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LYS

—¡¿Qué?! ¡¿Acaso estamos locos?!

Lys vio hacia la puerta de su habitación al escuchar los alaridos. La voz no le pertenecía a su tío Herald, mucho menos a los monjes luxirianos. Recogió la falda de su vestido y enfiló hacia la salida, pero Nicodème se antepuso.

—Yo que usted, no me preocuparía, alteza —el dracum ajustó sus gafas redondas—. Se trata de monsieur Théodore; siempre anda a los gritos por todo el palacio.

Lys dejó una ceja en alto, rememorando los chillidos que el mismísimo Nicodème había soltado cuando el té rojo que habían subido a la habitación no contaba con limones frescos.

De todos modos, abrió la puerta justo a tiempo para divisar la espalda de un hombre de cabello oscuro y bigote del mismo color, cuya cinta métrica sacudía por los aires mientras marchaba hacia el Salón Azul. Los ojos de Lys se posaron en la chica que había quedado en el salón de té.

—¿Marie-Helénè? —Lys sabía que su prima residía en el palacio desde que la terrestre había causado revuelo. Había armado maletas pese a que un asesino acechaba en el edificio. Decisión valiente, debía admitir.

Al voltearse, la chica se acercó con expresión risueña.

—Elysabeth, ¿cierto?

Lys se quedó petrificada al recibir un abrazo. En Irlanda nadie tenía permitido tocarla; era parte del protocolo real. El contacto se sentía un tanto extraño pese a ser parte de su familia. A falta de palabras, no dudó en sonreír cuando Marie-Helénè se apartó.

—Con tanto revuelo no he tenido tiempo de presentarme. Soy Marie-Helénè. Los duques de Avignion con mis padres. Tus tíos.

—Lo sé. —Lys quedó atrapada en el silencio, preguntándose qué hacer. Señaló el interior de su habitación—. ¿Te gustaría pasar? Nicodème ha traído té.

La sonrisa de Marie-Helénè abrillantó sus ojos celestes, rasgos típicos de los Boge. Lys la siguió con la mirada conforme se adentraba en la habitación.

—¿Por qué gritaba ese hombre? —preguntó.

—¿Monsieur Théodore? —Marie-Helénè hizo un aspaviento con la mano—.

No te preocupes por él. Es el principal diseñador que de la familia real.

Se ha alterado porque debe confeccionar tu vestido para el Primumfuga en dos días.

En cualquier momento se aparecerá para tomar tus medidas. Cuidado con los alfileres.

Lys juntó sus cejas.

—¿Primumfuga?

—Es una vieja tradición…

—No se preocupe, excelencia, yo lo hago. —Nicodème se precipitó hacia la mesita ratona al notar que Marie-Helénè se inclinaba para servirse algo de té.

—Gracias. —Marie-Helénè cogió la taza que temblequeaba en manos del monje—.

Primumfuga es la palabra que usamos para referirnos al «primer vuelo».

En viejos tiempos, Lucien y Lilith eran los que iniciaban el baile que se celebra el Día de las Luces.

Ambos solían hacer uso de sus alas para ello, por eso se le llama así.

Hoy en día, quienes dan comienzo al baile son los monarcas.

En este caso, Devon y tú. Monsieur Théodore te hará usar un prendedor de oro en el cabello con forma de pequeñas plumas. Por tradición.

Lys tomó asiento en el sillón de enfrente.

Nicodème no tardó en servirle té.

—Los monjes mencionaron la celebración —rememoró—, pero no dijeron que tuviera que bailar con Devon.

—No tienes por qué preocuparte: me han enseñado los pasos desde que tengo dieciséis. Puedo enseñártelos en estos días.

—¿Crees que podré aprenderlos en tan poco tiempo?

—Por supuesto —asintió con convicción—. Es sencillo.

Lys bebió un sorbo de té, absorta. Si bien Marie-Helénè sonaba de los más amable, y compartían la misma sangre, no podía dejar de preguntarse por qué. ¿Por qué bebía té con ella? Odoric le aconsejaría no hablar, pero Lys quería ver la reacción de su prima al expresar lo que rondaba por su mente:

—¿Tú no estás molesta? —soltó. Marie-Helénè la miró con auténtica confusión—. Estabas a punto de ser coronada. Yo he llegado para arruinarlo. ¿No te molesta que haya arruinado tu coronación?

La reacción de su prima le pareció curiosa. En primer lugar, sus cejas se unieron, como si hubiera hablado otra lengua. Luego soltó una suave risilla.

—Entiendo a qué viene tanta duda, pero no.

No estoy molesta. Crecí con las profecías de los Septem Sacris, Elysabeth, y apoyo la Ley de Rumania porque la ciencia demuestra su efectividad.

Siempre me ha gustado la idea de que exista un afín para Devon; él llevaba las de perder mediante nuestro compromiso y nunca se permitió acercarse a alguien por las profecías.

Ahora ambos tenemos la oportunidad de reforzarnos, no solo yo.

—¿Cómo lo hacías?

—¿Disculpa?

—Devon —aclaró Lys—. ¿Cómo convivías con él después de todo lo que ha hecho para desprestigiar la corona?

Marie-Helénè sonrió.

—Devon es… Devon. Luce frío e impredecible, pero es una fachada.

