REX REXUM 12 #3
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—No —Kina dejó sus cejas en alto—. Está prohibido. Vi la fotografía por casualidad, cuando un libro se cayó en la sección censurada de la biblioteca.

—¿Qué hay de internet? —dijo Nínive—. ¿Nadie filtra viejas fotografías, periódicos o lo que sea?

—Ya quisiéramos —Jeff suspiró—. El DII se encarga de custodiar todos los servidores y eliminar cualquier rastro. Aunque, ahora que lo pienso, AJ podría…

—No meterás a AJ en problemas por una foto, Jeff.

Él separó sus labios, a punto de protestar, pero se arrepintió:

—Es cierto. Lo necesitaremos para cosas más importantes, puedo presentirlo.

—Lo siento —expresó Kina—. Nos hemos puesto algo paranoicos al ver que la reina y tú realmente sois parecidas. Por eso tantas preguntas. Creímos que, quizás, el priorato te había dejado ingresar por otros motivos.

«Te lo dije —pensó Nínive—. Solo buscaban información».

Se guardó para sí cualquier rastro de decepción.

Sin embargo, pese a sentirse engañada, no podía ignorar el hecho de que Kina y Jeff acababan de confesar en su cara.

Eso sucedía por primera vez. Y habían pedido disculpas.

Hasta cierto punto, los comprendía; la idea era tan disparatada que ella habría actuado igual.

—Entiendo —dijo finalmente—. Pero me temo que la ciencia afirma otra cosa.

—¿Qué hay de tu madre, Terrestre? ¿Es igual a ti? ¿Tenéis el mismo cabello?

—¡Jeff! ¡Ya déjala tranquila!

Nínive formó una diminuta sonrisa.

—No, no luce así. Tengo cabello negro como mi padre. Y os puedo jurar que no siento necesidad alguna de beber sangre.

—Eso no cuenta —replicó Jeff.

Nínive ladeó su cabeza.

—Se refiere a una vieja teoría —dijo Kina.

—No es una teoría, ¡está en los Septem!

—Pues sí, pero no tenemos forma de demostrarlo.

—¿Qué cosa? —preguntó Nínive.

—El elixir de Lilith u óleo sagrado —respondió Kina—. De acuerdo con los textos sagrados, antes de que fuéramos castigados, prescindíamos de alimentos terrestres.

—Lilith se encargaba de preparar una especie de brebaje raro que nos mantenía vivitos y coleando por un mes entero, sin ensaladas ni sangre —dijo Jeff—. ¿No es genial?

—En el mundo de la ciencia lo denominan elixir dorado, ya que el oro es uno de los componentes cruciales. Se desconoce la fórmula exacta, pero sería la solución a nuestros problemas.

—¿Problemas?

—Sí, Terrestre, problemas. No sé tú, pero a mí no me gusta depender de vosotros, y la teoría dice que ese elixir suplantaría nuestra necesidad de beber sangre.

Es como un antídoto para la maldición que nos han dejado, o al menos eso propuso el grupo de científicos que rodeaba a Ludovic en el Siglo de las Luces.

Se ha buscado la fórmula original desde entonces, pero era algo que solo Lilith preparaba.

Aunque, puede que aprieten el ritmo de la investigación ahora que tenemos una cien por ciento —sugirió con expresión traviesa.

—¿La chica necesita el elixir? —preguntó Nínive.

—Sí.

—No —Kina rodó los ojos ante la respuesta de Jeff—.

Seguimos hablando de teorías. En teoría, un cien por ciento equivale a regresar a nuestros comienzos, cuando prescindíamos de la sangre humana.

Sin embargo, yo no he oído que Elysabeth sea capaz de sobrevivir sin sangre. Todavía no se ha hecho oficial.

—¿La heredera se llama Elysabeth?

—Sí —contestó Jeff—. Un nombre algo soso si me preguntas, pero es costumbre dentro de los linajes. Poco me importa el nombre si ha heredado el cerebro de la reina; otro motivo por el cual nos recordó a ti, Terrestre: Ana I era científica.

—Hay muchas científicas…

—Sí, pero muy pocas levantan tantos rumores y escándalos —replicó Jeff—. La biografía de la reina posee más lagunas que la cabeza de mi abuela Igrid.

