6
NÍNIVE
Nínive siguió durmiendo la primera vez que llamaron a la puerta. Estaba desparramada a lo largo y ancho de la cama. Su cabeza había adoptado uno de sus cuadernos como almohada.
«Más te vale cumplir con tu parte», había pensado antes de caer rendida.
La verdad era que ya no estaba segura de su utilidad a la hora de atrapar a Phillipe.
Había aceptado el trato de DeBlanckfort solo porque, así como había aceptado su empleo como asistente, estaba en juego la posibilidad de tener una vida normal.
De ser normal, no se sentiría agotada. Tampoco se desplomaría sobre los libros a media noche.
No sentiría que desperdiciaba tiempo al dormir más de la cuenta.
Ni bien comprendió que no era un sueño, que alguien llamaba a su puerta, se arrastró sobre la cama como un caracol y deslizó los pies descalzos por el suelo de piedra entre trompicones.
Con su cerebro más despierto, y alerta, notó que el sol apenas asomaba en forma de corona dorada por el horizonte.
—Ya voy —dijo antes de ir al baño.
Dedujo que no era LeBlanc al no escuchar el típico «Buenos días, señorita Bryce.
Esperaré en el pasillo para comunicarle que Salvatore arruinó sus planes.
Otra vez». El resto de los escenarios no eran nada prometedores, por lo que Nínive cepilló sus dientes y resguardó el bisturí que nunca devolvió a la enfermería antes de acudir a la puerta.
Plantó la mano en el picaporte, pero no lo giró.
—¿Quién es? —preguntó.
Después de los extraños acontecimientos, los cuales incluían un intento de asesinato en ese preciso cuarto, poco podía fiarse. Arrugó el entrecejo al oír el tono firme de DeBlanckfort:
—¿Podrías abrir? No hay mucho tiempo.
Nínive fijó los ojos en su reloj: seis de la mañana.
DeBlanckfort no tenía mejor idea que despertarla a las seis de la mañana. ¡Un domingo! «Eso te pasa por vaga», se reprochó. Debería haber terminado de leer ese maldito libro sobre genética.
Sin ganas, Nínive abrió la puerta.
—¡Oh! ¡Pero si tiene el mismo ceño fruncido que mi Boggy!
Nínive sí que frunció el ceño. No porque se pareciera a ningún Boggy, sino porque frente a ella había una señora de tercera edad con cabello rojo fuego corto y unos ojos verdes tan abiertos que no lucían humanos.
Por no mencionar sus uñas naranjas repletas de gemas o el traje satinado del mismo color.
La mujer lucía como una enorme zanahoria parlante.
DeBlanckfort permanecía al lado de ella como si nada.
—¿Podemos pasar? —añadió la zanahoria.
—Uh…
—Será solo un momento —insistió la desconocida.
Nínive vio a DeBlanckfort, lista para exigirle una explicación. Él señaló a la mujer naranja sin despegar sus ojos de los suyos.
—Ella me obligó —dijo.
—¡No digas estupideces, era un secreto!
Nínive alzó las cejas al ver cómo la mujer naranja le daba un sopetón a Devon.
Su comportamiento fue lo bastante interesante como para que terminase de abrir la puerta, lista para permitirle el ingreso a la desconocida que se había tomado el atrevimiento de hacer lo que ella había deseado hacer durante días.
Su expresión divertida no le pasó inadvertida a DeBlanckfort, quien se adentró en la habitación a un ritmo mucho más lento que el de la enérgica señora naranja.
—Pienso hacerte pagar por eso —murmuró contra su oído.
—¿Seis de la mañana? —Nínive cerró la puerta—. Creo que ya estoy pagando.
DeBlanckfort no le quitó la mirada de encima, agitando ese trémulo mar de emociones que Nínive apenas controlaba estando cerca de él.
Cuando sus ojos fueron hacia abajo, ella apretó los dientes.
Todavía estaba en pijamas, una larga camiseta de la universidad que usaba como vestido ya que cubría parte de sus muslos.
Ser testigo de cómo su mirada se oscurecía consiguió acelerar su pulso, aunque el nido de mariposas se esfumó cuando oyó a la señora espantada:
—Oh, por los santos Dioses, ¡¿qué es esto?! —Su rostro se arrugó—. ¿Cómo es que mi pastelito vive en esta… pocilga? ¡Ni siquiera hay aire acondicionado! O personal de limpieza. —Se giró hacia DeBlanckfort—. ¿Y tú permites esta desgracia?
—Las quejas con De-Ràzes —contestó DeBlanckfort.
Nínive sacudió su cabeza.
—No sé qué diantres hacéis aquí, pero me gustaría aclarar que este es mi cuarto y no pienso dejar que… —Nínive silenció ni bien DeBlanckfort sujetó su muñeca y la arrastró hacia el baño.
—¿Nos disculpas un momento? —le dijo a la señora naranja.
