nerviosa.

Nínive hizo una mueca.

—Desearía tener consejos, pero no es mi especialidad.

Kina dejó sus cejas juntas.

—Creía que en América había bailes de graduación. ¿No son esos vuestros primeros bailes?

—No si terminas la secundaria a los doce. No hay chico que quiera asistir con una cría. Mucho menos padres dispuestos a permitirlo. Mi fiesta fue una maratón de pelis con palomitas.

—Oh. —Kina enmudeció—. ¿No asistirás a la ceremonia?

Nínive no se rio de la absurda idea por respeto.

—Esas cosas no son lo mío. Además, imagínate el revuelo que armaría si asistiera a una fiesta tan… tradicional. Os arruinaría la velada. Tengo asuntos que no pueden esperar. Prefiero que os divirtáis sin mí.

Kina asintió. Dudó un momento, hasta que preguntó:

—¿Es por Devon? ¿Porque asistirá con la heredera?

—No… —Nínive frunció los labios—. Tengo más que claro que DeBlanckfort y la chica nueva están destinados a estar juntos gracias a vuestros libros, brujos videntes y esas cosas.

—Creía que te gustaba.

—Sí, así como a muchas otras, pero lo bueno de ser terrestre es que para nosotros no rigen esas fábulas de los afines; si alguien no nos corresponde, buscamos a otra persona. Así funcionan las cosas en mi mundo.

«Así desearías que funcionara», replicó su propia mente.

DeBlanckfort había resultado ser una mancha de café.

No conseguía removerlo de su vida. Menos aún si seguía aceptando cada investigación que él proponía, consumida por su deseo de resolver acertijos y mantenerlo cerca un poco más de tiempo…

hasta que ya no hubiera misterios por resolver y que cada uno regresase a su vida.

—¿Puedo decirte algo? —preguntó Kina.

Nínive la miró.

—Crecí toda mi vida siguiendo los pasos de Devon.

Soñaba con ser una princesa (era pequeña, ¿de acuerdo?) —aclaró al ver la cara de Nínive—.

Luego seguí sus pasos de forma profesional a través de mis reportes en el periódico.

Con el tiempo llegué a conocer al príncipe.

No personalmente, sino como gobernante. Él ha cambiado desde tu llegada, Nínive.

No tengo en claro el motivo, pero ha sido algo bueno para él, pese a lo que diga el resto.

Nínive se esforzó para no sentir nada. Sabía que Kina tenía las mejores intenciones del mundo, pero sus palabras removían demasiadas piezas rotas en su interior. Piezas que todavía tenían filo capaz de reabrir heridas del pasado.

—Bueno… Ha perfeccionado el arte de la tolerancia.

—Entre otras cosas —Kina sonrió y se puso de pie—. Sé que estarás ocupada con tu trabajo, pero serás bienvenida en caso de cambiar de opinión.

—Lo dudo, pero agradezco la oferta. —Nínive la acompañó hasta la puerta, sin embargo, casi se tropezó cuando Kina ancló sus pies en el suelo y frenó de golpe—. ¿Qué ocurre?

—Hay alguien fuera —murmuró—. Dos, de hecho.

Nínive suspiró.

—Lo que daría por poder hacer eso…

—No, no lo entiendes —Kina sacudió la cabeza—. Una de esas esencias tiene un noventa y ocho por ciento. Solo hay dos personas que…

—Nivy, querida, ¿quieres tomar té?

Nínive se quedó tan atónita como Kina al oír la voz de Elora. Ambas intercambiaron miradas desconcertadas hasta que la reina emérita volvió a hablar:

—Mandé a preparar una ceremonia en el invernadero. Hay galletas recién horneadas. Y zumo de naranja; Devy dice que te pones de muy malhumor cuando no disponen de esa cosa en la cafetería…

Al cruzar la puerta trasera del invernadero, Nínive contempló la reluciente estructura de vidrio y acero.

La luz del sol se filtraba por los paneles de cristal, bañando los cientos de plantas; flores acuáticas en los estanques, ejemplares tropicales a lo largo de los canteros, enredaderas que caían desde sus recipientes soldados a las vigas del techo…

Un festival de colores que Nínive nunca había visto, coronado por otro festival —de comida— frente a una fuente en el centro.

—Vamos, no te quedes atrás —apremió Elora. Su voz y el repiqueteo de sus tacones color coral hacían eco a medida que se acercaba a la mesa de té.

«Al menos hay comida de verdad».

En principio se había negado a acompañar a la mujer de pelo zanahoria. Pero Elora era terca —muy terca—; se empecinó en no apartarse de la habitación sin importar cuántos estudiantes cuchichearan en los pasillos.

A Nínive le pareció infantil.

Pretendía dejarla allí plantada, pero entonces se preguntó si la antigua reina de Sangbièrre tendría información valiosa sobre el Rex Rexum. Información que Adort hubiera omitido. Se arrepintió ni bien cruzó el Punto Cero y ambas fueron el blanco de todas las miradas.

—No te preocupes, están celosos —soltó Miss Zanahoria.

Nínive dudaba que fueran celos. Las miradas de los estudiantes pronosticaban carteles con amenazas y dibujos sangrientos.

Echó un vistazo hacia la puerta del invernadero, flanqueada por dos guardias, y terminó de acercarse a la mesa donde Elora ya se encontraba sirviendo dos pocillos de té mientras tarareaba una melodía de lo más alegre.

—¿Quieres azúcar, tesoro?