—¡Jeff! —Kina le propinó un empujón—. No seas cruel.

Tu abuela tiene doscientos años, no esperes milagros.

Respecto a la reina —se dirigió a Nínive—, no puedo negar que su historia es un enigma, pero en parte es culpa de los linajes, dado que en el siglo XIX había varias nobles que querían desposar a Adort-Boge y se originó una campaña de desprestigio tras otra.

—El tipo tuvo una buena vida —comentó Jeff. Se encogió al ver la expresión encolerizada de Kina—. ¿Qué? Se quedó con su afín para toda la vida, ¿no? Buena y decente vida, sí, señor.

Kina sacudió la cabeza y regresó al relato mientras que Nínive observaba el espectáculo con su jugo de naranja en mano.

«Terrestre sádica», pronunció Jeff sin hablar.

Ella se encogió de hombros.

—Cada libro que menciona a la reina trae una nota de pie en la cual se aclara que la información no ha sido corroborada —dijo Kina—. Si bien está llena de controversias, creo que la historia es bonita: Ana asistía al Royal Institute de Sangbièrre…

—Un cole muy privado para sangbìbiers muy reales —acotó Jeff.

—Algo así —concordó Kina—. Como era plausible que los hijos de los trece linajes gobernasen, se los preparaba desde temprana edad, aunque eso cambió después de la Ley de Pureza.

Ana ingresó el mismo año que se estipulaba que Adort II anunciaría su compromiso.

Todos murmuraban a espaldas suyas porque provenía de un linaje muy pequeño, la casa Lyss, una familia de la cual nadie sabía nada.

Como el rey Adort I aprobó la Ley de Pureza al poco tiempo…

—… la cual le permitía al futuro rey desposar tanto a nobles como a plebeyas… —añadió Jeff.

—Se dice que su origen no era del todo «noble». Sin embargo, su porcentaje era el mismo que el del rey, y gracias a ello pasaron de un noventa y ocho a un noventa y nueve al cerrar su círculo.

—Sí, muy lindo todo, pero dejemos el romance para el Día de las Luces —dijo Jeff—. Lo que importa es que la reina trabajó para el DII porque era la mejor en botánica (hasta se dice que les hablaba a las plantas). Muchos decían que era una espía, pero eso nunca se menciona en los libros.

—¡Porque es mentira! —replicó Kina.

—Ojalá —dijo Jeff—. El punto es que uno de los rumores afirma que Ana I estaba a punto de dar con la fórmula del elixir, lo cual para mí es cierto, porque su aprendiz era LeBlanc, quien durante ese tiempo se enlistó a una expedición que el priorato organizó en Medio Oriente.

Iban a buscar unos documentos que los terrestres pretendían robar con tal de borrar pruebas de nuestra existencia.

Esos textos contenían indicios de los ingredientes que utilizaba Lilith en su brebaje…

—Es otra teoría—replicó Kina—. No estaban seguros de eso.

—Bueno, no, pero ¿por qué LeBlanc se internaría en medio de una guerra en Irak cuando apenas sí puede disparar un arma? Para mí que Ana I se lo pidió.

—¿Creéis que la chica nueva pueda descifrarlo? —Nínive tensó su mandíbula para ocultar su fastidio.

Jeff sonrió.

—¿Qué sucede, Terrestre? ¿Sientes celos? ¿Una ira incontrolable saca lo peor de ti?

Nínive relamió sus labios y evitó contestar.

—Que Elysabeth retome las investigaciones es una posibilidad —convino Kina—. No sabemos mucho sobre ella, pero si se le dan las ciencias botánicas tan bien como a la reina… Quizá corramos con suerte.

—Quizá te robe el laboratorio y todo.

—¡Jeff!

Nínive permaneció sin decir una sola palabra. Prefería acabar en la cárcel tras hacer explotar el laboratorio antes que cedérselo a una engreída como «Elysabeth». Aunque, tal vez podía hallar otras formas de impedirlo…

Miró a Kina, que terminaba su almuerzo, y luego a Jeff, quien seguía viéndola con expresión divertida. Se lo pensó varias veces, pero la conclusión era la misma:

—¿Qué tanto sabéis sobre ese elixir?