REX REXUM 12 #2
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12 #2

Sin más que decir, Nínive se abrió paso entre la heredera y los guardias.

En ningún momento miró hacia atrás, aunque hubiera querido ver su cara ante la primera frustración de su vida.

«Nada bueno saldrá de ahí», fue la conclusión.

No había forma de que la chica gobernara si ni siquiera era capaz de plantarle cara a una terrestre.

«Aunque, tendrá a DeBlanckfort a su lado», recordó con una nauseabunda sensación en el estómago, la cual se la concedió al hambre.

Quizá se trataba de una pareja de opuestos, como Kina y Jeff.

No le costaba imaginarse a la heredera encargándose de las ceremonias públicas y las sonrisas a las cámaras mientras que DeBlanckfort hacía planes para matar Minoritarios.

Bajó las escaleras del tercer piso y se adentró en la cafetería.

Se cuestionó si acababa de ganarse una nueva enemiga; si sería tan inmadura como para abrir una causa.

Incluso tuvo la pésima imagen de la chica corriendo hacia DeBlanckfort, llorando en sus brazos al describirle lo terrible que había sido la terrestre con ella.

«Podrías hacer una excepción y añadir chocolate al postre», pensó de camino al mostrador, pero Kina y Jeff la interceptaron:

—¡¿Qué tal, Terrestre?! ¿Cómo va tu día? —Jeff la arrastró hacia su mesa predilecta—. Con Kina decidimos agasajarte con una ensalada puesto que hace mucho tiempo que no te veíamos. Te echamos de menos. ¿Dónde te habías metido? ¿El DII? ¿Tu amado laboratorio? ¿DeBlanckfort te secuestró?

Nínive frunció el ceño. Jeff prácticamente la sentó en la silla y bordeó la mesa. Tomó asiento frente a ella, al igual que Kina, quien depositó una bandeja con jugo de naranja, una ensalada, fruta y dos típicos vasos azules de la cafetería.

No entendía a qué venía tanta prisa, pero jamás se opondría a la comida gratis. Destapó la botella de jugo y bebió un sorbo sin dejar de contemplar los ojos de lechuza de Jeff y la cara pálida de Kina. Entonces los señaló a ambos.

—¿Qué clase de información queréis?

—¿Nosotros? —Jeff se puso una mano en el pecho—.

Ni que fuéramos unos completos interesados, Terrestre.

Eres nuestra amiga. Aunque no sabemos mucho de ti, lo cual es lamentable; yo conozco a Kina desde el kínder y ella a mí, pero no sabemos mucho sobre tu vida tan interesante como…

terrestre —pronunció con cierta fascinación.

Nínive miró a Kina.

—¿Consume drogas?

Kina palmeó su rostro.

—¡¿Disculpa?! Yo, ¿consumir drogas? ¡¿Por quién me tomas, Terrestre?! ¿Así tratas a todo aquel que quiere ser tu amigo? Venga la ensalada, creo que ya ha sido demasiada generosidad por mi parte para semejante destrato…

Nínive plantó una mano en la bandeja antes de que Jeff la retirara.

Estudió su falsa expresión escandalizada.

Se debatió entre verdad y mentira. La verdad era que nunca había tenido amigos, por lo que no sabía cuándo alguien se acercaba a ella por interés o por una recompensa.

La gente siempre quería algo; respuestas para su tarea, recuperar a su novia, robar sus secretos para esparcirlos y reír a carcajadas…

Nínive sabía muchas cosas, pero no sabía cómo ni cuándo podía confiar en alguien más.

—Supongo que Jason te contó de algo llamado psicología inversa —murmuró antes de tirar de la bandeja y fingir que ellos en verdad querían conocerla, pese a que el bochorno en las mejillas de Kina era un claro indicador de que se traían algo entre manos.

Empezó a cortar las verduras con falsa naturalidad para ver adónde la guiaba el cuestionario—.

No sabéis mucho de mi vida porque nos la hemos pasado buscando asesinos.

Tampoco sabéis mucho sobre el mundo terrestre, supongo.

—En la secundaria nos enseñan la historia de vuestra civilización y cómo se ha vinculado a la nuestra —explicó Kina—, pero nunca mencionan qué tan distintos son nuestros mundos en la actualidad. Solo sabemos que nuestra alimentación sería motivo de escándalo social.

—Es cierto —convino Nínive—. Aunque existen tribus caníbales donde la antropofagia es sagrada.

—¡¿Caníbales?! —protestó Jeff—. ¿Nos llamas caníbales?

¿No has aprendido nada? Bebemos esto para no morir; no es como si comiéramos hamburguesas terrestres para la cena.

Ahora, ¿por qué no nos cuentas más sobre ti?

¿Vivías sola, con tus padres, tíos, abuelos…

? ¿Qué me dices del motivo por el cual has venido? ¿No podían hallar la cura en tu mundo?

—¿Es vuestra forma de sugerir que me vaya?

—¡No! —Kina negó—. Es solo… Nosotros…

—No tenemos enfermedades de esa clase, Terrestre, es todo. No comprendemos qué son ni cómo podríamos ayudarte.

—Oh. —Nínive hizo una pausa—. Es por vuestra tecnología. Corréis con ventaja. Ahora sé que es por eso que De-Ràzes realiza tantos aportes y descubrimientos en mi mundo; está adelantada al resto. Por eso acepté su oferta. Si ella no puede con mi caso, ningún médico terrestre podrá.

—Interesante… —dijo Jeff.

Kina sacó un par de folios de su morral.

