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HUGES

El mallete resonó en el tribunal del Consejo Supremo.

—Damas y caballeros, por favor, me gustaría iniciar la sesión extraordinaria de hoy, día décimo octavo del mes de junio del presente año, dos mil diecisiete.

—Pierrick apiló los papeles que traía consigo—.

El motivo de la sesión solicitada por la señorita Elysabeth Anabelle Boge queda constatado en el presente documento extraoficial, bajo custodia de la corte.

Huges, sentado en su puesto, giró el rostro para contemplar la banca vacía en la primera fila.

«¿Dónde diantres te has metido?», le preguntó a Devon.

No era buena señal que se ausentara en la primera sesión convocada por la heredera, su futura esposa.

Quedaba por delante el papeleo y la documentación pertinente que validara sus títulos nobiliarios, pero nadie negaba el parecido a su mejor amigo, Adort.

Los Boge eran queridos por todos. Su reputación solo había caído una vez, durante las primeras décadas del siglo XX, pero Huges sabía que, si el reino debía escoger entre la chica de expediente impoluto y la reputación manchada de su hijo, irían por la brillante promesa que evocaba una época dorada.

—Siguiendo el protocolo previsto dentro de nuestro Código de Procedimientos Penales, hará uso de la palabra Elysabeth Anabelle Boge, a quien nos referiremos de ahora en adelante como señorita Boge.

El tribunal entero hizo silencio al ver cómo la primera cien por ciento se acercaba al estrado. Huges se recostó contra uno de los brazos de su banca, intrigado por la pronta petición. Si bien la chica poseía el derecho a gobernar, no habían pasado ni siquiera veinticuatro horas desde su llegada.

Elysabeth desplegó una cálida sonrisa antes de acomodar el micrófono frente a ella.

—Muy buenas tardes a todos; nobles, oficiales, miembros de la Cámara de Profesionales e instituciones religiosas.

Asumo la rapidez y la poca anticipación de mis acciones, por lo cual ofrezco unas sinceras disculpas.

No obstante, si me encuentro aquí frente a todos vosotros por primera vez, es porque durante dieciocho años viví recluida, lejos de mi nación y sus tradiciones.

»No pretendo expresar quejas de ninguna índole; los monjes me explicaron las razones.

Han sido capaces de enseñarme nuestras leyes, así como también me han enseñado acerca de nuestra historia, la cual siempre ha despertado incalculables intrigas en mí.

Es el motivo por el cual os he pedido algo de vuestro tiempo.

Huges frotó la barba oscura de su quijada.

—Según tengo entendido, hace no mucho tiempo, dentro de estas paredes aconteció un juicio con severas acusaciones, las cuales fueron eximidas con gran ligereza.

—Elysabeth dejó un folio en alto—. Me refiero al caso Sauer.

De acuerdo con la ley, no se me es posible acceder a los archivos del caso.

Ni a mí ni a nadie, a no ser el príncipe Devon.

Él es el único con acceso al caso que exponía a la señorita Bryce y a la señora De-Ràzes como amenaza nacional.

No obstante, el príncipe no ha mostrado interés por la investigación.

Me resulta inconcebible la idea de convivir bajo el mismo techo con dos amenazas inminentes.

A menos, claro, que su inocencia sea probada adecuadamente.

—La evidencia se presentó en los juicios —protestó Norbert, lo cual llamó la atención de Huges; el hombre había sido íntimo amigo de Adort.

Se suponía que siempre votaba a favor de los Boge, incluidos sus descendientes, por lo que Huges se cuestionó qué tanto tenía que ver el ámbito religioso en su postura.

—No habríamos mantenido a la señorita Bryce en la abadía si supusiera riesgo alguno para su alteza —añadió Jean Paul—. Su vida es tan importante para el reino como la vuestra.

La hija de los Boge no parecía estar satisfecha:

—Una cosa es el vínculo entre la señorita Bryce y el príncipe.

Otra cosa es el que yo poseo. Según tengo entendido, Devon de Sangbièrre está más interesado en mantener a una terrestre con cargos a su lado que ponerla tras las rejas.

Incluso llegó a darle la insignia de la Orden Dorada, orden de mi familia.

Huges se levantó sin dudarlo.

—Me parece que debería medir sus palabras, señorita Boge —dijo en tono bajo—. No confunda peticiones con acusaciones.

—¿Eso cree, conde DeBlanckfort? —Los ojos celestes de la muchacha se fijaron en él—.

Es interesante que usted, el segundo motivo de mi convocatoria, lo defienda.

Si pudiera acceder a los documentos del DII, como dicta la ley y mi derecho, me pregunto si confirmaría esos numerosos rumores acerca de su implicación en la muerte de mis padres.

—¡Esto es un agravio! —rugió Norbert—. ¡¿Quién en su sano juicio os ha dicho esas cosas?!

—En primer lugar, puede dar por sentado que no ha sido ninguno de vosotros, dado que nadie estuvo allí para rescatarme tras el ataque.

En segundo lugar, no hay agravio alguno: el DII clasificó todos los documentos.

