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NÍNIVE

«Es inútil», pensó Nínive. Cuanto más intentaba alejarse de DeBlanckfort, más cerca terminaba. Era tan molesto como una goma de mascar en el cabello.

Se tomó un par de minutos en el lavabo para enjuagar su rostro enrojecido.

Quiso morirse de la vergüenza al reparar en las marcas negras de tinta que tenía las mejillas; eran rastros de sus anotaciones.

No había forma de que DeBlanckfort no las hubiera visto cuando había besado ese preciso punto de su piel.

Salió del baño lista para soportar un aluvión de preguntas y mentiras. No obstante, quedó inmóvil al descubrir que ya no había nadie. Su cuarto estaba vacío. Una nota encima de los cuadernos era la única evidencia de que Elora había estado allí:

Nivy querida:

Ha sido un gusto conocerte y saber que estás a salvo. ¡Has crecido tanto! Eres tan brillante como tu mamá. Ella estaría muy, pero muy, orgullosa de ti, tesoro. Por favor, no le digas a nadie que te he visitado. ¡Le prometí a Addy que aguardaría hasta que fuera seguro!

Te quiere, Elora.

PD.: No te enojes con Devy; yo lo amenacé para que me trajera. No quiso molestarte, es un buen muchacho. Y apuesto. ¿Has sentido sus músculos? Pienso decirle a Addy que vuelva a hacer ejercicio.

Nínive suspiró. Sintió el impulso de romper la nota en pedacitos, pero por algún motivo eso se sintió demasiado cruel. En su lugar, volvió a contemplar los elegantes trazos en cursiva.

Con tantos avances científicos, ¿cómo era posible que los antiguos reyes no contaran con médicos o especialistas que tratasen su delicado estado mental?

Nínive dejó sus cejas juntas, enfocada en la hoja manuscrita.

Lo que Elora dejaba entrever la confundió, puesto que no había espacios en blanco que evidenciaran lagunas mentales.

Sus líneas no se recostaban hacia la izquierda, un rasgo que se vería en cualquier persona atascada en el pasado, como lo suponían ser los reyes.

Lo que sí halló en abundancia eran curvas en sus íes y en las des, signos de una alta capacidad creativa.

Las letras altas y angostas denotaban agudeza mental.

No pudo evitar cuestionarse si la mujer tan persuasiva que acababa de conocer estaba haciendo uso de esas capacidades para mentirles a todos. La gran incógnita era: ¿para qué?

No le agradaba en lo absoluto la posible respuesta. Tampoco le costó imaginarse a los linajes desviando la atención hacia ella para que los Minoritarios no persiguieran a esa cien por ciento. De-Ràzes le había advertido en varias ocasiones sobre los juegos y la manipulación entre las casas reales.

Se sentó en la cama con la nota en sus manos.

«¿Cómo jugarás tus piezas?», se preguntó.

DeBlanckfort equivalía al oxígeno capaz de hacerla entrar en combustión; hacía que se olvidara del mundo por un momento, pero las leyes eran claras: ella equivalía al hidrocarburo destinado a arder en llamas hasta ser consumido.

No duraría demasiado al lado del heredero.

Fuera por su tiempo de vida útil o por las amenazas externas, creer en fantasías quedaba descartado.

Confiar en cualquier sangbìbier vinculado a la corona, también.

Cogió una hoja en blanco y un bolígrafo. Los infiltrados del DII jamás la guiarían a Phillipe. Había mencionado la posibilidad de hallar huellas del líder de los Minoritarios en su casa. Podía insistir en seguir esa pista.

Se dio unos toquecitos en el mentón con el bolígrafo.

Ahora que había una heredera, ¿perpetrarían un ataque en la abadía?

¿Se habían preparado para ese día? «Colocaron una bomba nuclear, que nada te sorprenda», se dijo.

La racionalidad regresaba a su cuerpo conforme recordaba que se hallaba en un campo minado.

Si no podía regresar a su país, al menos debía asegurarse de no morir en un atentado.

Fue hasta la esquina donde yacía su bolso y sacó un par de pantalones oscuros y una camiseta gris.

Recogió su cabello con una pañoleta y se dispuso a abandonar la habitación, pero entonces oyó ecos fantasmales, voces en los pasillos de la universidad: «¿Esto?

¿Una niña genio? Oh, vamos, de seguro que todavía usa pantis con unicornios».

Con el corazón en un puño, Nínive desanduvo sus pasos y sacó los tiradores que casi había olvidado. Compró zumo de naranja en la cafetería, aunque no llegó a tomar asiento en su mesa predilecta porque el profesor LeBlanc se acercó y le pidió que lo siguiera hasta el tercer piso.

—¿No se cansa de ser el sujeto de los recados? —preguntó Nínive, caminando escaleras arriba—. Podría sugerirle a su alteza que contrate a un asistente.

El profesor esbozó esa expresión risueña que hacía que sus ojos color miel se entornaran por detrás de las gafas.

—Su alteza es reticente a la hora de fiar información. Según me ha dicho, se trata de un asunto muy importante que solo usted conoce. Confía en mí para que, sea lo que sea, quede en secreto.

Nínive se encogió de hombros. Consideró adecuado el juicio de DeBlanckfort; LeBlanc por poco había acabado en prisión con tal de no confesar que parte de su tiempo lo consumía la Orden de Lyss. Al recordarlo, miró al profesor por el rabillo del ojo.