—No soy experta, pero, de acuerdo con lo que leí sobre SCD, tu caso podría mejorar con un trasplante de células madres. ¿No existía esa tecnología cuando naciste?

Nínive bajó la mirada. Jugueteó sin ganas con los trozos de vegetales. Por algún motivo, la conversación resultaba incómoda. El equivalente a un cuestionario cuyo propósito era comprender por qué no era una persona sana, por qué no era normal, por qué era un… «fantasma».

Los ecos del pasado se alzaron y amenazaron con tomar el control, pero los detuvo en seco al enfocarse en una respuesta tan objetiva como cortante.

—No es como si pudiéramos diseñar nuestra descendencia —dijo—. No en los noventa. Mis padres no pudieron ser donantes; no son Rh nulo ni poseen hemoglobina S. En teoría, la mutación que se produjo a la hora de originarse el SCD se dio en mí.

—Ya veo —dijo Kina.

—¿Nunca sospechaste nada…? ¡Auch! —Jeff se giró cuando Kina le dio un sopetón.

Nínive enarcó las cejas.

—Sospechar, ¿qué?

—Nada —apremió Kina.

—¡Oh, vamos, es una teoría inofensiva! Si yo fuera tú, Terrestre, hace rato les habría preguntado a mis padres si me han adoptado y por eso no somos compatibles.

—Lo hice —admitió, haciendo que Jeff y Kina cerraran el pico—. Cuando comprendí cómo funciona el SCD, se lo pregunté a mi madre. Mi padre ya había fallecido.

—Lo sentimos mucho —dijo Kina.

—Cosas que pasan. —Nínive se encogió de hombros—.

Mi madre me hizo ver la cinta de mi nacimiento a modo de prueba, lo cual fue horrendo.

—Bebió otro sorbo de jugo—. Además, mis padres se sometieron a múltiples análisis de ADN; los médicos supieron desde el primer día que yo necesitaría un trasplante.

Los análisis nunca arrojaron nada extraño.

No hay mucho que decir, solo tuve mala suerte.

—Oh. —Jeff dejó caer sus hombros.

Nínive no pudo evitar percibir su decepción.

—¿Pensabais que tenía una historia mucho más entretenida?

—No, no es eso —dijo Kina—. Queríamos conocer un poco más de tu pasado. No sabemos mucho, solo que te graduaste antes que el promedio.

—O que eres hábil a la hora de desmayar gente contra su voluntad —masculló Jeff.

—Puedes ver el lado positivo —Nínive hizo un mohín—: ahora conoces el truco y puedes utilizarlo.

—¡Nínive! —Kina no le dio un manotazo porque no llegaba.

—¿Qué me dices de la salsa kétchup? —dijo Jeff—. O la sopa de tomates. Comparaste nuestras dosis con sopa de tomate una vez. ¿Tu madre la usa a menudo en vuestras comidas? ¿Sientes que te desmayas si no la consumes?

—¡Jeff!

—¿A qué viene todo esto? —preguntó Nínive.

—Solo curiosidad. Rumores urbanos —dijo Jeff—. Dicen que, así como nosotros dependemos de la sangre, vosotros dependéis de la salsa.

—Pues no es cierto.

—Mejor corroborar con fuentes de primera. Y… ¿Qué opinas de nuestra heredera? ¿Te parece que hace buena pareja con DeBlanckfort junior? ¿Asistirás a la boda?

Kina volvió a darle un codazo. Esta vez, Nínive no ignoró el extraño comportamiento.

—Ya, en serio, ¿qué os sucede?

—Nada.

—Mucho —contestaron al unísono.

Nínive se los quedó viendo hasta que Kina suspiró:

—Discúlpanos. Es que Jeff y yo vimos una antigua fotografía y nos dejamos llevar.

—¡No es solo la fotografía!

—No, pero ya hemos sido de lo más metiches. —Kina volvió a ver a Nínive—. Actuamos extraño por una foto que encontré en un libro censurado. Adort I prohibió toda clase de fotografías o retratos de los reyes en el 98.

—¿Por qué? —cuestionó Nínive.

—¡Porque está demente! —dijo Jeff—. El viejo empezó a delirar cuando se enteró de que su hijo fue asesinado. Mis padres me contaron que en algunos actos estaba lo más bien y que en otros se ponía a decir que Herald era el rey y Marie-Helénè la heredera.

—La prohibición se llevó a cabo unos meses después del atentado —dijo Kina.

—¡Oh, el Día de los Lúcidos! —complementó Jeff.

—No seas cruel —dijo Kina—. Era el Día de las Luces, pero la prensa lo catalogó así porque Adort-Boge se descompensó en plena ceremonia. Se había pasado toda la mañana alucinando, hasta que en medio del acto recordó que su hijo ya no estaba y comenzó a lanzar cada retrato del palacio por los aires.

—Como habrás notado, Terrestre, los Boge son una familia de locos.

—¡Jeff!

Nínive meneó la cabeza. No estaba muy lejos de ser cierto si se guiaba por Herald, Elora o la chica nueva.

—Lo que le sucedió al rey es muy triste —expresó Kina—. Le destrozó el corazón. Como las pinturas conseguían sacarlo de ese estado de alucinación de forma tan abrupta, se prohibieron los retratos y las ilustraciones. Jeff y yo éramos pequeños, por lo que nunca habíamos visto una foto de ellos.

Nínive recordó su conversación con LeBlanc. El profesor había palidecido cuando ella hubo mencionado la idea de utilizar una fotografía para comparar el parecido entre la heredera y los reyes. No le había pedido cometer un crimen adrede.

—¿Tienes la fotografía aquí? —preguntó Nínive.