9
JEFF
Jeff se recargó en el mostrador de la biblioteca sin dejar de ver a Kina, que actualizaba los registros de las devoluciones por detrás del ordenador.
—¿Por favor?
—No.
—¿Por favor?, ¿por favor?, ¿por favor?
Kina le lanzó una mirada malhumorada.
—Te he dicho que no, Jeff.
—Pero ¡son los libros más interesantes del reino! Siempre te quejas de que no leo nada, ¡mírame! —Abrió los brazos de par en par—. Aquí estoy, listo para empaparme de sabiduría.
—Se llama sección censurada por un motivo, ¿no lo crees?
—¡Nadie se enterará!
—¡Yo me enteraré!
—¡Tomaste el libro con fotos de Terrestre que no es Terrestre y nadie lo supo! Kina —bordeó el mostrador desesperado cuando ella se apartó—, es lo más cerca que estaremos de obtener información importante. Soy como una tumba. Sabes que nunca se lo diría a nadie.
—Lo sé. —Kina se volteó—. Pero este es mi primer empleo. No me gustaría perderlo. Solo me atreví a tomar el libro de ayer porque toda esta situación en torno a Nínive me parece extraña. Ni siquiera lo habría abierto si no se hubiera caído del estante.
Jeff dejó caer sus hombros.
«¿En qué rayos pensabas?». Kina ni siquiera cruzaba el semáforo en rojo en medio de una calle clausurada; Jeff hacía lo mismo porque siempre se quedaba del otro lado de la acera esperando como un idiota.
Pedirle acceso a la sección censurada era pedir demasiado.
Sobre todo, teniendo en cuenta que la responsabilidad recaería sobre ella y su deber como bibliotecaria.
No podía ser tan egoísta.
—De acuerdo. —Frotó su nuca—. No era mi intención insistir, solo…
Ay, es que la curiosidad me está matando, D'Agout.
¿Y si Terrestre tiene algo que ver con los Boge?
¿Si lo han estado ocultando frente a nuestras narices todo este tiempo?
Es la única manera de explicar el parecido y lo extraño que se ha comportado el priorato al admitirla en la universidad.
—Sí, pero nos conviene adherirnos a tu idea y consultarlo con AJ; la insignia que nos han dado no nos otorga inmunidad ante la ley, Jeff.
—Oh, hablando de eso. —Jeff guio su mano al bolsillo de la chaqueta.
Le tendió a Kina una de las dos insignias que el prior le había entregado—.
Aquí tienes, una merecida Insignia Dorada por haber ayudado al principito a romper la ley.
Irónico, ¿no? Quién sabe, quizá nos den otra si leemos esos libros —insinuó al admirar la pieza de un lado a otro—.
Pierrick aseguró que están hechas de oro, pero yo ya no me fío de lo que diga.
Kina le arrebató la insignia y la ocultó de inmediato.
—El príncipe dijo que nadie puede enterarse.
—¡Aquí no hay nadie!
Kina rodó los ojos y le dio la espalda. Jeff se preguntó a dónde iba, pero vio que solo quería guardar la insignia en su bolso rosa. Regresó al ordenador en silencio, sin dirigirle siquiera una mirada. Jeff tragó saliva.
—¿Estás enfadada? —preguntó—. ¿Es nuestra primera discusión? No me gustaría enterarme de que nuestra primera pelea como pareja será por un pedazo de hojalata.
—No, Jeff. Es solo que debo terminar con los registros.
—Oh. —Jeff juntó sus cejas.
Sus ojos revolotearon por la biblioteca.
No había mucho que ver: altos estantes de madera y muchos libros, todos aburridos.
Se balanceó sobre sus pies, buscando un tema de conversación, mas nada vino a su mente.
Lo único a su alcance era el verdadero motivo de su visita, tema que no quería volver a tocar.
Temía que Kina recordara que estaba pasando sus vacaciones encerrada en una biblioteca por su culpa.
Temía que algún día se hartara; que despertara, se diera cuenta de su error y empacara sus cosas.
—Y… Respecto a la beca… ¿Cubre todos los gastos?
Kina asintió.
—Así es. Incluye matrícula, anualidad y materiales.
Lo único de lo que debo encargarme es de la comida, pero…
mi paga se encargará de eso. Si la distribuyo, estaré cubierta por varios meses.
Y si hago bien mi trabajo, quizá la señora Margoux me deje quedarme.
He oído que suele necesitar ayuda durante los primeros meses de clase. Cubriría el resto del año de esa forma.
Jeff superpuso los labios e hizo un forzado gesto afirmativo.
Dio un par de pasos erráticos, solo para contener sus ganas de arrojar el jarrón con flores del mostrador.
«Es tu culpa», taladraba una voz en su mente, la misma que antes le impedía expresarle a Kina sus sentimientos.
Si él no le hubiera dicho nada, si se hubiera hecho a un lado, si hubiera asistido aquel día a la secundaria…
—Jeff.
Él miró a Kina.
Quedó anclado en el azul de sus ojos, sintiendo que no la merecía. Kina era la única hija en una respetada familia de abogados, una de esas princesas que describían las fábulas de niños. Él se asemejaba a un perro pulgoso que apenas sí podía estarse quieto y no meterse en líos.
