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DEVON

El dolor atravesó su columna como un rayo y lo despertó.

Devon siseó al tiempo que giraba sobre el colchón para encender la luz.

Lo primero que hizo fue asegurarse de que la cama estaba intacta; los empleados del palacio sospecharían si veían sábanas ensangrentadas.

Solo había sucedido una vez: la sangre había traspasado sus vendajes después de la primera cirugía, pero había conseguido deshacerse de las manchas en el lavabo.

Durante la noche, LeBlanc había realizado su cuarta intervención. Devon deseaba que fuera la última. Fingir estar en perfecta forma resultaba cada vez más difícil.

Con la cabeza dando vueltas, dejó los pies en el suelo y apoyó los codos contra sus rodillas. «Todas —el recuerdo se coló en su mente—. Ya no sé cómo decirte que por ti rompo todas las malditas reglas».

Arrastró las manos por su rostro extenuado al evocar la eléctrica sensación de la cálida piel de Nínive bajo sus labios. Podía sentir cómo su corazón se aceleraba, pero no podía confesarle que había un motivo por el cual ella agonizaba tanto como él. Eso lo mataba más que el dolor en la espalda.

Se levantó en medio de la penumbra. Cruzó la habitación para vestirse, puesto que no conseguiría dormir más que eso.

La única manera de aliviar el malestar era dejando al descubierto su nueva esencia, que esta regenerara el daño en su organismo en segundos.

Era un riesgo que no podía tomar. Menos ahora, cuando cundía el pánico por temor a un repentino ataque minoritario.

Frente al espejo de cuerpo entero, flexionó su torso desnudo y estudió el vendaje.

Unas ligeras líneas rojas asomaban a la altura de los omóplatos.

No pudo evitar preguntarse cómo lucirían las cicatrices a futuro.

¿Cicatrizarían como las de su infancia o le quedaría una desagradable marca rosada?

Si Nínive llegaba a verlas, ¿qué pensaría?

Él mismo sentía repulsión de vez en cuando.

Cogió una camisa negra, la abotonó y aguzó sus sentidos. Como era de esperar, la esencia de un cien por ciento resplandecía en el ala sur del palacio. Las interrogantes volvieron a asaltarlo: ¿quién era la chica? ¿De dónde había salido?

La versión que había proporcionado el Dragon Magnus relataba cómo habían preservado a la descendiente de los reyes en Irlanda, lejos de todo contacto con la civilización, fuera terrestre o sangbìbier.

Poco le importaba a Devon el cómo. Su mente buscaba el porqué: él había sentido algo indescifrable por Nínive desde el primer día.

Había caído en sus redes incluso cuando creía que era una terrestre.

¿Por qué los Dioses habían decidido que su afín sería la chica sin esencia?

No eran reproches, sino rabia; todos trataban a Elysabeth como lo que era, una princesa.

Entretanto él debía morderse la lengua cada vez que alguien llamaba a Nínive terrestre o cuando los estudiantes le faltaban el respeto.

Su mente fue más allá. Recordó cuando LeBlanc era sospechoso en el caso McHugh.

Como era de esperarse por parte de un miembro de la Orden de Lyss, el profesor vigilaba a Nínive de cerca; había detenido a los Harssbornen antes de que hubieran reforzado su código al extraerle sangre por la fuerza.

No pudo evitar preguntárselo: ¿y si LeBlanc no hubiera llegado a tiempo?

Nínive no estaba al tanto de las tradiciones.

Por suerte, no habría sentido el mismo grado de humillación que otro sangbìbier, pero Devon sí que seguía las tradiciones del reino.

De solo imaginar que la sangre de su afín podría haberse unido a la de dos sanguijuelas como los Harssbornen…

Una nueva guerra se habría iniciado. Estaba seguro de que no se habría detenido hasta colgar las cabezas de los hijos de Bjorn en su sala.

Vivía el peor calvario de todos: el miedo de que algún estudiante quisiera hacerse el gracioso con una «terrestre», el miedo a que le arrebatasen a Nínive un momento que debía ser privado.

Él no había tenido privacidad alguna a la hora de cerrar su código, pero aun así lo recordaba como uno de los mejores días de su vida; la primera vez que había sentido a su afín en sus brazos…

, aunque ella no lo recordara. Uno de los días más aterradores también; aún se encontraba a sí mismo asistiendo al templum para entregarle flores a sus Dioses a modo de agradecimiento por no haberla dejado morir, por no arrebatársela antes de tiempo.

Le habían concedido una nueva oportunidad, una excepción, y él no pensaba desaprovecharla.

Ignoró el dolor y se vistió de negro, color que no dejaría de usar hasta que la guerra terminase. Se sentó en su escritorio para leer los documentos de diversos ministerios, pero se detuvo ni bien sintió la esencia de un tercero acercándose a su habitación.

Devon abrió la puerta antes de que el profesor LeBlanc golpeara. Este dio un respingo y posó su mano a la altura del pecho.

—Por todos los Dioses —suspiró.

—Son las cuatro de la mañana —dijo Devon—. ¿Qué sucede?

