11
DEVON
«Te mentí». Las palabras de Huges reverberaron en la mente de Devon.
Jamás le había mentido; habían pactado ser francos el uno con el otro sin importar cuán dura fuera la verdad.
Sin embargo, no estaba en condiciones de reprocharle nada; él le había estado mintiendo durante los últimos días, cuando decidió ocultarle la identidad de Nínive.
No estaba seguro de cómo reaccionaría al enterarse.
Sus opciones iban desde la aceptación hasta las acusaciones de una farsa organizada por los Minoritarios.
Antes de que su padre se explicara, Devon levantó una mano. Aguzó sus sentidos y se aseguró de que solo los guardias estaban alrededor del despacho.
—Hay dos —ratificó su padre.
Devon asintió.
—Mencionaste una mentira —recordó—. Te escucho.
Huges suspiró. Arrastró los pies y tomó asiento frente al escritorio. Cuando notó sus dedos entrelazados, Devon intuyó que se trataba de algo importante; era la misma pose que adoptaba cada vez que organizaba una operación de desmantelamiento.
—No fue mi decisión—dijo Huges—. Adort II me lo ordenó.
Intrigado, Devon se replegó contra el respaldo del sillón.
—Fue en el 97 —prosiguió su padre—. Adort me pidió un último favor. Pensaba no cumplirlo, pero entonces los del priorato me dieron una profecía. Decía exactamente lo mismo que Adort había indicado por la mañana: ocultar el libro mediante la estúpida orden que creó tu abuelo.
—¿El libro?
—El Rex Rexum. —Huges hizo una pausa—. Sé que dije que lo había destruido, pero es exactamente lo que me indicaron hacer. No sé por qué diablos estáis obsesionados con ese maldito libro, pero mírame, Devon: sea lo que sea, no vale la pena.
Devon se lo quedó viendo.
—Eso lo decido yo.
—¡No seas terco! —Huges arremetió contra el escritorio—.
Adort se obsesionó con las tonterías del priorato y se arrojó a los Minoritarios.
No sé qué te han metido en la cabeza, pero más te vale ser prudente.
Si te digo esto, es porque temo por tu vida, ¿me oyes?
La situación en el consejo no pinta nada bien.
La chica de Irlanda está loca de remate: ha pedido acceso al DII y asume que yo asesiné a sus padres.
Todo porque cumplí con esta mierda —expresó al soltar un viejo papel.
—¿Qué es? —Devon sostuvo el pergamino y lo desdobló. Reconoció de inmediato la caligrafía de Salvatore—. Que me hables sobre Miguel… ¿Quién es?
Huges arrastró sus manos por la cara.
—Se refiere a la Orden de San Miguel. Una orden secreta que fundó tu bisabuelo en el siglo dieciocho y que espero que ya no exista.
—Nunca oí hablar de ella.
—Porque es una aberración —farfulló—. La casa DeBlanckfort siempre ha destacado por su honor y su lealtad hacia el reino.
Tu bisabuelo se encargó de arrasar con nuestra imagen en menos de un año.
Si esa orden sale a la luz… —Sacudió la cabeza—.
No puedes decirle a nadie. Ni siquiera a la chica de los Boge una vez estéis casados.
Devon respiró hondo.
—Ludovic estaba demente —añadió Huges—. La corte trató de ocultarlo, la iglesia también, pero el loco de tu bisabuelo estuvo muy cerca de convertir el reino al protestantismo.
Alegó que una unión entre ambos mundos nos salvaría de una destrucción segura y no sé qué más.
Hablamos del mismo sujeto que en los banquetes afirmaba tener visiones sobre dragones y ángeles que volaban en los cielos, por todos los Dioses.
»No pretendo faltarle el respeto, es sangre de nuestra sangre, pero imagínate mi reacción cuando acabé cruzando la nación para enterarme de que el idiota había creado una orden conformada por terrestres. ¡Terrestres! —repitió con sus ojos bien abiertos—. Eso es la Orden de San Miguel.
Devon sintió que palidecía. Había leído documentos escritos por su bisabuelo. Afirmaba tener visiones y confiar en el priorato, así como también había mencionado la red de túneles secretas, pero jamás había mencionado una orden secreta.
—La orden… ¿Saben de nosotros?
Huges resopló.
—¿Tú qué crees? Son un grupo de monjes poco fidedignos.
Les dejé el libro porque la profecía decía que morirías si no lo hacía, y ahora te hablo de ellos por el mismo motivo.
No son gente de fiar, Devon. Recuerda las campañas difamatorias por parte de la iglesia terrestre.
¡Siglos en hogueras! Todo para borrarnos de la faz de la Tierra.
Devon le echó un segundo vistazo a la profecía.
En efecto, los versos sugerían que él corría peligro.
No obstante, su vida per se consistía en riesgos y amenazas.
Estaba acostumbrado a cuidar sus espaldas.
Y si el libro más importante a la hora de capturar a Phillipe se encontraba con esa orden, el riesgo se reducía a cero.
—¿Dónde? —preguntó.
—¡¿Acaso no me estás escuchado?!
—Sí, te escucho. El libro que puede concedernos la victoria se encuentra entre terrestres, los mismos que se han aliado con los Minoritarios en el siglo veinte.