Tomó un desvío en el rosa de sus labios, el tono canela de su cabello, la forma delicada de sus manos… Entonces recordó que esas mismas manos habían tenido de abandonar el Conservatorio Real, y la culpa se tornó asfixiante.
Kina debería estar escogiendo los más finos violines de París, no haciendo cuentas para ver si llegaba a fin de año.
—Yo… Iré con AJ, ¿de acuerdo? —Cuando Kina lo vio, él trató de sonreír—. Regreso para la hora del almuerzo, ¿vale?
—Deja de pensar tonterías, Jeff.
Jeff se detuvo frente a la puerta a medio abrir. Miró a Kina con todo el amor que sentía por ella, sobrecogido por esa inusual capacidad de conocerlo mejor que él mismo.
—No es ninguna tontería que tu afín pague los platos rotos por tu culpa —murmuró—. Regreso por ti a la una.
Kina separó sus labios, pero él prefirió no oír su compasiva versión de los hechos.
No le parecía justo que se apiadara de él.
Lo más justo, en todo caso, era emendar sus errores.
En un principio se había creído capaz, pero ahora que debía verla pasar sus días en la biblioteca mientras que el aguardaba por el internado en el DII, todo se tornaba gris.
Quería pagar por la comida, pero ella nunca se lo permitía. Para Jeff, equivalía a limpiar parte de su andrajoso expediente, como cuando los sangbìbiers expiaban sus culpas en el Día de la Caída con óleum —mezcla de oro y aceite de oliva—.
Sin ánimos, ingresó a su dormitorio y reposó la espalda contra la puerta. Avanzó con las manos en los bolsillos, despejando envoltorios de comida, bolas de papel o ropa sucia con los pies.
Se dejó caer en la silla frente al ordenador.
«No la mereces», volvió a pensar. Si debía ser franco, se mantenía a su lado porque Kina, por algún extraño motivo, parecía haber olvidado los moratones y heridas que él había ocasionado.
Muchos afirmaban que el amor era ciego; el dicho era una broma de mal gusto que utilizaban los sangbìbiers para describir cómo el amor por lo material los había cegado y alejado de sus Dioses.
Jeff se cuestionó si no estaba siendo codicioso en ese preciso instante, deseando más de lo que podía tener.
Abandonó la neblina mental cuando su teléfono empezó a sonar. El nombre de AJ iluminó la pantalla. Atendió y esperó a que el chico hablara, contemplando la única fotografía que había en la habitación: Jason, Kina y él en la primaria, cuando todo era risas y chocolatada roja.
—Viejo, desde ayer que estoy tratando de acceder al archivo Sauer y todavía no he podido pincharlo. Estoy seguro de que tu hermano ha plantado una contraseña que cambia cada pocos segundos de forma aleatoria. ¡Son noventa dígitos! Mi ordenador es rápido, pero no tanto.
Jeff enarcó las cejas. El expediente Sauer debía contener información importante si Jason hacía uso del único ordenador cuántico que el DII poseía en funcionamiento por los altos costos de mantenimiento.
—¿No me dirás qué te traes entre manos? —preguntó AJ.
—Solo quiero saber qué sucedió en Maine —mintió Jeff—. Dijiste que las cámaras eran de pésima calidad, pero Jason tuvo que haber obtenido respuestas.
—Sí, claro… ¡No me mientas, tío! Acabo de escuchar la sesión del tribunal que le concedieron a la heredera. Oh, casualidad, la chica también quiere esos archivos. Así que dime por qué todos están como locos por el caso Sauer.
Jeff se enderezó.
—¿Qué?
—¡Que no me mientas! Elysabeth ha dicho que quiere acceso al caso Sauer para asegurarse de que Bryce y De-Ràzes no son amenazas para el reino. ¿Es por eso que me lo pediste? ¿La chica se ha comportado extraño? Podrías haber comenzado por ahí y yo me hubiera colado hasta en la CIA, viejo.
—No, no, no, espera. —Jeff sacudió la cabeza—.
Dudo que Terrestre sea un riesgo, eso descártalo.
El caso Sauer es extraño. Con Kina queremos saber por qué mi hermano y Devon viajaron hasta América como si hubiera surgido una emergencia de último momento.
Podría ser Phillipe o algo más. Eso quiero saber.
No soy un quisquilloso noble que teme perder su tiara porque el principito hace manitas con Terrestre en el muro.
Eso es de seguro lo que pasa con la cien por ciento.
Oyó cómo AJ tecleaba a la velocidad de la luz.
—Bueno, sí, hallar algo comprometedor quitaría a Bryce del camino, pero… No lo sé —AJ suspiró—. Aquí algo huele mal, viejo. No veo al priorato tan entusiasmado con la llegada de la heredera que Salvatore anunciaba.
—Ajá —Jeff alzó las cejas, incapaz de ignorar las múltiples coincidencias que reforzaban su teoría—.
¿Te digo algo? Olvídate del caso Sauer; es imposible hackear a Jason si él se lo propone, y eso ha hecho.
Mejor busca información sobre Terrestre: dónde vivía, qué le pasó a su salud, cómo es su familia…
—¿No dijiste que no era una amenaza?
—Sí, pero tú has dicho que Elysabeth la trató de amenaza. Sería bueno asegurarnos de que su expediente está limpio —volvió a mentir—. De ser así, no tendrás opción más que superar al maldito ordenador de última generación del DII.