REX REXUM 14
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DEVON

Los pasos de Devon se oían a lo largo del tercer piso.

En medio de la noche, los guardias eran los únicos en pie, así como LeBlanc, que había prometido asistir al cuartel del priorato pasada la una de la madrugada.

Supuso que Nínive también estaba despierta, entramando un plan lo bastante seguro como para abandonar la abadía sin levantar sospechas.

—Si mantenemos a Elysabeth lejos del DII y jugamos bien nuestras cartas, estaremos a salvo —había afirmado ella.

Devon había asentido, ocultando su verdadera preocupación. El escenario le recordaba a sus primeros días, cuando ambos lo habían arriesgado todo con tal de atrapar a McHugh.

«Pero funcionó», se dijo.

Si bien el plan amortiguaría los riesgos, los Minoritarios no tardarían en enterarse de que se hallaban en territorio terrestre.

Aprovecharían la situación; enviarían infiltrados listos para asesinar sin hacer preguntas.

Eso mantenía a Devon en vilo, dispuesto a jugar un par de ases bajo la manga para reducir el peligro al cual se enfrentarían ni bien dieran con el paradero del Rex Rexum.

—¿Tu padre no sabe dónde está? —había preguntado Nínive.

—Entregó el libro en la frontera. Los monjes no le revelaron dónde lo mantendrían oculto. Revisaré los apuntes de mi bisabuelo; quizá lo mencionó.

Se leería todo el libro de ser necesario. Si el consejo aprobaba la petición de Elysabeth, la chica accedería a los archivos que Sauer había encontrado al investigar a Nínive. Quedaría expuesta, en un estado de vulnerabilidad absoluto. No iba a permitirlo.

Cuando plantó los pies frente al cuartel, la puerta se abrió.

—Vamos, deprisa —apremió LeBlanc. Los lentes de lectura no disimulaban sus ojeras. Un mechón de cabello color miel se había desprendido de su coleta, dándole un aire desalineado que contrastaba con su chaleco y el pañuelo de seda persa.

Devon se coló en el cuartel antes de que llegara el cambio de guardia. La oficina de Pierrick estaba vacía, con el mismísimo Verum Illustratum tan cerca y tan lejos a la vez.

—Ni lo pienses —LeBlanc se precipitó hacia el atril que sostenía al libro—. Bastantes irregularidades estoy cometiendo ahora mismo. —Resopló y el mechón suelto voló por los aires—. No puedo creer que esté haciendo esto…

—No lo haces por mí —recordó Devon—. Es por el reino.

—Sí, claro. Porque el infiltrado de Phillipe confesará todo lo que sabe sin oposición alguna, ¿cierto? —LeBlanc retiró de su maletín un pequeño estuche. Al abrirlo, quedó al descubierto una jeringa plateada junto con una ampolla ambarina.

—¿Por qué te habría pedido una dosis de Ángel Dorado si así fuera? Por cierto, ¿dónde está la dosis? —cuestionó; el Ángel lucía mucho más denso y oscuro.

—En otro compartimento. —LeBlanc inyectó la jeringa en la ampolla—. Esto es Oro Sagrado. A menos que pretendas revolucionar a todo el reino con tu reciente cien por ciento, claro. Lo que me recuerda: ¿qué tal las heridas?

Devon torció el gesto.

—Dolorosas. Todavía no han cicatrizado.

El profesor frunció el ceño, como si esa respuesta no fuera la correcta. Miró a Devon por el rabillo del ojo. Entonces señaló su camisa con el mentón.

—Déjame ver las vendas.

Devon no tenía alternativa más que obedecer.

Desabotonó la prenda con cuidado de no rotar los hombros ni estirar por demás los brazos.

El revuelo generado por Elysabeth había sido la excusa perfecta para no asistir a los entrenamientos.

No obstante, la conmoción no dudaría para siempre; desconocía cómo cumpliría con sus labores cuando tenía media espalda destrozada.

LeBlanc examinó en detalle el vendaje que envolvía su torso. Ajustó las gafas y se trasladó hasta el escritorio donde yacía su maletín. Devon tensó los músculos de su columna cuando el metal helado de la tijera se deslizó entre la piel y el vendaje.

—¿Para qué es eso?

—Para cortarte en trozos… ¿Tú qué crees? Las vendas están húmedas. Debo retirarlas antes de que se adhieran a los nuevos tejidos. Esto va a escocer…

Ni bien LeBlanc realizó la advertencia, Devon soltó un siseo.

Las vendas arrancaban parte de su piel conforme el profesor las removía.

Se había preparado toda su vida para resistir cualquier especie de sufrimiento, pero este caso era diferente.

Antes el dolor se desvanecía en minutos; ahora resultaba permanente, rozando la agonía.

Cada movimiento, cada prenda de vestir, cada palmada amistosa… era una tortura.

LeBlanc vaciló. Revisó con pinzas los cortes en carne viva.

—¿Qué ocurre? —Devon no emitió sonido alguno cuando el doctor removió un hilo.

—Lo mismo que te advertí el primer día: el Oro Sagrado está retrasando el proceso de cicatrización. Por lo que veo, no creo que las alas vuelvan a crecer.

Devon percibió el tono decepcionado. Sin embargo, a él no le molestaba perderlas:

—Un problema menos —concluyó.

