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—Mi abuelo dijo que al entregártelo iniciasteis una investigación para atrapar a Phillipe Raynaud —dijo DeBlanckfort—. Él fue testigo de cómo la organización se creó después de aprobar la Ley de Rumania.
—¿Conoces la ley? —le preguntó Adort a Nínive.
Ella asintió con la cabeza.
—Bien. ¿Algo más que Ludovic haya mencionado?
DeBlanckfort juntó las cejas.
—Mencionó una red de túneles. Me guio a un mapa que mi bisabuelo dibujó, pero la ubicación es demasiado imprecisa. Dijo que tú la conoces. Utilizasteis la red para reuniros y continuar con la investigación en secreto.
Adort tamborileó con sus dedos en el lomo del león alado que conformaba la empuñadura dorada de su bastón.
—La red nunca tuvo mapa; develábamos las coordenadas en audiencias privadas. Pero tienes razón: solíamos investigar en la base de nuestro castillo… hasta que mi hijo lo hizo arder en llamas —añadió con una mueca.
—¿Qué? —Nínive no podía creerlo.
—No me veas así, ¡buscaba protegernos! Si alguien descubría la red, estábamos fritos.
Adort estaba convencido de que pasarían décadas hasta que fuera abierta de nuevo.
Por eso lo dejó todo por escrito en el Rex Rexum; podríais reanudar la investigación de forma segura.
En su última carta, dijo que la lista de sospechosos había sido reducida a tres.
—¿Sabe quiénes son? —preguntó Nínive.
—Sé que dos son de la realeza.
Nínive rodó sus ojos. Ella suponía lo mismo, pero nobles había a montones.
—Sin embargo… —Adort-Boge sonrió con malicia—. Sé que el tercero era la máxima autoridad del luxirianismo en el 97. No fue removido de su cargo gracias a que «milagrosamente» el Tratado de Neustria prolongó el tiempo que un Dragon Magnus podía permanecer en el cargo.
DeBlanckfort y Nínive intercambiaron miradas.
—¿Benôit estaba en la lista? —preguntó DeBlanckfort.
Adort soltó una risilla.
—El mismo que nos ha traído a esa chiquilla igual a mi hijo. —El anciano elevó las cejas—. Honestamente, nunca he deseado con tantas fuerzas que Adort estuviera equivocado.
—Todavía hay dos sospechosos sin identificar —dijo Nínive.
—Sí. Hay linajes descartados, como los Vläsois, por ejemplo.
Organizábamos ceremonias en simultáneo. Cuando Phillipe atacaba en persona, removíamos de la lista a aquellos que hubieran asistido al evento alterno.
Fueron años de prueba y error. Sin embargo, la tecnología ha servido; antes Phillipe se salía con la suya fácilmente.
Ahora, con las cámaras y los equipos de detección de ADN, se ha visto forzado a recluirse, él y sus seguidores.
—Ya no gozan de una buena calidad de vida —dijo Devon.
—Exacto. Los Minoritarios no se unieron con la idea de pasarla mal, al contrario; pretendían asaltar los tesoros reales. Estos últimos años les has colmado la paciencia. Bien hecho, muchacho —Adort palmeó el hombro de Devon, quien se irguió como si le hubieran propinado un buen susto.
—¿Qué hay de las muestras que pudo haber dejado en Maine? —Nínive miró a DeBlanckfort—. Phillipe no llevaba guantes, lo recuerdo muy bien.
—Wagner dijo que la CIA le quitó el caso al FBI. Era la única agencia que podía ayudarnos. El resto se niega a colaborar.
—¿Están con los Minoritarios?
—Es un viejo drama que nunca termina —explicó Adort—.
Las agencias terrestres quieren acabar con nosotros por temor a que cerremos el círculo; Phillipe debió de haber ido con el cuento de que seremos eternos y que conquistaremos el mundo.
En realidad, lo único que queremos es cerrar el círculo para no depender más de la sangre terrestre.
Basta con leer el Primer Códex para saber que la codicia fue la causa de la maldición.
—¿No beberéis sangre cuando lleguéis al cien por ciento?
—Es una leyenda —remarcó Devon, cuyos ojos se quedaron fijos en Adort.
—Sí, bueno, es lo que sugieren los textos sagrados. Soy un hombre muy creyente, por lo que, sí, eso creo.
«Mentiroso», comprendió Nínive. El monarca había sonado demasiado serio.
Lo mismo había hecho antes, justo cuando hacía preguntas y él soltaba datos sin sentido.
Nínive lo sospechaba tras ver la carta de Elora, pero ahora lo confirmaba: los reyes no tenían demencia.
Por eso su memoria estaba intacta. Por eso se había mantenido estable en todo ese tiempo.
Los antiguos reyes fingían, y Nínive tuvo que preguntarse si en verdad no se estaba metiendo en un juego en el que saldría lastimada.
Después de todo, incluso ella lo había afirmado una vez: la vida de una terrestre valía menos que la vida de un sangbìbier.
Quizá Devon les había comentado su habilidad para resolver acertijos, o cuán conveniente sería incluirla en los enigmas de la realeza para despejar ecuaciones y dejar el camino limpio para esa persona que de seguro la Orden de Lyss tenía en mente.
«Solo juega tus piezas», se recordó.
Ya había cumplido con su parte del trato: DeBlanckfort tenía la información que tanto quería. Ahora era su turno. Más le valía levantar el código para que ella pudiera retomar su investigación o salir corriendo, lo que ocurriera primero.