REX REXUM 11 #2
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—No. —Devon negó lentamente con la cabeza, sin dejar de contemplar la foto—.

Vale mucho más en libertad. La CIA tiene pocos agentes especializados en esta clase de misiones; se supone que nuestra existencia se le da a conocer a escasos miembros.

Si él está a cargo de las negociaciones entre sangbìbiers y terrestres, esta no será la última vez que vea a Phillipe.

—Se dio la vuelta para trepar por los estantes detrás del escritorio y desplegar el mapa que contenía sus planes contra los Minoritarios.

Sintió el ardor en la columna, pero reprimió el siseo atrapado en su garganta.

Con el plano desenrollado, cazó un marcador e hizo un círculo alrededor de Mónaco—.

Debemos seguir a Gilbert sin levantar sospechas.

—Podría hablar con el FBI.

—No espiarán a un compatriota por nosotros. Tendrás que proponerles algo a cambio; algo que teman perder. De lo contrario, no se esforzarán por no ser atrapados.

Wagner dejó una ceja en alto.

—¿Carnada positiva o negativa?

—Positiva. Hay patentes que podemos desclasificar sin mayor riesgo.

Si soltamos información sobre otras naciones ahora, justo cuando necesitamos operar de país en país, nos saldrá caro.

Además, las patentes nos aportarán ingresos a mediano y largo plazo.

Necesitaremos reservas en caso de que el mundo terrestre nos corte los suministros.

—Devon indicó el dosier—. Según veo, Phillipe le ha lavado el cerebro al terrestre de la CIA.

Wagner formó una mueca.

—Gilbert le ha comunicado a su superior que buscamos «dominar el mundo» y convertirlos en nuestros esclavos. Es cuestión de tiempo para que la información se expanda a otras naciones.

Devon soltó una risilla.

—Como si en verdad nos interesaran las causas perdidas… —Cerró el dosier y lo hizo a un lado—. Mantenme al tanto de lo que haga. Ya veré cómo utilizarlo a futuro. ¿Qué más tienes?

El director abrió el segundo documento.

—Según me han notificado, los Minoritarios recurrieron al mercado negro.

Como lo ha solicitado, estamos colaborando con Londres para capturar distribuidores terrestres ilegales y suplantarlos por agentes de la Orden d'Sang.

La primera compra clandestina se realizó ayer, en el norte de España, uno de los puntos críticos por el desabastecimiento de plasma.

Devon volvió a realizar un círculo, esta vez en Girona, lugar que indicaba el informe. Ladeó la cabeza al observar el mapa.

—Se están apiñando en el Mediterráneo —dijo.

—Tiene sentido si consideramos que Londres desarticuló bases locales.

Lo importante es que habrá mayor flujo de ampollas con rastreadores; pronto sabremos dónde las almacenan.

Aunque, no me sorprendería enterarme de que se aglomeran en el sur con la intención de reagrupar tropas; la noticia de la heredera circula por todo el reino.

Devon lo fulminó con la mirada, hasta que el director reparó en su error.

—No poseemos la fecha exacta de su nacimiento. De haber nacido en enero, sería la legítima heredera, le agrade o no.

—Ni siquiera posees una prueba de ADN, así que te sugiero cerrar la boca.

Wagner encuadró sus hombros.

—El consejo ya la ha solicitado. En caso de ser hija legítima de los reyes… Usted más que nadie conoce las leyes.

—Las leyes no contemplaban los complots entre linajes que se desataron desde la Ley de Rumania. ¿No te has enterado? Acaba de sugerir que mi padre asesinó a los suyos. ¿Luce como una gobernante estable para ti?

—No se me permite emitir juicio subjetivo. Solo sigo las reglas. Si la declaran heredera legítima, me veré obligado a dejar el DII a disposición de ambos, no uno solo.

Devon resopló y tomó asiento.

No pensaba permitirlo. La chica seguía siendo una extraña.

Una extraña que en sus primeros días había acusado a su padre de asesino y pretendía acceder a archivos confidenciales que él había mantenido en secreto a modo de estrategia.