La verdad sobre lo ocurrido ese día nunca salió a la luz.

Merezco saberlo. Merezco conocer el desenlace de mis padres y entregar a la justicia a los culpables.

—Busque a los Minoritarios entonces —soltó Norbert—. Sus padres jamás habrían fallecido si la organización no los hubiera tenido como blanco principal.

El debate se desató con la fuerza de un tornado: miembros del luxirianismo protestante les reprochaban a los monjes ortodoxos por la gravedad de las acusaciones que lanzaba la chica.

Huges tomaba apuntes para su hijo; necesitaría ponerlo al tanto del desastre que se hilaba a causa de una terrestre que —él le había advertido— tendría que haber dejado en América.

Cuando llegó la votación, el resultado fue obvio: la señorita Boge no contaba con mayoría absoluta, por lo que sus solicitudes serían aplazadas hasta la próxima sesión o hasta corroborar su condición como heredera al trono.

Incluso Herald había tenido la osadía de votar en contra, pero todos allí dentro sabían que lo hacía porque cruzaba los dedos para que su hija fuera la escogida pese a carecer de oportunidad a nivel porcentual.

La resolución molestó a la joven.

—¿Me he preparado todo este tiempo para que hagáis lo que os plazca?

—No es voluntad propia, es la ley, señorita Boge.

El joven DeBlanckfort ha obrado bajo el mismo marco legal que le hemos ofrecido —dijo Xernoisten—.

Se trata de motivos de peso mayor. No podemos tomar vuestras alegaciones con autoridad sin antes contar con la documentación legal y científica que demuestre que es la auténtica hija de los reyes.

Si bien es una cien por ciento, el Tratado de Neustria ha estipulado que una Boge y un DeBlanckfort le devolverán la monarquía al reino.

Huges no se quedó mucho tiempo después de que la muchacha le exigiera al prior apresurar los papeleos.

Contaba con varios problemas a enfrentar si Elysabeth era coronada.

Problemas que él había mantenido a raya durante veinte años, pero que siempre lo acechaban por las noches.

Al cerrar los ojos se preguntaba si algún día lo condenarían a causa de lo que había hecho.

Con cierta prisa, se abrió camino entre los parlamentarios y nobles que charlaban entre sí. Aminoró la tosca caminata cuando Norbert lo interceptó, próximo a la salida del tribunal:

—Huges. —Estrechó su mano callosa—. Haremos lo posible para aplazar semejantes injurias, espero que conste.

El conde arrugó el entrecejo.

—No es algo que me preocupe, Norbert. Lo que me concierne ahora mismo es la falta de diplomacia con la cual se desenvuelve. Justo cuando creía que Devon era indisciplinado… —Huges suspiró—. En fin, iré a ponerlo al tanto.

—Aguarda.

Los músculos de Huges, adiestrados y curtidos por el campo de batalla, se tensaron cuando el hombre volvió a interponerse en su camino.

No le molestaba charlar con un viejo colega, pero mantenía la guardia en alto cada vez que un miembro del priorato se le acercaba.

Recordó el motivo de su huidizo comportamiento ni bien reconoció el sobre que Norbert sacó.

Huges negó con la cabeza.

—Ya os he dicho que nunca más abriré una de esas cosas.

Norbert insistió con la profecía en mano.

—Y ya te hemos explicado que Salvatore aparece cuando en verdad es urgente. Mira las señales, Huges: la chica insulta a tu hijo, te incrimina a ti… ¿No crees que es demasiada coincidencia?

—No creo en las coincidencias —farfulló entre dientes.

—Pues bien, porque nosotros tampoco —Norbert señaló el sobre—. Quémalo si deseas. Es mi deber dártelo. Sin embargo, antes de que tomes una decisión, ten presente que una profecía en manos de la señorita Bryce impidió que tu hijo cayera en pleno ataque minoritario.

Huges le arrebató la profecía con malos modos al vikingo de dos metros.

Le echó una mirada ceñuda y continuó con su camino al palacio, ralentizando la marcha cada vez que la pierna mala se lo pedía.

Había quedado dañada desde la batalla del 97, semanas después de haber perdido a su esposa.

Durante los días lluviosos le impedía recorrer largas distancias, un recordatorio del paso del tiempo y de su pérdida.

En medio de un descanso, exploró el sobre amarillento. Ladeó la cabeza al leer el nombre del destinatario: «Para el amigo de Miguel».

Tantos fantasmas se arremolinaron en su mente que no lo resistió: quebró el sello y se ocultó en un rincón al final del pasillo para leer lo que a él le resultaba brujería barata.

Es bien sabido que el libro mató a tu amigo.

Sin embargo, esta vez salvará a tu hijo.

Cuéntale sobre Miguel.

De lo contrario, le puedes perder.

El conde respiró hondo, evocando malos recuerdos…

VEINTE AÑOS ATRÁS

—No pienso hacerlo —afirmó Huges. Era una falta de respeto contradecir al rey, pero lo que Adort proponía era un suicidio.