14 #2
—Lo sé. —Cogió una pluma y firmó a su nombre. Luego trazó una copia idéntica a la firma de Pierrick. Así había conseguido adentrarse en el despacho de McHugh después de todo.
Para cuando alzó la vista, LeBlanc tenía la cara pálida.
—Estás demente.
—Haz de cuenta que no has visto nada.
—¡¿Para esto me has hecho venir en medio de la madrugada?!
—No. Necesitaba cambiar mi vendaje, y así fue.
Gracias por tus servicios —expresó antes de caminar hacia la salida—.
Puedo encargarme de Callaghan por mi cuenta, no te preocupes.
Aunque, me pregunto si te pesará en la consciencia si le inyecto el Ángel Dorado de forma incorrecta y muere.
En lo que a mí respecta, lo prefiero muerto a que respirando.
—¡Devon! —LeBlanc salió a las corridas.
Devon reprimió una sonrisa al percibir cómo el profesor intentaba mantener la calma ante los guardias. Podría estar errado, pero su instinto le dictaba que no delatarse uno a otro pese a estar cometiendo varios delitos era una señal de amistad.
—Te aconsejo detenerte ahora mismo. Si se reúne evidencia, será enviado a juicio y…
—Callaghan es un minoritario —replicó Devon—. No se merece nuestra costosa burocracia.
—Callaghan no posee información relevante y te consta. No hay forma de que esto termine bien.
—Depende. Si el fin es extraer información, sí, será un fracaso. No obstante, esa no es mi meta. Phillipe siempre está al tanto de cada acontecimiento en la abadía. Le enviaré un mensaje.
—¿Un mensaje? ¿Qué mensaje? ¿Que los DeBlanckfort son vengativos y sanguinarios? Eso lo sabemos todos, no hay necesidad de alardear.
—No. Es una otra clase de mensaje. —Devon frenó en seco y miró a LeBlanc—. Mi afín no se toca. El que lo intente, terminará como Callaghan.
La expresión afligida del profesor no le sorprendió. Si fuera por LeBlanc, todos se obsequiarían margaritas y firmarían un acuerdo de paz. Continuó hasta la enfermería, cuya puerta estaba flanqueada por los oficiales del DII.
«Obra de Wagner», masculló por dentro.
—Su alteza, lo sentimos, pero…
Devon calló al oficial al dejar la orden falsa en alto.
—Tengo permiso del priorato, como podéis ver. —Ladeó su cabeza en sentido a LeBlanc, quien no sabía dónde meterse.
El oficial, dubitativo, le pasó el documento a su colega. El hombre lo revisó con la rigurosidad que ameritaba, sobre todo, considerando los antecedentes del heredero.
Entonces se dirigió a LeBlanc:
—¿Xernoisten ha firmado esto en persona?
Devon se giró para ver al profesor. Moduló la palabra «heredera» con sus labios, haciendo que su amigo suspirara.
Las reglas de la Orden de Lyss eran claras: proteger al linaje de los Boge a como diera lugar, incluso si para ello debían dar sus vidas. Devon lo sabía, así como LeBlanc, quien les devolvió una mirada mucho más determinada a los oficiales.
—Su alteza posee motivos de peso mayor, los cuales han sido procesados y aprobados por el priorato. En caso de duda, os sugiero acudir a mi gran maestre. No tardará en esclarecer vuestras inquietudes.
Los oficiales se miraron.
—Yo iré —anunció uno.
Devon lo fulminó con la mirada.
—¿Ir? Recién me entero de que podéis abandonar puestos sin autorización —expresó—.
Norma protocolaria número setenta y siete: «Todo movimiento bajo código rojo deberá ser reportado a un superior».
Se conceden excepciones únicamente bajo peligro inminente.
—Devon se tornó hacia LeBlanc—. ¿Luzco como un peligro inminente?
LeBlanc prefirió no contestar.
El oficial se quedó petrificado. Guio una mano a la pretina de su pantalón, de donde colgaba el radio.
Devon se abrió paso entre ellos.
—El caso Sauer es confidencial —dijo—. Más os vale mantener distancia.
Ingresó a la habitación seguido por LeBlanc.
Los recibió una atmósfera fría y blanquecina, producto de los tubos incrustados en el techo.
El olor a alcohol se impregnaba a todo cuanto tocaba.
Junto al monitor de latidos, Adam Callaghan los observaba con ojos vigilantes, apegando la espalda a la almohada como si fuera un animal acorralado.
—¿Q-qué sucede? —musitó.
—Ahórrese las preguntas, señor Callaghan.
—Devon se aproximó a la cama. El profesor no se despegó de la puerta—.
Adam, dirían algunos. De acuerdo con el historial clínico, él gozaba de muy buena salud, mientras que usted posee deficiencia de hierro y vitamina D.
Curioso. Sintomatología típica de los Minoritarios después de saltearse las dosis por corto abastecimiento y vivir años bajo tierra.
—Yo… trabajo todo el día en la cocina, alteza. Estoy en el DII y… —Callaghan silenció cuando Devon soltó una risilla.
Cruzado de brazos, contempló al hombre de tez pálida. Cocinero o no, había tratado de asesinar a Nínive. Entonces lo cazó por el cuello de la túnica.
—¿De qué base vienes? —farfulló al acortar distancia.
A Callaghan se le escapó un gimoteo nervioso.