Nínive negó con la cabeza, sintiéndose incómoda de repente.

«Farsante», ladraba su mente. Su nivel de descaro había crecido exponencialmente teniendo en cuenta que se encontraba engañando a una anciana.

Su lado más racional le recordó la caligrafía de Elora, las deducciones que había hecho al respecto; no era la única farsante en esa mesa.

—Sírvete lo que quieras, Nivy, Addy paga.

—Elora untó mermelada en una tostada—. Créeme cuando te digo que eso no suele pasar; para mi último cumpleaños me compró una imitación de los zapatos Chanel que le había pedido.

El muy avaro… ¡Como si mis ojos de halcón no se hubieran dado cuenta!

Este año me debe dos pares, por testarudo.

Nínive quedó boqueando, sin saber qué decir. No sabía nada sobre zapatos, mucho menos sobre marcas. Prefirió saltearse la charla barata e ir al grano:

—¿Por qué finges estar loca?

Elora batió las largas y tupidas pestañas falsas que acentuaban el verde lima de sus ojos.

—¿Disculpa?

—No necesitas actuar conmigo —dijo Nínive—.

Desconozco el motivo, pero tanto Adort como tú estáis mintiendo.

Quizás engañáis a los linajes, pero sé cómo detectar mentiras desde hace mucho.

Estáis fingiendo, y me pregunto por qué.

No os creo tan cínicos como para hacerlo por diversión.

Tampoco es evasión, ya que traéis siempre a colación el nombre de vuestro difunto hijo.

Mi teoría es que queréis que se os quite del juego de los linajes; hacerles creer que no sois de utilidad.

Me atrevería a decir que lo hacéis para no llamar la atención de los Minoritarios.

Diría que es para no ser asesinados, pero ahora que ha llegado esta chica…

Supongo que todo el teatro es para desviar la atención.

Elora quedó petrificada.

—Yo… —Bebió un sorbo de té y soltó una risilla—. Posees una grandiosa imaginación, tesoro. Igual que tu padre.

—Te he dicho que dejes el juego. No funciona conmigo. —Nínive contempló sin rastro de humor a Elora, cuyas comisuras flaquearon tras unos segundos.

—¡Ugh! —Arrojó la servilleta en su falda—. Bien, tú ganas. Son patrañas, pero no se lo puedes decir a nadie. Por favor, Nivy, te lo suplico. Es por el bien de todos. Sé que estás molesta, pero juro que no lo hacemos con mala intención.

—No me ofende —replicó Nínive—. No sería la primera vez que me usan como carnada. Lo que siento es curiosidad. Una cien por ciento acaba de llegar y continuáis con vuestro circo. ¿Estáis seguros de que Elysabeth es vuestra nieta o la actuación es para confundir a los Minoritarios?

—¿A qué viene semejante pregunta? —Elora quitó una pelusa invisible de su chaqueta Tweed.

—Colaboro con DeBlanckfort —admitió—. Él posee ciertas reservas respecto a ella; algo acerca del DII y unos documentos…

—¡Pff! —Elora hizo un ademán despreocupado—. Devy desconfía hasta de su propia sombra, querida. Posee reservas con casi todo el mundo.

—¿Tú sí confías en ella?

—Nunca afirmé eso.

—Entonces piensas igual que DeBlanckfort…

—¡Devy no duda de ella por eso! —Elora rodó los ojos.

—¿Cuál es el motivo entonces? —Nínive ignoró la puntada en el pecho al enterarse de la obviedad más grande: DeBlanckfort le había mentido.

Otra vez. «No será la última», se dijo a modo de nota mental, consciente de que contar con él equivalía a un ratón escogiendo a un águila como compañero de equipo.

Los labios rojos de Elora se curvaron hacia arriba.

—¿Por qué crees tú, Nivy? Devy está desesperado por probar que Elysabeth no es la heredera. ¿En verdad no se te ocurre nada? —Ocultó su sonrisa detrás del pocillo de té.

—Hablo en serio.

—Yo también. —La expresión inocente de Elora dio un giro de ciento ochenta grados.

A Nínive se le erizó la piel de los brazos. Allí no había rastro de la mujer despistada ni de la amante de los colores chillones. Frente a ella había una mirada filosa, una sonrisa amenazante, la mente aguda responsable de las puntiagudas eles y tes en la nota que había dejado en su habitación.

Elora limpió su boca con delicadeza.

—Me temo que no eres la única harta de tantos juegos —insinuó—.

Bien sabes por qué Devy no quiere a esa chica.

Supongo que prefieres no admitírtelo siquiera a ti misma, pero la verdad está a simple vista: quiere ganar tiempo.

Tiempo para posponer una boda que no desea, dado que su corazón está…

con alguien más. —Elora volvió a sonreír con picardía.

«Está loca».

Nínive se sintió fuera de juego.

—No es gracioso —replicó—. Es más, si fuera vosotros, buscaría a otra para el rol de nieta falsa porque no pienso seguir con vuestras estupideces.

—¿Lo dices por despecho o por cobardía?

Nínive resopló. Arrojó la servilleta a la mesa y enfiló rumbo a la salida. Entonces Elora redobló la apuesta:

—Devon tuvo una recaída —admitió. Nínive ralentizó el paso—. Sé que te rehusarás a creerme, pero, si no deseas ver cómo los linajes se lo comen vivo, te conviene seguir jugando con nosotros, Nivy. Devon no ganará esta guerra solo. Te necesita.