Sé que siempre se trae algo entre manos cuando toma decisiones que afectan su reputación.

No quiere que el reino luzca débil ante los Minoritarios, por eso los titulares no me preocupan.

A decir verdad, ha cambiado mucho desde que éramos críos; solía ser un niño antipático que se quedaba en un rincón o se ocultaba detrás de su padre.

Huges se encargó de moldearlo cuando empezó a entrenarlo.

Cuando entrenaba en la milicia, Patrice me dijo que, si ellos debían dar treinta vueltas, el conde hacía que Devon diera cincuenta, dado que era el único noventa y nueve por ciento y quería sacarle máximo provecho.

Siempre fue la excepción a la regla, por lo que no me sorprende que se salte el guion.

—Ya veo —dijo Lys. Hizo una pausa, preguntándose qué tan efectivas habrían sido sus lecciones de defensa personal—. Y… ¿tú lo quieres?

—¿Qué?

—Si lo quieres, a Devon. Estabais a punto de casaros.

—Oh, no. No de esa forma. Lo intenté. —Marie-Helénè sonrió—.

En verdad que lo intenté. Traté de sentir algo por él, pero…

no puedo dejar de verlo como mi hermano mayor.

Sé que si en algún momento estoy en problemas puedo contar con él, así como él contará conmigo.

Los linajes somos pocos. Debemos cuidarnos las espaldas entre todos.

Lo que me recuerda… —Depositó el té en la mesilla y se levantó.

Lys hizo lo mismo para no tener que verla desde abajo—.

Me dijeron que hablaste en su contra frente al Consejo Supremo.

—Solo pedí conocer la verdad. Él exigió saber el nombre del asesino de su madre ni bien accedió al DII. Y no fue en contra de Devon, fue en contra de Huges.

—Lo cual es lo mismo. —La expresión risueña de su prima desapareció—.

No atacaste a Huges. Atacaste a la casa DeBlanckfort, Devon incluido.

Lo conozco lo suficiente como para saber que no estará feliz de enterarse.

Comprendo que no te agrade la forma en que mira a Bryce, pero es el único noventa y nueve en todo el mundo.

Lys tensó su mandíbula.

—¿Eso es todo?

Marie-Helénè se la queda viendo.

—No. —Hizo una pausa en la cual Lys distinguió la seriedad en su expresión; años de preparación para ser una reina, no una simple marquesa—.

El día que os caséis, deberéis cuidaros las espaldas.

En todo. No sé si te han avisado los monjes, pero el Le Sang te busca.

Está financiado por los Harssbornen, y ellos están ansiosos por vernos caer.

Después de lo sucedido en el consejo, querrán obtener tu testimonio.

Sé cuidadosa; cualquier frase ambigua será tergiversada. No están ahí para informar.

—Es bueno saberlo. —Lys indicó la puerta y sonrió. Una sonrisa falsa que no se molestó en disimular—. Gracias, primita.

Marie-Helénè se trasladó en silencio.

«Lo sabía», pensó después de ver el rostro inexpresivo de su prima. Sospechaba que no todos estarían felices con su llegada, sobre todo, los miembros de su propia familia; aquellos a punto de obtener las llaves del reino mediante Marie-Helénè.

Los monjes habían sido claros: le convenía confiar solo en ellos hasta que el consejo le otorgara acceso al poder.

Atisbó desde la puerta cómo la silueta de Marie-Helénè se perdía a través de los pasillos del palacio. Al encerrarse, adhirió su espalda contra la madera blanca de bordes dorados y suspiró.

—Todos se creen con el derecho de decirme qué hacer.

—Oh, por los Dioses, le aseguro que no es así, su alteza.

—Nicodème por poco se llevó la mesa puesta—.

Estoy seguro de que la infanta Marie-Helénè quiere evitar la discordia entre usted y el heredero.

Lo digo por experiencia propia: el príncipe es muy difícil de disuadir una vez toma una decisión. Es mejor evitar las tensiones.

Lys dejó una ceja en alto.

—No seré experta, pero se supone que DeBlanckfort ha sido entrenado para respetar y acatar cada palabra que digo.

—Pues… —Nicodème jugueteó con su toga—. Sí, pero…

—No lo hará hasta que el consejo me otorgue mi título.

—Exacto. Son meras cuestiones burocráticas; dudo que se trate de algo personal.

—Yo sí lo dudo. —Lys se trasladó hasta el centro de la sala y levantó el teléfono de línea—.

Si tanto disfruta de quebrantar los protocolos, no seré la excepción.

Presiento que el príncipe se ha encariñado con la idea de ser el porcentaje más alto —murmuró mientras discaba un número que Odoric le había pasado antes de partir—.

Hola, muy buenas tardes, ¿hablo con Louise Dubois?

—Oye, no sé quién te ha pasado mi número, pero…

—Le habla la heredera de Sangbièrre —aclaró antes de que la periodista siguiera faltándole el respeto—. Me han comentado que vuestro periódico tenía intenciones de entrevistarme.

Una sonrisa asomó a sus labios ante el silencio abrupto.

—Estaré más que complacida de conocerla en persona, señora Dubois. No obstante, téngalo en cuenta: los Harssbornen no son las únicas arcas capaces de financiar un medio de comunicación. Bien saben los Dioses que grande es el corazón de un Boge.