—N-no… Yo no…
—¡Dime! —imperó al zarandearlo.
—Devon… —LeBlanc se encogió ante el primer puñetazo.
Callaghan soltó un grito.
—¡No sé nada, yo no sé nada! —exclamó con el labio roto. La sangre empezaba a manar de su boca—. ¡Su alteza…!
—Las cámaras lo capturaron todo. La atacaste por la espalda.
¡Por la espalda! —Devon rodeó el cuello de Callaghan con una mano—.
Tu trayecto, el de Bryce, el momento en el que la atacaste…
—Entrecerró los ojos, deleitándose con la desesperación del minoritario que intentaba quitar su mano entre arañazos—. ¿Ahora recuerdas de dónde has venido?
Callaghan trató de hablar, pero la presión que Devon ejercía cortaba todo suministro de oxígeno. Su piel rojiza rozaba el tono púrpura. Cuando sus ojos estuvieron a punto de quedar en blanco, el heredero lo soltó.
El hombre cogió una gran bocanada de aire.
—Yo… yo solo soy el cocinero… ¡Ugh!
Devon volvió a cazarlo por el cuello.
—Y una mierda —farfulló. Los ojos del heredero destellaban ira—. Esta es tu última oportunidad, Callaghan: dónde. Está. Tu base. —Como los lloriqueos no cesaban, Devon extendió un brazo hacia LeBlanc—. Dame la dosis.
—No creo que sea…
—¡No es una pregunta, LeBlanc!
Entorpecido por los nervios, el profesor sacó de su bolsillo la ampolla con el espeso líquido dorado, el cual colocó en una jeringa descartable.
—Adiós a mis años de excelente praxis —murmuró antes de tenderle a Devon la dosis de Ángel Dorado. Este no dudó a la hora de clavar la aguja en el cuello de Callaghan, quien soltó un aullido ahogado.
—Veamos si eres cocinero después de esto… —Devon se apartó a sabiendas de que la droga no tardaría en surtir efecto—. ¿De qué base has venido?
Callaghan sacudió la cabeza. Sus puños se cerraron alrededor de las sábanas ensangrentadas, luchando contra los efectos en su sistema nervioso.
—Te hice una pregunta, Callaghan.
—¡No! —gruñó el hombre cuya boca empezaba a adquirir un tono blanquecino al manar espuma. Su frente se perlaba por el sudor—. ¡Yo no sé nada!
—Estamos fritos —gimió LeBlanc. Arrastró una mano por su rostro a medida que regresaba a la puerta para custodiar.
—No por mucho tiempo —dijo Devon. Permaneció inmóvil frente al hombre en agonía, rememorando cómo había arrojado a Nínive al suelo para luego patearla en el estómago, una pésima costumbre minoritaria que tenía como fin provocar abortos en sangbìbiers—. La base, Callaghan.
—¡No! —El hombre se sacudió, cada vez más rabioso—. Te crees que puedes controlarme, pero no puedes, DeBlanckfort, ¡no puedes! —chilló con los ojos bien abiertos y la cabeza negando de forma errática—. ¡Ya hemos ganado! ¡Ya sabemos quién es tu lirio…! ¡Ugh!
—¡Devon! —LeBlanc se precipitó hacia el heredero cuando un segundo puñetazo fue a parar en el rostro de Callaghan. Había gritado por el dolor en un principio, pero el minoritario lanzó unas macabras carcajadas poco después.
—¡Phillipe lo sabe, puro! ¡Irá tras ella y la despedazará como lo hizo Langton con tu mami! —Callaghan aulló de la risa—. ¡Te enviaremos las sobras en bonitos sacos de trigo!
—¡Suéltame! —Devon se revolvió para quitarse de encima el agarre de LeBlanc, pero el dolor lo inmovilizó en cuanto el profesor le clavó un codo entre los omóplatos.
—No lo vale —susurró LeBlanc—. Sin importar tu inmunidad, no lo vale.
—¡El lirio es nuestro! —gritó Callaghan con una sonrisa que Devon deseó arrancarle de un disparo certero en el ojo.
Lo mataría. Ni bien tuviera un segundo a solas, lo torturaría y lo mataría. O tal vez no. Prolongaría su agonía sin concederle el obsequio de la muerte, puesto que el minoritario seguía tarareando frases como un maníaco mientras que LeBlanc luchaba con él para arrastrarlo fuera.
—¡El lirio es nuestro! ¡Es nuestro! ¡Nuestro! —gritó con la garganta desgarrada antes de que el profesor cerrara la enfermería de un portazo.
—¡Que me sueltes! —exclamó Devon.
Se arrojó hacia la puerta al deshacerse del agarre de LeBlanc, pero los oficiales del DII actuaron a tiempo y se colocaron uno a cada lado, impidiendo el paso.
—¡Dejadme entrar! ¡Es una orden! ¡Apartaos de una vez!
Devon sentía que sus ojos y su corazón ardían. Incluso sus vías respiratorias parecían estar en llamas. Supuso que no era normal. Sobre todo, cuando las paredes empezaron a girar. Se aferró a la puerta en busca de equilibro, pero todo se tornó oscuro.
El cuerpo del heredero cedió poco a poco. Sus manos se arrastraron puerta abajo, transformando el mar de órdenes que transmitían los oficiales en un eco distante que se oía bajo agua.