REX REXUM 13
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NÍNIVE

Que Kina trabajara en la biblioteca era una gran ventaja. No había tardado ni cinco minutos en hallar los ejemplares de botánica que ayudarían a estudiar mitos y verdades sobre el elixir.

—También necesitarás esto —Kina añadió una versión resumida de los Septem Sacris—. En varias oportunidades se describe a Lilith preparando el brebaje; así es como supieron que lleva oro y flores de azahar.

—¡Más te vale compartir tus ideas esta vez, Terrestre! —Jeff lanzaba sus quejas desde una de las mesas, sin ganas de internarse en los pasillos repletos de libros que «le daban sueño».

Nínive recorrió los corredores de piedra interrumpidos por ventanas con tracerías cargando un torreón de libros. Hacía una pausa aquí y allá cada vez que sus brazos empezaban a temblar. Atravesó el Pabellón de Lyon consumida por las ansias de ponerse manos a la obra y descifrar esa maldita fórmula.

«Es un tonto tónico —pensaba—. Debe ser pan comido».

Leía rápido, y ante la duda podía consultarle a LeBlanc, cuya desafortunada transparencia le indicaría si iba por buen camino.

Era consciente de que se lo había tomado personal, que guiarse por las pasiones nunca terminaba bien, pero ¿qué podía hacer?

Su vida se basaba en logros académicos. ¿Qué otra cosa era sin ellos?

¿Qué haría si Elysabeth le quitaba el laboratorio por despecho?

¿Sentarse a ver cómo le arrebataban el único lugar que se sentía como un hogar?

Bastante le estaba robando al llevarse a alguien que, en realidad, nunca había sido suyo.

«¿Y si DeBlanckfort te remplaza por no estar a la altura?

», temió de la nada. Una chispa de pánico se detonó sus más profundos miedos.

Sabía que su deseo de investigar poco tenía que ver con los códigos rojos.

Era arrastrada por involuntarios sentimientos que negaba por miedo a salir perdiendo. O lastimada.

Frenó de golpe tras saltearse su número de habitación.

Reculó y ladeó la cabeza, examinando la puerta con rastros de pegamento seco y papel rasgado que se acumulaban conforme su club de fans expresaba cuánto la quería.

«Extraño», pensó. No había ninguna nota.

Los dibujos y las amenazas le indicaban dónde detenerse antes de ahogarse en el mar de puertas.

Se ayudó de la pared para sostener los antiguos volúmenes y buscar la llave.

Entró al dormitorio a paso lento, equilibrando la pila de libros que bloqueaban su visión. Los tomos eran tan viejos que amagaban con deshacerse al mínimo impacto, y casi los arrojó por los aires al oír la voz de DeBlanckfort:

—Eso no luce para nada liviano.

Nínive se volteó de inmediato. El heredero estaba sentado en su cama, vestido de negro de pies a cabeza y con los codos apoyados en las rodillas.

—¿Otra vez aquí? —cuestionó Nínive—. Espero que sea para comunicarme que has levantado el código rojo. ¿Y cómo es que has entrado? Es la segunda vez que lo haces. ¿Hiciste una copia de mi llave?

DeBlanckfort arqueó una ceja.

Dejó un alambre doblado en alto.

—Forcé la cerradura.

—Oh, claro. Porque eso es mucho mejor. —Nínive se dirigió al escritorio—. Más vale que no se te haga costumbre.

DeBlanckfort la siguió

—Prometo que no será así. A no ser que cambies de opinión, claro. —El heredero le quitó el montón de libros y los depositó en el escritorio. Ojeó el primer título—: «La botánica y la alquimia». Curioso. ¿Pretendes convertir plantas en oro?

—Sí, mi gran aspiración en la vida —espetó Nínive—. ¿Por qué estás aquí? No, mejor ni me digas: has traído un contrato de confidencialidad para que no hable sobre Adort-Boge y el Rex Rexum. Oh, antes de que se me olvide… —Nínive extendió su mano—. Mi correspondencia.

DeBlanckfort arrugó el ceño.

—¿Qué?

—Mi correspondencia. Dibujos, poemas, carteles… Alguien los arrancó de la puerta y apuesto a que has sido tú.

—No sé de qué hablas.

—La vena, DeBlanckfort, la vena —canturreó.

Las comisuras de la boca de Devon se curvaron hacia arriba, trasluciendo el tipo de perspicacia que anunciaba problemas en lugar de astucia.

—Temo que no posees evidencia, Bryce. Si tan segura estás, tendrás que registrarme —sugirió al dejar sus brazos en alto—. Pasaré por alto que no tienes ninguna orden. Aunque… no me haré cargo de las consecuencias que acarreen tus acciones.

Nínive apretó los labios, dispuesta a llamarlo de todo un poco. En su lugar, se puso de puntillas para coger una de las manos de DeBlanckfort. La expandió entre sus dedos, ignorando aquella sensación electrizante que la invadía. «Concéntrate», se dijo antes de que sus mejillas adquirieran color.

—¿Evidencia? —indicó la mancha azul en un nudillo derecho del heredero—. Esto de aquí es tinta, pero no te lo has hecho escribiendo porque eres zurdo.

—Nunca dije que fuera zurdo.

—No, pero dos de cada tres tienes el meñique izquierdo cubierto de tinta.