—¿Qué? —Nínive protestó en vano—. Pero yo no…
—Descuida, querida, tengo tiempo de sobra. —La zanahoria hizo un aspaviento con la mano—. Es normal que queráis pasar tiempo a solas, no os preocupéis por mí —añadió al guiñar un ojo, gesto que a Nínive por poco le provoca un tic nervioso.
Separó los labios, lista para aclararle a la anciana demente que estaba tergiversando los hechos, pero la perdió de vista cuando DeBlanckfort cerró la puerta del baño frente a sus narices.
Nínive quería estrangularlo.
—¿Quién demonios es esa loca? —masculló.
En lugar de contestar, el heredero merodeó por el reducido espacio cual animal aprisionado y tomó asiento en la tapa del váter. Pasó sus dedos por su cabello y tiró la cabeza hacia atrás, gesto exasperado que a Nínive no le pasó inadvertido.
—No es Adort-Boge el único lunático aquí, ¿cierto?
Devon comprimió los labios.
—Elora Vläsois es su esposa —dijo—. Ambos han venido a la abadía porque…
No llegó a completar la oración, pero Nínive ya conocía el motivo de la llegada de Adort-Boge:
—Han venido por tu boda —complementó—. Aunque, ahora que la heredera ha llegado, supongo que no te casarás con Marie-Helénè. ¿Nadie les ha avisado que tienen una nieta nueva?
DeBlanckfort volvió a morderse los labios y Nínive lo odió un poco más.
Por lo general, sus pensamientos se alborotaban y huían hacia cualquier parte cuando lo veía hacer eso, pero esta vez no tenía nada de atractivo.
Era imposible ignorar el significado: DeBlanckfort le ocultaba información.
Literalmente, se mordía la lengua para no decir algo, tal y como solía hacer antes.
No le sorprendía que el heredero prefiriera preservar datos sensibles, fuera por desconfianza o por el tonto protocolo.
Aun así, se preguntaba para qué rayos había insistido en seguir investigando con ella si pensaba guardarse información para él mismo.
Era la primera vez que investigar se sentía como un trabajo forzoso; la única manera de recuperar su verdadero trabajo.
Nínive suspiró.
—Escucha, comprendo que la situación es de lo más delicada en estos momentos, y te juro que mi intención es ayudar, pero el trato era fingir una sola vez frente a Adort.
—Elora es su esposa. —DeBlanckfort se puso de pie—. ¿Qué crees que dirá si no le sigo el juego al menos por hoy? Adort está dispuesto a concedernos una audiencia en pocas horas, por eso he venido. Elora aprovechó la oportunidad para verte. ¿Crees que estoy feliz con esto?
Nínive silenció. Estudió el rostro cansado de DeBlanckfort, más pálido de lo normal. Dedujo que algo le estaba arrebatando el sueño tras detectar unas ligeras sombras violáceas bajo sus ojos color litio. Prefirió no indagar en la causa.
«No —comprendió—. ¿Por qué lo estarías?». Por supuesto que no estaba feliz. No obstante, la pregunta se detonó en su mente antes de que pudiera atajar la bala directo al pecho: ¿tanto odiaba la idea de ser vinculado a una terrestre?
«Algunas cosas nunca cambian».
Bajó la vista hasta sus pies descalzos. La lógica dictaba adherirse al plan, atrapar al malo y regresar al laboratorio.
Por otra parte, su corazón… «Ja». Aquel puñado de músculos que había dado por muerto tras tantas desilusiones no se había roto del todo.
Le comunicaba mediante una grieta en el pecho que no quería seguir sufriendo.
Ya había tenido suficiente. Todavía recordaba cómo DeBlanckfort había cogido la mano de la heredera en aquel balcón.
Continuar con la farsa implicaba pasar tiempo con él, lo cual se estaba tornando imposible.
¿Dónde había quedado aquel corazón de piedra, tan útil a la hora de mentir y manipular a otros?
¿Se olvidaba de que su cura estaba en juego?
¿Por eso se sentía tentada a arrojar la toalla?
Lo único en lo que podía pensar era en cuánto deseaba salir de allí.
No podía mentir. En realidad, no podía quedarse y escuchar día a día cómo iban los preparativos para la boda o toparse con periódicos que mostraran a DeBlanckfort y a esa chica intercambiando algo más que votos.
Era egoísta, pero era la verdad.
—Yo… creo que tendrás que hacer esto sin mí.
—¿Qué? —DeBlanckfort enderezó la espalda cual soldado.
Nínive procuró no verlo a los ojos.
—Me conozco muy bien. Sé cuándo puedo hacer algo. Supe que podía atrapar a McHugh y te lo dije. Ahora te digo que no puedo con esto, Devon. Ya no lo tolero.
Allí estaba, la bandera blanca que tanto necesitaba ondear. DeBlanckfort se aproximó, pero ella no despegó la vista del suelo. A sabiendas de que corría riesgo de caer rendida ante una miserable mirada, enfiló en silencio hacia la puerta.