—No, no lo es. —LeBlanc rodeó a Devon—. El Oro Sagrado posee efectos secundarios.

Efectos cuyas probabilidades de manifestarse aumentan mediante la administración prolongada.

No es viable mantenerte en este estado; si sigues inyectándote la droga, tu porcentaje comenzará a resentirse.

Te debilitarás. No como efecto secundario, sino como secuela permanente.

—LeBlanc agitó la cabeza—. Soy tu médico personal.

Me rehúso a continuar con un tratamiento que te convertirá en un blanco tan fácil como lo es la señorita Bryce en estos momentos.

Los ojos de Devon recayeron en la alfombra.

«Imposible».

Delatar a Nínive era innegociable; tenía a todo el reino en su contra y cero evidencia a su favor.

Podían presentar un análisis de ADN, pero Devon conocía a esas alimañas como la palma de su mano; no se detendrían a considerarlo cuando tenían a una chica con un reluciente cien por ciento más que dispuesta a honrar las tradiciones y los protocolos.

Nínive volaría el sistema en pedazos, y Devon empezaba a considerarlo necesario, incluso saludable.

—No puedo dejar las dosis —musitó en voz queda—. Ella… De-Ràzes dice que su organismo se comporta como el de un terrestre. El sector ortodoxo no nos creerá. Suspender el tratamiento no es opción.

—Tus órganos empezarán a fallar, Devon…

—¡No me importa! Tú más que nadie deberías saberlo. Me pasé veinte años buscándola. ¡Veinte! Construí una maldita tumba al creer que no había nadie allí afuera, ¿y me pides que la arroje a los lobos? —Devon meneó la cabeza—. Estás demente.

Enfiló hacia el escritorio, pero lo detuvo un fuerte apretón en el brazo. Por segunda vez en su vida, el profesor rompía el protocolo y le impedía el paso.

—¿En verdad es lo mejor? —cuestionó—. De-Ràzes trabaja en una cura. Si da con el antídoto y tú sigues con esta locura, será Bryce quien deberá construir una tumba. —LeBlanc se lo quedó viendo—. Ambos sabemos que no hay dolor más grande que ese.

Devon flaqueó. Rememoró aquella tarde de invierno, cuando la escultura había llegado al mausoleo.

Había creído que el monumento en honor a la heredera perdida lo ayudaría a pasar página, pero no.

Cada visita evocaba la misma interrogante: ¿cómo habría sido su vida de haberla encontrado?

Se lo había preguntado por años. Finalmente, las respuestas estaban al alcance de la mano, solo que sus opciones empezaban a escasear.

Dejó caer los hombros, sintiéndose cercado.

—Temo que me la arrebaten de los brazos —admitió con sus ojos grises a punto de soltar un diluvio—. Es la única esperanza que me queda.

—Lo sé. —LeBlanc esbozó una pequeña sonrisa—. No me vería envuelto en actos de corrupción si no pensara lo mismo, ¿no te parece? No hay té capaz de reparar mi mente estresada.

Devon trató de sonreír.

—Por cierto —añadió el profesor—, tu amado lirio me interrogó durante toda la tarde de ayer. Preguntó por el elixir dorado —sugirió con una ceja en alto—. ¿Tienes idea de cómo se enteró de su existencia?

Devon dejó las cejas juntas. Nínive nunca había mencionado el elixir. Él tampoco. El profesor debió de leerlo en su cara:

—Eso supuse. —LeBlanc sonrió—. Alegó haberlo leído en uno de los códex, pero dudo que la señorita Bryce sea un alma devota al estudio de los textos religiosos.

—De seguro fue ese par de amigos suyos; los estudiantes han de estar rumoreando sobre la dieta de un cien por ciento.

—El punto no es ese —LeBlanc hizo una pausa—. No me meteré donde no me llaman, pero, así como tú lo pasaste fatal cuando los Harssbornen casi le extrajeron sangre a la fuerza, ella podría estar pasándola mal al creer que te casarás con Elysabeth.

—Eso es ridículo.

LeBlanc se encogió de hombros.

—Para ti, porque conoces la verdad. La señorita Bryce ve a un ser que vivirá por siglos mientras que su vida luce más volátil que la de un terrestre promedio. Yo le pregunté —admitió casi avergonzado—. Sentía curiosidad y le pregunté por su interés en la fórmula.

Devon aguardó, mas el profesor no mencionó nada más.

—¿Qué te dijo?

—Que no quiere que mueras —LeBlanc torció el gesto—.

No fueron esas sus palabras, por supuesto.

Dijo que, al cerrar vuestros círculos, Elysabeth y tú necesitaríais el elixir.

Teme que no haya de dónde sacarlo. No está muy lejos de ser cierto: como podrás ver, el aumento de oro en tu ingesta no es suficiente.

Según he oído, Elysabeth ha tenido el mismo problema en Irlanda.

Devon asintió en silencio. Sabía que el elixir era importante; lo sería aún más con el paso de las generaciones.

Una parte de su pecho se regocijaba con la noticia de que la persona más importante en su mundo había demostrado interés en él, pese a que el cosmos entero pareciera estar en contra de ellos.

Con fe renovada, caminó hasta el escritorio y rebuscó en el primer cajón los folios membretados que Pierrick utilizaba para emitir permisos.

—Los guardias no aceptarán órdenes sin firmas, Devon.