La mancha es reciente, puesto que tu camisa no tiene rastro del polvo que había por doquier en la habitación donde nos metió Adort-Boge.

Además, los comunicados oficiales que he visto utilizan tinta negra, y me atreveré a decir por tu vestimenta que nunca optarías por el azul.

Apuesto a que si coloco un microscopio hallaré rastros de papel, pero me siento perezosa el día de hoy, así que…

—Volvió a extender la palma de la mano—. Mi correspondencia.

Vio el asomo de una sonrisa en la cara de DeBlanckfort. Se mantuvo tan serio como pudo mientras sacaba un par de hojas del bolsillo de su pantalón.

—No es divertido si utilizas palabras en lugar de tus manos.

Nínive le quitó los papeles y se tornó de cara al escritorio.

Era imposible disimular las locuras que se cruzaban por su mente al tenerlo cerca.

«Idiota», pensó mientras fingía ordenar los libros.

La verdad era que no sabía qué diablos hacer para ignorar a la persona a su lado.

Esa era la parte más tediosa de la investigación: a DeBlanckfort le traía sin cuidado soltar comentarios que le hervían la sangre.

No era justo. Él parecía divertido con la situación; ella debía morderse la lengua para mantenerse en frío.

—Sigues sin decirme por qué te has colado en mi habitación.

—Cierto. —Devon hizo una pausa—. Sucede que no eres la única que ha decidido traer un libro.

Intrigada, Nínive giró la cabeza justo a tiempo para ver cómo DeBlanckfort sacaba una caja de cartón de debajo de la cama. La tensión se evaporó ni bien la abrió y dejó al descubierto un antiguo libro de cuero rojo con incrustaciones metálicas en dorado.

Nínive se acercó por inercia.

—¿Eso es…?

—Permíteme presentarte a nuestro nuevo amigo, el Rex Rexum.

—DeBlanckfort tendió el libro para que ella lo sujetara—.

Sé que sueles romper las normas, pero esta es una que ni siquiera yo puedo romper.

No debes decirle a nadie que has tenido acceso a él, ¿de acuerdo? Iría directo a la horca si se enteran.

Nínive no supo qué contestar. Deslizó las yemas de los dedos a través de los relieves dorados.

El libro tenía un sello peculiar en el centro: un dragón y un león con alas contenidos en un círculo de oro.

Volaban con la cabeza casi tocando la cola del otro.

Sus alas se extendían hacia el centro, también a punto de tocarse.

—Representa el cierre del círculo —DeBlanckfort indicó el símbolo—. Mi abuelo mandó a hacerlo cuando supo que un Boge y un DeBlanckfort se encargarían de acabar con siglos de guerras.

—Ya veo. —Nínive recorrió el borde el círculo dorado—. Supongo que el dragón eres tú y el león… —«Elysabeth», pensó.

No quiso decirlo en voz alta.

—Eso es secundario —dijo DeBlanckfort—. Vine porque necesito tu ayuda.

«Por supuesto».

Nínive le regresó el libro de golpe.

—¿Has levantado el código rojo? Era parte del trato.

—Lo sé, en estoy en ello, pero… surgieron otros problemas.

Ella rodó los ojos.

—Te dije que no quería saber nada más sobre vuestra guerra. Diste tu palabra; me aseguraste que podría trabajar en paz una vez obtuvieras información por parte de Adort. Aunque, si me lo preguntas, optaría por armar un plan desde cero en lugar de creer todo lo que ese viejo suelta.

Devon tiró su cabeza hacia atrás.

—No se trata de mí ni de faltar a mi palabra…

—Pues hoy no tengo ganas de ayudar.

—Ah, ¿no?

—No. —Como Devon no lo cogía, Nínive depositó el libro en la cama y regresó a su escritorio repleto de papeles.

Empezó a hojear el ejemplar de botánica a modo de distracción—.

Por si no lo has notado, mi vida depende de lo que halle con De-Ràzes.

No puedo enfocarme en mi investigación si tú a cada rato vienes con algo nuevo.

Trabaja con Wagner. Reúne un grupo de expertos o pídele ayuda a la chica nueva.

Jeff y Kina dicen que es inteligente. Es probable que sea más lista que yo —admitió muy a su pesar.

Siguió pasando páginas con ilustraciones de distintas especies vegetales pese a que su atención se encontraba dispersa, al tanto de cada movimiento de DeBlanckfort.

Las manos de él se posaron en el escritorio, una a cada lado de su cuerpo.

Nínive tensó la espalda cuando él se inclinó.

Su respiración acariciaba su cuello. Una poderosa fuerza tiraba de ella cual hilo invisible; le imploraba dejarse envolver por el cuerpo de él y olvidarse del mundo, caer en sus brazos y no en la trampa del miedo que se cernía con sus afiladas tijeras, cerciorándose de que no cometiera el mismo error dos veces.

—No creo que sea más lista que tú —murmuró DeBlanckfort.

Un recuerdo. Bastó con eso para que Nínive se diera vuelta, acorralada tanto por su mayor anhelo como por su mayor temor.

—Hablas de un sangbìbier —dijo—. Yo solo soy una terrestre «salvaje e incivilizada». Esas fueron tus propias palabras, en caso de que lo hayas olvidado.

Devon suspiró.

—Te he dicho que lo siento mucho, y lo reitero.