5 #2
El profesor sonrió, enfrascado en el timón metálico que debía girar para abrir la compuerta.
—Muchos documentos se preservan aquí. Documentos que, de haber visto los agentes del DII, habrían cambiado el curso de la historia.
—Nunca ha sido personal —dijo Pierrick—. Queríamos velar por la seguridad de su alteza, la joven Nínive.
El prior fue el primero en ingresar, dado que Devon se quedó analizando la habitación revestida con paneles madera. Dentro, ya había un reducido grupo de personas dispersas en un conjunto de sillones: Agnes De-Ràzes, Norbert, Jean Paul, Adort-Boge I y…
—¿Elora? —Devon arqueó una ceja al divisar a la inconfundible reina emérita.
Su cabello corto y rojo como el fuego era tan excéntrico como sus ojos verdes claros, así como el llamativo maquillaje cargado de delineador negro. Elora podría ser una sangbìbier de cientos de años, pero su actitud era…
—¡Oh, Devy querido, qué gusto verte! —La mujer correteó hasta la puerta. Hizo que Devon casi trastabillara al arrastrarlo al interior de la sala—. Mi Addy querido no mencionó que habías crecido tanto, ¡pero si eras un niño la última vez que te vi! ¿No es impresionante, Aggy?
La doctora De-Ràzes miró a Devon por encima de sus gafas, sin mayor expresión en su rostro.
—Se llama naturaleza, Elora.
—¡Qué maravilla! —Elora juntó las palmas de sus manos y se sentó junto a Adort, a quien le dio unas palmaditas en la pierna sin dejar de mirar a un Devon petrificado—. Te dije que luciría tan apuesto como su madre.
—Sí, tesoro, lo sé —Adort por poco arrastraba sus palabras.
—Y cuéntame, querido, ¿cómo es ella? Es idéntica a Anny, ¿cierto?
—Elora escupía su palabrerío con sus ojos grandes como los de una lechuza—.
Aunque estoy convencida de que tiene mis pestañas.
No las he visto bien en las fotos, pero lucen tan largas como las mías.
¡Y ha ayudado a resolver un crimen! ¡Es toda una detective!
El mismo espíritu curioso de Anny, no hay duda, pero también tiene la determinación de mi Addy querido, estoy convencida.
Me dijeron que una vez trataste de expulsarla.
Deberías disculparte con ella, Devy. Ningún afín merece ser tratado así…
—¿Elora? —dijo Pierrick.
—¿Sí? —La antigua reina batió sus pestañas.
—El joven DeBlanckfort debe de sentirse un poco… aturdido frente a tanta información—explicó Pierrick—. Consideraría adecuado que nosotros contestemos sus preguntas primero.
—¿E-es seguro? —preguntó Jean Paul—. Las profecías de hoy no lo mencionaban.
—Las profecías aparecen antes de que cometamos errores —dijo LeBlanc—.
Aunque a veces son de lo más curiosas; la de ayer me pedía sacar un libro de la sección censurada, pero no pude cogerlo a tiempo porque la bibliotecaria casi me pilla.
Horas más tarde recibí una nueva profecía diciendo que «el libro ya no era necesario».
—Con profecías o no —intervino el prior—, atravesamos días de extrema complejidad.
Por lo tanto… —Dio unos pasos y quedó frente a Devon—.
Considero oportuno que el joven DeBlanckfort se convierta en miembro de la orden.
Dudo que él en particular decida revelar los secretos que hemos preservado durante décadas. ¿Mi juicio está errado, majestad?
Sin palabras, Devon vio cómo el prior extendía su mano. Recogió la insignia de oro que había dejado al descubierto. Era la misma que LeBlanc le había mostrado, la de la Orden de Lyss.
—Como Gran Maestre, debo pedirle que mantenga este objeto lejos de la vista de cualquier curioso. Nadie puede saber que usted está vinculado a la orden, ni siquiera la señorita Bryce.
Devon dejó de contemplar la insignia.
—¿Qué?
De-Ràzes fue la primera en resoplar.
—Te dije que era mala idea.
