13 #2
—No, no lo sientes. Ni tú ni ellos —indicó los letreros de los estudiantes—. Os quejáis de la falta de cooperación, pero vosotros sois los primeros en resaltar nuestra incompetencia. ¿Cómo pretendes que mi mundo no quiera destruir el tuyo si solo piensas en nosotros como una especie hecha de barro?
DeBlanckfort tensó la mandíbula. Desvió la mirada y asintió con la cabeza, perdido en sus propios pensamientos hasta que sus ojos volvieron a encontrarse.
—Mi bisabuelo te habría adorado —murmuró. Nínive sintió que algo se partía en su interior cuando el heredero esbozó una sonrisa alicaída—. En mi familia quisieron de ocultar cualquier información sobre él porque creían que era un chiflado. Ahora veo que no estaba tan errado.
—¿Errado en qué?
—En esto. La convivencia de ambos mundos, la colaboración entre especies. Él quería que la religión oficial del reino fuera el luxirianismo protestante. «Casualmente», falleció antes de firmar la declaración. De estar vivo, diría lo mismo que tú.
Nínive calló. No conocía muy bien a Devon ni a su familia.
Poco sabía sobre la historia de los linajes.
Mucho menos sobre el reino y sus tradiciones.
Tampoco estaba segura de que sus ideas fueran las correctas, pero, aun así, no creía descabellada la idea de que terrestres y sangbìbiers evitaran matarse unos a otros.
Encogió uno de sus hombros.
—Podéis abriros a la posibilidad sin bajar la guardia, digo.
—Lo sé —DeBlanckfort asintió—. A decir verdad, pienso visitar una ciudad terrestre en pocos días.
—¿Sí?
—Ajá. —DeBlanckfort tomó el Rex Rexum y lo abrió en una página señalada con un marcador—. Viajaré a Bélgica y visitaré la orden secreta que mi bisabuelo fundó hace siglos. No sé si sigue operante, dado que está integrada por terrestres.
—Pero… ¿Por qué quieres visitarlos?
DeBlanckfort le indicó un mapa dibujado a mano.
—El Rex Rexum —respondió—. Mi padre acaba de confesar que nunca destruyó el libro, sino que siguió las órdenes de Adort-Boge y lo resguardó con la Orden de San Miguel.
—Deslizó un dedo a través de la página—.
Cuando leí estos versos no tenía idea de la existencia de la orden. Ahora todo cobra sentido.
Nínive se estiró para ver las líneas que DeBlanckfort señalaba. Intentó leerlas, pero se rindió a medio camino, espantada por la andrajosa caligrafía y el idioma extranjero.
—No entiendo lo que dice.
—Es una red de túneles que Ludovic construyó.
—¿Túneles? —Nínive juntó las cejas—. Jeff mencionó algo parecido; dijo que todos se habían quejado de un enorme presupuesto despilfarrado en unos túneles.
—Es cierto. La prensa lo tildó de loco y mi familia también. No sabían que esa red sería de ayuda en la guerra. Es la que los reyes utilizaron para investigar la identidad de Phillipe. Por eso la construyó, a modo de cuartel subterráneo.
—¿El cuartel que Adort-Boge II quemó?
—Sí, pero, como bien dijo su padre, cada avance quedó registrado en el libro, incluyendo la lista de sospechosos. —Devon miró a Nínive—. El Rex Rexum sigue existiendo.
—¿Y… dónde está?
DeBlanckfort dejó sus cejas en alto.
—Eso es lo que me pregunto. —Volvió a indicar los versos a un costado del mapa—.
Mi padre ocultó el libro con los monjes de la Orden de San Miguel.
Estoy casi seguro de que mi bisabuelo se refería a la orden al redactar estas líneas: «El camino comienza donde el camino termina. La llave está resguardada por Miguel».
—¿La llave que guía a los túneles o al libro?
—Supongo que se refiere a los túneles. —Devon retomó la lectura—: «El ángel de Miguel guía al dragón. El dragón más allá de los guardianes. Los que el nieto de Enrique no pudo destruir, porque la sangre pesa más».
Nínive arrugó la nariz.
—Dime que tu tátara abuelo creó la Orden de San Enrique.
Devon sonrió.
—No, no se refiere a una orden secreta. ¿Recuerdas el nombre que McHugh escogió para uno de sus asesinatos? ¿Henry King?
—Cómo olvidarlo… El loco casi nos mata.
—Bien. Henry, Enrique en su versión inglesa, es un nombre muy utilizado en Sangbièrre por los defensores de mi linaje. Se refiere a un rey francés, uno proveniente de mis antepasados.
—¿Un rey sangbìbier en el mundo terrestre? —Nínive quedó atónita—. Bueno, explica esas leyendas acerca de nobles que se bañaban en tinas llenas de sangre…
—Eso no está vinculado a nosotros —advirtió Devon—. Son damnatus, hibridaciones que salieron… muy mal —resumió antes de sacudir su cabeza—. Lo primordial es que Enrique hace alusión a la monarquía francesa. Sospecho que se refiere al único que se hizo con el trono.
—¿Por qué?
—Por lo que dice aquí. Utilizó la palabra destructĭo. No solo hace alusión a destruir, sino también a deshacer. Una de las cosas que más deseaban esos reyes era no ser descubiertos, «deshacer» el vínculo entre la monarquía y los sangbìbiers, pero no podían. No sin morir en el intento.
—¿Necesitaban beber sangre?
—Exacto. Cuando la iglesia terrestre obtuvo influencia en las cortes, los sangbìbiers fueron perseguidos y despojados de la monarquía.
Algunos consiguieron ocultarse. Empezamos a obtener poder como especie en base a la información que ellos facilitaban.
Era una forma de asegurar nuestra supervivencia y de mantener a salvo a nuestras familias.
—Entonces, si Enrique es un rey terrestre, ¿a qué guardianes se refiere? ¿A qué dragón?
Devon meneó la cabeza.
—Es lo que debo averiguar. Sé que la orden que protege el libro está en Bélgica, pero no sé en qué localidad. Por eso vine: no me siento cómodo con la idea de viajar y dejarte aquí.
Nínive sintió que su corazón empezaba a latir más fuerte. «No te ilusiones, no te ilusiones», repitió una y otra vez.
—¿Temes que haga explotar la abadía?
A Devon se le escapó una risilla.