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NÍNIVE

De-Ràzes había tenido la decencia de inventarse una excusa y abandonar su oficina antes de que Nínive contactara a su madre. Habían pasado dos semanas desde la última vez que había oído su voz. Un pequeño «Hola, cariño» bastó para que su pecho se estrujara.

—Hola —murmuró ella, procurando no dejar caer los muros de la fortaleza que había construido con esmero.

—Menos mal que no has llamado antes. —Katherine soltó un bostezo—. Aquí recién amanece. ¿Cómo va todo? Dios santo, no sabes cuánto te echo de menos… ¿Te has recuperado? ¿Qué es lo que sucedió?

Por un momento, Nínive dejó de oír la catarata de preguntas y se hundió en un mar de arrepentimientos. Se había equivocado al creer que era una buena idea. Nunca podría explicarle la verdad. Las cosas entre ellas nunca volverían a ser como antes.

—Según Agnes, mis glóbulos rojos han vuelto a la normalidad tras el ataque; no hay de qué preocuparse.

—¿Qué ha sido toda esa locura?

Nínive separó los labios, lista para improvisar una respuesta, pero entonces recordó un detalle importante:

—¿Y nuestra casa? ¿Has podido arreglarla? —DeBlanckfort le había asegurado que «se harían cargo», pero Nínive estaba más que acostumbrada a ver cómo los gobernantes decían una cosa y hacían otra.

—Por supuesto que sí, cariño, deja de preocuparte. No sé en qué clase de universidad trabajas, pero incluso se han encargado de reparar el viejo garaje de tu padre, ¿puedes creerlo? Ahora tengo lugar para guardar la camioneta.

Nínive esbozó una mueca que no llegaba a ser una sonrisa.

El ruinoso garaje estaba repleto de juguetes viejos, cacharros y tarros de pintura imposibles de abrir.

Nunca lo habían remodelado, por falta de tiempo y porque contenía las pertenencias de su padre.

Nínive solía colarse allí para ver viejas fotografías o contemplar sus herramientas, tratando de imaginarse cómo era, qué hacía, cómo habría sido su vida de haber estado presente.

Muchos recuerdos que no podía desenterrar.

—Es bueno saberlo. Aquí todo marcha bien. Seguimos investigando —mintió. DeBlanckfort aún no había levantado el código rojo—. Es posible que, aunque no hallemos una cura, mi caso pueda resolverse mediante terapia genética. No sé cuándo, pero es más alentador que el diagnóstico de Colleman.

—¡Esa es una gran noticia!

—Lo sé. Por eso quería llamarte. Sé que no lo parece, pero estoy bien. Lo ocurrido en casa fue… un malentendido.

—¿Estás segura, Niv? Espero que esa gente no esté vinculada a la mafia. O al narcotráfico. ¿En qué lugar del mundo persiguen y atacan a sus trabajadores?

Nínive cerró los ojos y se mordió la lengua.

El contrato de confidencialidad la acechó a la hora de formular una nueva mentira, no sin antes cuestionarse cosas inusitadas, como si estaría condenada al infierno en el hipotético caso de existir un señor barbudo en los cielos impartiendo justicia divina.

—Es una universidad como cualquier otra, mamá.

Hubo silencio del otro lado.

—De acuerdo—dijo Katherine. Si se había percatado de la seguidilla de engaños o no, era un misterio—. Siempre y cuando tú te sientas cómoda, yo me quedaré tranquila aquí. ¿Te encuentras bien?

Nínive tuvo que pensarlo. ¿Se encontraba bien?

Su salud era regular, igual que siempre.

Podía decir que sí. No obstante, sentía una nueva especie de dolor, esa que se producía cada vez que se sentía usada cuando personas como los antiguos reyes le mentían, cuando DeBlanckfort conseguía colarse bajo su piel o cada vez que los estudiantes colgaban dibujos en la puerta de su habitación.

Era como regresar a los tiempos más oscuros, un lugar que había sepultado y clausurado con la esperanza de no volver.

—Sí —contestó, resignada—. Quería hallar respuestas y estoy más cerca que nunca.

Era lo mejor que podía decir sin falsedades. Estaba cada vez más cerca de su ansiada recuperación, solo que nunca se había imaginado que el precio de sanar sus células madres sería el de dañar el corazón.

—Entonces me quedo tranquila, cariño. Enfócate en mejorar, aquí está todo bien. Acabo de inscribirme a unas clases de acuarelas que ha comenzado a dar la señora Ryan. Y pienso hacer una huerta, aunque no tengo idea de cómo se hace una…

Nínive rio. Se distrajo con las historias que su madre empezó a contarle, sobre las hortalizas que quería plantar en el patio trasero, los lienzos que había comprado para sus clases de acuarelas o la posibilidad de adoptar un perro que la ayudara a contrastar la pereza de salir a caminar por las mañanas.

Cuando su estómago gruñó, supo que había llegado la hora de despedirse. Prefería pronunciar un «hasta pronto», no colgar el teléfono y seguir hablando sobre acuarelas. Pero la charla terminó. El despacho de De-Ràzes quedó en absoluta calma.