—Nada malo. Creí que esperaría aquí un buen rato mientras despabilabas —el profesor lo miró divertido—. Es bueno saber que madrugas. Vine porque necesito que me acompañes.

—¿Adónde?

El profesor echó un vistazo alrededor.

—Será mejor que me dejes contestar dentro de unos minutos. —LeBlanc ladeó la cabeza en sentido a los guardias—. Por ahora necesito que me acompañe, señor malhumorado: hay personas que no están dispuestas a esperar por usted.

Preguntándose a quiénes se refería, Devon siguió a LeBlanc a través de los vertiginosos salones del palacio. Sin embargo, cuando empezaron a cruzar la recepción, comprendió que saldrían hacia los pasillos del tercer piso y la curiosidad pudo con él:

—¿Le pasó algo al lirio?

Las comisuras del profesor se retorcieron hacia arriba.

Devon quiso abofetearlo. Sabía que para él resultaba de lo más gracioso ver al futuro monarca preocuparse por algo más que la captura de Phillipe Raynaud.

Cuando entrenaban en la milicia, solía afirmar que tergiversaría el Tratado de Neustria para no tener que casarse.

Al oírlo, LeBlanc sonreía y le aseguraba que dejaría de pensar únicamente en estrategias militares una vez hallara a la persona indicada.

Él siempre lo contradecía; decía que su única prioridad era la corona, que no necesitaba a nadie para gobernar y ganar la guerra.

Así lo habían criado. Por lo visto, a su padre se le había olvidado mencionar cuánto se desequilibraba la vida de un sangbìbier al hallar a su afín.

Seguramente, porque no quería darle falsas esperanzas.

—Su amado lirio se encuentra a salvo, alteza —contestó con expresión risueña—. No tiene usted de qué preocuparse.

Devon tensó la mandíbula. LeBlanc transitó por los pasillos vagamente alumbrados por las farolas incrustadas en las paredes de piedra.

Volvió a cuestionarse qué tanto ocurría como para que lo guiaran al cuartel del priorato en plena madrugada.

El profesor insertó la llave e ingresó sin emitir palabra.

—Buenos días, majestad. —El prior hizo una reverencia.

Devon vio hacia la ventana. El cielo permanecía oscuro.

—¿Podría conocer el motivo de esta reunión?

—Pronto lo hará —dijo LeBlanc. Devon miró por encima del hombro al escuchar el chirrido de un pasador. El profesor echó varios cerrojos más y sonrió—. La reunión no acontecerá aquí.

LeBlanc cruzó el cuartel para ayudar a Pierrick, que sujetaba el borde del macizo escritorio.

Lo arrinconaron en el fondo de la habitación.

El profesor enrolló la antigua alfombra persa que había quedado en el espacio vacío.

Devon confirmó sus sospechas cuando el área central de la habitación quedó despejada, evidenciando un círculo metálico: el priorato contaba con sus propios pasajes secretos.

El círculo plateado relucía. Tenía una pequeña cerradura, y lo más intrigante: la insignia de la Orden de Lyss tallada en el centro.

Devon estiró el cuello al percibir que LeBlanc sacaba su reloj de bolsillo.

La correa del artilugio era en realidad una pequeña llave insertada en el reloj, la cual el profesor introdujo en la cerradura.

—Ahora comprendes por qué no podía perder esta «baratija» —insinuó LeBlanc.

El círculo de metal se hundió en el suelo de piedra. Lo usó como manija para abrir una escotilla camuflada similar a la que Devon utilizaba para salir a los jardines mediante los túneles.

—Como bien sabrá, majestad, es fundamental contar con su silencio —dijo Pierrick—. Cualquier palabra acerca de lo que está viendo pondría tanto vuestra vida como la de la señorita Bryce en peligro.

Devon no dijo nada. Bajó la vista hacia las escaleras de piedra que habían quedado al descubierto. Comparado a los pasillos del tercer piso, el pasaje de paredes blancas estaba bien iluminado. El frío reptaba desde su interior cual refrigerador abierto. Devon miró a LeBlanc.

—¿Qué es esto?

En vez de responder, el profesor sacó un pequeño objeto de su chaleco beige: la insignia de la Orden de Lyss.

—Adort-Boge mencionó tu intención de obtener respuestas. Sin embargo, el secreto se ha mantenido oculto porque preferimos no hablar. A no ser que estemos a resguardo. —Indicó los escalones—. Después de ti.

Devon dudó, pero comenzó a descender seguido por el prior y el profesor. Necesitó agachar la cabeza a mitad del camino. Continuó encorvado hasta que llegó al final, donde el pasaje adquiría una altura decente.

Por instinto, caminó hasta la única puerta que había, una pieza metálica similar a la bóveda de un banco.

Se abrió paso y permitió que LeBlanc insertase un código de varios dígitos.

Un chasquido seco se oyó, luego varios engranajes.

Por último, una pequeña pantalla iluminada en verde empezó a parpadear con las palabras «acceso concedido».

Devon miró a LeBlanc:

—¿Por esto pedías tantos abogados en el caso McHugh?