Ni loco se quedaba de brazos cruzados viendo cómo sus planes ardían.

—El motivo por el cual he traído el tema a colación no es dirimir si la candidata es buena gobernante —dijo Wagner—.

Una de sus peticiones ha sido acceder al caso Sauer.

—Guardó silencio al ver cómo la expresión de Devon se ensombrecía—.

Según me consta, tildó a Bryce y a De-Ràzes de posible amenaza.

—Sí, claro. «Amenaza» —soltó Devon—. Si en verdad hubiera recibido entrenamiento alguno, comprendería que todos son una amenaza a estas alturas.

¿Esa es la única amenaza que halló aquí dentro?

Suena más como una postura que adoptaría el lado ortodoxo o su familia; no te olvides de que Herald perdió tres juicios seguidos por culpa de Nínive.

Tampoco olvides que Herald estaba ligado a Sauer.

¿Por qué tanto interés por el caso? Tú sabes lo que has guardado allí. ¿En verdad piensas dárselo?

Wagner tensó su mandíbula.

—Si la ley le concede su título…

—Haz la ley a un lado por una maldita vez, Wagner. ¿No has tenido suficientes pruebas en Maine? ¿Dónde están sus alas si es cien por ciento? Ni siquiera han mencionado que posea tal cosa.

«Y la trajo uno de los sospechosos en la lista de Adort-Boge», moría por argumentar, pero tuvo que guardárselo.

—Son preguntas que yo también me he hecho, pero debe comprender que es mi deber seguir las reglas y abstenerme de cualquier clase de bando.

Si lo que teme usted es que nos encontremos bajo un ataque minoritario muy bien orquestado, sugiero recolectar la evidencia necesaria y presentarla ante mí.

En ese caso, el DII actuará acorde al protocolo.

Devon meneó su cabeza.

—¿En verdad harás a Nínive a un lado?

—Si me tomase esto a pecho, habría hecho a un lado a Bryce y sus impertinencias hace mucho tiempo.

Sin embargo, al igual que con la nueva heredera, no poseo evidencia contundente de que ella es hija legítima de nuestros reyes.

La información en el caso Sauer la vinculan a De-Ràzes y a la Operación Neblina, pero su verdadero origen se mantiene desconocido. Podríamos realizar un análisis de ADN.

Devon soltó una risilla sin humor antes de tirar la cabeza hacia atrás.

Era el colmo. El agente había percibido cómo su porcentaje se había reforzado.

No había modo de que aumentara a menos que esa persona tuviera un porcentaje similar.

Había sido testigo de las alas que habían amputado varias veces.

¿Qué más necesitaba para comprender que la ley podría perjudicarlos esta vez?

—No se trata de lo que yo quiera —añadió Wagner—. Se trata de cumplir con mi deber. Por último, me gustaría informarle que Adam Callaghan acaba de salir del coma.

—¿Lo has interrogado?

—Aún no —respondió Wagner—. Teniendo en cuenta los cargos, supuse que querría saberlo primero y hacer los honores.

Devon recordó las grabaciones del día del ataque.

Había visto cada toma junto a los oficiales del DII hasta que cayó la noche y fue el único en quedar en la sala.

El resplandor de los monitores iluminaba su rostro una y otra vez conforme revisaba las cintas que mostraban a Callaghan y su intento de asesinar a Nínive.

«Segunda vez», recordó con amargura. Había sido el segundo ataque que Nínive recibía desde que Phillipe había atado cabos sueltos.

Temía que hubiera un tercer intento. Quería evitarlo, confesarle a Nínive la verdad, pero persuadir a la Orden de Lyss era imposible.

¿Cómo esperaba que le creyera sin mayor prueba que un par de cicatrices?

Además, a eso se le sumaba el hecho de que el Rex Rexum seguía existiendo; no había forma de ir a buscarlo sin guardias o comunicados oficiales.

Acorralado, restregó las manos a lo largo de su rostro.

—Gracias por el aviso —dijo al tiempo que formulaba en su cabeza las preguntas que le haría a Callaghan, más el favor que tendría que pedirle a LeBlanc.