Los ojos de Nínive recorrieron el reducido espacio repleto de archivadores y libros sobre biología y química. Se preguntó si reanudaría su trabajo el día siguiente. Necesitaba trabajar. Necesitaba distraerse y no pensar en otra cosa que no fuera un vector capaz de reparar su undécimo cromosoma.

Se apartó del escritorio y abandonó la oficina de paredes verde agua. Sin embargo, su salida se vio obstaculizada por un muro de guardias que aguardaba afuera.

Nínive enarcó las cejas.

«¿Y ahora qué demonios hice?», se preguntó.

No tardó en detectar una elegante silueta que se abría paso.

La heredera se acercaba a ella con la sombra de la desconfianza impresa en su rostro.

Nínive hizo un rápido sondeo a medida que acortaba distancias: era un palmo más baja que ella, tenía los mismos ojos que Adort-Boge y su piel sonrosada irradiaba salud, una buena circulación sanguínea.

De todos modos, lo que captó su atención fue el gesto irritado de la chica, así como el número de escoltas que flanqueaban el pasillo.

—Nínive Bryce, ¿cierto?

Nínive se tomó unos segundos.

—Depende de quién lo pregunte.

—¡¿Cómo osas no contestar una pregunta directa de su alteza real?!

Nínive se inclinó cuando divisó al monje luxiriano.

—Oh. Tintín. No te había visto allí, tan escondido. ¿Temes que tus Dioses te castiguen por verme a los ojos?

El joven la señaló, sin dejar de mirar a la heredera.

—¡¿Lo ve?! No hay manera de dialogar con ella, alteza. Es una máquina de agravios e insultos hacia nuestras tradiciones.

—Eso lo decidiré yo, Nicodème.

—Si fuera tú, no la molestaría—cuchicheó Nínive en sentido a Nicodème—. El segundo tercio de su rostro es predominante. Su rostro es demasiado ancho como para contradecirle.

—¿Disculpa? —La heredera dio un paso al frente.

—Meras observaciones. —Nínive torció el gesto—.

No es malo; necesitará esa cuota de autoritarismo al gobernar, aunque espero que su personalidad no se torne agresiva después de las primeras frustraciones.

Así como espero que su alteza no se deje llevar por falsos rumores por culpa de ese lado emocional que la gobierna al poseer un sistema límbico sumamente activo.

Como puede ver, mi gran pecado es decir verdades incómodas. Por eso Tintín me odia.

—¡No es por eso! Es porque… —Nicodème calló ni bien la chica alzó una mano.

Nínive trazó una malévola sonrisa en su mente, disfrutando del volátil temperamento de las personas frente a ella. La heredera la miró de arriba abajo. «Toda su vida le han dicho que puede hacer lo que quiera», supuso.

—Resulta una cualidad útil, señorita Bryce. Solo espero que pueda confesar verdades tan incómodas como por qué sus cargos fueron retirados pese a la contundente evidencia en el caso Sauer.

—Oh. Eso.

Nínive fingió pensárselo. «Salió igualita a su tío».

Enseguida comprendió por qué Nicodème la seguía a todos lados: la chica representaba el molde perfecto para verter los valores ortodoxos de ese loquero, mientras que DeBlanckfort hacía y deshacía a su antojo.

No tardaría en tener al reino entero a sus pies, aunque la duda se instaló en Nínive: ¿por qué dudarían los reyes y LeBlanc de una candidata tan…

perfecta? «Quizá, porque es demasiado perfecta». Decidió poner su carácter a prueba:

—Sé que apenas ha tenido un par de días para instalarse, por lo que seré lo más leve posible.

Le sugiero que, a la hora de leer un informe, alteza, revise la última página antes de salir corriendo a la caza de una terrestre.

No suelo contar el final de los cuentos, pero veo que en este caso es necesario: los Minoritarios tendieron una trampa y me balearon en mi propia casa.

Tenéis suerte de que no levante cargos. Aunque, si esta es mi recompensa, no tardaré en leer la letra pequeña del afamado Acuerdo del Transatlántico.

—¡¿Cómo…?! —Nicodème se arremangó la falda de su toga para aproximarse—. ¡No tiene derecho alguno a hablarle así! ¡Le sugiero retractarse ahora mismo!

Los ojos negros de Nínive pasaron de Nicodème a la chica ataviada con sedas caras, cuyos dedos se habían crispado.

—No —respondió sin tapujos, provocando que incluso los guardias se aferraran a sus armas—.

Si su alteza pretende algo de mí, deberá expresarlo con sus propias palabras, no mediante sus empleados.

Es fácil acusar a través de portavoces. —Nínive hizo una pausa sin dejar de mirar a la chica cuya mandíbula se tensaba—.

Si tanto desea verme fuera de su colorido reino, alteza, le recomiendo buscar medios legales en lugar de recurrir a la intimidación para dicho cometido. No funciona conmigo.