—¡Oh, no seas negativa, Aggy! —replicó Elora—. El pobre no quiere mentirle. Eso no es malo, es adorable.
—No es adorable si su imprudencia la mata —dijo De-Ràzes, a quien Devon fulminó con la mirada.
—Aceptaría tus reproches si tú no hubieras sido tan imprudente como yo.
—¿Yo? —La doctora plantó unos papeles sobre el sillón—. Recuerda cada una de las veces que te pedí que nos dejaras trabajar en paz. Los códigos rojos, DeBlanckfort. Si ella se metió en ese lío y Sauer descubrió su identidad, fue porque tú y Wagner no levantabais los malditos códigos rojos.
—¡Oh, dejad de pelear! —Elora se levantó. Tiró de la muñeca de Devon hasta guiarlo a un sillón vacío—. Ven, cariño, siéntate. No le hagas caso; ha estado enojada desde que se enteró del asunto en Maine. ¿Cómo ha estado tu espalda, cielo?
Devon vaciló, alternando la mirada entre De-Ràzes y Elora.
—Duele, pero no puedo hacer nada al respecto.
—¿Lo ves? —Elora miró a De-Ràzes—. Él también sufre, Aggy, no solo es Nínive la que tiene una enfermedad. —Le dio un par de palmaditas en la mejilla a Devon antes de regresar junto a Adort—. Si fuera el monstruo que tú propones, hace rato habría hecho uso de los beneficios de su porcentaje.
La doctora enmudeció, aunque conservó la expresión malhumorada. Pese a la falta de respeto que suponían las acusaciones de De-Ràzes, Devon no dijo nada. No era como si él se fiara de ella. Es más, todavía tenía sus dudas. Dudas que no tardó en expresar.
—No puedo revelarle mi código a nadie —dijo—. Sin embargo, no comprendo por qué Nínive no posee ni un mínimo rastro de esencia.
—Es algo que hemos estudiado desde hace tiempo —LeBlanc le entregó unos papeles similares a los que De-Ràzes tenía en su falda—. La historia es extensa, pero, en resumen, uno de los genes de Nínive se dañó después de que la reina suprimiera su esencia.
—Operación Neblina —murmuró De-Ràzes—. LeBlanc y yo trabajábamos con el DII para obtener una fórmula capaz de suprimir nuestra esencia y desaparecer del radar de los Minoritarios.
—Ana quería estar segura de que su descendencia estuviera a salvo en caso de que algo malo les sucediera —afirmó Adort.
Devon frunció el ceño.
—Nunca leí nada acerca de tal operación.
—Porque la orden siempre se aseguró de no dejar cabos sueltos, querido —Elora guiñó un ojo—.
¿Por qué crees que Tessier fue removido de su cargo?
Alguien como él no «perdería» más de mil documentos clasificados por incompetencia, Devy.
Tessier hizo lo posible por encubrirnos pese a que pasó a la historia como el peor director de la agencia.
Creo que ahora administra un hotel en Dubái…
—Espera un segundo. —Devon sacudió la cabeza—. ¿Tessier sabe quién es Nínive?
—¡No, por supuesto que no! —dijo Elora—. No estaría fuera de frontera de ser así. Tessier solo conoce la operación y sus fines. Nunca llegó a enterarse de lo sucedido en Maine. A decir verdad, los primeros en enterarse fueron Heims y Aggy.
—¿Heims?
—Un médico infiltrado en Maine. —De-Ràzes evadía la mirada de Devon—. Formó parte de la Operación Neblina hasta que los reyes lo enviaron a América para resguardar unos embriones. Todo porque un tonto papel lo decía.
—¡Gracias a esos papeles hoy disponemos de una heredera! —protestó Norbert.
—Sí. Una heredera que pende de un hilo para mantener su oxígeno en sangre —espetó De-Ràzes—. Lo que hicieron fue jugar con la naturaleza. No me importa cuántas veces lo justifiquéis, las estadísticas sugieren que Nínive morirá como una terrestre.
—¡Aggy! —Elora se puso de pie.