8 #2
—No te pido que lo hagas por nosotros. —El monarca posó las manos en sus hombros—. Piensa en los niños, Huges. Sabes que no hay salida a menos que les hagamos creer que han ganado. Hay que hacerlo.
Huges meneó la cabeza. Presentía que tanto Adort como Ana habían perdido la cabeza hacía mucho tiempo.
El plan confirmaba sus sospechas. Ni loco abandonaba a los reyes en Bretaña cuando habían llegado noticias desde Aquitania: un ataque sorpresa se había cobrado la vida de trece personas.
Se rumoreaba que también habían penetrado los muros de Normandía.
El líder de la Orden de Hierro alzó la vista y contempló los nubarrones negros que se aglomeraban en el cielo. «Se avecina tormenta», pensó, recordando el mal augurio que representaba.
Fue la señal que necesitó para volver a negarse.
—Debe haber otra forma, Adort —sentenció—. Podemos reforzar la seguridad hasta que la bebé nazca, buscar concilio con el mundo terrestre o…
—Huges. —El rey se inclinó para que su amigo lo viese a los ojos—. Ana espera un niño —musitó. Una sonrisa tiñó de tristeza la cara del rey—. No es la cien por ciento de las profecías.
—¡Al diablo las profecías! —bramó Huges—. Hace tiempo que me lo guardo, pero es suficiente, Adort, ¡Ya es suficiente! Esos lunáticos te han lavado el cerebro. Mi padre y mi abuelo murieron después de hacerles caso. Está más que claro, ¡¿por qué no quieres verlo?! ¡Son un fraude!
La rabia de Huges se incrementó ante la expresión compasiva de su mejor amigo.
Su pecho bajaba y subía por el exabrupto, la furia de un dragón negro incendiando la habitación mientras que la respiración de Adort se mantenía calma y serena.
Veía la paz en los ojos azules del rey; había tomado una decisión.
Ambos lo habían hecho, y no había marcha atrás.
Los ojos negros del conde se tornaron vidriosos.
—No. —Empezó a negar con la cabeza—. No lo hagas, por favor. Te lo pido, Adort.
El rey formó una línea recta con sus labios.
—Has sido la mejor mano derecha que un rey podría tener. Pero, sobre todo, has sido el mejor amigo que la vida me ha brindado, Huges.
El conde sollozó sin consuelo cuando Adort le tendió un abrazo.
Brotaron espasmos incontrolables, consciente de que lo que había comenzado como una reunión de estrategia se había convertido en una despedida.
Una despedida para siempre. Ana y Adort se sacrificarían por una chiquilla que ni siquiera se sabía si algún día aparecería.
Habían decidido no decirle a nadie sobre su paradero tras descubrir la implicación de los linajes reales y la iglesia en la creación de los Minoritarios.
Ese día, un diluvio se desató sobre Sangbièrre.
Huges había cumplido entre lágrimas la promesa que le hizo a Adort: ocultar su bien más preciado, regresar a la fortaleza de los DeBlanckfort, proteger a su único hijo.
No obstante, al regresar a su castillo, la situación no había hecho otra cosa más que empeorar.
Los pisos de su hogar estaban inundados de sangre.
Soldados y asistentes yacían degollados.
Ni siquiera sus sabuesos se habían librado.
Sin embargo, su pecho se congeló cuando descubrió el cuerpo inconsciente de su esposa, cubierta por un mar color rubí.
—No. —Huges dejó caer su espada. Corrió hacia Alexandra y quedó sobre sus rodillas—. No, por favor. Tú, no. Tú no, pequeño lirio, tú no… ¡No!
Un grito retumbó en las paredes teñidas de rojo, alumbradas de hito en hito por la luz espectral de rayos y relámpagos.
Los dragones se adentraron en la habitación. Divisaron a su general caído, meciéndose con el cuerpo de su esposa en brazos y un río de lágrimas que hasta el presente lo acompañaba en cada cumpleaños o aniversario.
Ese día, Huges creyó que lo había perdido todo.
Las noticias volaban desde Escocia, donde se lloraba por la tortura y el asesinato de ambos reyes.
Y no solo los reyes; varios linajes reportaban bajas importantes.
El golpe fue tal, que incluso consideró rendirse.
Los Minoritarios le habían quitado hasta el hambre de venganza, rasgo típico de su familia.
Al sentir el cuerpo pálido y congelado de su esposa, bajó la mirada y meneó la cabeza. «Lo prometo», le había dicho antes de partir, justo después de que ella le hiciera jurar que nada malo le sucedería a su hijo.
Los dragones reportaban cero sobrevivientes.
Huges ordenó que lo dejasen solo mediante alaridos.
Echó mediante el amago de desenvainar su espada a los pocos valientes que se habían negado a acatar la orden.
Cerró de un portazo la habitación y volvió a contener el cuerpo de su esposa.
Rompió en llanto una vez más. Producto de la desazón, desenfundó el revólver con la intención de liquidar tanta agonía, pero entonces lo oyó.
Llanto.
Un llanto agudo se oía a lo lejos.
«Devon».
Con ojos alertas, corrió rumbo a la bóveda secreta.
«Por favor, por favor, por favor…». Su desesperación era tal que patinó con un charco de sangre.
Poco le importó. Continuó corriendo hasta llegar al compartimento secreto que solo conocían su esposa y él.
Lo habían mandado a hacer con la esperanza de nunca tener que usarlo, pero aquí estaba él, rezándole a los Dioses para que se hubieran apiadado de un bebé.
No necesitaba preguntarse por qué Alexandra no se había ocultado; los Minoritarios habrían demolido el castillo con tal de dar con su paradero. La esencia de un sangbìbier no se manifestaba hasta los dos años, por lo que su hijo…
Abrió la bóveda y quedó paralizado. Sus labios temblaron al escapársele una sonrisa cargada de alivio. Las lágrimas volvieron a caer, reparando en la pequeña criatura que pedía a gritos algo de comida.
«Gracias», suspiró al acoger a su hijo en brazos. Lo acunó torpemente porque no tenía práctica. Lo meció entre besos, plegarias y lágrimas, puesto que esos ojos grises le recordaban a la persona que acababa de perder para siempre.
Esos mismos ojos grises lo escudriñaban ahora desde su escritorio, veinte años más tarde. Era lo único que tenía, lo único por lo cual valía la pena pelear.
Si debía seguir las instrucciones de una profecía con tal de no perderlo, eso haría. Aunque, si la profecía llegaba a equivocarse… «Los asesino», pensó, y no tenía por hábito romper sus promesas.
—Si se debe a mi ausencia en el tribunal —dijo Devon—, te juro que poseo una muy buena excusa.
Huges suspiró, debatiéndose cómo diablos decírselo.
—No, no se trata de eso. —Miró a su hijo, los ojos grises de Alexandra. ¿Qué pensaría si estuviera viva?
—Hay muchos reyes llamados Ludovic —le había dicho antes de que su hijo naciera—. Él está destinado a hacer grandes cosas, Huges. Necesitamos un nombre que nadie haya tenido.
«Le diría la verdad», dedujo Huges.
Su esposa le confesaría a Devon que el Rex Rexum no había sido destruido, sino que él mismo lo había escondido por orden del rey, que ese había sido el motivo por el cual había estado ausente la noche del ataque.