Él plantó su mano antes de que ella la abriera.
Frustrada, Nínive giró el picaporte. Trató de abrir la pieza de madera. No se movió ni un centímetro. Volvió a sacudir el picaporte y jaló un par de veces, pero no cedía.
—No seas infantil, DeBlanckfort…
—Chicos, ¿queréis que regrese más tarde? —preguntó Elora desde el otro lado.
—¡No! —contestaron al unísono.
Nínive se dio la vuelta.
—No es justo —masculló—. No levantes el código rojo si no quieres, pero ya no puedo con esto.
—Solo te pido un día.
—No me refiero al Rex Rexum, me refiero a ti —admitió.
Los martilleos de su corazón aturdían sus oídos—.
No consigo pensar con claridad estando contigo.
He dejado de ser neutral, ¿vale? Eso no te conviene.
Yo… me he involucrado más de la cuenta. Nunca fue mi intención, pero no soy tan imparcial como antes. No sirvo para esto.
—Que no sirves para esto… —Nínive contuvo la respiración cuando DeBlanckfort cogió su mano—. Se te olvida que yo también he dejado de ser imparcial respecto a ti.
—Lo cual está mal. Hay mucha gente que te necesita y…
—Y no me necesitarán una vez desmantele a los Minoritarios. —DeBlanckfort esbozó una sonrisa sin ánimos—. ¿Por qué crees que quiero capturarlos más que nunca?
Nínive negó con la cabeza, indispuesta a creerle.
Él dio un paso firme en su dirección. A tan poca distancia, sentía cómo el calor de su cuerpo invadía el suyo, cómo la tibieza de sus labios aterrizaba en su piel al posar un beso en su mano.
Quedó absorta, contemplando cómo Devon acariciaba sus nudillos.
—Antes no podía huir por ser el sangbìbier de mayor porcentaje —susurró—. Ahora sé que, de vernos acorralados, lo haría. Me iría contigo.
Por un momento, Nínive se permitió preguntarse cómo sería.
¿DeBlanckfort besaría su mano a diario? ¿Le relataría la historia sobre Sangbièrre frente al crepitante fuego de una estufa?
¿Se contarían parte de sus historias antes de caer dormidos?
Miles de imágenes se reprodujeron a toda velocidad, hasta que se preguntó cómo diablos harían para sobrevivir cuando ella estaba muerta para el mundo terrestre y él necesitaría sangre humana. La realidad impactó como un rayo.
—No —negó enfáticamente—. Tú y yo no… No podemos… ¡Deja de decir esas cosas!
Soltó su mano, pero DeBlanckfort volvió a acercarse. Sostuvo el rostro de Nínive entre sus manos para que ella lo mirara.
—No me eclipses de tu lado, pequeño lirio.
—¿Qué demonios…?
—Que no me eclipses.
—Sí, te oí la primera vez.
—Es una expresión. Solía usarse el término ekleipsis, pero con el paso del tiempo se modificó.
Significa alejarse o abandonar a alguien.
Los griegos solían utilizarla hasta que fue adoptada por astrónomos.
Su significado caducó en el mundo terrestre, mas no en Sangbièrre.
Aquí, eclipsar significa abandonar. Y es que ya se me acaban las formas de pedírtelo: no me dejes solo en esta batalla.
Podemos hacerlo. Podemos encontrar a Phillipe.
—Es difícil, Devon…
—De eso nada.
Nínive se congeló cuando de repente DeBlanckfort se inclinó y besó su frente primero, luego la punta de su nariz, una de sus mejillas…
Cada beso era más delicado que el anterior.
Tanto la calidez como las ligeras descargas eléctricas que recorrían su piel en cada punto de contacto hacían que Nínive deseara más que un beso en la mejilla; ansiaba que sus labios fueran los siguientes en la lista, que sus manos recorrieran el resto de su cuerpo sobrecargado por la expectativa.
Pero él se detuvo allí, a milímetros de su boca, contemplándola con esos ojos resplandecientes mientras ella agonizaba al sentir su pulgar deslizándose por su boca.
—Te juro que no existe nada mejor que mi nombre en estos labios —murmuró.
Nínive estuvo a punto de pedirle que la besara. Sonaba tan desesperado y alocado que se abstuvo. Él desplegó una sonrisa perezosa al percatarse del sonrojo que asomaba en sus mejillas.
—Tienes suerte de que Elora esté del otro lado.
Nínive lo apartó de un manotazo.
—¿Así pretendes que continúe con la investigación?
—No veo qué tiene de malo —Devon alargó un brazo para abrir la puerta—.
Podríamos descubrir cosas de lo más excitantes juntos, como la identidad de Phillipe o el hecho de que no me sacaré de la cabeza tu vestimenta tan…
interesante —añadió tras detenerse más tiempo de lo necesario en sus piernas—.
Te veo en la reunión dentro de una hora, ¿de acuerdo?