Necesito recuperarlo antes de que caiga en las manos equivocadas.
Si lo que dices es cierto, se trata de una orden que le ha jurado lealtad a nuestro linaje.
—¡Son un hereje!
—Son la única opción. —Devon miró a su padre sin rastro de humor—. Mencionaste problemas en el consejo. La chica es una Boge; si deben escoger un gobernante, después de todo lo que ha sucedido conmigo, la elegirán a ella.
—¡Ahora! ¡Vengo diciéndote que cuides la puñetera imagen hace semanas! —Huges se puso de pie y Devon lo imitó—. ¡Te dije que te dejaras de juegos!
—¡Y yo te he dicho que no pienso ser el títere del consejo!
¡No me importa la maldita imagen! Me importa lo que sucederá con el reino si no conseguimos capturar a los Minoritarios.
Ya los has visto en acción: ¡casi volamos en pedazos por una bomba!
Podrá no gustarte, pero si estamos en pie es gracias a un maldito papel de estos —sacudió la profecía—.
Te recomiendo hacer ideales a un lado y que me digas dónde dejaste el maldito libro.
El conde respiró hondo.
—Adort murió por ese libro.
—Adort murió para proteger algo más valioso que un libro —replicó Devon.
Huges meneó la cabeza, rehusándose a romper el silencio. Devon se inclinó sobre el escritorio.
—Dónde. Está. El libro.
Hubo una prolongada pausa. Conocía el motivo del silencio de su padre de memoria: temor. El temor a perderlo. El temor a ser traicionados. Sin embargo, lo que estaba en juego era mucho más grande que su propia vida: las vidas de miles de ciudadanos.
—Sabes que buscaré en cada rincón del planeta si no me dices —dijo Devon—. Me conoces. Puedo iniciar una causa con el DII y salir de expedición, tal y como hacíamos en Escocia.
Huges cerró los ojos y suspiró.
—Bélgica —admitió—. Allí está la sede de la orden.
—Bélgica está dentro de nuestra frontera. —Devon bordeó el escritorio.
—¿Adónde vas? —preguntó Huges.
—Wagner viene en camino.
—Pero… —Huges empezó a seguir a Devon—. No puedes decirle nada de esto a nadie. Si alguien llega a enterarse…
Devon plantó la mano en el pomo de la puerta.
—Hay asuntos más relevantes que los escándalos familiares.
—Pero el libro…
—Prefiero no hablar al respecto.
—Hijo….
—Yo decido qué hago con él —remarcó Devon—. Entiendo tus miedos, pero tú mismo me lo has enseñado: gobiernas al miedo o el miedo te gobierna a ti. —Posó una mano en el hombro de su padre—. Confía en mí.
Percibió la vacilación en la expresión de su padre.
Confianza era el término más frágil; nunca habían contado con personas de confianza en la abadía.
Entre traiciones y boicots, infiltrados y ataques, era difícil confiar en alguien que no fuera ellos.
Lo único a su alcance era recordar que jugaban para el mismo bando, aunque él hubiera omitido gran parte de sus planes con la esperanza de no involucrarlo por demás.
Huges asintió a regañadientes. Abandonó el despacho a paso cansado segundos antes de que Wagner se apareciera caminando a toda velocidad, solo deteniéndose para hacer una reverencia.
—Sé que no he solicitado una audiencia, pero es urgente.
Devon dejó pasar al director y cerró la puerta con llave. Su espalda punzaba, pero debía ignorarla. Se preguntó si tendría un minuto de paz a medida que regresaba al escritorio; no recordaba una noche que hubiera dormido más de cinco horas.
Wagner esparció varios dosieres.
—Buenas y malas noticias. ¿Por dónde empiezo?
Devon levantó un hombro.
—Todas son malas si están archivadas en una de tus carpetas.
El director abrió el primer dosier. Además de un documento clasificado, había fotografías en blanco y negro, propio de las cámaras de seguridad. Otras estaban en color y algo borrosas.
—¿Quién es él? —Devon señaló al hombre que aparecía en cada toma: mediana edad, cabello platinado y traje.
—Vincent Gilbert, agente de operaciones encubiertas de la CIA —Wagner desperdigaba las fotografías—.
Nuestros agentes de Roca Negra lo ubicaron en una base minoritaria en Mónaco.
De acuerdo con los infiltrados, Gilbert se reunió con Raynaud.
No obtuvieron acceso a la conversación; carecían de estatus.
—¿Dónde está la base?
—Sé por qué lo preguntas, pero Phillipe ya se ha ido de allí; fue solo un acto de presencia. No obstante, podríamos aprovechar la ubicación y dejársela a Londres para desmantelar.
Devon se perdió en las fotos.
—Si Londres acepta, necesitará refuerzos locales; no cuenta con permiso para operar en Mónaco y necesitamos cada papel o documento que confisquen.
Redactaré un acuerdo en el que nos confieran dos cupos para incorporar agentes del DII.
Respecto al agente de la CIA… —Devon permaneció absorto—. Vigiladlo sin que nadie se entere.
—¿No prefiere denunciar la violación del Acuerdo del Transatlántico ante el gobierno estadounidense?