—Tengo una pregunta —dijo entonces.

—¿Sí?

—Usted es miembro de ya-sabe-qué-cosa. ¿Sabía de la existencia de la chica que llegó ayer?

El profesor quedó en silencio, subiendo los últimos escalones.

—Sabe que no puedo hablar al respecto, señorita Bryce.

—¿Por qué? La chica ya llegó. La orden ya ha cumplido con su objetivo: el linaje de los últimos reyes está en casa.

LeBlanc volvió a silenciar. Nínive aguzó la mirada.

Observó mejor los gestos del profesor pese a la pésima iluminación de los pasillos del último piso.

Los músculos de su mandíbula se habían tensado.

La expresión risueña se había esfumado. Si no fuera por el hecho de que carecía de arrugas, se le habría marcado una línea en el entrecejo. Línea de contradicción.

«¿Qué diablos sucede?», se preguntó al arribar a la evidente conclusión: la orden no había cumplido con su trabajo, o al menos eso traslucía uno de sus miembros.

—¿Está feliz de que haya una cien por ciento?

LeBlanc asintió.

—Por supuesto que sí, señorita Bryce. Es un acontecimiento histórico; todos los libros lo mencionarán. Significa el final tras años de preocupación.

—Supongo que sí. Unos amigos aseguran que para ello debéis restaurar la monarquía, así que, ¿estáis planeando la boda?

—¿Qué?

—La boda —reiteró Nínive—. Entre la chica y DeBlanckfort. Restauraréis la monarquía y todos felices, ¿no?

—Pues… —LeBlanc unió sus cejas—. No le compete al priorato, sino a la Secretaría Real y a los linajes. Además, el consejo debe concederle el título a la persona en cuestión antes de siquiera pensar en un compromiso.

—¿Acaso la chica no trajo su bonito pedigrí en el equipaje?

—Lamento expresar que no estoy al tanto de esos detalles.

—Porque esa no es la chica que protege la orden.

—Sí… No. —LeBlanc de repente sacudió su cabeza. Miró a Nínive con el entrecejo ligeramente contraído—. ¿Disfruta usted de hacerme sufrir, señorita Bryce?

Nínive sonrío.

—No. Disfruto de obtener información. Conque, no estáis convencidos de que la chica sea la heredera…

—Nunca dije eso.

—No, pero el subconsciente lo ha traicionado.

¿Qué es entonces? ¿Una farsa? ¿Algún sangbìbier de otro país que ha llegado a completar su código y se hace pasar por la hija de los reyes?

No he visto una foto, pero, si me facilitarais una, podría ayudaros a confirmar si su estructura ósea es compatible con…

Nínive calló cuando LeBlanc frenó su andar.

El profesor respiró hondo antes de devolverle la mirarla.

—Le pido, por favor, que guarde su curiosidad para otro día.

—¿Por qué?

—Porque sé muy bien lo que dirá cada medio de prensa si se enteran de que usted en particular busca desacreditar a su añorada cien por ciento. Esta chica ha pasado a representar la corona para ellos, y sé que tanto el pueblo como los medios la defenderán con uñas y dientes.

—¿Así como defienden a DeBlanckfort?

El profesor retomó el camino con las manos entrecruzadas por detrás de la espalda.

—La historia de su alteza es muy distinta. Hubo una serie de malentendidos y rumores que volcaron al reino en su contra. Sin embargo, no debemos preocuparnos por él; podrá parecerlo, pero a Devon pocas veces se le pasa algo por alto.

LeBlanc dio la conversación por terminada al doblar por la esquina del pasillo. Allí aguardaba DeBlanckfort, quien los observaba desde su posición contra la pared, cruzado de brazos y con una rodilla flexionada.

—Un minuto tarde —anunció.

Nínive apretó los puños. LeBlanc sonrió.

—Tardé en hallar a la señorita Bryce, alteza; olvidé que asiste a la cafetería de vez en cuando.

Nínive elevó la botella de zumo de naranja.

—Mi culpa.

DeBlanckfort no añadió comentarios. Sus ojos la recorrieron de pies a cabeza sin disimulo alguno.

Nínive se preguntó algo tan ridículo como si seguía en pijamas o si había roto alguna clase de ley tan importante como para que él la estudiase así.

Estaba a punto de preguntarle qué tanto miraba cuando el profesor LeBlanc carraspeó:

—Si no necesitáis nada más, regresaré a mis labores. —Hizo una reverencia—. Alteza.

Devon apenas asintió con la cabeza. Sus ojos regresaron de inmediato a Nínive. No obstante, seguía sin emitir palabra.

—Por más que lo intentes, DeBlanckfort, la telepatía aún no se ha patentado.

El heredero se despegó de la pared.

—Lo sé. Antes de entrar, me gustaría advertirte algo.

—¿Prohibido revelar lo que el viejo diga? ¿Tendré un GPS para asegurarte de que no iré con el chisme a los Minoritarios?

DeBlanckfort entornó sus ojos.

—Admito que el GPS me ahorra bastantes preocupaciones, pero no. Adort-Boge —dijo a cambio—. Lo conozco. A veces resulta de lo más… tedioso.

—¿Seguro que no estáis emparentados?

—Me temo que no, lo cual es una desgracia.

Una ligera opresión se incrustó en el pecho de Nínive. Disimuló el dolor de esa espina e indicó la puerta detrás del heredero.